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Antonio Ismail habla de Jorge Oliva: “Amó su vida con mucha intensidad…”

Reinaldo García Ramos

 

RGR ¿Cómo y cuándo conociste a Jorge? ¿Qué te impresionó más de él en esos primeros momentos?

AI Conocí a Jorge Oliva en el edificio de becados universitarios de 12 y Malecón, en La Habana.  En septiembre de 1964, cuando Jorge ingresa en la Escuela de Letras y llega a la beca, ya yo residía allí, como estudiante de la Facultad de Tecnología.  Coincidíamos a menudo en el ascensor, en el comedor y otras áreas comunes del edificio, donde intercambiábamos saludos y cortos diálogos.  Fue después, en el llamado Salón de Estudios de la beca, donde realmente comenzamos a conversar y a conocernos mejor.  De estas conversaciones surgió una genuina amistad, y descubrimos, entre otras cosas, que había un lugar común en nuestras vidas, Pinar del Río, mi ciudad natal, donde él había alfabetizado.  Lo que más me impresionó de él en aquellos momentos fue su sentido del humor, su aguda capacidad crítica, su ironía, y ese modo muy suyo de parodiar y jugar con las expresiones cultas y populares de la lengua; además, me gustó su avidez por participar en todo lo que considerara novedoso; su interés no sólo por el arte, sino también por las ciencias.  Por ejemplo, siempre se sintió fascinado por la astronomía y las naves espaciales.

RGR ¿Ya él escribía poemas cuando lo conociste?  Si no, ¿cuándo crees que empezó a escribir poesía?  ¿Él te mostraba sus textos antes de publicarlos?

AI Creo que no escribía poemas en esa época.  Si lo hizo, no lo decía, imagino que por obvia timidez.  En alguna ocasión, cuando ya éramos más amigos, me confió que había escrito algo de poesía, pero que no estaba satisfecho, que tenía mucho que aprender antes de sentarse a escribir seriamente.

A mi entender él empezó a escribir poesía unos años después, cuando interrumpió sus estudios en la Escuela de Letras por enfermedad, a mediados de 1967, y se retiró a Guantánamo.  En su pueblo natal, lleno de las imágenes y los recuerdos de su infancia, rodeado de libros y con el tiempo necesario para leerlos, encontró el escenario y los incentivos ideales para sus primeros poemas en firme.  Por esa época conoce a Flora Boti, hija del poeta cubano Regino E. Boti.  Como es sabido, se casó con Flora y el matrimonio duró cierto tiempo.  Fue entonces que empezó a mostrarme sus textos, y después siempre lo hizo.  Decía, con su ironía habitual, que mi opinión era “científica y racional”, y me pedía que le pusiera las tildes donde iban.

RGR ¿Recuerdas cómo era él en sus años de estudiante universitario en Cuba?

AI Además de ser simpático y de tener buena apariencia física, Jorge tenía un estilo muy personal de vestir, una elegancia innata que lo distinguía de los demás estudiantes; era optimista, siempre estaba alegre.  En la beca, gracias a su ingenio, se convirtió en el centro de un grupo de amigos de distintas Facultades, y se las arreglaba para organizar y dirigir todo lo que hacía ese grupo.  Así nos reunía, por ejemplo, para el estreno de una película, para un ciclo de cine expresionista en la Cinemateca o para ir a la playa, o incluso para “arrollar” al ritmo de las congas en el carnaval. 

RGR ¿Cómo crees que evolucionó su visión de la literatura, y en particular de la poesía, tras establecerse en Estados Unidos?

AI Enormemente.  En Cuba él añoraba leer muchos libros de los que tenía noticias, pero que no estaban disponibles en el país.  Cuando se estableció en Nueva York, pudo ponerse en contacto directo con las tendencias recientes de la literatura, y en particular con la obra de los poetas que estaban experimentando en busca de nuevas formas.  Eso hizo que su poesía encontrara un lenguaje más amplio, o quizás más atrevido, que Jorge aprovechó en mi opinión para expresar sus propias vivencias, al mismo tiempo que descubría la ciudad y su gente.

RGR ¿Cómo ocurrió su ingreso en la Universidad de Columbia y qué repercusiones crees que ese hecho tuvo en su vida y en sus perspectivas intelectuales?

