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3 nombres de la poesía escrita por mujeres en el Ecuador: Lydia Dávila, Ileana Espinel y Carmen Vásconez

 

Aleyda Quevedo Rojas

 

En la más depurada tradición de la poesía ecuatoriana, resultan imprescindibles los nombres y la obra poética de: Dolores Veintimilla (Quito, 1829-1857); Zayda Letty Castillo (Guayaquil, 1890-1977); y Mary Corilé (Cuenca, 1901-1976).

Tres poetas, las más reconocidas y siempre difundidas en diccionarios y antologías, de las tres ciudades más importantes del país: Quito, la capital política y cultural; Guayaquil, el puerto comercial y centro financiero; y Cuenca, ciudad marcadamente universitaria y contestaria.

Estas escritoras rompieron el dique de “lo permitido” con poemas que además del tema sentimental y amoroso, aludían ya a la corporeidad, los tejidos sociales, la discriminación contra las mujeres, el deseo de libertad, la tierra y la maternidad.

Ellas fueron las pioneras en el lenguaje poético vigoroso que inicia el descubrimiento del cuerpo y la libertad femenina.

Quizá la más consecuente y libre pensadora, de las tres, fue Dolores Veintimilla, quien fue obligada al suicidio, a edad temprana, por el peso insoportable de las inquisidoras y conservadoras ideas del Quito de la época que le tocó vivir: cuando una mujer valía si tenía a su lado un esposo.

En el marco del Seminario TrocaLetras, de Cuiabá, esta ponencia está dedicada a otras tres escritoras, de distintas épocas, que rompieron el canon y las formas tradicionales de hacer poesía en el Ecuador: Lydia Dávila que se cree nació en 1918, y cuya obra escasamente conocida y difundida, apenas nos revela un libro; Ileana Espinel, nacida en los años 30, y Carmen Vásconez, poeta de la generación de los años 60, que se mantiene escribiendo. Una quiteña y dos guayaquileñas, que aún no han sido ampliamente estudiadas, y cuya obra resulta fundacional.

Sin duda, el icono que de estos tres nombres, emerge es Lydia Dávila, con una historia literaria distinta: de ella solo se conoce un solo libro, publicado en 1935; es un libro atípico y muy personal para la época; los registros literarios de su tiempo, así como los contemporáneos no tienen su nombre.

Se cree que nació en Quito, en las dos primeras décadas del siglo XX, quizá contemporánea de César Dávila Andrade que nació en 1918. Por los escasos datos que de Lydia Dávila existen, se podría decir que es una poeta rarísima que escribió un solo libro, que basta para colocarla a la altura de los mejores autores ecuatorianos.

La capacidad de su lenguaje, hace que en cada poema, sea posible atravesar lo sagrado y lo cotidiano, con un ritmo potente, desde el universo erótico-amoroso.

Las contemporáneas de Lydia Dávila, tomando en cuenta el año de edición de su único libro publicado: 1935, serían la chilena, Premio Nobel de Literatura en 1945, Gabriela Mistral, que publica su libro  titulado: Tala, cuya primera edición data de 1938; y Alfonsina Storni que publica el libro Mundo de Siete Pozos en 1934.

En Tala, los poemas de corte amoroso de la Mistral, nada tienen que ver con el erotismo desenfadado, de la ecuatoriana Lydia Dávila. Mientras la Mistral escribe:

En costa lejana/ y en mar de Pasión,/ dijimos adioses/ sin decir Adiós./ Y no fue verdad/ la alucinación. / Ni tú la creíste/ ni la creo yo,/ “y es cierto y no es cierto”/ como la canción.

Lydia Dávila escribe: Señor¡ Has que le encuentre en el desbordamiento de mi sangre. Mis senos se transfiguran al conjuro de sus labios. Si él tiene la melena rubia, como el trigo de la Palestina. Si él reposa en el contagio de mis alucinaciones románticas ¿Por qué no he de quererlo? ¡Señor! Perdona si mi oración tiene sonoridades de histeria…También me ha crucificado su cariño; porque soy una santa, una virgen con palideces diabólicas.

El erotismo de Labios en Llamas plagado de pureza y matices irreverentes conmueve. Aunque no figure en diccionario alguno, Lydia Dávila, con Labios en Llamas, irrumpe definitivamente en la poesía ecuatoriana.

La pureza de su palabra erótica consigue momentos de plena belleza.

