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La poesía en mi vida

Aleyda Quevedo Rojas

Alguna vez leí que hay muchos tipos de viaje, pero el más difícil de hacer y de narrar, es el que te lleva hacia ti mismo. Ese viaje interior es el que decidí hacer a través de la poesía, aunque creo profundamente que la poesía es quien elige al poeta y no al revés.

El viaje hacia las profundidades de mi ser, a través de imágenes, palabras, metáforas y ritmos, es el reto que intento cada vez que escribo un verso.

¿Cómo definir la poesía? Eso es lo que primero se me ocurre poner en claro al escribir una ponencia sobre la poesía en mi vida.

Intentar definir para comprender mejor y apropiarme de un concepto, o quizá como dice el maestro de la narrativa, el japonés Haruki Murakami: “todos tenemos habitaciones en nuestro interior, no visitadas, nunca olvidadas. De tanto en tanto nos aventuramos por un pasaje que nos lleva a esas habitaciones. Y encontramos en ellas cosas que sabemos que nos pertenecen, pero es la primera vez que vemos”. Quizá con la poesía he logrado visitar alguna de mis habitaciones interiores.

Creo que no existe una sola definición de qué es la poesía. Existen tantas definiciones como poetas y miradas. Y en ese camino de definir qué es la poesía, cada poeta va encontrando los matices de su voz y los personajes para conformar su universo, su viaje...

A mí, las definiciones que más me gustan sobre qué es la poesía son las de Charles Baudelaire, cuando dice que: “La poesía es una rarísima flor, cuyo perfume solo se aspira en la religión de la soledad”.

También me encanta la definición que encuentro en un poema, del chileno Enrique Lihn. Su texto se titula: Porque escribí, y algunos de los versos más evocadores rezan así:

Porque escribí no estuve en casa del verdugo/ ni me dejé llevar por el amor de Dios/ ni acepté que los hombres fueran dioses/ ni me hice desear como escribiente/ ni la pobreza me pareció atroz/ ni el poder una cosa deseable/ ni me lavé ni me ensucié las manos/ Porque escribí estoy vivo.

A mis 34 años de edad, solo me atrevería a decir que la poesía es como una operación matemática: precisa, limpia, exacta; y prefiero un poema donde lo digo todo en pocos versos, donde concentro varias emociones que me conmueven en ese momento y todos los fantasmas que me persiguen en ese instante, a tener que escribir 300 páginas de una novela.

Soledad, libertad y precisión, tres cosas muy importantes a la hora de crear poesía. Tres elementos, casi religiosos, muy conectados con la intimidad y el universo más guardado del ser.

Luego de 20 años en el viaje de la poesía, yo creo que su misterio está en cómo estructurar las emociones. No solo las emociones que perturban, también las emociones que nos matan un poco más cada día. Porque un poema, o logra emocionar, conmover, movilizar, arrancar un pensamiento; o logra el tedio total. Pero un poema nunca deja indiferente a nadie.

Para mí la poesía es una actitud de vida, una manera de estar en el mundo. Y el periodismo es mi profesión. Sí, en ambos géneros: poesía y periodismo, la palabra es la protagonista. Pero en la poesía hay demasiadas cosas del alma y del cuerpo comprometidas; por eso es un oficio más complejo, vibrante y delicado.

Por eso también el trabajo con el lenguaje, el ejercicio de conocerme a mí misma, y el deseo obsesivo de leer todo lo que cae en mis manos, son acciones cotidianas que han marcado mi vida.

