poemas
yo era una niña
mi primer poema retumbaba
en las orejas de mis vecinos
como un vendedor callejero
todo lo que nos sirve
se extiende sobre la lengua amplia
y
puntiaguda de la tarde
si hubiera habido agua para lavar
la melena sedosa del sol
la urdimbre de orfebrería que el deseo
acantonó en plazas de una existencia
inmóvil
ah muslos de las dunas deshojadas
atravesar el denso tapiz de la neblina
que las palmeras impregnan
de una incomprensible laboriosidad
que aqueja
volarle los sesos a la luna
es verdad
no había agua para regar un jardín
el desierto era aquella humanidad
y el polvo
que mi madre empuja con la escoba
también el calor futuro
se
sienta en la entrada de las bodegas
como una masa herrumbrosa de palabras
el
cromo impalpable de los alfiles
ordenando el tráfico sofocante de la luz
el
juego de espejos de zapatillas de frutas
levantando la nariz
del
espinazo entreliño de la calle
un
espesor de guitarra que en un McDonald’s
sigilosamente
alguna marea tratará de contradecir
y en medio está el mar
amuleto de la divinidad que acabo de canjear
por el más resplandeciente de los adioses
el
ritmo de los dedos sobre las rodillas
las
palmeras humanas gateando en la ribera
accidentada de vasos que las morenas
abrasan desde un mundo agujereado de sinrazones
y vida
el mar que sin piedad
en diminutos tallos abotono a mi piel
como un necesario latido de voces
piedra más dura del alba
por
ahí van los que se despiden
en la desesperación de otros cuerpos
sumergidos en la máscara cautiva de las olas
te desplomaste en el albedrío del aire
rodaste como una canción desmedida
en los textos más complejos del agua
en las arañas de luz que las palmeras
arrancan de una multitud
acordonada de pájaros
sin estación ni orilla
es tierra firme la playa
el mar su mundo interior
los nudos y voces que el faro
anticipa
en círculos y vitrales
de amaneceres borrosos
escenas de una vida aparente
en la lentitud de los techos
de una inclinación mortecina que arde
y sin embargo una lluvia invisible
tiende su espalda
jabonosa para cepillarla
la música
se arropa en su mundo interior
alguien se ofrece para leerme el tarot
las estrellas digo compañera
no creo en aquellos cartoncitos pintados de rojo
pero reconozco sus dedos
tu pasión
aquella luz
hay
días que no tolero más ruido que el de las construcciones
y el café no endulza
no hay nada que endulce este café
y quisiera ser la virgen que adorna el vello crepuscular
de un acolchonado cuadro
llamarme rosa rosita
tener el cabello largo y los pies pequeñitos y rosados
como los de una conocida muñeca
y llevarle a los muchachos de la construcción
tapers limpios de comida
papas sancochadas con pollo
mi buena sazón que venderé
y revenderé
con sendos cerros de arroz
lechuga agria y ají
de algo me servirá ser acomedida o liviana
sudar
atados de ropa limpia y una toalla
por si la transpiración
y luego pensar en los acabados del edificio
como terminaré yo
muros sellados y cielos falsos en placa de yeso
donde terminaré yo
soldaduras anclajes fijaciones de plástico
dónde anclaré
me desfondaré
y terminaré yo
y nada de prevención y mantenimiento
de martillos taladros patologías y formas
que hincan sus cabezas de movedizas serpientes
y me invitan a rodar
sentirme en la erosión de esta tierra de doble piso
sin fondo
y empapelan el ruido de un enceguecido tránsito
de aves guaneras como el dolor
de alguna primera vez
recuerdo sus jeans baratos y ajustados
sus blusas simples rosadas blancas y estrechas
recuerdo su revista rosa su bolsita cusqueña
cruzada como una metralleta de lana
recuerdo sus camisetas de hawái sus polos de mickey mouse
recuerdo las ganas con que miraba a los chicos guapos blanquitos
de la vanguardia al cabello largo y ondulado de josé
a
los católicos impecables en la mente
a
los delgaditos de bondad como una bandera
al john lennon de la mitad de sus narices
cómo los amaba y también cómo los odiaba
ella que deliberadamente se inició en el aprendizaje
anarquista de la disección a veces dispuesta
a
demoler sus sombras cómo se miraba
y
cómo me miraba
y
cómo expectorando la mitad de su cuerpo
un paraíso negado a la desnudez
aparcó en los insondables desiertos de lima
la recuerdo un día en que el tráfico rural de un camión
la dejó sola en el mundo isleño de los vegetales
el sarro azul y bautismal del afinador de cuerdas
en el vello púbico de sus palmas
en la ciudad hipnótica
y
la soñé hipnótica habitando una ciudad de cuerdas
no te acerques a ella
no le digas no le cuentes no la toques
la música era la misma
desmenuza todo menos su odio
todo menos eso que nos separa
incinera su amor que le quede algo que rebanar
que diga que piensa en sí y que tema
cuando se suelte el cabello
y
una nota acerada desde el fondo
maxilar de su cuello crezca como un bozal en su piel
y
se vea acholada achorada aniñada
estúpida escuchando a ese metiche
a
ese designado por la dirección general del partido
a esa multitud que nos separa |