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A
ras del vidrio
(o la palabra como puerta y nido) , de Belkys Arredondo
José Napoleón Oropeza
Hace
apenas tres meses tuvimos la gran dicha de leer, por primera
vez, el libro de poemas A ras del vidrio, de
Belkys Arredondo, que había sido presentado a la Bienal
Latinoamericana de Literatura "José Rafael Pocaterra",
organizada por el Ateneo de Valencia, correspondiente al bienio
2004-2006. Había obtenido, de manera unánime, el voto favorable
de los integrantes del Jurado Calificador, los poetas Edda
Armas, Eugenio Montejo y Armando Rojas Guardia, quienes
destacaron, en el texto del veredicto, la destreza verbal, para
crear atmósferas decantadas y una sostenida "voluntad de
mirada", a través de poemas breves de estilo cuidado y homogéneo
en su forma.
Luego de conocido el veredicto de los miembros del Jurado
Calificador de las obras enviadas a la Bienal de Literatura, en
la Sección Poesía, nos dedicamos a leer el manuscrito premiado.
Un primer encuentro nuestro, en vuelo "rasante" por el libro nos
dejó la sensación de liviandad en el alma. En la propuesta de
Arredondo, predomina, en esencia, la idea de un viaje, el
reconocimiento de un territorio (o de variados territorios o
espacios) a través de una mirada interior en la cual, desde el
primer poema, se establece el énfasis en la necesidad de abrir
todas las puertas hacia adentro, en busca de un reconocimiento,
cierto o fallido, de la noción de lugar: "sin rumbo en la mar
tranquilo no ha visto tierra el ruido de las gaviotas
y su zambullirse marcará el término" La
"zambullida" de las gaviotas ( o del ser) , entre el silencio
que allana la experiencia y el bullicio de la mirada al fundar
un nuevo espacio o territorio, se estructura en dos partes
tituladas "de los espacios" y "de las carreteras".
En la primera parte, la noción de "espacio" se fundamenta en la
imagen de la puerta que se abre hacia adentro, en busca de una
mirada o experiencia que signe encuentros plenos de un ser con
"otro" dibujado, no tan sólo por el deseo de descender hasta el
fondo de la interioridad sino, también, por una posible
pertenencia o límite real de un pleno hallazgo: "se perciben
las pertenencias acomodadas en el tiempo sólo
tengo el límite del cuerpo que pregunta" En
esa primera parte, el ser que crea y rastrea una mirada, quizá
otee el universo real, desde lo más hondo de un pozo . Tal
acometida se prolonga, se enfatiza en la siguiente visión: el
deseo de una posible mesa para extender palabras, un punto de
llegada y no de las mismas semillas. Una mesa y unas semillas
que sólo permiten crecer las mismas interrogantes, la misma
ansia: "agotas el amarillo pintas de junco lo que se
extiende desde los hombros a las manos ¿abrirás
las semillas al lienzo para tender la mesa
disponer las palabras?
Pero el viaje, en esta parte, debe con cluir, a cada paso, en la
libre caída hacia abajo, para, así, reanudar el ascenso, también
libre, el vuelo signado "igual que el ave ceniza" por un adiós
marcado por otras palabras transparentes, ramas multiplicadas en
otras ansias de vuelo y de caída, apertura y cierre. Se enfatiza
la búsqueda hasta crear la noción de nudo, la redondez de un
mundo. Todo queda hueco "entre vendajes nidos", abierta claridad
ovillada en el nido. Transparenta el reinicio del viaje, la
mirada de vidrio: haz y envés; una puerta nos lleva a otra, como
una semilla. Un rincón de vidrio. Puerta y nido han dado
vueltas. Sólo existe vidrio en la fundación del universo.
Quizá sea el tiempo en que la boca "quieta asienta lo vivido" y
propugna el nombrar en la siguiente parte, titulada "de las
carreteras", en la cual se dibuja , se ansía, se perfila la idea
de un territorio, de un espacio externo en el cual descansar o
posar la mirada, dejar huella tras huella, proseguir un viaje
distinto. La memoria que se desea fijar, implica el deseo de
tocar, de palpar, de evocar rostros y lugares, de rozar objetos,
aunque todas las cosas sean, apenas, orillas de un mismo pozo:
"en las carreteras nos dejamos llevar raíces aéreas
disecadas al sol indican a dónde se irán los ojos..."
Lo que se desea fijo, estable, bordado en la memoria como un
horcón que resistiese al mismo remolinar y giros del viento,
termina borrándose, incorporado al sueño, aun cuando se haya
añorado como lugar de encuentros, como nudo y no neblina
afianzada en el círculo y, de nuevo, en punto de retorno: "...detrás
al fondo donde el ojo aguza su pregunta hay un
círculo de neblina alambrada que nos separa del
sueño" La alambrada, los cujíes, el padre, la señora de la
gran cartera, la niña que añora la carretera sembrada de cujíes,
forman tijeras de aire, ceremonias del viento que todo lo funda,
lo barre y vuelve a armar. Para que, así, el ser que viaja,
sueña o interroga, continúe apegado al sueño de que se tiene
alguna certidumbre en este viaje. Pero no viento y el sueño que
todo lo hace posible y, enseguida, todo lo borra cuando prosigue
el viaje, el devaneo: "las carreteras son paradas de trenes
andamios veloces en donde no nos movemos en una
velocidad estática detrás de transparencias amarillas
surgen silbidos que acompañan deshago la manivela del
vidrio mientras barre el viento no atina a
llevarse tu cara" El viento que todo lo borra y todo lo
modela dibuja la muerte, la desmemoria, como una fiesta de
lenguaje que en, a ras de vidrio, nos proporciona
el más hermoso de los viajes. Todo en este viaje gira hasta el
logro de un vuelo absoluto que sólo funda la desmemoria, el
desamparo. El universo se reduce al devaneo de la aguja y de una
mirada convertida en pozo: los ojos podrán reiniciar el viaje,
tratar de hallar un rostro o lugar absoluto.
Pero cada mirada, cada parada en este viaje, borda el camino
húmedo que nos conduce al mismo pozo. Nos deja este libro, este
pozo tan bello, tan preciso en su forma de recordarnos que toda
lengua ( o toda mirada) será, por siempre, un pez atrapado,
convertido en vidrio, en pozo. |