La poeta se reafirma en su nombre, y a partir de la escritura de sus deseos más hondos transgrede normas, estilos, convenciones y formas, las formas establecidas por el canon de la literatura ecuatoriana, en ese momento.

Poemas en prosa que mantienen un ritmo entre lo sagrado del encuentro amoroso, y la perversión de los sueños eróticos, las fantasías y los límites inexplorados del cuerpo y del amante.

Algunos acercamientos a quién fue Lydia Dávila, mencionan que nació y vivió en Quito, que escribió Labios en Llamas a los 19 años de edad, y que se llamaba a sí misma “Satanás de Amor”.

Su poesía nos habla de una mujer que se conoce muy bien a sí misma. Una poeta que se reafirma como ser humano a partir de su nombre:

Es que en mis poemas estoy yo: Lydia, escribe al final de su poemario, como si quisiera dejar bien claro que lo más íntimo de su ser está escrito por siempre en sus versos en prosa.

La poesía que amo, como lectora, es apasionada y sabia, la poesía de Lydia Dávila reúne esas dos cualidades.

Labios en llamas, rompe el tradicionalismo social de las mañanas de iglesia y rezos de la franciscana Quito; y cambia las costumbres, el orden y la sexualidad convencional, por el deseo como un territorio que le pertenece a una mujer.

Ahí está su poema Diablesa:

 

DIABLESA

 

Un Satanás de Amor?

¡Quiero ser…! Incendiar en mis pupilas

en el áspide lloroso de las tardes, para que te confieses conmigo…

en la serenata de un suplicio. Cual castidades sin cielo…

 

Poseerte…

ser tu bandida, la pirata de tus amores….

Mutilar la caricia de tus huellas: como un Satanás de Amor.

Muchas veces me he muerto en tus brazos, con la boca recelosa…

con el presentimiento mortal de lo inevitable…

 

¡Excitaciones…!

porque tú eres la borrasca de mis carnes núbiles…

 

¿Un Satanás de Amor?

mi cuerpo debió ser…Ya te contaré las caricias íntimas.

 

OH MI CARNE DE SÁNDALO

 

Oh, mi carne de sándalo, perfumada, tibia, divina. Se clava en tus excesos

con mordeduras incitantes y te hace daño. ..Perdona el martirio de mi carne.

¡Sí, soy la novia sin tímidos recatos!

 

La uva de tus caricias se destila en mis venas, en la heroicidad de mis versos,

cual una reparación a destiempo…

 

I seré como aquella tarde. Cuando los dos juntos bebimos el asedio

de mis líneas…en la cuenca de un Pecado Mortal.

 

Otro de los iconos femeninos de la poesía ecuatoriana, que también se destaca es Ileana Espinel (1931-2001) poeta e intelectual que manejó en su obra una amalgama de vanguardias literarias que pueden leerse en siete de sus libros. Ileana fue también periodista, colaboró durante muchos años con Diario El Universo, y fue redactora y corresponsal de diversas revistas internacionales. Formó parte del “Club 7 de Poesía” fundado por el gran poeta ecuatoriano David Ledesma Vázquez, quien se suicidó y que en vida, fue muy cercano a Ileana.

Los críticos se refieren a Ileana Espinel como: liberal, apasionada, vital, progresista y novedosa, la primera escritora ecuatoriana que no se encasilla en escuela alguna. Otras referencias la señalan como una cultora de la forma, sus mayores logros reposan en el campo del significado. “Ileana Espinel es quien entroniza la poesía sardónica en el paisaje de la lírica ecuatoriana, con tintes tormentosos pero a la vez cautivantes”, remarcan los estudiosos.

Los temas en la poesía de Ileana Espinel son diversos, sus búsquedas navegaron entre las aguas de Eros y Tanatos, con igual curiosidad.

Entre sus más bellos poemas de corte erótico está el titulado: Poema de Sangre y Fuego:

 

Poema de Sangre y Fuego

 

Vino hacia mí su luz –cuerpo fiel y tangible-

como una siembra mística intocada

como un lirio de aroma batallante,

como un pan cotidiano y, sin embargo, único…

 

La sed viole llegar

Cuando el fuego subía

A la tierra más alta

En un vuelco infinito sin escalas.

 

Rojo era el fervor que nos colmaba

 

Yo ardía en la altanoche musical de las venas

cuando vino su luz

oscuramente mágica.

