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Un ardor que viaja en busca del otro.
Hacia la poesía de Fermín Higuera
Belén Castro Morales
Hay que cambiar la vida. Toda literatura que no nos ayude en
esta empresa está ineluctablemente condenada.
Michel Butor
Así siempre, como agua, flor o llama,
vuelves entre la sombra, fuerza oculta
del otro amor. El mundo bajo insulta.
Pero la vida es tuya: surge y ama
Luis Cernuda
Mi amor no es sólo sangre, es mi palabra
Fermín Higuera
La
obra poética del escritor y músico Fermín Higuera (Santa Cruz de
Tenerife, 1961),
exige ser considerada en su conjunto como el desenvolvimiento de
una poética personal que, iniciada en 1981 con La carne de
las hojas, se ha ido ofreciendo en sucesivas entregas y con
creciente autoconciencia en El idilio de los ausentes
(1991), en Querella del dolor (1994), en Veba volant
(1995) y El hijo del ir (1996). Como dijo con acierto la
escritora Ruth Toledano, percibimos en el conjunto de estas
obras “la evolución de una voz…que se alimenta de su propio
eco”, “de su propia textualidad”, siendo el objeto de su
búsqueda el conocimiento “del ser en el deseo”.
Así, en El hijo del ir, vienen a confluir no sólo las
preocupaciones intelectuales, existenciales y conceptuales que
ya despuntaban en su primera obra, publicada a los diecinueve
años, sino también la amplificación y la diversificación de un
sistema poético que, partiendo de una reflexión crítica sobre el
lenguaje y el legado poético heredado, buscaba fundarse y
consolidarse persiguiendo no tanto la originalidad o el
experimentalismo como su capacidad de expresar plenamente su
individualidad creadora. Una individualidad creadora -hay que
anotarlo ya- que desborda por su potencia imaginativa y verbal,
así como por su autenticidad conceptual, los cauces actuales de
la lírica, y que siente la imperiosa necesidad de construir la
casa de su imaginación a la medida de su proyecto expresivo. Sin
embargo, es la imperiosa necesidad de comunicación la que le
hace entender la poesía como diálogo, aunque, como observaba
Gadamer, ese diálogo poético parezca más bien un soliloquio,
dada la ausencia empírica del lector, destinatario ausente y
deseado del que el poeta desconoce el rostro, aunque presiente y
reclama su concurrencia. Esa condición dialógica es tan patente
en los versículos de amplio aliento como en los escuetos y
resonantes haikús de Verba volant, escritos entre 1990 y
1995, y donde Higuera captura en la contención depurada
prescrita por el género la impresión sensorial, pero, sobre
todo, el mismo fondo subjetivo que busca realizarse en los otros:
“Desunir rocas,/ cantar vida en la arena,/ hacernos uno”.
Todo escritor es un lector, y a esta ley no pretende escapar
Fermín Higuera en su voluntad por rescatar de la tradición el
legado de aquellos poetas fundacionales que propusieron en sus
respectivas poéticas la construcción de un universo verbal
autónomo e iluminado por la capacidad reveladora y cognoscitiva
de la imagen. Estos poetas, de Góngora a Lezama Lima, de
Huidobro y Valéry a Larrea, de Cernuda y Aleixandre a José
Gorostiza y a Octavio Paz, le han proporcionado diversas
enseñanzas literarias y vitales dentro de un común radicalismo
estético en el que se puede expresar íntegramente el ser
liberado de las servidumbres que impone el uso vulgar de la
palabra. Como señaló en 1992 el profesor y crítico Rafael
Fernández, a propósito de El idilio de los ausentes,
Fermín Higuera, lector irónico (distanciado) de la tradición,
“es un poeta cuya escritura habla de la literatura, en primer
lugar, y a su través de la experiencia”.
Cabría añadir varios años después que el culturalismo no es, sin
embargo, la meta de nuestro poeta, como tampoco lo es el
formalismo y la musicalidad en el plano de los recursos
expresivos: Higuera, como ya observó Rafael Fernández, pone en
contacto dos universos, el clásico y el moderno, pero de esa
fricción ecléctica y fecunda no extrae soluciones hechas, sino
impulsos creadores que lo alientan a construir, en su lección de
originalidad y ruptura, su propio sistema poético. Un sistema
poético que debe acoger lo dinámico y metamórfico de un ser que
se busca, impulsado por el deseo, en los laberintos también
cambiantes de lo Otro y de los Otros.
De ahí que su poesía, vista en conjunto, se nos aparezca como
una ramificación dinámica de conceptos que desean encarnar en
imágenes perceptibles, en continuo proceso de fermentación,
siempre fluyentes según el ritmo interior del pensamiento. De
este modo, escribiendo en los límites de lo decible, apurando la
capacidad expresiva de la palabra, Fermín Higuera ha ido
construyendo un espacio verbal que, esquivando el solipsismo y
la natural complejidad de sus imágenes, nos convoca a la
comunicación. Y nosotros, lectores atormentados por ansias
indefinidas, somos los convidados al ágape abundante y generoso
de una poesía que nos busca, nos incluye y nos expresa,
celebrando la grandeza y la miseria de nuestro ser en el mundo,
nuestra vocación libertaria y nuestro instinto de plenitud
trascendente. Ese trascendentalismo o pasión metafísica, donde
la imagen atrapa reflexiones magmáticas, nunca petrificadas,
determina que el sistema poético de Higuera sea la fragua de un
lenguaje ardiente que se autogenera y pone en marcha para
comunicarnos artísticamente el esfuerzo del ser que, desgarrado
por el deseo de ensanchar el mundo a la medida de su ansia,
encuentra en la poesía el campo donde fundar su utopía de una
humanidad plena, sin lastres de culpa; fraterna, hedónica, de
garganta liberada.
