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josé a. baragaño

 

¿Por qué la poesía?

José A. Baragaño

 

Desde hace años venía gritando por un diálogo alrededor del problema de los problemas: la poesía.  En los últimos tiempos (después de una batalla solitaria), la nueva generación ha entrado en un combate dialéctico que puede conducir a una zona de la verdad, descubriendo la verdad poética.  El artículo de Padilla[1], la respuesta de Piñera[2] —que hace lo posible por saltar por encima de las limitaciones temporales—; el artículo de Arrufat[3] y el de Pablo Armando Fernández[4] comienzan a desgarrar ese velo depravado que cubría la actividad literaria en Cuba, clavando la lanceta de la crítica donde hacía falta.  El diálogo, por su carácter de primer acercamiento, no ha penetrado aún la región fundamental del sentido de lo poético o el ser de la poesía.  A medida que ese esfuerzo avance, haciendo presiones cada vez mayores, es posible que rompa el círculo mágico que distancia la intención de lo abiertamente poético.

Hasta ahora se procuró clasificar, haciendo una mise au point de la cuestión, sin abordar la esencia de lo tratado: se ha trabajado con el propósito de definir cuál es la posición histórica de cada grupo, la brusquedad de cada desplazamiento.  Pero el asunto central, lo que interesa en forma mayor, el problema de la poesía y del lenguaje ha sido vadeado, pero no enfrentado.

La poesía admite una actitud auténtica y una actitud inauténtica.   Esa dualidad que se posibilita en todas las esferas de la actividad humana, porque, es decir de Aristóteles, hay muchas maneras de llegar al ser del existente, se abre camino por el vericueto de lo poético, en total posición y contradicción, si decimos, dialéctica.

Partiendo de esa meta a la que es imprescindible llegar para atentar contra el mundo de lo poético, podemos decir que poesía es lo que es; poesía es el encuentro sobre un mismo plano de realidades alejadas (la imagen), en forma sintética o analítica; poesía es todo lo que el lenguaje consciente o inconscientemente quiere expresar; poesía es ese habitar en poeta, la total develación del ser en lo abierto o la simple acción del sueño y la imagen.  Poesía es tantas cosas como el hombre es capaz de crear en forma de lenguaje.

Se suele incurrir entre nosotros en errores en cuanto a lo que es la imagen poética a través de una falsa conciencia o gracias a un menosprecio patente de la imagen.  Gran parte de esa actitud es producto de la ignorancia de lo que es o puede ser la imagen poética.  Esa ausencia de una claridad proyectada sobre el contenido o duración de lo poético conduce a la desviación de lo fundamental poético que se ha padecido en la literatura hecha en Cuba.

La poesía moderna no es diferente del concepto de lo poético que hubo en Hölderlin, en Coleridge (concretamente explicado en Kubla Khan), en Blake, en Baudelaire, en Lautréamont.  Pretender un aislamiento en ese sentido (en el mejor sentido de la poesía) es caer en una contradicción nefasta por la ignorancia de la actualidad poética.  La historia de la poesía es poética: con esto quiero decir que nuestra existencia como poetas es el reflejo de esas pocas actividades verdaderas en el mundo de la poesía con que nos encontramos, tanto al inclinarnos a escribir como cuando medimos nuestra actividad con el pasado (con la totalidad universal), y con la verdad y poesía que puede haber en ese pasado.

El romanticismo contemporáneo, lo que es y ha sido nuestra poesía, no es un hecho aislado: emana de una actualidad severa y continuada.  Muchos que escriben como escribieron los malos escritores del pasado, se llenan de desprecio para decir, por ejemplo, que la poesía de Lautréamont, que es la plena actualidad, es cosa pretérita, cuando esa poesía es un presente eterno.  Es más, se puede afirmar que nada de lo que se ha escrito después, si es válido, es ajeno a la obra de Rimbaud y Lautréamont; todo se encuentra privilegiadamente expuesto en esas obras esenciales.  Puedo afirmar que lo mejor de lo mejor que sobrenavega la historia de la literatura cubana, desde Julián del Casal, está impregnado de reminiscencias, de influencias recibidas por trasmano de esas actitudes básicas.  Y lo mejor que se ha escrito en nuestra literatura, si somos valientes, podemos decir que es poca cosa.  Sólo esa absoluta franqueza nos permitirá hacer una obra válida y con sentido.

