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Belkys
Arredondo: Sagita y el laberinto de los mirajes
Juan Calzadilla
No
es tarea fácil para el escritor de hoy enfrentar la crisis que
afecta al sector literario del país sin tener que armarse de una
gran dosis de optimismo y coraje. La crisis, para decir algo, se
refleja sobre todo en el pobre desempeño de la actividad
editorial, en el bajo índice de lectura de la población, en el
alto costo del libro y en la escasa difusión que éste recibe por
parte de los organismos competentes. Este efecto es aún más
perverso en el caso de la poesía, género tradicionalmente
depredado a la vista del negocio librero y para el que las
puertas editoriales siempre han estado más o menos cerradas.
Publicar hoy es para el poeta lo más parecido a una temporada en
el infierno y consiste en una verdadera aventura cuyo riesgo se
le deja exclusivamente a él.
En el marco de esta anomalía, a la que no es posible atribuir
progreso alguno, puede decirse que hemos retrocedido al punto en
que estaban las cosas por los años 60, cuando la única salida
para la poesía eran las ediciones artesanales. Las cosas
mejoraron en 1967, al entrar en el juego Monte Ávila Editores,
empresa del Estado cuya actividad de las primeras décadas
comprobó que la poesía podía competir comercialmente con los
otros géneros literarios. Pero esto no fue suficiente. Por lo
menos hasta que se encontraron razones en la crisis para dejar
casi en la lona el presupuesto de la casa editora.
Tales carencias, si así puede llamarse a lo que es más bien un
precipicio, plantean a las nuevas generaciones de poetas, en
proporción a la profundización de la crisis, el reto de
ingeniarse para encontrarle salida a la necesidad o el afán de
publicar. Ya se están aplicando mecanismos que van desde las
llamadas editoriales alternativas a los proyectos privados de
autogestión. En cuanto a las primeras, sucede que éstas dependen
demasiado del subsidio oficial, y corren el riesgo de
convertirse en cotos cerrados, al servicio de los intereses de
los miembros gestores. En todo caso, el problema no se resuelve
sólo con la publicación del libro. El reto supone también,
paralelamente, ampliar el ya menguado y recesivo círculo de
lectores, abrir las puertas a nuevos interlocutores, crear
circuitos de lecturas y plataformas de entendimiento que den
nuevo vigor a una crítica alicaída, etc. Los poetas necesitarán
organizarse de manera más solidaria, como lo hacen las
asociaciones de vecinos para darse a respetar; motorizar sus
propias actividades y crear casas de poesía. Las lecturas en
público y los talleres han generado incentivos al universo
literario, ciertamente, y resultan imprescindibles a estas
alturas, aunque haya que decir que la lectura no sustituye al
libro y a menudo resulta un engaño. Por su parte, los talleres
no cuentan con fondos para la publicación de obras y tampoco con
metodologías muy claras en cuanto a su funcionamiento mismo.
Todo ello ha hecho pensar en una dinámica nueva de la cual la
actividad creativa pueda beneficiarse a partir de acciones que
tenderán a convertir al poeta en un ejecutivo de sus emociones,
en un hombre pragmático, capaz de emplear o gerenciar
tecnologías de edición más sofisticadas pero accesibles. De allí
tendrá que regresarse armado, de vuelta a la autogestión
artesanal, como la que practicó, por los años sesenta, el grupo
"El techo de la ballena". No contento con asumir el rol de
crítico, el poeta tendrá que maniobrar agarrado al timón de la
función editorial.
Antes, en la era de bonanza, el poeta venezolano se preocupaba
sólo por sus fantasmas interiores y por formular las leyes
subjetivas de sus sueños, comprometido como estaba
exclusivamente con el hecho de producir su obra, que entregaba
una vez terminada a la imprenta. Ahora comprende que tendrá que
ocuparse también de encontrar las vías para plasmarla y
lanzarla, insertándose él mismo de un modo más realista en el
entorno comunitario, en la medida en que asuma, solo o en grupo,
el rol de agenciador de su proyecto de escritor. La historia
está llena de autogestores de la estirpe de
Isidore Ducasse
y
Ramos Sucre,
para no remontarnos al extraño caso de
Blake,
editor, grabador y poeta insigne, o sin ir muy lejos, más
cercano entre nosotros, el caso de
Dámaso Ogaz.
En la era de las comunicaciones súbitas, en la cual se facilita
mucho la iniciativa individual, el poeta nuevo está obligado a
entender que si quiere cumplir un papel protagónico en los
cambios del relevo generacional, ha de tener presente que su
medio de comunicación, el libro, es ante todo un producto de la
época. El producto, en términos comerciales, es lo que hace que
una obra alcance realidad en cuanto se vuelve ella misma objeto
de consumo. Lo mismo puede decirse de la poesía. Pero con la
diferencia de que el ejecutor de ésta, sin beneficiarse en
absoluto de ella, suele terminar como un doliente y muchas veces
como un sepulturero de los sueños.
Todo este panorama pesimista que se conoce como la crisis,
configura una situación en la cual el problema de publicar
poesía remite a un marco de actuaciones interpersonales para el
cual va a ser necesario contar con mucho optimismo e
imaginación.