De lo dicho se desprende que la poesía de Fermín Higuera no es
poesía descriptiva o evocadora que gira en torno a las cosas
describiéndolas con fermosa cobertura, o -como su
apariencia neobarroca pudiera sugerir- sobreescribiendo con
fruición verbal sus referentes poéticos. Como los grandes poemas
de nuestra época, desde Espacio, de Juan Ramón Jiménez, y
Altazor, de Vicente Huidobro, hasta Muerte sin fin,
de José Gorostiza o Piedra de sol, de Octavio Paz, su
poesía gira en torno a la aventura interior de la subjetividad,
de un yo poético arriesgado en el vértigo de un espacio hostil,
donde los valores tradicionales y el lenguaje mismo muestran su
envilecimiento en una realidad fragmentada donde el ser humano
ha perdido asideros y seguridad. La suya es una poesía
reflexiva, introspectiva, y más allá de la belleza deslumbrante
de sus hallazgos verbales, más allá de la fronda, de la
musicalidad y de la facundia del poeta, encontramos un
compromiso de desvelamiento o de revelación de una verdad
siempre esquiva, en cuya búsqueda se lanza un yo poético que
medita sobre su esencia apasionadamente humana y busca, ante
todo, definir su identidad en un ámbito propio que su lenguaje
funda y coloniza. En palabras de Alberto Lauro, “Para él la
poesía es desciframiento, búsqueda, puente, vaso comunicante
para crear un orden, un equilibrio (siempre inestable) entre el
yo, la realidad y los otros”.
Y también comprendemos que el amor (amor erótico, sexual, pero
también amor como apertura comprensiva del corazón sobre el
mundo y los otros), tan importante en la poesía de Higuera, no
es sólo un “tema” desgajado en situaciones o facetas
particulares, como ha solido presentarse en nuestra tradición
occidental, sino un verdadero motor que moviliza al ser poético
por las rutas del deseo, que lo apresta a la búsqueda y le
proporciona su indispensable nutriente existencial para
completar una identidad que no busca ser única, sino par o
múltiple, consustanciada con el Otro y con los Otros. Por tanto,
y esta vendría a ser otra base del sistema poético de Fermín
Higuera, el amor, en el conflicto, en la ausencia o en la
plenitud deseada, en la medida en que piensa en el otro y en sí
mismo con la misma liberalidad, viene a proponer, como ya
comentaba Alberto Lauro, una Estética y una Ética; pero también
-naturalmente- una Erótica. Tríada de objetivos paralelos y
complementarios en su ímpetu que busca triunfar purificando la
palabra de sentidos espurios, derribando cercos, esquivando
trampas de posesión y haciendo oír sus palabras incendiarias y
libérrimas. En lo conceptual e ideológico, la poesía de Fermín
Higuera es consecuencia del progresivo descubrimiento de estos
tres objetivos, así como de la creciente aproximación de las
tres vertientes, la Estética, la Erótica y la Ética, hasta
hacerlas confluir como base de una cosmovisión que se expresa ya
plenamente, triple y única, en los últimos versos de Querella
del dolor y en El hijo del ir.
Tal vez, como punto de partida, convenga considerar esa
construcción y autodefinición de un hablante poético que inicia
su aventura de totalidad desde La carne de las hojas. En
esta primera obra encontramos ya los contornos de una
personalidad poética de talante crítico y autorreflexivo que
busca definir su posición frente a la realidad, al amor y a la
palabra misma, al tiempo que traza la geografía del deseo donde
se irán instalando las piedras fundacionales de su utopía vital.
En otra ocasión me referí a los poemas de este libro como poemas
de un Altazor en plena posesión de su fuerza generativa y sus
poderes mágicos que, desde su encarnación terrenal, sentía “la
nostalgia del aire” ante las fuerzas petrificantes y alienantes
de una realidad estrecha. Si en aquel momento reparé con más
énfasis en la plena inocencia y en la magia creadora del
hablante poético, me gustaría ahora abundar en otros aspectos
que considero fundamentales para comprender la construcción de
ese universo poético que busco establecer. En primer lugar,
interesa considerar la situación del yo poético, ojo solo en su
diferencia frente a la belleza y el caos del mundo, en una
relación tensa y dialéctica, unas veces movido por el deseo de
penetrarlo, otras desengañado por el fracaso comunicativo y por
su condena a la soledad y a la ausencia, en un movimiento
pendular, conflictivo, que se abre al protagonismo de motivos
como el desgarro de la ausencia y la eterna búsqueda de Tántalo.
De aquí se deriva que la existencia, pese a la hostilidad del
mundo, sea asumida como un “ansia muda” que no puede negar la
aventura del ser ni su anhelo de plenitud y de integración en la
realidad con su “libertad de criatura”. Una libertad
condicionada por el azar que modifica las expectativas del ser
en cuanto sale de sí y se alarga hacia el amor y la vida. En
esta visión del mundo, de reminiscencias platónicas y también
cernudianas, el ser se encuentra escindido de la unidad y sufre
el desgarro del desprendimiento; su impulso vital tiende a la
reintegración armónica y aspira a suplir con un deseo hecho
poesía las privaciones de su entorno -erial o desierto- donde la
esterilidad de los actos y las mutilaciones impuestas al sujeto
frustran la voluntad y el sueño del yo poético. Sin embargo, el
neoplatonismo de Fermín Higuera no aspira a una reintegración
mística con la Unidad a través de una estética sacralizada, en
un rapto ascendente que secuestre al yo de la experiencia
terrena. Su poesía, por el contrario, es el doloroso trance de
aceptación del destino humano, con sus pérdidas y ganancias, con
su gozo y su dolor. El yo, exiliado de una armonía perdida,
añora el paraíso y pretende reconquistarlo o construirlo con la
fuerza amorosa de su verbo creador, pero también,
nietzscheanamente, asume plenamente su condición terrestre: la
de una criatura que, como en el poema “Tres tiempos”, sabe que
“hay que buscarse con la desesperación de lo lejano”, “dejarse
en el amor por la vida hasta el ocaso”, estirando y desgarrando
su espíritu en la búsqueda, aunque finalmente ese doloroso
arrojarse a la existencia sólo deje un amargo resultado de
incomunicación y soledad. Por eso el poema se cierra con estos
versos llenos de fatalismo:
Ha pasado el tiempo y, como siempre sucede,
nos hemos quedado sin ofrecernos la vida,
mudos, frente al límite de nuestras palabras.
