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Las
casas líquidas,
de
Ernesto Román Orozco
David Cortés Cabán
El libro más reciente de Ernesto Román Orozco, Las
casas líquidas (Caracas, Fondo editorial La Mano Junto al
Muro, Colección Vicios Ceremoniales, 2006), presenta a un poeta
que parece buscar en los infinitos abismos del amor un erotismo
que encarna, a su modo, una concepción del cuerpo y de la vida.
Un erotismo que también llega a alternar con la intrínseca
relación del poeta y la escritura como sucede en la parte III,
“Poética en Obra Limpia”. Sin embargo, la idea central del libro
no gira tanto en torno al acto de escribir, sino a la imagen
erótica que muy acertadamente vio el poeta Enrique Hernández
D’Jesús el en poema que le dedica a Román Orozco y que éste
inserta a manera de prólogo en el libro: “En este libro el sabor
erótico / permanece en la intimidad…”, nos dice Hernández
D’Jesús. Es en el intimismo de ese deseo físico que el poeta se
libera de la angustia del tiempo y recupera no en la mirada,
sino en el cuerpo el sentido de la vida. Pero hay que mencionar
que ese sentido erótico se corresponde también con otros textos
y que no todos sugieren estos motivos. Algunos destacan
sentimientos donde el poeta expresa otra realidad. Entre éstos
podemos señalar, por ejemplo, aquellos dedicados a los amigos o
personas con las que el poeta ha compartido alguna vez.
Asimismo, poniendo de lado los epígrafes que marcan las tres
secciones del libro y cuyo sentido – pienso – se ajusta a la
experiencia del poeta y a la naturaleza de sus lecturas, nos
hallamos ante una poesía que proyecta el sentimiento amoroso de
un hablante que busca en el cuerpo de la amada su propia
plenitud:
Piel del alba
te pusiste en los senos
diosa del níspero escarchado
entre las piernas
hoy en tu nombre
desde mi soledad
visito botellas polvorientas
en todos los caminos (17)
La soledad es otro sentimiento que invade la sustancia de ese
amor. Para salvarse de la indiferencia y la soledad el hablante
lírico hace del cuerpo la casa que lo habita: “Si digo luz / te
apagas / y tengo que dejar la casa / muy adentro / de tu
cuerpo…” (27). De este modo la casa se transforma en la imagen
de un cuerpo donde el poeta recurre una y otra vez para
recuperar su presencia aunque físicamente esté ausente de la
amada. Por eso la casa es un refugio que permite el encuentro y
la realización del acto amoroso, y es a la misma vez un espacio
que protege a los amantes de la nostalgia y el vacío del mundo.
Sin embargo es la naturaleza de ese mundo la que le otorga al
poeta los elementos que lo ayudan a sobrevivir el desamparo y la
soledad:
si soy
de mar porque te busco
en el punto de luz
donde te aplauden con una sola mano
quienes tienen por costumbre
olvidarse de tu rostro
para después llamarte
por el nombre más extenso
desde la sílaba
más breve (31)
Si examinamos el título del libro, allí mismo podríamos
encontrar la imagen germinal que origina el movimiento y la
tensión de esta poesía. Es la reiteración de esa imagen la que
proyecta también la experiencia de un acto amoroso cuya
intensidad parece ir más allá de lo que puedan expresar las
palabras:
cuando ya tu casa
esté irreconciliablemente
dormida
(un rato después de las doce
en punto de los búhos)
imagíname derramando mi lengua
en los dedos de tus pies
rompiendo
un pequeño paquete
repleto de caballos de Troya (39)
El acto amoroso como entrega y liberación, como intensidad y
aliento, le imprime a la vida la armoniosa plenitud que el
hablante necesita. Y es esa experiencia amorosa la que sostiene
la tensión, el ambiente y el tono que condiciona este
pensamiento poético: “recuerdo las prolongadas fiestas / de tus
uñas en mi espalda…” (53), nos dice en estos versos; y, más
adelante:
Tiembla
la tierra de tu cuerpo
y la estrella más cercana
a la paz de tu ropa
sudorosa
salpica mis ojos
de mentol (55)
Siempre será el amor, expresado con profundidad o en callado
acto de humildad, el que vuelve como un oleaje sobre la
superficie de este libro: “tan noche yo / en este piano
fabricado / por gorriones / en esta piel tan tuya / tejida por
arañas / en este árbol / de pequeños soles…” (99), pues es a
través de este sentimiento que el poeta enfrenta su destino
proyectando en el cuerpo de la amada sus victorias y fracasos,
las pequeñas alegrías y los afanes de la vida. El mismo poeta lo
dice de una forma muy distinta: “Celebrándome la victoria / de
vivir en vano / sobre el nivel de un bar” (97). Pero sabemos que
no es tal situación de “vivir en vano” lo que el poeta celebra.
Lo que deducimos de ese “vivir en vano” son las preocupaciones y
situaciones de la vida diaria que dolorosamente se suman a la
existencia del poeta. En la evocación de sí mismo en el cuerpo
de la amada está –a mi juicio – la realidad que da sentido y
fortaleza a la escritura del poeta.
La última parte, “Poética en obra limpia”, cambia en la
transición de un concepto a otro. Es decir, de una idea que en
los primeros apartados potenciaba la relación amorosa a un
pensamiento que proyecta ahora una imagen sobre lo que el poeta
piensa debe ser la poesía. Pero sin presumir sobre lo que debe
ser la expresión poética, el poeta parece sugerirnos que la
ternura es uno de los elementos esenciales de su escritura:
Poema
el gesto alrededor
de sí mismo
un hombre
con un discurso alienado
en sus ojos
que –hojilla en mano-
intenta cortar su yesca
el retiro
absoluto de las formas
no de la ternura. (109)
Este poema III es un texto significativo porque subraya, quizás
sin proponérselo, ese sentimiento de ternura que hace que el
lector se acerque confiadamente a la poesía. Más allá de la
técnica, la experimentación o los diferentes conceptos que
orientan la expresión poética, me parece que la ternura es un
sentimiento que salva la poesía de la rigidez y la frialdad a
que muchas veces es sometida consciente o inconscientemente por
el poeta.
Las casas liquidas
precisa, si lo queremos, dos acercamientos o dos perspectivas:
una se proyecta sobre una experiencia que fija el destino como
goce en la unión de los cuerpos y otra, no sin cierta dosis de
ironía, en el proceso y la relación del poeta con la poesía: “el
poeta / debe espantarse la hermenéutica / con un matamoscas
/ colocarse lo más distante / de sí mismo…” (113).
El poeta parece advertirnos que es en el amor donde encontramos
nuestra real plenitud, ésa que vivifica la verdadera naturaleza
de nuestra humana condición; y, no importa cómo se llegue a esta
plenitud pues tanto la poesía como el cuerpo de la mujer amada
son caminos abiertos por donde transitamos hacia la eternidad.
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