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Juan Manuel Roca:
“El arte se alimenta de holocaustos”
Mary Carmen Sánchez Ambriz
Confiesa Juan Manuel Roca (Medellín, Colombia, 1946): quiso ser
artista gráfico, pero a falta de talento o destreza pictórica se
ha conformado con “intentar pintar con palabras”. En 2004 obtuvo
el Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura en Colombia,
por el libro Las hipótesis de Nadie. Es considerado uno de los
poetas más representativos de América Latina, también frecuenta
el ensayo y la narrativa. Gonzalo Rojas ha dicho que le habría
gustado escribir muchos de los textos firmados por el
colombiano.
Roca estuvo en la Ciudad de México y en Morelia, invitado al
Encuentro de Poetas del Mundo Latino. Durante su visita
aprovechó para presentar la antología que el Fondo de Cultura
Económica editó recientemente, en su filial de Bogota: Cantar de
lejanía. Con este volumen Juan Manuel Roca celebra 30 años en la
lírica.
De 1954 a 1957 vivió en el Distrito Federal. Por aquellos años
el padre de Juan Manuel Roca se desempeñaba como agregado
cultural de la embajada de Colombia en México. Evoca: “El
recuerdo más claro que tengo de México tiene que ver con la
calle Lope de Vega. Me veo jugando futbol en ella o mirando
desde un balcón una región del aire que en verdad, sin ninguna
hipérbole debida a Alfonso Reyes, era transparente. Tengo esto
en la memoria y un viaje a Mixquic en Día de muertos.”
Como dice Borges de sí mismo, “hace tiempo que soy cazador de
escrituras”. En cierto modo, así es quien firma este Cantar de
lejanía.
—Si pensáramos que su poesía es un cuadro, ¿qué obra elegiría y
por qué?
—Las Meninas, ese cuadro en el que los reyes son más reflejo que
mirada, esa enigmática obra donde Velázquez carga de más
realidad a un perro o a sus bufones que a los propios monarcas.
Es un cuadro donde cabe el universo.
Al preguntarle cuáles son sus figuras tutelares, Roca hace un
esfuerzo por reducir la tribu a dos que siempre le han resultado
esenciales: “Rimbaud y César Vallejo, dos poetas de distinta
estirpe pero de igual esplendor.”
—¿Puede decirse que su acercamiento a la poesía tuvo que ver con
su tío Luis Vidales? Y, por cierto, ¿qué tanto fue apreciado el
poemario de Vidales?
—En buena parte es cierto. Luis Vidales, hermano de mi madre,
fue una influencia evidente en mi aproximación a la poesía.
Cuando publicó, siendo adolescente, su libro vanguardista Suenan
timbres en 1926, el país literario dormía en medio de un largo
bostezo, todavía virreinal. Sólo hacía dos años de la
publicación de los manifiestos del surrealismo, movimiento al
que se quiso de manera posterior vincular a Vidales. Por
supuesto que el solemne país de las letras colombianas recibió
su humor como una especie de mosca en la nariz del orador, como
una bofetada. Él se limitaba a decir: “Si te pegan en la mejilla
izquierda,/ pon la derecha, me dijeron./ Pero si todos hacen lo
mismo/ ¿quién es el que pega?” Ahora se ha venido a valorar de
manera evidente su obra que adosó el humor y la paradoja en la
poesía colombiana.
De entre los poetas colombianos que aprecia, figuran José
Asunción Silva, Aurelio Arturo, Carlos Obregón —un raro poeta
religioso y anómalo que se suicidó en España en 1964—, Héctor
Rojas Herazo y Fernando Charry Lara.
Entre Rulfo y Posada
—Hay un par de mexicanos presentes en sus poemas: Rulfo y
Posada. ¿Qué representa la obra de Rulfo y qué admira de los
grabados de Posada?
—Tanto Rulfo como Posada son dos artistas que tuvieron
frecuentes tratos con el allá, con el trasmundo. Los admiro y he
querido darles, en una precaria medida, las gracias en algunas
alusiones y en algunos poemas. En Rulfo es maravilloso su
lenguaje de cosa hablada, el ascetismo de su palabra, su gran
imaginería poética de cuño expresionista. Para mí es el más
grande narrador que haya dado nuestra América. Pedro Páramo es
una suerte de “Biblia pauperum”, de Biblia de los pobres.
Posada, que hizo más de quince mil grabados, hace su Talita cumi,
su levántate y anda con una gavilla de Lázaros que nos traen
noticias de un allá poblado de peones y revolucionarios, de
soldados y de tenderos, de mujeres de bien y federales. La suya
no es la muerte vista a la trágica, como ocurre en Holbein y en
Merian, ni el horror visto como en Goya o Callot. Tampoco tiene
una ansiedad deformadora como Daumier. Es pura y legítima
actitud benévola frente a la muerte, la muerte, que es lo más
demócrata que existe. Con una parábola maravillosa los grabados
de Posada nos dicen que mientras haya quien los mire, habrá
triunfo sobre la muerte.