El fracaso de la búsqueda, abre paso entonces al análisis
crítico de esta realidad, donde se inauguran dos vertientes de
reflexión que ya no abandonará el poeta en sus obras
posteriores: una reflexión sobre la herencia de los viejos
valores gastados y represores, que al imponer una moral caduca,
frustra y limita el proyecto del hombre nuevo; y, más
radicalmente, una reflexión crítica sobre el desgaste y la
devaluación del lenguaje, considerado como el supremo límite a
la expansión creadora del ser. Así, el poema “Sola voz” presenta
al yo poético desazonado por un mundo falso y estéril, “una
ciénaga mortal de confusiones” que disipa la esperanza de la
armonía y trunca la construcción de la propia identidad hurtando
sus sueños. En este poema el mundo muestra su falsía y su
vanidad destructiva:
cuánto sueño falso en el metal del olimpo,
sueño de horizontes y desplomados deseos
en la negación de los destinos responsables,
en el cómodo andar de una voz heredada
como un estigma de voces y edificios.
El estigma de la herencia, propagado por generaciones a través
de la palabra, con sus sentidos limitados y pervertidos, es el
patrón autoritario que transmite las pautas de la vida humana,
esas que determinan la cómoda costumbre del hábito, pero que
cercenan las alas del espíritu libre y creador y lo condenan. El
poema “Los sepulcros” cifra en el viejo lenguaje estático y
reiterativo la putrefacción destructora de la palabra
envilecida:
una palabra devora la carne de las hojas
y atrapa en su tumba de reincidencias
gaviotas despavoridas y labios sin equipaje.
Como decía Walter Benjamin en uno de sus escritos de juventud:
“Lo que hacemos y pensamos se encuentra lleno del ser del padre
y de los antepasados. Nos esclaviza sin descanso un simbolismo
no comprendido”.
Destruir ese viejo simbolismo babélico y paralizante, perpetuado
en el lenguaje, y describir su nueva noción de realidad es la
tarea moral que oculta la poesía de Fermín Higuera. Una tarea
que implica la exaltación de la complejidad proteica de lo
humano y que, a la vez, determina la construcción de un sistema
poético que, sin abolir lo más válido de la tradición, tiende a
generar su propia estrategia expresiva, buscando, como quería
Mallarmé, “dar un sentido más puro a las palabras de la tribu”.
En un texto posterior, Higuera, tras afirmar que “el hombre es
un fenómeno de lenguaje”, añadía:
El mayor acierto del lenguaje es la supervivencia, su mayor tara
es la de repetir hasta la saciedad ese mismo acierto y su mayor
limitación, su cabeza enterrada en la arena, intentando evadir
una angustia no resuelta
Esta toma de conciencia encuentra en el prólogo del siguiente
libro, El idilio de los ausentes (1991) un espacio de
profundización donde se nos ofrecen claves interpretativas muy
valiosas. Ahí leemos:
La cultura del hombre está forjada eminentemente de
transferencias, en las que el mimo de nuestros criadores nos
regala entre los alimentos y el cobijo las insignias de sus
frustraciones. La conquista de nuestra ausencia en nosotros
mismos se convierte en una conquista de la generosidad y una
primera superación de los límites rudimentarios de la especie.
Conquistar la propia ausencia respecto a una identidad
violentada por contaminaciones ajenas significa un compromiso de
despojamiento, un abandono de ese lugar común que es el falso yo
educado en los viejos símbolos y la partida hacia el encuentro
con el verdadero yo, la identidad ausente, la que se va
expresando poéticamente y también se dará sin medir lo que
entrega. Por eso afirma el autor que “el respeto a la ausencia
parece ser la única actitud sin error”: ausencia en el amor
desprendido hacia el otro y ausencia en la creación poética,
“que se complace en desasirse de cualquier posible alineación
conceptual y de su inevitable ideología”. De este modo la
posición vital y la estética confluyen en una misma actitud de
derramamiento de su ser en un flujo -también verbal- que se
dispersa en búsqueda:
…el lenguaje, con su vitalidad sonora, toma las riendas del
discurso. El lenguaje se convierte en la metáfora de la
ausencia. No busca nombrar símbolos sino ser un símbolo,
encarnarse paso a paso, mediante el gozne de las palabras, en la
plenitud de su organismo. Es ésta la vertiente predominante por
la que se encauza la emanación creativa de este libro
(p. 9)
En ese fluir del discurso tras su propio sentido, el ritmo y la
medida del verso o el molde de la estrofa son las únicas bridas
que encauzan los significados desligados que buscan armonizarse
y cristalizar en una obra personal, híbrida, de registros
heterogéneos y entrecruzados. Los poemas incorporan otras voces
a través de los epígrafes (Góngora, Valèry, Lezama, Larrea) o
mediante la actualización de sus acentos poéticos en el poema
(recuérdense versos como “Al nido de la sierpe y al naufragio de
las adelfas”), dando lugar a una construcción polifónica donde
se habla de los modos del despojamiento, de la introspección y
del deseo del otro. Pero más allá de la experiencia
metaliteraria de este libro, donde se escucha “la obra común de
los hombres” el poeta reivindica su propia inocencia, “el
carácter libre del creador”, para quien la palabra y la imagen,
propia o ajena, no cesa de ser ese “gozne” que se abre a otras
palabras e imágenes siempre vividas. Ese dejar fluir el
pensamiento y la palabra, o, como dice el poeta, “mantener sus
manos en el pelaje de las aguas a la espera de los frutos”,
aproxima a Higuera a una poética surrealista donde el fluido
verbal, portador de toda clase de materiales, alimenta una
poesía tal vez impura, pero capaz, como quería Larrea, de
expresar la profundidad humana “exhalando en la tarde un fuerte
olor a pájaro vivido”. Sin embargo, la búsqueda de perfección
formal y la sujeción a pautas melódicas le proporcionan, como a
René Char, un dique de contención que sujeta el libre fluir del
pensamiento y lo aleja del puro automatismo psíquico. De hecho,
tanto en sus ejercicios de desnudamiento retórico con la
tradición del haikú (a raíz de su temprano conocimiento de
Sendas de Oku de Matsuo Basho, de Vuelta, de Octavio
Paz, o de Tres lecciones de tinieblas, de Valente), como
en los ejercicios y experimentaciones de versificación de la
serie de Polifonistas ácratas, o en la práctica del poema
en prosa de Llaves al horizonte, nuestro poeta ha llevado
a sus extremos ese pulso entre la sujeción y la libertad, o, en
sus palabras, “entre ceñimiento y albedrío”.