Somos, naturalmente, víctimas de una trayectoria poética.  Sólo escapan, en su medida, los que dan un giro copernicano a la actividad poética y se adentran en otras realidades.  Precisamente, el error de la generación que ahora soporta la violencia de la crítica consistió en pretender adaptar y reducir lo que es esencialmente rebeldía; unir a una posición burguesa la poesía revolucionaria; continuar una forma de vida adoptando formas poéticas que exigen cambiar la vida.  Toda esa poesía que se critica (Orígenes en particular) careció de un concepto de lo poético, trató de unir a Saint John Perse a los sonetistas españoles; el barroco al surrealismo: dos formas que se acercan en lo exterior, pero que en su realidad más real se alejan y contradicen.

El surrealismo atraviesa toda la poesía moderna desde tiempos de Monk Lewis, que ponía como epígrafe de su libro El Monje estos versos de Horacio: Somnia, terrores mágicos, miracula, sagae, nocturnos lemures, portentaque (“Sueños, terrores mágicos, milagros, brujas, espectros nocturnos y presagios amenazadores”) hasta la antología de poesía cubana[5] más reciente que está repleta de surrealismo, porque aun las influencias de Neruda y Vallejo que medran entre estos poetas surgen directamente de la actividad surrealista de los años treinta.

Por ignorancia o mala voluntad se olvida con frecuencia que Char, Artaud, el mejor Aragon, el Neruda de Residencia en la tierra, Octavio Paz, son surrealistas.  Es que la gran poesía actual es surrealista.  No se trata de hacer una defensa del surrealismo, que está de más emprender: es una pura constatación crítica, que considero necesaria.  Entre nosotros, y me interesa señalarlo, algunos de los que deben mucho al surrealismo, como Alejo Carpentier, se entusiasman para disparar contra los surrealistas.  Hace años, Virgilio Piñera, que tanto se interesa en el enorme Jarry, lanzó unas cuantas salvas contra el surrealismo tomando como pretexto uno de mis libros, y en su artículo de respuesta a Heberto Padilla afirma que los surrealistas estuvieron entre sus visitaciones poéticas.  Sin duda, no ignora Piñera, conocedor de literatura francesa, que los surrealistas preservaron del olvido todo lo que él practica en literatura, tanto que su mejor poema tiene una indiscutible influencia de Aimé Cesaire.  No, ciertamente, no.  Nadie en Cuba ignora esas verdades.  Pero con el surrealismo ocurre lo mismo que con el psicoanálisis y el marxismo.  Todos les debemos algo, pero muchos lo niegan en un momento dado, y todos los que, en definitiva, quieren tener una visión completa del mundo moderno cuentan con esas posiciones que son esenciales en nuestra época.

Virgilio Piñera sabe eso.  No evade la realidad de la poesía surrealista como los que quedaron en Orígenes, que no comprendían nada por aislacionismo cultural; para ellos el surrealismo era un fantasma que recorría el mundo de la poesía, convertido en la primera potencia en el terreno poético.  Esto no es más que una aclaración.  Una toma de conciencia crítica: concibo la poesía dentro y fuera del surrealismo, como concibo la vida dentro y fuera de la atmósfera, y la muerte dentro y fuera de un ataúd.  Se trata de valorar lo que es un acontecimiento que estuvo dirigido a transformar el destino de la actividad literaria, y que funciona en esa dirección.  En el momento en que escribo este trabajo una nueva exposición universal se realiza en Paris.  Toda la crítica europea de los últimos tiempos reconoce que fue el surrealismo quien puso en movimiento la poesía moderna.  Aun escritores ajenos al surrealismo (a pesar de los contactos evidentes) como Kafka y Joyce son incorporados, en ocasiones, por la crítica a ese vasto movimiento.

Creo que la poesía que se hace en Cuba encontrará su dirección propia, será la poesía que habite el hombre en esta zona dispuesta a lo poético.  Pero constato con claridad que la ausencia de una cosmovisión y de una ontología (o un simple desgarramiento), de parte de los escritores del pasado produjo las frustraciones del presente.  Es desesperante comparar la gran poesía de Aimé Cesaire y Magloire de Saint Aude, con la obra de los cubanos.  Esos poetas que buscaron el enclave poético adecuado a su tiempo, obtuvieron mucho más que los “eclécticos” cubanos, nostálgicos de la belleza formal del imperio de Carlos V, navegando en la frivolidad de un “estilo” compuesto de retazos.

Si el león es cordero digerido, el cordero es león por digerir.  Y el cordero de nuestras presencias poéticas nunca fue saludablemente digerido.

 

II

 

“En el pensamiento el ser se vuelve cuestión de lenguaje.  El lenguaje es la mansión del ser: en esa vivienda habita el hombre.  Los poetas y los pensadores son los guardianes de ese hogar; su guarda consiste en que dejan realizarse al ser, por tanto, traen y guardan, en el lenguaje, gracias a su decir, la revelación del ser.”

