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Sobre H, de Eugenio Castro
Julio Monteverde
Buenas tardes.
Para empezar por el principio, he de aclarar que conozco este
libro (H, de Eugenio Castro) de forma exhaustiva. Que lo
he visto crecer, menguar, tomar forma, acercarse y alejarse
prácticamente desde el mismo momento en que abandonó su estado
de proyecto, llegando incluso a ayudar a su materialización en
un estado embrionario de su edición. Supongo que esto dará una
idea de la proximidad afectiva que me une a él (proximidad que,
por otra parte, es la misma que me une a su autor y que
considero innecesario escamotear). Por lo tanto, su definitiva
puesta en circulación también forma parte de mi vida de un modo
particular. También para mí es un acontecimiento vital, más allá
de la posible importancia intelectual que le conceda, la cuál,
como veremos luego, es considerable. Y es que no hay muchos
libros como este, al menos no publicados originalmente en
castellano. Su singularidad es una parte fundamental del mismo,
y me gustaría también alabar aquí, antes de adentrarme en su
análisis, la decisión de publicarlo tomada por la editorial
Pepitas de Calabaza, para mi, y sin la menor duda, la editorial
independiente más interesante y admirable de cuantas existen hoy
en día en nuestro país.
*
Pero decía que no hay muchos libros como este. Algunos hay, es
cierto, pues este libro se enmarca dentro de una tradición
determinada, una tradición singular y característica que no es
otra que la tradición surrealista. Hablo de un tipo de libro que
se presenta siempre como difícilmente clasificable y que suele
provocar serios problemas a los bibliotecarios y los encargados
de sección de las librerías. Esta dificultad está provocada, con
total seguridad, por el mismo objeto que tratan de abordar y
comunicar, es decir: la experiencia de vida en lo que esta tiene
de más real, exenta de mediaciones, y que renuncia expresamente
y de modo tajante a ser mediatizada en cualquier proceso de
sublimación, ya sea este literario o de cualquier otra
naturaleza. Los ejemplos, por otra parte son conocidos. Nadja
de André Breton, El campesino de París de Aragon, o el Vampiro
pasivo de Gerashim Luca serían sin duda los más famosos,
pero hay que recordar igualmente toda una serie de textos y
artículos publicados en revistas y publicaciones surrealistas
desde hace más o menos 75 años. En todos ellos encontramos el
mismo fervor por lo real captado en su misma aparición,
en el vuelo a ras de unos acontecimientos fuertemente
significativos para el individuo y que por su misma
manifestación se presentan como provocadores de un cambio
determinado en la existencia cotidiana del que los vive. Se
trata pues en estos libros de dar un testimonio, y en último
caso (aunque no necesariamente), una reflexión, de lo real que
se vive a través del lenguaje; un testimonio en que
interferencias como la memoria subjetiva o el estilo tienden a
ser minimizadas en favor de unos fenómenos que se consideran por
sí mismos lo suficientemente elocuentes.
Con todo, admitida esta filiación, este libro se diferencia de
los ejemplos citados anteriormente por explorar un campo de
acción propio, que no es otro que el campo de la mirada. Y, más
concretamente, en el intento de recuperación de una mirada
humana sobre el mundo que la rodea, una mirada capaz de crear de
la misma forma que se crea con las manos o las palabras. Una
mirada activa, propia del ser humano y claramente diferenciada
de la mirada inútil tan cara a nuestro tiempo, mirada
fundamentalmente pasiva al estar limitada, me atrevo a decir con
total seguridad que obligada, a alimentarse de toda la basura
que se nos echa a los ojos diariamente, todo ese ruido que nos
va dificultando cada vez más la visión de lo real hasta
hacérnoslo prácticamente inverosímil, que nos condiciona para
sentir su explosión, para consumirlo como tal y, finalmente,
cuando es considerado necesario, para comunicarlo.