Hace algunos meses, una revista ecuatoriana, me pidió que escribiera un breve perfil sobre mí misma como escritora. Y lo que resultó, en gran medida, resume lo que pienso de la poesía en mi vida. El texto dice así:

A los 13 años empecé a escribir poemas, motivada por la lectura de Trilce de César Vallejo, que mi padre puso en mis manos, casi como una orden. Esa lectura diseñó una especie de mapa tutelar sobre mis afinidades y estéticas. Pienso que sin Vallejo, mi vida literaria sería otra. Y creo, firmemente, que la soledad, un cuarto propio, como decía alguien, independencia económica y algo de amor, hacen la felicidad. Ahora, tengo una hija de 16 años, una carrera de 12 como periodista, una casa repleta de libros y cajitas africanas, un matrimonio que va por los 17 años, 6 libros de poesía, y me siento completamente joven. Pero la soledad, esa que se mueve, entre las aguas de la libertad y el cielo de la sabiduría, no la he podido alcanzar como tampoco el dinero.

Soledad, libertad, independencia económica, algo de amor, todo eso permite ejercer la escritura. Una segunda cuestión importante que debo apuntar, es que una escritora debe ser pobre hasta los 45 años, después es necesario tener dinero para aplacar los achaques propios de la madurez y soportar mejor el viaje por la escritura.

Sobre mis libros, anoto que cuatro de los seis que he logrado conformar exploran y se adentran en el universo inagotable y siempre cambiante del erotismo y la sexualidad.

En mi poesía el erotismo es omnipresente. En el mundo Eros mueve civilizaciones. Escribir poesía erótica ha sido una necesidad que aún no se agota.

Esta necesidad, la asumí como la relación íntima entre erotismo y sexualidad. Pero hay fronteras divisorias, que a veces, parecen confundirse: el sexo es un acto y el erotismo es fantasía pura. El erotismo es invención inagotable. La imaginación es el mejor vehículo del erotismo, desde que el mundo es mundo, y desde que publiqué mi primer libro, titulado: “Cambio en los climas del corazón”, editado en 1989, de este poemario, el poema 7:

 

Los jadeos

empañando

eléctricamente

la puerta cerrada

Laten

nalgas

y forman arcos

Una repentina

calma

reposa

sobre las cabelleras

Pulsan

sus sexos

húmedos y tibios

Otra vez

los jadeos

los arcos perfectos de las nalgas

El cansancio

que produce

la agitada posición

Y la calma

final

que abre la puerta.

 

En el delicado y frágil territorio de la imaginación, el deseo, y el juego apasionado del amor, es donde se mueven las fantasías sexuales. Una fantasía siempre roza una estética y crea un mundo íntimo y personal, que supera las visiones de género, ahí está la poesía, la palabra y la literatura, para narrar las fantasías de un ser universal.

Confieso que de un sueño erótico hice un poema breve, a la manera japonesa conocida como haiku. El poema primero fue un sueño que mojó mi ropa de dormir, y luego de mucho trabajo con el lenguaje, llegó a convertirse en estas tres líneas:

 

Hai-Ku de los pájaros

Cuidaré tus pájaros

pero me niego

a hacer el amor en la jaula.

 

Que expresan exactamente lo que yo quería expresar. Para mí, no falta ni sobra una sola letra. Es un poema de amor y libertad, el espíritu mismo que intenté comunicar en el libro: “La actitud del fuego”, editado en 1994 en Lima, Perú por la editorial: Ediciones de Los Lunes.

En 1996 apareció el libro: “Algunas rosas Verdes”, donde además de caminar por las orillas del erotismo, traté de adentrarme en la psicología femenina de ciertos personajes como: Edith Piaf, Olga Orozco, Marilin Monroe, Clarice Lispector, Remedios Varo, Cristina Peri Rossi, Sor Juan Inés de la Cruz, y otros perfiles de mujeres anónimas que poblaban mis preocupaciones en aquella época.

Entrar en esas artistas y en las mujeres anónimas me permitió encontrar que las mujeres escriben no solo para excitar la imaginación erótica y su más allá, sino para dar honesta cuenta de su vivencia plena desde el cuerpo y la feminidad, desde las actitudes y el complejo tejido de las relaciones sociales.