AI Desde su llegada a Nueva York, el principal objetivo de Jorge fue continuar sus estudios universitarios. Con ayuda de un programa de la Ciudad para estudiantes de bajos ingresos, pudo reiniciar sus estudios en Hunter College, donde cursó varios semestres.  Con los créditos obtenidos en el College y las certificaciones de sus estudios realizados en Cuba, se presentó al examen de ingreso en la Universidad de Columbia y lo aprobó.

Poco después, a través del Departamento de Español de esa universidad, obtuvo ayuda financiera y un puesto de profesor asistente.  Esto lo logró, desde luego, por sus méritos como estudiante, pero también gracias a su carácter ameno, simpático y respetuoso.  Esa fue una etapa muy feliz de su vida; se sintió de la misma edad con que había entrado en la Universidad de La Habana y se comportó como tal.  Se esforzó como estudiante y cooperó en todo lo que pudo con el Departamento de Español de Columbia, pues se sentía muy agradecido por la ayuda recibida.

Las repercusiones en su vida fueron inmensas.  En Columbia tuvo la oportunidad de conocer a distinguidos profesores, a intelectuales invitados y también a poetas que él admiraba, y amplió su círculo de amistades, con compañeros de estudios y con personas que no pertenecían al mundo universitario. Creo que es en esa etapa cuando se reafirma su vocación de poeta.

RGR Cuéntanos cómo fue el reencuentro de ambos en Nueva York y cómo crees que esta ciudad influyó en él.  ¿A él siempre le gustó Nueva York? ¿Qué puedes decirnos de sus últimos días?

AI Primero llegamos juntos a Miami, desde la base naval de Guantánamo, y allí convivimos por varios meses hasta que Jorge se mudó a Nueva York.  No fue un reencuentro, porque siempre estuvimos en contacto, y finalmente compartimos un apartamento en el West Village (129 Perry Street).  Cuando ingresó en Columbia, se mudó a un apartamento que la universidad le proporcionó en el Upper West Side de Manhattan.

Nueva York era para Jorge la ciudad que le ofrecía todo lo que él quería alcanzar.  Participó incansablemente en la vida neoyorquina: no se perdía nada; nunca supe en qué tiempo lograba estudiar.  A veces me llamaba a media noche y me decía: “Ñiquito, ¡mañana vístete a todo trapo, que tenemos entradas para una gran ópera en el Met!

En otras ocasiones, lo que me decía era: “Oye, el fin de semana será con Donna Summer en la discoteca, ¡pero primero tenemos un opening en una galería del Soho!

Sí, sentía nostalgia, como todos nosotros, por el país que tuvo que dejar atrás; pero no del modo en que se atrevió a describirlo cierto autor, quien afirmó que “Jorge Oliva nunca se fue de Cuba” (dicho autor al parecer nunca leyó los últimos poemas de Jorge, entre ellos Proyecto de un viaje a La Habana).

A Jorge siempre le gustó Nueva York, hasta el final de su vida.  En la habitación del Columbia Presbyterian Hospital donde pasó los últimos días de su vida, y sabiendo que su muerte era inminente, aún me hacía leerle las noticias de la primera plana de los periódicos neoyorquinos.  Me preguntaba también sobre los obituarios e indagaba sobre lo que estuviera pasando en la ciudad.  Casi sin fuerzas, me pedía que le leyera, como yo lo había hecho antes, durante nuestra larga amistad, ciertos poemas de Ballagas, de Carilda Oliver, y hasta algunos suyos, con mi tono paródico que a él le parecía tan divertido; entonces se sonreía y me apretaba la mano.  Aunque su vida fue corta, creo que él la amó con mucha intensidad.  Mantuvo su sentido del humor hasta el último momento de conciencia y su muerte no fue amarga, sino tranquila y llena de paz.

 

[Nueva York, julio de 2006]

Antonio Ismail (Pinar del Río, 1944) estudió ingeniería eléctrica en la Universidad de La Habana, pero antes de graduarse abandonó Cuba del mismo modo que Jorge Oliva: atravesaron juntos a nado la bahía de Guantánamo en 1973.  Desde 1975 vive en Nueva York.  Fue uno de los mejores amigos de Oliva y lo acompañó y ayudó hasta que éste falleció en 1986.

Ensaio originalmente publicado em Decir del Agua # 15 (Julho de 2006), aquí reproduzido com a autorização do autor. Visite: http://www.decirdelagua.com/decir15_006.htm.

 

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