Abarcar la totalidad de la experiencia, enunciarla poéticamente
como ámbito de la identidad integral que busca el poeta (“el
aire requerido”), huyendo del concepto que aprisiona, requiere
un renovado trabajo en la liberación de aquel estigma del
origen, en la estrechez de la heredad. Por eso, la dialéctica
predominante en El idilio de los ausentes es la que
contrapone elementos grávidos y opresivos a otros de
desligamiento y vuelo. Y por eso el poeta ahonda en su reflexión
sobre las huellas y los cepos del origen en poemas como “Balada
de la isla”; o reflexiona sobre las formas apresadoras y
violentas del amor espurio, del amor-posesión, para llegar a
formular la realidad virtual que sueña el deseo en las imágenes
desatadas de “La mirada sin dueño” y “La vida nueva”. En “La
mirada sin dueño” encontramos ya los indicios de esa nueva
identidad liberada de opresores “tejados” que vislumbra “el
espacio impensado de su silbo” en una “atmósfera reciente”:
desaparecen junto al estigma de los signos
la ansiedad derogada del suelo y las matrices,
deshace los monumentos acuciantes de la tortura:
estatua falaz de la cosecha insidiosa,
obeliscos verticales de las imposturas
sostenidos por el brazo de la miel que los entona
(p. 83)
Los ojos, símbolo de la videncia poética y de la lucidez
cognoscitiva, son ahora “ojos renovados”, “mirada/ sin dueño y
sin el abrigo opaco de las hojas”: “y ya te sientes ventana de
luz y estrella/ de un banquete sin el límite de sus bocados”.
Sin embargo, para acceder a la vida propia y plena en el
desasimiento y en la ausencia, ha sido necesaria la dolorosa
metamorfosis de una identidad que se arranca la falsa fisonomía
que nos impone la cultura desde el nacimiento. Por eso, en el
poema “La liberación” el yo deja atrás “los caparazones que
impedían la entrada del aire en mi carne”, tras descubrir que
“ningún río cabe en la hondilla parca de los empeños
cotidianos”. O también, en “Ceremonia del olvido” se intenta
dejar atrás la herencia de los “nudos”, de “la ropa cosida”, de
“lo vencido”, porque sólo así “la escritura,/ sumida en el
olvido de su mano/ se nos entrega”. En otro poema, “El dolor de
la muda”, se exalta el albedrío humano y la apertura de la
verdadera identidad lejos de “la fiesta equivocada en que
vivía”. Como en el poema de Martí “Yugo y estrella” se
contraponen dos modelos de vida antagónicos: el del pesebre,
regido por “el cabestro y el aro, la herradura y el freno”, y el
del destino libre hacia la luz y la libertad. Optar por el
segundo implica el heroico despojamiento de la falsa identidad,
y la persistencia del ser en su lucha contracorriente, hacia
arriba:
no mires hacia los ropajes vencidos por la muda
como hacia una tormenta infecunda del verano,
aprende de los salmones que caen del cielo,
busca la llave que antecede a lo concebido
y abre.
Sólo en ese estado de desligamiento el ser se libera de la
temporalidad, del hábito, de la culpa, y es capaz de amar en su
plena desnudez, más allá de las palabras, sobre una lejanía que
salvaguarda la “libertad de ánimos” de los amantes. Sólo
olvidando “las razones de los labios” es posible encontrar la
plena fusión, que se anticipa en poemas como “Caminos hacia el
encuentro”, “El viento que nos acerca entre los pinos”,
“Contrapartidas” o “La protección del silencio”.
Si El idilio de los ausentes contiene el proceso
liberador de una identidad que busca derramarse y construirse en
la búsqueda del amante ausente, Querella del dolor,
publicado tres años más tarde, aporta un sorprendente giro en la
situación de los polos entre los que se mueve el deseo. Ahora el
deseo no busca inicialmente su destinatario humano, sino que se
dirige al Otro, al gran Ausente en un mundo desacralizado. Se
trata entonces de un diálogo sin respuesta, donde el hablante
poético, actualizando a san Juan de la Cruz, pregunta por el
Amado. Estamos ante un libro religioso sentido paradójicamente
desde la perspectiva descentrada de un ser desposeído del
privilegio de dialogar con su dios. Esa búsqueda angustiada se
produce ahora entre miserias, detritus urbanos y espacios
degradados por donde Él nunca ha pasado. Este dios es un
fantasma que se mueve esquivo entre lo bello y lo siniestro del
mundo y persiste en permanecer oculto entre el dolor, la
violencia, la indigencia y los estragos del mundo contemporáneo.
Se trata tal vez de un intento desesperado de recuperar el orden
sagrado, la Unidad, en el ocaso de lo divino. Un ocaso que
también es humano, pues:
El ocaso de Dios
tan solo es una idea que sepulta
un ocaso peor,
el ocaso del hombre,
la conciencia en sí mismo de su horror.