“Pues en el sentido propio del término, es el lenguaje el que habla.”

“Gracias al construir (bauen).  En tanto que hacer habitar, la poesía es un “construir” (bauen).”

“A medida que la obra de un poeta es poética, y que su hablar es libre, está más abierta a lo imprevisto, más dispuesta a aceptarlo.”

“La esencia de la imagen es hacer ver algo: por el contrario, las copias e imitaciones son variedades degeneradas de la verdadera imagen que, como aspecto, hace ver lo Invisible y así lo “imagina” haciéndolo entrar en una cosa que le es extranjera.  (La imagen “imagina” lo Invisible, es decir, le da una forma.)  También las imágenes poéticas son por excelencia imaginaciones: no simples fantasías e ilusiones, sino imaginaciones en tanto que inclusiones visibles de lo extranjero en la experiencia de lo familiar.  El hablar (decir) poético de las imágenes recoge y une en un solo verbo la claridad y los ecos de los fenómenos celestes, la obscuridad y el silencio de lo extranjero.”

 

En su lenguaje, Martin Heidegger aproxima la realidad (finalidad) del lenguaje poético.  En sus investigaciones sobre Trakl en “El Hombre Habita en Poema”, sobre Hölderlin en “¿Qué es Pensar?”, Heidegger llega a una situación fundamental que nos interesa: el poeta realiza el esfuerzo desgarrador de terminar con la anulación, de hacer de esta tierra (porque la poesía es cosa de la tierra, atañe al hombre) su morada.

Dice Heidegger que la poesía es un construir (bauen), a partir del lenguaje, pero el poeta no es el amo del lenguaje, el lenguaje habla por el poeta.  A través de las imágenes que son imaginaciones (la imagen imagina), el hombre hace la tierra del hombre sobre la tierra.  Porque Hölderlin se apresura a señalar que la poesía es cosa de la tierra.  Vivir como poeta es vivir sobre esta tierra verdadera; la poesía es la medida del hombre, esa medida de todas las cosas, en el momento en que se dispersan todas las alienaciones.  Y en ese bregar el quantum de energía poética es variable en cada poeta, que con la imagen da el mundo transformado.

Es necesario aclararlo porque en Cuba se ha caído en una confusión que trata de asimilar el ateísmo de Heidegger a una posición religiosa: el ser de Heidegger no es Dios ni un fundamento del mundo; se aleja de todo ente al mismo tiempo que es lo más próximo: “esa proximidad es para el hombre lo más lejano que existe”.  El Ser es lo que es, tal el mensaje que nos legaran los presocráticos, en particular Anaximandro, Parménides y Heráclito.  El hombre ha olvidado ese mensaje en provecho de una atención al existente de donde surgen los existencialismos a los que se opone Heidegger.  Dice el filósofo que pone la poesía como suprema actividad: “La muestra y se oculta en la manera cómo todo está presente: a saber, en que, a pesar de todas las victorias sobre la distancia, la proximidad de lo que es continúa ausente”.  El lenguaje que domina la voz del poeta hace la presencia.

No es cuestión para nosotros de tratar sobre la ontología de Martin Heidegger si hablamos del problema de los problemas: la poesía.  Queremos determinar que esa actitud nuestra, ese ser y estar del poeta, exige un esfuerzo sin medida; una continua construcción y destrucción de los medios para llegar a la realidad poética.

¿Se trabajó entre nosotros en el pasado?  No podemos decir que no, pero no nos encontramos con una sola frase poética que merezca cinco minutos de meditación y entrega: un gesto, una acción, una actitud.

Pero la poesía es actualidad, cosa de la tierra; lo que interesa es nuestra propia obra.  Si la poesía perteneciera en alguna forma a una excelencia, a un momento histórico, bastaría con leer a Dante o a Góngora, que llegaron a su realización de manera total; podríamos descansar sobre la obra de Angelus Silesius o Maiakosky y olvidarlo todo: la poesía continuaría plenamente viva.  No es así.  La poesía es mi poesía y nuestra poesía.  Cada época busca en su futuro, en el orden político como social, su poesía; esta frase de Karl Marx me parece lo aclara todo: “la revolución del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino del porvenir”.  La contemplación de la poesía del pasado es muerte.  La poesía no se nutre de ideologías abolidas.  La poesía se vive, se hace, y se vive y se hace en nuestro desgarramiento y el de los otros.  El terror, el cuerpo desgarrado de Antonin Artaud, es tan mío como de él.  Pero en mi trabajo reúno nuestras actitudes, incorporo lo que es de él y lo devuelvo en su poesía, en mi habitar en poeta.