“Algunas rosas verdes” es el libro más conceptual y de género que he escrito hasta ahora. Un libro de género que no fue escrito con esa intención antropológica o sociológica, pero que resultó en un libro sobre la psicología femenina desde los pliegues de la poesía. El libro, recibió, el mismo año de su publicación el Premio Nacional de Poesía “Jorge Carrera Andrade”. Un honor, considerando que lleva el nombre del mayor poeta nacional que tiene el Ecuador.

Uno de los poemas que componen este libro es el que le da título al mismo:

 

ALGUNAS ROSAS VERDES

 

Esta mujer de hechizos

de mentiras y

yeso

teje las medias

más cálidas

para el día

de su muerte

Una cruz

una caja de madera

algunas rosas verdes

esperan por ella

 

No hay temor

a la muerte

 

Solo pido

sea justa.

 

Después, mi viaje interior navegó entre las aguas del no-amor, la soledad, el odio; y el cielo de la desidia y las relaciones amorosamente obsesivas.

En el 2001 se publicó “Espacio Vacío”, un libro que recupera la geografía física y natural del desierto como un estado del alma al que el ser humano se enfrenta, luego de que el amor, en sus diversas formas, se agota, y casi termina.

“Espacio Vacío” es una búsqueda del amor y del sexo y de la falta de los dos en un universo de escorpiones, salamandras, iguanas y bebedores de té.

¿En qué nos transformamos cuando nos falta amor y sexo? Quizá la respuesta podría ser: en seres del desierto, que ocupan su espacio vacío para llenarlo con otro imaginario de amor.

La fragilidad del amor, la poderosa fuerza del desierto del alma, las imágenes más o menos surrealistas, marcan este libro que aún me gusta mucho.

Uno de los poemas más significativos de “Espacio Vacío” se titula:

 

MÚSICA JAPONESA

 

¡Ah! de las horribles pasiones que recorren mi cuerpo

insoportables cuando los ojos de otros miran

 

Sé que voy

hacia el despeñadero de cuerpos desconocidos

que aman y emocionan

 

Señor, no me abandones en arenas

de almas en movimiento

soy tuya

camino descalza y pulcra en mitad del desierto

preparada para el goce o la muerte

 

Más allá de esta seducción

guía mis pasos en el amor.

 

Mi quinto libro que acaba de publicarse, bajo el título: “Soy mi cuerpo”, es una búsqueda intensa por entender y explicarme la enfermedad y la muerte, pero también la resurrección como otra forma de vida, desde el referente de la pasión.

En “Soy mi cuerpo”, la poesía reflexiona en torno a la enfermedad que destruye el cuerpo y a la muerte, ese territorio inevitable, del cual nadie puede salvarse. La enfermedad como un aprendizaje para aplacar el ego y las vanidades.

El cuerpo, ese motor tan erótico y sensorial es el lugar desde el que se explora la llegada de la muerte, como otro viaje, aunque triste, necesario.

Erotismo y Muerte, dos constantes en mi poesía que temáticamente hablando, llegan a condensarse y fusionarse en “Soy mi cuerpo”.

Alguien señaló que “el cuerpo, vetado y proscrito durante centurias, resurge en innovadores procesos metafóricos”. De alguna manera, en “Soy mi cuerpo”, esa fue la intención: apropiarme de mi propio cuerpo, desde la pérdida que genera la enfermedad, desde la vulnerabilidad a la que nos exponen los males del mundo, a partir de palabras limpias.

El cuerpo es un territorio del que las mujeres nos apropiamos para dar cuenta del estado de nuestras emociones. El cuerpo vivo que tapamos con ropajes, el cuerpo desnudo que mostramos a nuestro amante, el cuerpo creativo de la maternidad, el cuerpo lúdico de la danza y la música, el cuerpo enfermo que no miente, el cuerpo valiente que sobrevive.

