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Antonio
Porchia y la soledad vencida
Aldo
Pellegrini
Un escritor argentino que
se niega a sí mismo condiciones de escritor, ha logrado un gran
prestigio entre algunos de los más importantes intelectuales de
París (Roger Caillois -su descubridor-, André Breton, Georges
Bataille), siendo paradójicamente ignorado por los escritores de
su país de origen. Esto se debe, prescindiendo del hecho de que
tiene talento (motivo suficiente para ignorarlo), a que su obra,
extraña y original, no intenta hacer literatura. Para un país
como el nuestro, en el que todos los escritores hacen casi
exclusivamente literatura sin tener nada que decir (podría
resumirse la situación así: el mal de nuestra literatura es la
literatura) no ha de extrañar el silencio alrededor de la obra de
un escritor como Porchia. Evidentemente los que alguna vez se
acercaron a sus libros buscando lo literario deben haberse
decepcionado profundamente. Porchia escribe porque tiene necesidad
de decir, y dice solamente lo necesario en un lenguaje
absolutamente despojado y estricto. Exige de las palabras su
capacidad máxima de condensación y para ello las utiliza del
modo más simple, menos rebuscado, menos literario y por ese
camino obtiene de pronto expresiones de extraordinaria belleza, imágenes
de insospechada originalidad.
Porchia utilizando los elementos primarios del
lenguaje descubre en ellos su calidad de revelación. Con esos
elementos crea un sistema de cortas expresiones que oscilan entre
la confesión y la profecía como resultado de un interrogarse del
hombre y como si las respuestas llegaran de algún lugar extraño
a sí mismo. Esas "Voces" parecen salirle bruscamente al
encuentro en el camino de una larga interrogación interior, y se
justifica el que Porchia tenga la sensación de no ser él mismo
quien las crea sino que aparecen ya formadas como si se las
dictaran.
La obra de Porchia
representa al mismo tiempo una metafísica y una moral, fundadas
ambas en la concepción de que el hombre sólo tiene sentido como
parte del todo, que sólo funciona como elemento participante en
lo universal. De allí se deduce una profunda humildad que
trasciende de su obra y que se diferencia de la cristiana por ser
más absoluta, gratuita y ascética ya que ni siquiera espera el
premio de la inmortalidad para el alma humana. Así dice en una de
sus "Voces": "Cuando yo haya dejado de existir, no
habré existido nunca! La moral de Porchia se basa en la idea
metafísica de que existimos en función de los otros y por eso
tenemos que amarlos, y es al amarlos cuando nos recuperamos a
nosotros mismos. "Hallarás la distancia que te separa de
ellos uniéndote a ellos", dice en sus "Voces". En
este punto parecería Porchia decidirse inconscientemente por el
principio existencialista del ser-para-otro en oposición al
ser-para-sí. Así coincide con Sartre quien en una nota sobre
Husserl dice: "En vano buscaríamos como Amiel, como un niño
que se acaricia el hombro, los cariños, los mimos de nuestra
intimidad, porque al fin todo está fuera, todo, hasta nosotros
mismos, entre el mundo, entre los demás".
En muchos otros puntos
coincide Porchia con la filosofía existencial. Sus confesiones
parten del interrogarse del hombre sumido en el más profundo
desamparo y soledad de la que logra salir gracias a una
despersonalización total, y esta es la solución que encuentra
Porchia al destino del hombre y en esta solución, la obra de
Porchia se aleja del existencialismo. Dice: "Yo no estoy de más
en ninguna parte, porque yo no me cuento en ninguna parte".
Pero a los otros
-coincidiendo con los surrealistas- los encuentra Porchia en lo más
profundo de sí mismo, en un contínuo explorar interior, en el último
reducto del espíritu allí donde el yo personal pierde sentido,
en esa profundidad donde desaparecen la soledad, el orgullo y el
egoísmo, allí donde aparece la voz universal que dicta, allí
donde nos incorporamos al cosmos. Ya lo había expresado Hegel:
"Lo más interno es también lo más externo".
Sólo la experiencia del
sufrimiento y la soledad exasperados fecundando a un espíritu de
la más extremada pureza puede lograr una obra como la de Porchia.
Por el camino de lo más simple encuentra lo sutil. Este es el
supremo milagro de la inocencia. Y eso le ha permitido a Porchia
recobrar para el lenguaje su calidad de revelación, incorporándose
a la falange de los poetas videntes.
VOCES de
ANTONIO PORCHIA
Durmiendo sueño lo que
despierto sueño. Y mi soñar es continuo.
Quien ha visto vaciarse
todo, casi sabe de qué se llena todo.
Ya nada es de hoy; ni lo
que padezco hoy.
Los no vacíos, puntos de
apoyo de los vacíos, no tienen punto de apoyo y vagan... en los
vacíos.
Lo antes que yo y lo después
que yo casi se han unido, casi son uno solo, casi se han quedado
sin yo.
Sí, se va igualando
todo.Y es así como se acaba todo: igualándose todo.
Ellos también son como
yo, me digo. Y así me defiendo de ellos. Y así me defiendo de mí.
La verdad, cuando es una
pequeña verdad, casi es toda verdad, y cuando es una grande
verdad, casi es toda duda.
No, no entro, porque si
entro no hay nadie.
La palabra nada, se dice
de lo que es esto, de lo que es aquello, y hasta se dice de lo que
es todo; sólo no se dice lo que es nada.
Me es más fácil el ver
todas las cosas como una sola cosa que el ver una cosa como una
cosa sola.
Lo lejano, lo muy lejano,
lo más lejano, sólo lo hallé en mi sangre.
No, las piedras no me
duelen siempre; las piedras sólo me duelen cuando hay solamente
piedras, que es cuando no debiera dolerme nada. |