 

 

Su cercanía a Tanatos comenzó, desde muy joven, cuando una tormentosa enfermedad empezó a aquejarla. Con el paso de los años, sus días empezaron a transcurrir entre achaques causados por el sobrepeso, pastillas y días buenos y días muy malos que le impedían salir de su pequeño departamento.

Uno de sus más logrados poemas que revelan las cercanías a Tanatos es:

 

Dislate con pastillas

 

Pertranquil

Esencial

Pankreoflat

Flaminón

Peridex

Baralgina

Tioctán

Persantín

Buscopax

Irgapirina

mosaico adocenado

del templo drogadicto

que oficia diariamente

en mis entrañas

(todo para que el hígado

el insomnio los nervios

el músculo cardiaco

los dedos que hormiguean

retrasen los relojes

que marcan sin remedio

el infalible paso vencedor de la muerte).

 

Hay en la poesía de Ileana Espinel ese tono amargo y perturbador del amor no encontrado. Del amor que se imagina pero que nunca se ha vivido intensamente. La poeta nunca se casó ni tuvo hijos, tampoco tuvo pareja alguna, su vida entera estuvo dedicada a las letras y muy especialmente a la poesía, su compañera siempre, a quien se acostumbró, hasta sus últimos días del 2003, en que murió.

El peso del dolor, el amor no encontrado, los cantos a la muerte, la poesía comprometida, las agonías, y la soledad son temas recurrentes en su poesía. El trabajo depurado con el lenguaje es uno de sus mayores logros, así como también sus imágenes de ironía frontal.

Luego está Carmen Vásconez (1958), que irrumpe en la poesía ecuatoriana con sus libros La muerte un ensayo de amores que aparece en 1991 y seguidamente, en 1992 Confabulaciones.

La poesía de Carmen estremece, interroga y desafía a la vida y a la misma muerte. La originalidad de su lenguaje radica en la apropiación de cierta psicología femenina que rebasa los sublenguajes, membretes o guethos como aquello de “poesía escrita por mujeres o erótica de mujeres”.

Los siguientes poemarios: Memorial a un acantilado y Aguaje, reafirman a Vásconez como una voz interesante y rigurosa dentro de la poesía ecuatoriana contemporánea. Disciplinada y dedicada al lenguaje, Carmen tiene además de libros de poesía, dos de relatos.

Una de sus estudiosas, la joven poeta Carolina Patiño, señala de la poesía de Carmen Vásconez, lo siguiente:

 “Su poesía nos lleva a un ambiente de placer, deseo, amor y muerte; se destaca la temática de la muerte que se impone ante las creencias habituales, y las desafía una y otra vez, también se percibe una especial rebeldía ante Dios y la victoria de su feminidad Tiene libros de convicciones, de sueños y amor pasional, y agudo existencialismo”. Es que la poesía de Vásconez ha influido sobre muchos nuevos nombres de escritoras jóvenes ecuatorianas.

Cecilia Ansaldo, destacada crítica literaria del Ecuador, anota sobre Carmen Vásconez, lo que también yo considero su esencia poética: “la muerte es una metáfora erótica. Hay en sus versos conciencia del deseo y del eros como fugacidad, como expresión de la incompletud humana”.

Uno de sus poemas más significativos se titula: Los senderos del placer

 

Se los ofrecí

a la lengua que me tocó sin rubor

por ser bienaventurados del reino del deseo

donde la muerte es una promesa sin juicio final.

 

Carmen Váscones Martínez es psicóloga clínica y ahí, posiblemente radique la base de su poesía profunda, de cerrada sintaxis y múltiples giros figurativos. El mar y sus metáforas inundan sus libros. La poeta vive en Playas de Villamil, un pequeño pueblo a media de hora de Guayaquil. De frente al mar transcurren los días de Carmen, quien ha hecho de la escritura su forma de estar en el mundo.

 

LA SOBERBIA DEL DESEO DESATA MARES

 

entrega aguajes de certezas

a la infidelidad de la tripulación

el padecimiento amoroso leva ancla

contiene la asunción de la complicidad

el adulterio de psique sabe a ellos

parte de la melancolía del gemelo

el espejo trepanado se bifurca en los reflejos

la maternidad imaginada del genio

recoge su cadáver en la monotonía

de la cópula rezagada

alguien ejecuta las redes del climaterio

(quise ser de un hombre como la muerte al cuerpo)

me juego la posibilidad de todas.

 

 

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