“No hay arte sin cuerpo. El cuerpo hace posible otro modo de conocimiento a través de la poesía, inaugura una fecunda erótica del sentido que revoca el horror e instaura la posibilidad patente, tangible,  de  belleza”, escribió el poeta uruguayo Rafael Courtoisie, en el prólogo de mi libro  “Soy mi cuerpo”. De este libro, el poema:

 

Limón perfumado

 

Soy mi cuerpo

atrapado por partículas

de otros cuerpos

 

Cuerpo

que enjabono en el mar

reconociendo suciedades

y miedos

 

Miedos míos

enjuagados con

el agua que todo lo cura

la sal de mi sudor

los celos bien guardados

los dulces jugos

y de nuevo el agua

que me concede

un cuerpo nuevo cada día

 

Cuerpo fresco

tendido en la cama

como limón al filo

de la ventana

 

Y el sol quemando

el vidrio

la madera

el limón

perfumado y desnudo

de la ventana que soy

 

¿Sé quién soy?

me miro

en el largo espejo del baño

tengo 33 años

nunca estuve tremendamente sola

abandono de perras

que te marca y deja sin curiosidades

 

Lloro y mis piernas blancas

se vuelven negrura profunda

que bloquea los sentidos

 

Quién es mi cuerpo

puede afrontar sus propias

desgracias

incluso las más asfixiantes horas

ansiedad

falta de ti

horas cuando me fundo con un monstruo

que conozco bien

Cuerpo mío

pólvoracielo

intenso estallido

de lámparas que filtran tu claridad

sobre mi pecho

 

Soy este cuerpo mío.

 

Ahora, trabajo en un sexto libro sobre películas y cine; o mejor dicho, sobre las imágenes emotivas que me deja mi afición desmedida por el cine.

Es un viaje del que estoy disfrutando mucho. No solo por el placer ritual de mirar cine en una habitación oscura, sino también, porque me encuentro frente a un lenguaje donde las imágenes se mueven sobre la música de las bandas sonoras más brillantes que el ser humano ha dado a luz. No trato de contar mi versión de la película que vi, tan solo intento recuperar una imagen que se grabó en la retina de mi espíritu. Con mucha suerte y bastante trabajo con el lenguaje lograré un puñado de poemas inspirados en películas. De este proyecto de libro, leo el poema titulado Azul, basado en la trilogía cinematográfica de Krzysztof Kieslowski.

 

Azul

 

Tomo aire,

me zambullo como si se tratara

de comerse el ancho mundo

Más hondo

hasta el diafragma

Respira

que el fondo azul pareciera abrirse

Un largo

dos 

y vuelvo

Nadar me cura

Lloro

Respiro

mis lágrimas

de  cloro.

 

Creo que el poema abre mil puertas, las llaves, son sus metáforas. El amor, el erotismo, la muerte, el cuerpo, la ciudad, el cine… los temas de la poesía también son infinitos, como los poetas que los cantan y las puertas de millones de casas que pueblan este mundo.

La poesía es el verbo creador de ese gran viaje que es vivir. Ese desplazamiento por rostros, ciudades, amores, montañas y estados de ánimo. 

 

En todas las cosas hay una palabra interna, una palabra latente y que está debajo de la palabra que las designa. Esa es la palabra que debe descubrir el poeta. La poesía es el vocablo virgen de todo prejuicio; el verbo creado y creador, la palabra recién nacida. Ella se desarrolla en el alba primera del mundo. Su precisión no consiste en denominar las cosas, sino en no alejarse del alba.

Su vocabulario es infinito porque ella no cree en la certeza de todas sus posibles combinaciones. Y su rol es convertir las probabilidades en certezas. Su valor está marcado por la distancia que va de lo que vemos a lo que imaginamos. Para ella no hay pasado ni futuro. El poeta crea fuera del mundo que existe el que debiera existir.

Esta reflexión del poeta chileno Vicente Huidobro, esclarece mucho más qué es la poesía, su lenguaje y ritmo únicos. Esclarece la manera en que veo la poesía en mi vida.

Finalmente, para mí el poema es una revelación, una suerte de viaje emocionante con vida propia, sin importar el destino. Las palabras, en sí mismas, son una experiencia que se transforma en poesía.

 

[Quito, agosto 2006]

 

 

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