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La palabra corporal de Alvarado
Tenorio
José Ángel Leyva
Me
entero por Harold Alvarado Tenorio que, además del apellido
(Alvarado), tuvimos en común nuestros abuelos carniceros. Mi
abuelo José Ángel Leyva, quien murió antes de que nacieran sus
primero nietos, fue carnicero y mi abuela, su mujer, una maestra
normalista que siempre recordó la belleza de su finado esposo y
apenas mencionaba el oficio de él. Ella me enseñó el valor de
las palabras como si fueran, y lo son, parte del cuerpo,
sustancialmente carnales. En Harold, ahora lo comprendo, ese
dato coloca en su discurso poético el peso, el volumen, el
calor, las demandas y urgencias de la carne, pero sobre todo la
corporeidad de la palabra. Esto quiere decir hacer sentir,
conmover y significar a través de la escritura.
Conocí a Harold, y casi no me arrepiento, por internet, en un
intercambio intenso de peticiones y complicidades de nuestras
mutuas revistas de poesía: Arquitrave y Alforja.
Esos encuentros cuyo origen o provocación a menudo se olvidan,
porque el tráfago virtual es tan agitado y vertiginoso que sólo
quedan las señales-llaves capaces de abrir puertas hacia la
materialización de los impulsos, de los acontecimientos. Harold
me desconcertaba entonces, más que ahora, desde que nos
encontramos aquí en Bogotá y en Ciudad de México (en dos
ocasiones), porque sin tener conciencia de su aspecto físico,
excepto por esa fotografía de sus veinte años que ilustra la
portada de Summa de cuerpo –poemario que envió a mi
domicilio a la menor provocación de los primeros mensajes
electrónicos– que lo retrata no en un tiempo pretérito sino en
el horizonte de la sed de soñarse eternamente joven.
Harold, el editor y poeta, era sólo palabras, presencia virtual
en mi entorno. Harold, el colombiano que había vivido en México
una etapa efímera en su extenso viaje –que también lo sé por mi
propia experiencia, comienza donde inician los recuerdos–, me
daba a conocer su visión de los hechos sangrientos en la Plaza
de las Tres Culturas, aquella de los días previos a los Juegos
Olímpicos en 1968, o los ocurridos en Tienanmen, en 1989, como
anuncios de la estrepitosa caída del Muro de Berlín y del
realismo socialista. Me describía, como lo hace en un poema
dedicado a la insumisión, el movimiento de una juventud soñadora
e idealista, inconforme y activa, trasgresora: "Plaza de las
Tres Culturas, circa 1968":
Amo esos hermosos cuerpos juveniles
que una vez saciados los deseos
dejando el lecho húmedo
con la bandera roja
entre las manos
en el combate
mueren.
Este poema resume y rezuma, me parece, en gran medida la visión
de Harold sobre la vida. Los versos retratan a ese joven de
mirada decidida en Summa de cuerpo, que prohibe prohibir.
Un joven que habita unos ojos, un cuerpo en busca de algo que el
deseo no sabe nombrar, pero huele, ve, identifica con celo y con
recelo.
La terrenalidad y el carácter trasgresor del poeta se apoyan de
manera simultánea en un soporte espiritual, evidenciado a
trasluz, no exclusivamente por las conversaciones, en su obra
poética y en sus costumbres obligadas por la mala salud y
seguramente por la admiración manifiesta a las culturas
orientales. "Zen": "La sombra sigue al cuerpo/ condenado a
viajar./ Tendrás mi piel/ tendrás mi carne/ tendrás mis
huesos.// Pero el último guardó silencio/ tendrás mis huesos.//
Pero el último guardó silencio/ tendrás mi médula –dijo–.../ Con
el polvo del camino/ la mano sostenía una sandalia."
Digo que me desconcertaba y desconcierta Harold Alvarado, el
nieto de carniceros, porque junto a esas particularidades de su
máscara, es decir, de su persona, está, sí, su corpulencia, pero
sobre todo esa agitación pantagruélica, esa ostentación de la
desmesura y el exceso, esa provocación en medio o en medios
comedidos y conservadores. Todo parecería indicar que se trata
de un energúmeno, de un voraz depredador de su entorno. Pero
Harold, el nieto de carniceros, es un estilista que cultiva la
mesura, la síntesis, la economía del verso. Es un artesano cuyas
manazas elaboran artefactos delicados y sensibles, ya sea a la
manera del Haikú o de la pincelada china. Por ejemplo en ese
poema "A la memoria de Raúl Gómez Jatin", el poeta delirante y
callejero: "No comprendiste las palabras/ Aquellos que
conocieron la locura/ jamás crecieron en brazos de los dioses/
jamás cantaron contra el infinito."
Y en esas piezas de exquisita factura hallamos la otra faceta de
Alvarado Tenorio, su atracción por lo marginal, por lo
prohibido, por los excluidos, por los desplazados, por los sin
casa, los sin tierra, los condenados al olvido. Ya nos ha
propuesto a los codirectores de Alforja que forjemos un
libro o un número dedicado a esos outsiders de la
literatura. Alvarado Tenorio invoca la oscuridad porque anhela
instalar una fuente de luz en sus entrañas. Intenta rescatar a
las sombras de su abandono, arrancárselas a la invidencia para
mostrarlas al ojo indiferente, al ojo insensible. Hay pues algo
de redentor y quijotesco en los actos de este gigantón de Buga
(Colombia). Algo de niño que lanza piedras a Goliat, a las
fuerzas que imponen la tragedia en su patria, ese drama que vive
en carne propia y es víctima inocente. Desde la muerte de su
joven amigo por manos de sicarios hasta el secuestro del tío que
lo crió y que ha sido, por fortuna, liberado.
Me desconcierta Harold, el nieto de carniceros, porque cree
tanto como yo en el poder inútil de las palabras, de la poesía;
porque no huye ni se oculta y llama a las cosas por su nombre.
Porque ama tanto a su país que me responde, como yo mismo
contestaría a esa pregunta que despierta la impotencia: ¿Por qué
no abandonas la geografía donde la violencia se enseñorea y
reina?: "Vivo en Colombia porque no tengo otra parte a donde ir.
Y tampoco tengo cómo hacerlo. Y quienes me criaron viven allí
también llevando a cuestas sus ochenta años cada uno. Pero si
hubiese podido me habría ido a la Puta Mierda hace tiempo."
Eso me ha dicho el nieto de carniceros que hoy está más
desconcertado que nosotros sus lectores, sus amigos y enemigos,
y los dos en uno, en un reconocimiento que le brinda la
comunidad de escritores (no toda) de Colombia. Nos desconcierta
Harold, el excéntrico, porque no cree en los homenajes y por
ellos llora. Porque dice que la patria es el cuerpo, ese volumen
corporal que crece y crece por culpa de un estómago sin orden, y
al cual debe someter a cirugía y eso lo lleva a descreer del
cuerpo, de creer que nació en el pellejo equivocado. Pero Harold
Alvarado, el irreverente, el incrédulo, llora de cara al público
cuando lee sus versos y le duelen como si fueran llagas en la
palabra-carne. |