Por eso la plegaria se convierte en querella, pleito contra el
silencio por su ausencia.
La intertextualidad entre las palabras de San Juan y las del
poeta alían el “sigilo del ciervo”, los abrojos y los prados con
los bares, las esquinas, la burocracia. Las 127 liras de verso
blanco de que consta el poema se sostienen sobre este juego de
indudable riesgo literario, donde se muestra sinceramente, con
una lengua rica, pero sin máscaras metafóricas, una preocupación
poco transitada por la poesía actual:
Decidle, si por suerte
lo vierais en el bar o en las esquinas,
que cruje la distancia
en mis días alzados,
que mi casa se hunde y que me muero.
De nuevo encontramos aquí los motivos de la heredad arruinada,
esta vez vista no como el mísero legado individual, sino como
estrago colectivo del patrimonio humano. El hablante poético,
como en El idilio de los ausentes, asume la ausencia y
hace de su búsqueda un camino amoroso lleno de premoniciones
gozosas, de la distancia un trayecto de purificación y
despojamiento, y de la llegada un estado espiritual de deseo que
realizaría la Unión virtual:
Sólo el acantilado
deja atrás el suburbio del dolor,
sólo el acantilado
brinda el paso crucial
del aire hacia tu cuerpo sosegado.
El acantilado, espacio físico de la isla que figura el límite
del yo y de la identidad conquistada en el despojamiento y en la
purificación, invita al salto. El encuentro se expresa como una
caída al mar, un salto que aspira a la plena fusión en las
aguas, donde se disolverá “mi identidad baldía” y desaparecerá
la voz individual conquistada. La fusión mística, o la
prefiguración de la misma, genera los versos más hermosos de
poema. Sin embargo, Querella del dolor aporta su mayor
originalidad en las últimas liras, cuando el sujeto poético
renuncia al gozo místico y pide volver al abismo, desandar la
senda unitiva y recobrar su identidad humana para reencontrarse
con los otros:
He llegado a tu dicha,
mas he llegado solo, sin los otros.
Afuera se han quedado
las personas que quiero,
la ola pétrea de la muchedumbre.
Esa “escondida necesidad del otro” implica el retorno al destino
terrenal, porque, si bien la redención personal fue la meta
suprema que consumaba la plena ausencia de la identidad, ahora
descubre que “El hombre no es lugar que se abandone”.
Este giro es fundamental en el plano conceptual e ideológico de
la poética de Higuera, pues indica la plena toma de conciencia y
el acatamiento de esa misión ética que anticipábamos más arriba.
Esa misión implica el sacrificio de la ascesis individual y la
inmolación en el ir hacia el encuentro con los otros; y la
escritura, una vez más, como el camino a Galta de El mono
gramático, va fundando el espacio del encuentro amoroso, vía
de encuentro: “El deseo del otro/ revierte en el de uno,/ y el
de todos realiza intimidad./ (…) Existe una misión,/ una
escritura de unos en los otros”.
Por lo tanto, la búsqueda de Dios cambia su rumbo hacia la
búsqueda de los otros, del prójimo terrenal, en quien se puede
encontrar un destello de divinidad. Es, como apreciaba Sabas
Martín,
una búsqueda humana y enamorada que, como se apuntaba en el
primer libro y se plasmará rotundamente en El idilio de los
ausentes, se consuma en “el calor de la ausencia”. El desamor de
la ausencia, el fuego que propaga y en el que arde el enamorado
insatisfecho es el gran tema unitario de la poesía de Fermín
Higuera.
Por tanto, este poema constituye una traslación del objeto
místico, que pasa de ocupar el alto espacio divino de la Unidad
a dispersarse en el entorno terreno, de los otros, del anhelante
exilio en el amor profano, pero sacralizado.
Por lo apuntado hasta el momento, la poesía de Fermín Higuera se
convierte a partir de este libro en una reflexión lírica sobre
la otredad, un tema que, desde el auge de la fenomenología de
Husserl y Heidegger hasta el pensamiento de Emmanuel Levinas, ha
ido impregnando con sus preocupaciones las ciencias humanas, al
arte y la literatura, y que en los últimos años se ha convertido
en uno de los temas centrales de reflexión de nuestra
postmodernidad. En particular, la idea de alteridad que plantea
Levinas desde la crítica ontológica es especialmente cercana a
la posición poético-ideológica de Higuera. Levinas, en la
tradición de la fenomenología, piensa que la identidad del ser
se construye frente a los otros, pero yendo más allá plantea un
“pacto ético” según el cual el yo no sólo aprehende la alteridad
para identificarse como ente particular, sino que ante el
“Rostro” del otro siente el imperativo humano de
“responsabilizarse” de él, asumiendo no sólo aquello que los
identifica, sino también su “diferencia”. Para Levinas, en el
individuo está impresa -anterior a toda conceptualización
racional- esa inclinación de trascendencia del yo hacia el otro,
impulsada por un amor desinteresado que encuentra uno de sus
espacios de celebración en las artes. Escribe Levinas:
La proximidad del prójimo, en lugar de comportar una limitación
del Yo por parte de otro o una aspiración a la unidad aún por
lograr, se hace inmediatamente deseo, alimentándose de su propia
hambre o, para utilizar una palabra común, amor, más precioso
para el alma que la plena posesión de sí misma por sí misma.
Dentro de esa aceptación plena del otro, se construye la única
identidad posible y trascendente; y sólo en ella se cumple
plenamente el Amor: “El Eros mismo sólo es posible entre
Rostros. El problema del Eros (…) concierne a la Alteridad”.
