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Ónfalo, de Daniel González Dueñas: voces en el laberinto

Mary Carmen Sánchez Ambriz

 

Ónfalo (Ediciones Sin Nombre, México, 2004) es una invitación a realizar un viaje al interior de uno mismo. Es un pentagrama en donde el poeta explora paisajes que se hallan piel adentro. Espirales fluyen en pos de un punto de fuga o, mejor dicho, de exactitud: las curvas diminutas apuntan hacia nuestro eje. Ónfalo, acaso, intenta recordarnos de dónde venimos y a dónde nos dirigimos.

Las palabras de Gerard de Séde y Lezama Lima se convierten en las aristas medulares que sostienen la propuesta lírica. Aquí no hay citas caprichosas, menciones gratuitas, ocurrentes, sino una organización esbozada desde la primera página. Las líneas de este poemario, las partes que dividen al epicentro, fueron desenterradas de fragmentos escritos por los autores referidos. Como si se tratara de un arqueólogo, Daniel González Dueñas halló las pausas que requería para aportarle coherencia a su estructura: la geología de la experiencia soñada –razonada– y presentida.

En el libro se ponen al descubierto los avatares de la caída y la transfiguración –mediante un examen de conciencia– cuyas materias primas son el fuego y la analogía. Historias y prehistorias: el saber sobre el alma no logra prescindir de las substancias con que están hechos los sueños.

Razón y origen, mitología y plegaria, especulación del otro lado del espejo y delirio, espíritu y piedra de la primera sibila. Después de la morada de los dioses, el lector se convierte en el toro que avanza hacia el centro del laberinto sobre un espacio hialino: la palabra. Ónfalo es una especie de manual de señas de identidad, en donde los caminos se cruzan por una introspección y la inminente necesidad de arribar a un vértice, a la sede de uno mismo, el ombligo. Escribe el poeta: “La sangre también se llama alma, y el alma es unos cuantos seres que a cada uno de nosotros dan voz, y rostro, nos circundan permitiéndonos escribir y así escribirnos en el retorno.” (p.78)

Al considerar una estricta percepción teológica-mitológica, Adán y Eva quizá fueron los primeros seres sin ombligo: Dios creó a Adán y su compañera fue moldeada a partir de una costilla que el Creador le quitó al primer hombre. No estuvieron unidos a un cordón umbilical, por lo tanto carecen de centro. Son los primeros seres desconcertados y sorprendidos ante su imperfección; los hijos de Eva tienen un eje, pero ellos no. Si un androide pretendiera hacerse pasar por un ser humano, tendría que tomarse tiempo suficiente para imitar en la cintura esa pequeña cavidad con pliegues delimitados, concéntricos.

Este libro corre la suerte de un octágono chino de la abundancia: si cada uno de sus lados está en equilibrio, sólo es necesario aumentarle un punto rojo en el centro. Sin embargo, lejos está de ser un trabajo de poetas que, como Diógenes, buscan hombres en pleno día con una linterna encendida. En sus páginas no se descubre lo evidente, ni se aventuran descripciones de nuestro entorno que terminan emulando a un listado de objetos; tampoco se aparenta ser otro, alguien de tierras lejanas que viene a descubrir distintas geografías y pasajes exóticos. A los catadores de disfraces e imposturas, a los que creen que alguien es poeta porque ha acertado en dos o tres frases –crípticas– que suenan bien, no les dirá nada Ónfalo. Lectores de ágrafos de la poesía mexicana, favor de abstenerse.

El poeta expone un universo intangible, más sensorial que metafórico; parte de asuntos sencillos que derivan en razonamientos. Su apuesta lírica se emparenta con un verso de Juarroz: “Los rostros que has ido abandonando/ se han quedado debajo de tu rostro/ y a veces te sobresalen/ como si tu piel no alcanzara para todos.”

La estructura de Ónfalo guarda una estrecha relación con el recorrido hacia el laberinto, parece haber sido concebido en espiral como una especie de éxodo sin retorno.

Como dice Borges de sí mismo, “hace tiempo que soy cazador de escrituras”. En cierto modo, así es quien firma Ónfalo pero con vicios y manías singulares. Su defendido sentido de lo marginal, de autor estoico irredento, lo ha alejado de servilismos: escribe lo que su conciencia le asigna y no lo que establece el cada vez más desprestigiado mercado editorial. Daniel González Dueñas encarna a un espíritu libre, sin ataduras; el aislamiento de grupos y camarillas le ha beneficiado en horas de dedicación y empeño.

Quizá no sea la pluma que siempre aparece en los suplementos culturales, el eterno jurado en concursos, el que congrega líneas interminables para firma de libros o el autor del que todos hablan –más por su desempeño histriónico como hacedor de relaciones públicas que por su calidad literaria–. Se trata de un escritor que no sabe apegarse a un género literario, suele frecuentar varios a la vez, y contar, como no dice exactamente un verso de Quevedo, con “pocos pero doctos” lectores. Ha recibido premios nacionales e internacionales, pero eso no ha alterado su franca manera de conducirse en el medio literario.

Imagino a González Dueñas como un asceta noctámbulo, que vive por y para la escritura. Cuando la madrugada se torna apacible, se activa el ímpetu creador. En su faceta de poeta, entregado a descifrar códigos y símbolos, grafías del alma y de la conciencia, despliega voces –que provienen del laberinto– con aires que recuerdan a Borges y Juarroz.

Sugiere Luis Cardoza y Aragón en Dibujos de ciego: “Los poemas son personajes en busca de un lector”. En los trazos de Daniel González Dueñas se requiere paladear el discurso, escrutar tejidos ondulantes en busca de significados móviles. El autor es el fiel retratista de un caracol que traduce el umbral de la existencia, para que –como se lee en Ónfalo– el poema suceda.

 

 

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