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Miguel Hernández, rayo que no
cesa
Rodolfo Alonso
Sin
duda para la relativa indiferencia posmoderna resultaría ahora
inimaginable. Pero las pasiones que encendió la guerra civil
española continuaron vigentes durante muchas décadas y en todo
el mundo. Es que la heroica y espontánea resistencia del pueblo
español contra una de las primeras agresiones del fascismo, y la
concomitante ilusión de estar construyendo un mundo mejor (que
parecía literalmente al alcance de la mano en aquella segunda
mitad de la década de los treinta), asociadas con las originales
y emocionantes características peculiares del caso, convirtieron
a ese acontecimiento no sólo en legendario sino directamente en
mitológico.
Dentro de esas peculiares circunstancias, el
decidido y casi unánime alineamiento de una más que brillante
generación de escritores, artistas e intelectuales en defensa de
la legalidad republicana fue otro dato significativo, que
también tuvo su resonancia favorable prácticamente en el mundo
entero. Que no pocos de ellos hayan pagado con su vida y muchos
más con el exilio aquella ejemplar decisión, no dejó de agregar
buena leña al gran fuego. Y que lo digan si no el sacrificado
García Lorca, tronchado en mitad del camino de su vida, o
Antonio Machado agonizando desterrado, en Collioure, a pocos
pasos de la recién traspasada frontera francesa.
Pero quizás nadie como Miguel Hernández encarna
-a mi modesto entender-, en vida y obra, la profunda relevancia
de aquellos hechos. Auténtico hijo del pueblo, humilde pastor en
su Orihuela natal (1910), sin ninguna premeditación ni
posibilidad alguna de preparación previa sintió crecer en su
interior la riqueza entonces todavía viva, corriente, saludable
e irresistible de la lengua de todos, tan de uno, y así pudo
ofrecernos unas primicias donde se vuelve a respirar el temple y
el esplendor del Siglo de Oro, devolver al soneto su frescura
abrumada por antiguas glorias y reavivar el auto sacramental que
querían congelar en venerable.
Cuando llegó la hora, sin pensarlo dos veces,
instintivamente, se colocó del lado del pueblo, pero no se
limitó (como tantos) a las declaraciones y eligió -como muchos,
y no sólo españoles- la primera línea de fuego. Pagó su precio,
y después de haberse salvado casi milagrosamente de la pena de
muerte ya dictada y tras haber sido paseado por todas las
prisiones del régimen, su breve existencia fue finalmente
apagada por la tuberculosis, el 28 de marzo de 1942, en la
cárcel de Alicante.
Una vida tan limpiamente entrelazada con su
época, con su gente y con su tierra hasta el punto de correr el
riesgo de volverse emblemática, e integrada a la vez como vimos
en un mito mayor, no podía evitar que su alta voz pareciera
quedar presa de las circunstancias. Algo similar le ocurrió a
César Vallejo, ese indoamericano que también murió prácticamente
de amor a la España desangrada, y en uno y otro caso muchos
fueron los que de ambas obras sólo alcanzaron a percibir (desde
uno u otro enfoque) apenas su vertiente digamos exterior o la
forma en que ello condicionaba su propia percepción, sin lograr
advertir que -conservando por supuesto su autenticidad y sus
razones- había allí también vertientes más fecundas y no menos
nutritivas.
“Yo no quiero más bienes / que tu persona”, me
dice repetidamente uno de los grandes cantaores del
flamenco. Y en la hondura del cante alto la palabra, sin dejar
de ser auténticamente popular, se hace sentimiento vivo, que se
transmite más por empatía que por mero concepto. De idéntica
manera, pero a un nivel que se me hace acaso superior, por
belleza y dominio, el pobre Miguel Hernández-internado en la
cárcel franquista, derrotado, separado de su mujer y de su
primer hijo muerto y que no conoce al nuevo hijo recién nacido
(al que dedicará las imborrables, indelebles Nanas de
la cebolla, como casi todo lo suyo también ligado con una
circunstancia significativa, la de sólo tener eso para comer)
pudo decir, magníficamente: “Yo no quiero más luz que tu cuerpo
ante el mío”, logrando así hacer relampaguear en esos papeles
escritos a escondidas de sus guardianes, entre 1938 y 1941 -y
que la Argentina tuvo el honor de ver editados por primera vez,
en 1958, por la editorial Lautaro y al cuidado del poeta
paraguayo Elvio Romero- aquellos intensísimos momentos de
lenguaje encarnado que constituyen el Cancionero y Romancero
de Ausencias.
No era la primera ocasión en que Miguel
Hernández, prohibido en su patria por la censura franquista,
alcanzaba a ser publicado en Buenos Aires. Recuerdo la milagrosa
edición de El rayo que no cesa, incluyendo su
primigenio El silbo vulnerado, que en 1949 su amigo y
protector José María de Cossío logró hacer publicar por
Espasa-Calpe Argentina, y la segunda pero en realidad primera
versión circulante del sintomático Viento del pueblo (cuya
tirada original, de 1937, se distribuyó en el frente), que
también Lautaro lanzó aquí en 1956.
Entre el resplandor de sus primeros poemas como
labrados intuitiva pero certeramente en el cuerpo del idioma, y
la evidencia flagrante y comunicativa de los textos encendidos
por el aire de su época, esos papeles que constituyen su
Cancionero y Romancero de Ausencias, rescatados del
presidio, reconcentrados quizá por ello en su deslumbrante e
intensa brevedad, pero en realidad probablemente enfrentados de
forma ineludible y por lo tanto escueta con la dimensión
trágicamente deslumbradora de su destino, resuenan todavía con
lumbre inextinguible. Desde Quevedo, no recuerdo haber
experimentado intensidad ni identidad mayor de sonido y sentido,
de lenguaje y perspectiva, a la vez decididamente carnal y
hondamente metafísica, que la de ese sucinto texto que comienza
“Menos tu vientre / todo es confuso”, que en términos de poesía
me animaría a defender como uno de los de mayor alcance de la
lengua. Y que no hacen sino certificar la deslumbrante claridad
que irradia por lo general todo el conjunto.
Es como si desde el fondo de las cárceles que
pretendieron negarlo, enmudecerlo, y más allá de las legítimas
pasiones de los hombres de su tiempo, en las que supo tomar
partido decididamente por los desheredados, un resplandor
generoso y general se hubiera hecho carne finalmente en la voz
de este “hijo de la luz y de la sombra”. Y si así fuera,
¿seremos capaces de estar a su altura, de encendernos en su luz
contagiosa, o preferiremos quedarnos apenas con tan sólo una u
otra porción de su enorme transparencia? |