Por otra parte, para Levinas, la única forma de diálogo del
hombre con lo trascendente, con la idea de Uno o de Dios del
neoplatonismo y de las religiones monoteístas, se encuentra en
el diálogo y en el pacto ético con los hombres, portadores de un
similar estigma de trascendencia como apátridas o exiliados de
la Unidad. Ese pacto requiere también la responsabilidad y el
“desvelo”, única forma, por otra parte, de expiación de una
culpa de la que todos, como sentía Dostoievski, somos
responsables. Como se ve, trasladar el anhelo trascendente al
terreno mundano del prójimo equivale a trasladar al hombre una
potencia divina, una voluntad suprema de reconstrucción del
paraíso en nuestros confines terrenales.
Todo lo dicho implica el retorno a la búsqueda de la plenitud
terrena, al desgarro del deseo y al alongamiento apasionado
hacia el otro a partir del gozne o bisagra de la palabra. Es el
recomienzo del camino de Tántalo, que echa a andar nuevamente en
el mundo con su carga de humanidad asumida; o el nuevo intento
de Faetón por emprender, desobediente a la autoridad paterna, el
vuelo dificultoso hacia la altura mayor que pueda proporcionar
el amor humano. Esta aventura del nuevo comienzo terrenal es el
punto de partida del último libro de Higuera, El hijo del ir,
concebido, igual que el anterior, como un poema extenso, y
desarrollado a través de treinta y un poemas donde se expande la
reflexión sobre el enigma inicial: “¿Quién es el hijo del ir?”.
Los poemas, de diversa extensión, en alejandrinos divididos en
dípticos o en versos libres sumamente rítmicos y versátiles,
disparan de nuevo el surtidor de imágenes dinámicas, liberadas
en ese fluir continuo que acentúa el uso frecuente de verbos de
movimiento. El generador de esta lengua viva y apasionada es un
yo poético vitalista, ardoroso y potente, ahora también más
experimentado, que exalta la existencia en el hervidero de su
deseo hacia el otro, sin excluir de su naturaleza humana los
fracasos, las caídas, los errores o la culpa. Como escribió Saúl
Yurkievich al autor: “Hallo la bella vehemencia íntima que se
solaza y atiza convocando verbosamente el objeto de su goce, un
cuerpo contra otro. Árbol, pájaro, piedra, plenilunio, todo aquí
remite a ese alguien carnal, a ese centro deseante y rotundo que
moviliza al ser hacia el otro y provoca el suntuoso aflujo de
tus figuraciones, fulguraciones donde el oro compite con la rosa
y la estrella de plumas”
La inclusión del otro en este proyecto existencial, enlace con
las últimas estancias de Querella del dolor, introduce un
nuevo sentido a la búsqueda del sujeto poético, quien sale de su
órbita subjetiva para incluir en su trayecto la imagen del
amado. Ahora es “intimidad que busca reflejarse”:
Vengo con el ardor de siempre, pero ahora
además con amor, con amor de otro ser.
No como antes, a cantar sobre la amargura
el abandono de las espinas más sonoras.
Acompañado al fin en la incierta desmesura
del canto que construyo hacia el gran vacío.
Lejos de la orfandad del desamor, el yo poético invita al otro a
la aventura de la plenitud definitiva, la del amor total que se
rige por la ética de la confianza y del respeto a la soberanía
del compañero, sin trampas ni intereses y en plena aceptación a
su diferencia individual:
Ven conmigo a los árboles
de las flores azules,
ascendamos al mundo infinito de sus copas,
a su urdimbre de espacios abiertos a las plumas
donde la luz alterna vacíos y follajes
La pareja así, yendo hacia el encuentro, será “no dúo de
contrarios que negocian la calma, / sino hallazgo y camino, /
isla de plenitud”.
Aún así, cuando varios poemas trazan la caligrafía del deseo
cumplido en la compañía amorosa del otro, el sujeto poético
expresa también el dolor de su propio despojamiento y del
desprendimiento de la plena Unidad. Ese es el dolor de
nacimiento, el abandono del jardín, de la isla, la dispersión de
una identidad primigenia escindida o desdoblada. El símbolo del
gozne o la bisagra expresa ese momento del desprendimiento:
El origen comienza en la bisagra extrema que hay entre dos
seres.
Todo el jardín brota de la herida profunda, toda la
belleza es sangre,
lejanía del ser que yace cruzado y solo en medio del
jardín.
La bisagra es también “un gozne de unidad” que impele al ser a
emprender su vocación de apertura y de fundación de su propio
espacio para la unión: un espacio diurno, aéreo, purificado,
“limpio por nuestras propias manos”, hábitat de un amor
libertario que se acepta sin condicionantes externos, donde
triunfará el deseo encarnado en el otro.
En este viaje, con sus impulsos de vuelo, sus caídas y
arrepentimientos, sus experiencias incompletas y las
reincidencias en el error, el yo poético no ceja en describir la
virtual belleza del encuentro en la altura de la identidad
trascendida; y, ante las caídas en el pesimismo que presiente el
fracaso, opta por su voluntad de avanzar, de “arder”, de
fecundar, de alumbrar el fruto (“la espiga”) sobre la
temporalidad:
No es tiempo de derrota,
de abdicar del deseo,
de la elipse del aire,
del ojo reflexivo,
deseante,
rotundo,
que persigue afirmarse,
clavar en una brizna sin tiempo sus arterias,
su limbo en las llamas
cuando me miro en alguien.
La voluntad del creador salta los obstáculos, y se recuerda a sí
mismo su misión de avance hacia la plenitud:
Que fluya nuestra sangre, que fluya el ardor
y vuelva mi deseo al lado de la vida,
que cambie la mudez del invierno en los lirios
y encienda en los instantes la resonancia fiel,
el eco de las venas, la euritmia de las llamas.