Belkys Arredondo
lo ha comprendido así. Su profesión de comunicador social le
allanó el camino para acceder al manejo de las herramientas del
software
y por esta vía convertirse en diseñadora. No tardó en asumir los
distintos aspectos de la impresión, pasando por el diseño de
portada y el arte final. La mayoría de los poetas nuevos que
como ella sufre por la falta de apoyo para sus obras iniciales
se da cuenta de que es una ilusión confiarse a la promesa de
publicación que aguarda a los libros que hacen cola en las
editoriales oficiales y, menos aún, por supuesto, en las
cláusulas de los concursos de poesía que se comprometen en la
letra a publicar libros ganadores cuyos manuscritos terminan
después arrumados en las comisarías. Sabe que la solución
consiste es propiciar una conciencia de arte como un trabajo
artesanal capaz de extender sus redes hasta implicar en ello a
un colectivo sensible, motivado por relaciones interpersonales
como las que se dan en los talleres literarios, es decir, de tú
a tú. Esa artesanía en la que comienza a trabajarse se
materializará, en la práctica, en ediciones de pocos ejemplares,
libros hechos a mano, opúsculos de ingenioso diseño, plaquetes,
revisticas,
mail-art,
páginas en la Red, hojas y plegados como los que de continuo nos
llegan de otros países del continente más duchos en estos
problemas. Sin duda que no será tarea fácil para los que no se
contentan con el sólo placer que procura escribir.
El libro
Sagita
de
Belkys Arredondo,
lanzado en la colección El pez Soluble, que ella dirige, es
pionero en esta aventura del taller editorial privado, del libro
levantado en casa que aspira a competir dignamente con los
productos del mercado editorial, en diseño, presentación,
portada sobria y atrevida y, por supuesto, en costos,
demostrando con ello que la edición personal puede hacernos
avanzar fuera del oscuro túnel del comercio librero.
La duda del mundo y de sí no es la única vía que transita
Belkys Arredondo.
Sería limitante decir de ella que es una poeta intimista o
urbana, monologante o confidencial, hermética o conversacional,
cuando sabemos que trazos de todos estos registros se funden en
su voz plural, como si ella abrigara en sí misma a varios
hablantes. Los hablantes que en su poesía tienen la mejor carta
de crédito en la obsesión del lugar y en una sensibilidad
paisajística a flor de piel. Con ésta el paisaje se vierte sobre
nosotros como el laberinto a lo largo del cual las referencias a
la ciudad, como escenario memorioso, cuelgan de todos los
objetos que el poeta encuentra a su paso. Miraje de espacio en
espacio como único reino posible de los sentidos. Que se revela
incluso en el tono coloquial con que ella suele hablar de la
ciudad, como cuando trae a colación recuerdos de infancia:
Cuando perdida en los toques de cornetas,
los precios del mercado y los valores
enseñados,
asfixiaban algo más que un poco la
cotidianidad
deseaba que mamá volviera pronto.
Ven , quiero contarte todos estos laberintos que aprendí,
decir lo que tanto guardo para intimarme
sentir
y sorprenderme de la ciudad.
(Yo podía fundar la línea horizontal hasta tus ojos)
Sensibilidad paisajística tan asociada en
Belkys Arredondo
al acento itinerante de alguien que ha otorgado a la mirada la
función primordial de reconstruir la experiencia entera a través
de fragmentos de imágenes o de objetos abandonados a su suerte a
lo largo de un viaje inacabable, aunque se trate de alguien que
permanece quieto en la soledad de una habitación en cuya
alfombra ha esparcido ritualmente los vestigios de una pieza de
arqueología que sintetiza a toda una civilización o resume una
vida entera:
Pusimos las piezas rotas
sin orden de tamaño
al centro de la alfombra
eran piezas de cobre o de metal colado
algo herrumbrosas
excavadas de la montaña vieja
Sacudidas del polvo
huellas de barro vulcanizadas
permitían reconocer las formas
perfilar las fracturas
y hasta creer cómo volver a construirlas
Al poeta le basta mirar dentro de sí para sentirse parte del
mundo. La poesía es advertencia de lo inadmisible y lo no visto,
camino inseguro para salvarse aquel que persevera dentro de sí
guiado por el instinto de conservación y por la necesidad de
preservar la salud, solidario de los seres y las cosas. Porque
Belkys Arredondo,
a diferencia de la mayoría de poetas, al pensar la poesía no se
ha encerrado en su ego para hacer de la escritura
ensimismamiento o puro trato de sí. Lo que no quiere decir que
su entrega a la comunicación escrita no implique dar por sentado
que lo que comunica la poesía es la poesía misma, entendiendo
por ésta un lenguaje aparte que tiene en la intuición la única
lógica que la hace inteligible. La lógica de la opacidad donde
todos los caminos se bifurcan. Belkys lo dice en su poema
"Experimento", nada bueno puede esperarse de lo que no sea
inédito para el asombro:
Resumir verbos —escribe ella—
puede estar entre el descubrirse
y sorprenderse
retomar la responsabilidad
no olvidar la imposición
la postura hierática en un pupitre
frente a alguien
que repite lo repetido
Ese mecanismo crítico de lo real se manifiesta como duda a lo
largo de todo el poemario
Sagita
y es lo que precisamente hace que la autora confíe más en el
azar y en lo imprevisto que en la conciencia razonadora, que
impone controles a la vida. Tal vez porque al insistir en lo
impropio que resulta el hecho de que se nos reconozca por la
idea que los demás se hacen de nosotros, estamos negando nuestra
identidad, tal como se dice en el poemario que da título al
libro
Sagita.
Y empiezo con lo que acabo de decir.
Para algunos somos ajenos.
Somos imposiblemente propios.
Irremisiblemente. Irremediablemente.
Indubitativamente. Certeramente cierto.
Somos increíblemente inexistentes.
Ajenos. Eternamente ajenos.
Nunca sabrán nuestros nombres
e ignorarán por siempre
nuestros pasos y nuestros cuerpos.
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