—Alguna vez usted citó una frase de José Eustasio Rivera: “Jugué
mi corazón al azar y me lo ganó la violencia.” ¿Así le ocurre a
la literatura colombiana?
—La frase de Rivera vertida en La vorágine, resulta emblemática
para la literatura colombiana. Desde las caucheras de la Casa
Arana hasta hoy el tema de la violencia se nos hace insalvable.
Con momentos tan altos como los del propio Rivera o con el
espléndido cuento de Hernando Téllez “Espuma y nada más”, hasta
la falseada novela de la sicaresca de hoy. Como verá, la
situación actual de Colombia se refleja en muchos de mis versos.
Pero prefiero hacerlo en parábolas, en algo que no sea
historicismo ni sociologismo, en algo que no sea poesía de
cartel, de puño cerrado.
—Otro poeta antioqueño, Darío Jaramillo Agudelo, se ha referido
así a sus versos: “Rescata los rasgos míticos y vivos de ese
país gobernado por los muertos.” ¿Está de acuerdo con lo que
dice Jaramillo? ¿Qué es la poesía en un país convulsionado por
la guerra?
—Lo que dice Darío Jaramillo Agudelo, uno de los más notables
poetas de mi generación, es algo que quisiera cierto para mi
quehacer. Me interesa rastrear en nuestra realidad el mito, lo
que se opone a la muerte. Creo que la poesía se da de manera
natural en tiempos de guerra, que no es algo programático. La
manoseada frase de Hölderlin, su pregunta del para qué la poesía
en tiempos de penuria, habría que cambiarla por una de Flaubert
que dice que el arte, como el Dios de los judíos, se alimenta de
holocaustos. Que a la par del horror crece la poesía. Porque si
fuera cierto lo expresado por Hölderlin, nunca ha debido existir
la poesía pues, que se sepa, no hemos vivido algo que no sean
tiempos sombríos.
Lírica acuática
—Su poesía se identifica por ciertas obsesiones: el agua, los
espejos, los ciegos, los fantasmas, la muerte, la noche y,
ahora, Nadie. ¿Considera que estos tópicos remiten a la esencia
de su poética, al deseo de mostrar lo etéreo, lo inasible?
—Me interesa en verdad lo inasible, lo que está en fuga. Como
Nadie, que es un personaje, una entidad fantasma que nos permite
presumir que somos Alguien.
—Memoria del agua se titula su primer poemario. ¿Por qué se
considera hidrólatra?
—Los que somos amantes del agua, que reconocemos su poder
seminal, deberíamos llamarnos, y así lo propuse en un vocablo,
hidrólatras. Una vez soñé con una mujer que lavaba el agua y la
hice un símbolo de la pureza, una divisa más romántica que
surreal. “El alma adora nadar”, dice Michaux. Después de
publicar mi primer libro, Memoria del agua, unos diez años más
tarde, leí en una revista que habían descubierto científicamente
que el agua tiene memoria. Y lo celebré —sería hipócrita decir
que con un vaso de agua— con un buen ron cubano. Soy hidrólatra
confeso aunque mal nadador.
—Hay una frase de Jean Cocteau que usted recupera: “Los espejos
harían bien reflexionar antes de reflejarse.” ¿Cómo sería un
espejo ideal fabricado por Juan Manuel Roca?
—Donde la gente no pudiera acicalarse la máscara sino la cara.
Un espejo fabricado en la Espejería Narciso en el que se puedan
ahogar nuestros egos.
—¿Qué acostumbra coleccionar?
—No tengo alma de coleccionista. A no ser que coleccione
despedidas, muy a mi pesar.
Biblioteca de ciegos
Absortos, en sus mesas de caoba,
Algunos ciegos recorren como a un piano
Los libros, blancos libros que describen
Las flores Braille de remoto perfume,
La noche táctil que acaricia sus dedos,
Las crines de un potro entre los juncos.
Un desbande de palabras entra por las manos
Y hace un dulce viaje hasta el oído.
Inclinados sobre la nieve del papel
Como oyendo galopar el silencio
O casi asomados al asombro, acarician la
palabra
Como un instrumento musical.
Cae la tarde del otro lado del espejo
Y en la silenciosa biblioteca
Los pasos de la noche traen rumores de leyenda,
Rumores que llegan hasta orillas del libro.
De regreso del asombro
Aún vibran palabras en sus dedos memoriosos.
Juan Manuel Roca |