Se hará evidente pues que todo este proceso de recuperación de
las cualidades humanas del que hablo tiene un evidente carácter
político. Este carácter que participa de toda acción del hombre
cuando este toma la determinación de coger las riendas de su
vida y debe enfrentarse a todo lo que se lo dificulta. Se trata,
no lo olvidemos, de un proceso lógico, cuyo movimiento está
basado en la decisión de llevar lo más lejos posible su propia
coherencia interna, en adentrarse en su extremo, pero no por
simple placer por su exceso, sino por entenderlo como el
punto necesario de acción. De esta forma, las consecuencias
lógicas de la poesía, en el estado actual de las cosas, no
pueden llevarnos más que a la radicalización de nuestra visión
del mundo. Y por supuesto viceversa, es decir, que nuestra
visión del mundo, nuestra constatación de su estado deplorable,
no puede sino conducirnos a la radicalización completa de
nuestra poesía.
Así pues, esta experiencia de la mirada, concebida de esta forma
determinada, es sobre la que se levanta H. ¿Pero qué es
lo que mira Eugenio Castro? Si abrimos el libro al azar veremos
que está plagado de fotografías, tantas que se hace evidente que
éstas no pueden tener un papel de mero apoyo del texto.
Igualmente se comprende que tampoco son meramente artísticas, ya
que en ellas se ha eliminado completamente la preocupación
estética (su para sí), que ni siquiera brilla por su
ausencia. Por último, tampoco son un mero documento contextual.
Tienen vida propia, una vida singular y enigmática.
¿En qué reside pues esta singularidad? En su relación con el
texto, estas fotografías no solamente tratan de mostrar un
determinado lugar o un objeto, sino que intentan participar, que
no crear, el estado en el que se ha experimentado su presencia,
estado al cual remiten, y sin el que estas fotografías serían
perfectamente superfluas. La experiencia sensible viene primero,
y es sobre ella sobre la que texto e imagen deben replegarse,
con la condición añadida de que se trata de una experiencia cuya
sensación se muestra como inasible para con todo lenguaje. Su
silencio es brutalmente elocuente. Y la forma de recogerlo de
Eugenio, tanto en su texto como en sus imágenes, permanecería
fiel al famoso intento que Mallarmé definió, pero que es común a
gran parte de la creación poética del pasado siglo, de “hacer
comunicable lo ininteligible sin hacerlo inteligible” (y aquí
apostillaríamos nosotros “es decir: sin traicionarlo”). Esta
tensión se me antoja imprescindible si, como hace Eugenio, lo
que se intenta no es meramente ofrecer un relato más o menos al
gusto del día acerca de una intensa vida interior, sino que se
intenta hacer trasmisible una experiencia, cuando menos como
demostración para el lector. Por tanto no sólo existe en
ellas una intención de “dar cuenta” de una determinada
experiencia, de “dar a ver”, sino sobre todo, y como ya se
definió en otro lugar, de “dar a vivir”.
Pero me parece que la pregunta ¿a dónde mira Eugenio Castro?
sigue abierta. La respuesta parece ahora más al alcance, y por
otra parte él mismo la especifica ya desde las primeras páginas
del texto. La mirada se posa Ahí, entendido siempre como
lugar donde se materializa la presencia. Ese ahí cercano,
indudable, en el que lo real sucede. Ese ahí, en
definitiva, en el que la mirada se materializa sin mediaciones,
donde accede a la presencia, punto físico de comunicación y,
sobre todo, de intercambio.
Para llevar a cabo esta búsqueda, este libro está dividido en
tres grandes apartados. Ciudad, afuera y H. En el
apartado denominado Ciudad, encontramos una serie de
reflexiones y fotografías centradas en el espacio urbano. He de
decir aquí que creo un poco superfluo señalar que la utilización
del espacio-ciudad por parte de Eugenio va más allá del mero
“marco” circunstancial. La ciudad, bien lo sabemos, se ha
manifestado desde su creación como el reflejo de sus habitantes.