La circunstancia histórica de Rimbaud da la poesía de Rimbaud.  La poesía que Rimbaud haría en 1959 me interesaría con pasión y fervor, pero sin ser mi poesía.  Nuestra circunstancia histórica en universalidad, y en su contacto directo con la tierra, tiene que dar nuestra poesía.  La identificación, por ejemplo, del poeta con la realidad histórica cubana puede desencadenar una forma de poesía.  Porque nuestro dolor, nuestros terrores, nuestra historia, tienen su derecho y su razón.

El alejamiento de la desgarrada situación ante la sociedad del hombre contemporáneo ha suscitado la impotencia del pasado literario cubano.  No podemos decir nada (ese decir fundamental poético), si no nos acercamos a nuestro mundo hasta perderlo de vista en la gran imagen.  El poeta no puede estar ausente de las angustias de su siglo, se identificará tanto con las mismas que la voz será la voz de toda esa tragedia, de toda esa contienda, para dar un nuevo sentido a las palabras de la tribu.

 

III

 

Se ha dicho que la nueva poesía cubana (por encima del confusionismo de Orígenes) es definitivamente mejor que la anterior.  No era cosa muy difícil.  Los poetas incorporados a esa antología (a pesar de que alguno está maculado con vinculaciones poéticas desastrosas) tienen comprometido el inicio de un trabajo, que en el caso de que se quedara en su fase actual no superaría la cruenta intentona.

No creo en el valor de las “antologías”.  Son un esfuerzo por unir cosas muy alejadas.  Bueno es que se vaya conociendo lo que se hace, pero lo definitivo es el trabajo de cada uno de los poetas.  Ahora bien (sin excluirme), en ese libro se hace perceptible, como en otras antologías hechas en este país, una voluntad incompleta, la ausencia de una visión radical en los autores.  Con un poeta basta para una generación, y, a veces, para una cultura.  El trabajo por realizar es superior a lo logrado, se sienten grandes ausencias en ese bloque de palabras que sólo se pueden llenar con trabajo, con la poesía que es cosa de esta tierra, porque a medida que la obra de un poeta es más abierta, está más dispuesta a lo imprevisto, a aceptarlo.  Ese libro, como casi todo lo que se escribe en este país, sufre de una dolencia terrible: el miedoEl miedo a ser inferior a lo que uno es, el miedo a la garra terrible de la belleza, el miedo a la peste y al olvido, grandes compañeros de los poetas...

“Ese conocimiento superior a todo saber que es la poesía”: tal dice Saint John Perse; esa revelación del ser que nadie puede penetrar, la intensidad feroz y combativa que es la poesía, que habla con la primera palabra, no se obtiene uniendo palabrejas que se consideran “poéticas”, sino viviendo peligrosamente la vida.  Pero vivir peligrosamente es algo más que correr riesgos.  Es abandonar toda atadura, nadar sobre el encarcelamiento del hombre contemporáneo; romper la red de las alienaciones y ser absolutamente poetas.  Si la poesía entre nosotros rompe la barrera de los lugares comunes, los sentimentalismos y la beatería, será poesía.  De lo contrario, nuestra literatura continuará siendo la hermana boba de nuestro destino intelectual.

 

NOTAS

[1] Heberto Padilla, “La poesía en su lugar”, Lunes de Revolución, No. 38, 7 de diciembre de 1959.

[2] Virgilio Piñera, “Cada cosa en su lugar”, Lunes de Revolución, No. 39, 14 de diciembre de 1959.

[3] Antón Arrufat, “La poesía a la vista” Lunes de Revolución, No. 39, 14 de diciembre de 1959.

[4] Pablo Armando Fernández, “Un lugar para la poesía”, Lunes de Revolución, No. 39, 14 de diciembre de 1959.

[5] Poesía joven de Cuba (Ed. Popular de Cuba y del Carbie, Lima, 1959) con prólogo y selección de Roberto Fernández Retamar y Fayad Jamís.  Poetas incluidos: Rolando Escardó, Cleva Solís, Luis Marré, Fayad Jamís, Roberto F. Retamar, Nivaria Tejera, Pablo Armando Fernández, Pedro de Oraá y José Alvarez Baragaño.

José Alvarez Baragaño (Cuba, 1932-1962).  Poeta y escritor.  Autor de los poemarios Cambiar la vida (Paris: Le Soleil Noir, 1952), El amor original (La Habana: Castor, 1955) y Poesía, revolución del ser (La Habana: Ediciones R, 1960) y el ensayo Lam (La Habana: Sociedad Colombista Panamericana, 1958).  “¿Por qué la poesía?” fue publicado originalmente en el semanario Lunes de Revolución (La Habana, No. 44, 25 de enero de 1960), suplemento literario del diario Revolución.

 

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