(p.34)
Queda, pues, incluida la voz, la palabra, en una euritmia que ya
el poema preconiza con sus imágenes ondulantes, recurrentes en
ritmos y sentidos. Poema que funda realmente la utopía del amor
elevado al límite más alto de lo terreno, a la copa de los
árboles azules, pleno como una isla íntima y perfecta donde “un
querer sin culpa” se corresponde al verbo ascendente y
purificado que tiende al silencio en el éxtasis final de la
unión deseada, tras haber resuelto los conflictos íntimos y
haber alcanzado el entendimiento. Por eso en “No es tiempo de
derrota” se anima a huir de la relación convencional que nos
sofoca y “no nos reconoce”, para iniciarla
en la voz ya tuya, ya entregada y mía,
por donde brota y canta,
vive el entendimiento
del latido enigmático,
cauce de unión remota
que refleja mi vida sobre vidas de otros
y devuelve tu vida sobre mi pecho estable,
dando quietud al tránsito
desertor de mi aliento.
Esa unión se adivina entonces como cese del deseo, silencio
colmado por la experiencia acariciada con los grafismos del
deseo. El “verbo libre”, ardiente, “puñal en lo estancado, en la
quietud del agua” es sólo una anticipación, vaciamiento y
sublimación del deseo en la víspera de su cumplimiento y
realización. Estas dos formas de lenguaje, la que destruye
cárceles, muros y trampas, y la que proyecta en la pantalla
virtual de la página la anticipación del gozo tal como lo sueña
el poeta, alternan en los distintos fragmentos del poema y andan
juntos el camino hacia el logro del empeño amoroso, con el mismo
ímpetu libertario de los conceptos que transmiten. Pero aquí se
acrecienta la certeza, ya vislumbrada en La carne de las
hojas, de que la palabra es el sepulcro del libre
pensamiento, y por eso la elaboración del lenguaje en este libro
se extrema en su emancipación respecto a las cristalizaciones
formales, conceptuales y simbólicas, al tiempo que busca aquella
“euritmia” y musicalidad para acercarse a su máximo
aligeramiento. Como consecuencia, la voz poética sigue abriendo
los goznes del sentido y se plasma en imágenes fluyentes (de
marcha, de vuelo y ascenso, de derramamiento y fecundidad
-fruto, espiga, lirio-) que en su recurrencia conforman el
original universo simbólico del poeta y su idiolecto.
En el ensayo El verso en blanco, publicado en 1995,
Higuera exponía su concepción del verso en unos términos que
permiten comprender la forma en que se da en El hijo del ir.
Su trabajo poético, nos dice, se basa en una labor de
aligeramiento y personalización del verso, del ritmo, de la rima
y de la métrica, elementos cuya presencia en el poema nunca debe
ser rígida y normativa, como en tiempos pasados, sino tender a
un “ensanchamiento de los criterios” en busca de la finalidad
última de la poesía: la comunicación y la exteriorización de lo
inefable a través de un verso sin servidumbre, que, en el primer
estadio de aligeramiento, el poeta denomina “verso de color”:
un verso que es asumido como ser autónomo, con sus propias
necesidades que reclaman los registros de la tradición poética o
la creación de lo nuevo, un verso que no reniega de la heredad
del oficio pero que, al poner el énfasis de su lucha en lo
peculiar de cada poema, al afirmar que cada poema, e incluso que
cada verso, tiene su color, abre un camino de atención creciente
hacia los contenidos, lo que presupone una interpretación del
individuo en relación consigo mismo y del otro como paisaje de
los espejos posibles.
Este “verso de color” “utiliza el inventario completo de la
tradición” para actualizarlo y personalizarlo cada vez que lo
usa en unos poemas que, teniendo una coloración particular,
exigen un verso igualmente particular, único. Ello permite la
creación de sistemas múltiples donde la meta formalista
desaparece a favor de una libre expresión del juicio. De este
modo, sin renunciar a la forma, el poeta afirma estar creando
“la clasis futura”, basada en “el triunfo del
eclecticismo o la victoria de la pureza en el interior del
mestizaje, que parece anunciar una apertura total, un estado de
libertad para la expresión de lo poético”. Y de nuevo, en esta
concepción fluyente del verso, encontramos las ideas de
automatismo que ya se anunciaban en El idilio de los ausentes:
“Al concebir el verso de color estamos afirmando la fe en el
subconsciente, lo asociamos al ser, representación inasible de
lo que no tiene fin en el hombre” (pp. 10-11).Pero en un plano
más evolucionado que el del “verso de color”, Higuera busca “el
verso que se olvida de ser verso, se vuelve flujo, realización
de la transparencia”: “…hallar la comunicación, reivindicar la
capacidad de comunicación, por medio del poema, del uno en el
otro y lograr su disolución, hacerlo realidad que participa de
los trasiegos diarios, hábito de desnudez estremecida, generosa
con lo opaco y la cotidianeidad” (p. 12).
Estos versos, que sacrifican la tersura y la pureza para
contaminarse con las sustancias vitales del individuo son los de
El hijo del ir: versos que manan en las ondas de su
propio fluir, en su propio ritmo y con el acento personal del
poeta en su anhelante busca del otro. Versos que exhalan el
secreto de una identidad que busca fundarse en el lenguaje y en
la comunicación de su nueva, luminosa, verdad poética: “Por eso
el verso, más allá del edificio de su escritura, siempre anhela
ser un lugar de acogida en donde surjan los rostros de los
demás, el cuerpo de los amantes”.