Esto es: la ciudad humana es el espacio privilegiado dónde
encontraríamos algunos de los rastros más intensos de la vida
social y psíquica del ser humano. La ciudad pues es sin duda una
de las creaciones más legibles del hombre. Inicialmente creada
por él a escala de su vida, campo de juego de su voluntad
señalizado por los resquicios, por la grietas en las que están
inscritas no sólo la historia, sino la vida concreta de sus
habitantes, que la han absorbido y la conservan: los miedos, el
amor, la alegría y la muerte. Todo lo que arde en su interior y
que ha quedado ahí. Existen pues las correspondencias,
aunque ya no es “la naturaleza” la que nos envía su mensaje como
afirmaba Baudelaire, sino el propio ser humano, los hombres y
las mujeres que han vivido y viven. La ciudad es entonces un
bosque de símbolos, sí, pero un bosque hecho con las
esquirlas desprendidas del espíritu de los seres que lo habitan.
Comprendiendo esto, podemos rápidamente esperar el paso lógico
subsiguiente hacia un Afuera entendido como experiencia
de la exterioridad, de lo indeterminado de la naturaleza en la
que el mundo mismo es ofrecido como un don excesivo. La
recepción del sentimiento de la naturaleza, de lo que queda
abierto siempre, y que escapa en su indeterminación a la lógica
de cualquier intercambio que se pretenda efectuar entre el
hombre y ella. En la naturaleza lo exterior, lo abierto, es lo
que se manifiesta en su realidad. Y se manifiesta por sí mismo,
siendo el hombre, si lo desea, quién puede sentirlo y finalmente
aprehenderlo. Como se ve el proceso es el mismo que en el
apartado anterior, si bien sus motivaciones y sus resultados son
claramente diferentes ya que no es el hombre lo que se busca en
él, sino lo que le rodea, el mundo mismo en el que construye su
vida de una forma más general y por decirlo de forma histórica,
anterior que la ciudad.
Así, tenemos pues dos términos: Ciudad y Afuera, lo interior y
lo exterior, manifestándose realmente en un ahí concreto.
La dialéctica pues se impone. La síntesis debería desprenderse
necesariamente de este proceso. Esta síntesis se da, de forma
perfectamente identificable, como muy bien Eugenio dispone en su
libro, en el azar objetivo. Recordemos que fue primeramente
Hegel quién habló de este fenómeno, que posteriormente André
Breton definiría sumariamente como “la forma de manifestación de
la necesidad exterior que se abriría un camino en el
inconsciente humano”. Por tanto el azar objetivo se presenta
como esa síntesis de lo que tenemos dentro y de lo que nos
sucede, que adquiere de una forma u otra el carácter de
necesidad. Así adviene H. Los relatos de azar que jalonan
este libro y que confluyen definitivamente en H, suponen
la síntesis de esa búsqueda de la que he hablado. El azar
objetivo es una de las manifestaciones de lo maravilloso, una de
sus más inquietantes y poderosas debido precisamente a la fusión
dialéctica que se produce en su aparición, en la que las
necesidades interiores del ser humano y las causalidades
exteriores se resuelven de forma brusca pero significativa. El
azar objetivo actúa como explota una bomba. Y si bien se
encuentra en él un componente claramente subjetivo e interior,
posee siempre un componente exterior, fuera del alcance de la
voluntad del hombre, que le da precisamente ese carácter
objetivo del que estamos hablando. Todos los que hayan
experimentado de una forma u otra el fenómeno del azar habrán
caído en la cuenta de que existe en él un algo que rebasa con
mucho nuestra capacidad de acción. En ese sentido, no es
exagerado pues decir que su presencia es real hasta la
extenuación, ridiculizando, y digo bien, ridiculizando, todos
los demás momentos de nuestra vida cotidiana sumergida, con
mucha más frecuencia de lo soportable, en lo indiferente.
Por tanto, he de admitir para finalizar que, al menos para mí,
el enigma que subyace tras las páginas de este libro y que las
modula, no es ni más ni menos que el de esa zona de
indeterminación que reside en toda experiencia de lo maravilloso
en general y en el azar objetivo en particular. Es lo oscuro
inmediato que mantiene todo su poder al haberse manifestado
aún sin que podamos conocer exactamente sus condicionantes. Un
componente que se escapa a la mera subjetividad del ser humano y
que le da su carácter inapelable, ya que ha pasado. Como
la letra H existe, aunque no nos sea imposible atraparla. Como
la letra H actúa, tiene un papel, aunque no podamos, al menos
hasta la fecha, saber concretamente a qué suena. |