Pero, ¿quién es el hijo del ir? La respuesta a esta pregunta
vertebra todo el poema, y se ofrece en distintos momentos donde
su complejidad se va desenvolviendo en distintas instancias. En
ese ir hacia el otro, del yo al tú, la identidad del sujeto
poético se lanza a la existencia y, viviendo, buscando, se
despoja y modifica. Tal desligamiento de la identidad, proceso
doloroso o “calvario del individuo”, implica el desgarro
existencial y el surgimiento de la personalidad que experimenta,
no obstante, su plenitud, cumpliendo su destino: desflorarse en
los otros. El hijo del ir sería entonces el hijo que se inmola
en el cumplimiento de su búsqueda, el fruto de la vida propia y
también de la del otro, el amado, el que acude con igual deseo
al ágape de la unión humana y permite la nueva y plena
identidad. Por lo tanto, el fruto del viaje existencial es el
autoconocimiento y el re-conocimiento en el otro,
aquel a quien el yo poético buscaba hablar en plenitud de
esencias armonizadas: “un labio que va hacia tus labios”, como
leemos en el primer poema. Porque como escribía Higuera en otro
texto ensayístico: “lo que creemos definir en una acción
transitiva de la busca, acaba por volvérsenos, paso a paso, en
una acción reflexiva. Así, cuando creemos expandirnos estamos
poniendo a prueba nuestra receptividad del mundo”.
Por eso el libro se sustenta sobre un juego de espejos que va
del yo al yo, y del yo al otro; juego reflexivo que aparece
secundado por la ruptura de los versos en dípticos donde el
significado se desdobla en el vértice de sus sentidos fluyentes
hacia la resolución de las paradojas del ser y el pleno reflejo
en las “manos semejantes” del otro. Y por eso, los dos poemas
finales del libro abren la clave:
Yo soy el hijo que va hacia mi propia vida,
fuego pleno que decide querer y asumirse,
unirse al esplendor de la luz y el paisaje.
(…)
Porque la forma suprema de la afirmación
es pensar el nacimiento,
has nacido siempre.
Eres quien va hacia su vida,
hijo del ir.
Expiado en su calvario existencial, “cernido”, “destilado”, el
yo poético vuelve a nacer en su otro, y a nacerse como
hijo de su voluntad y de su riesgo, libre de la “heredad
arruinada” y de la gravosa memoria de la tribu, “anterior al
recuerdo de los herrajes y de la culpa”. Se funda así por la
poesía un nuevo Orden, un nuevo Origen y un nuevo Paraíso
terreno, el Lugar de la compenetración perfecta del yo y el otro,
yendo a la conquista de la vida, naciendo siempre expuesto al
fuego. La “nobleza” del individuo ha sido cumplir su voluntad de
arder, de vivir, de renacer, remontando el rumbo hacia la mayor
altura humana y soltando las palabras del sepulcro al aire.
Con esta antología, sin duda, se deslinda una etapa creativa de
la poesía de Fermín Higuera, donde el compromiso estético ha
confluido con una toma de posiciones vitales que entrañan como
algo indisociable lo existencial y lo poético. Llegado a esa
cima, y dueño ya de un sistema poético complejo, que el poeta
actualiza en cada verso como un instrumento perfectamente
adecuado a su respiración, los caminos siguen abiertos a la
búsqueda, al riesgo, al conocimiento: tres formas de compromiso
que hacen de la poesía un bien de necesidad vital.
NOTAS
El propósito inicial de estas páginas, redactadas en el
verano de 1997, perseguía celebrar la aparición del
poemario El hijo del ir (Madrid, Huerga Fierro
1996). La reseña se convirtió en este trabajo, inédito
hasta ahora, que aparece con mínimas modificaciones,
aunque podría haber sido reescrito enteramente.
Fermín Higuera cursó la carrera de piano en el
Conservatorio de Música de Tenerife, actividad que
simultaneó con sus inicios literarios y con los estudios
de Filosofía en la Universidad de La Laguna. Desde 1983
se trasladó a Madrid, donde culminó sus estudios
superiores de piano, que perfeccionó en París. Desde
1987 es profesor de piano en el Conservatorio Amaniel de
Madrid.
Ruth Toledano: “Necesidad universal”, texto de
presentación de El hijo del ir en el Círculo de
Bellas Artes de Madrid, junio de 1997.
Rafael Fernández Hernández: “Metamorfosis amorosa en la
poesía canaria. Sobre El idilio de los ausentes
de Fermín Higuera”, en “Archipiélago Literario”,
Jornada, Santa Cruz de Tenerife, 6 de junio de 1992,
p. 51. Para un análisis de la poesía de F.H. en el
contexto de la poesía canaria y de la “Generación de los
80” ver del mismo autor “Poetas canarios surgidos en los
años 80: cuatro signos de un mismo itinerario
‘posnovísimo’”, en VVAA: Nuevas escrituras canarias:
Un panorama crítico, La Laguna, Viceconsejería de
Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, 1992, pp.
31-53.
Alberto
Lauro: “La poesía de Fermín Higuera” (inédito).
Walter Benjamin: “Metafísica de la juventud”, en La
metafísica de la juventud, Barcelona, Paidós, 1993,
p. 99.
Fermín Higuera: “La literatura oral en el camino hacia
el despojamiento”, en ¡Palabra que sí! nº 0,
Madrid, noviembre 1995.
Fermín Higuera: “El calor de la ausencia”, en El
idilio de los ausentes, La Laguna, Aula de Cultura
del Cabildo Insular de Tenerife, 1991, p. 7.
Sabas
Martín: Fermín Higuera: el fuego de la ausencia”, texto
original de la presentación de Querella del dolor,
p. 4.
Emmanuel Levinas: “Hermenéutica y más allá”, en Entre
nosotros. Ensayos para pensar en otro. Valencia,
Pre-textos, 1993, p. 93.
Emmanuel Levinas: “Filosofía, Justicia y Amor”, op.
cit. p. 139.
Utilizo
copia de la carta del crítico y poeta argentino Saúl
Yurkievich fechada en París el 24-V-1997 a F. H., y
cedida por el autor.
Fermín Higuera: El verso en blanco, Madrid,
Ardentía, 1995, pp. 7-13.
Fermín
Higuera: “Isla, unidad”, ponencia presentada en el
Ateneo de La Laguna (11-15 de Noviembre de 1996), en
Actas del II Congreso de Poesía Canaria, hacia el
próximo milenio,
Ateneo de La Laguna, Servicio de Publicaciones
CajaCanarias, 1997
pp. 97-98.
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