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El más alegre era él
Antonio Desquirón Oliva
Conocí
a Jorge Oliva en 1966. Fui amigo suyo y dejé de verlo cuando se
fue a nado por la bahía de Guantánamo. Era alto, más bien
delgado, de un color como aindiado y facciones finas. En el 66
ambos estudiábamos en la Escuela de Letras de la Universidad de
La Habana y vivíamos en el edificio de becados de 12 y Malecón.
En el noveno piso, los “literatos” formábamos una comunidad
alegre; pero creo que el más alegre era él. Desde la puerta
abierta del ascensor recuerdo que nos gritaba: “Traps!”,
para convocarnos a alguna salida o paseo. Así decía, porque
para él todo y todos éramos traps, personal belongings,
el mundo que él arrastraba consigo.
Como compartíamos un apellido y habíamos nacido en regiones
cercanas, afirmaba que éramos parientes. En las residencias de
estudiantes es donde empezamos a conocer a los personajes
importantes que la vida nos depara: en aquellos tiempos yo ni
imaginaba que Jorge era poeta. Mucho menos que un día iba a
escribir unas líneas como éstas. En realidad, alguna vez vi
dos o tres textos suyos, escritos con letra amplia y suelta
sobre hojas de taquigrafía, pero él jamás mencionó las palabras
“poema” o “poesía”. Nunca fue un homme de lettres; todo
lo contrario: vivió, gozó y conoció a lo mejor que hubo en La
Habana de aquellos años. Sin embargo, Jorge era una de las
personas más informadas de mi entorno, uno de los que tenía más
conexiones y opiniones mejor sustentadas. Y era muy generoso:
una vez, una familia de mi ciudad, de paso por la capital, me
invitó a comer a un sitio elegante; Jorge insistió en prestarme
ropa suya, porque yo carecía del atuendo apropiado. Así fue
que, con un pantalón suyo, verde y muy bonito, pero enorme para
mi talla, hice el ridículo en el restaurante del Centro Vasco de
El Vedado; eso me enseñó a preferir siempre mis propias cosas,
por humildes o poco vistosas que sean.
Éramos muy jóvenes y aún no teníamos otras responsabilidades que
las de aprobar los estudios, limpiar la residencia, asistir a
trabajos voluntarios, etc., lo cual no impedía que adoráramos al
Fellini de Julieta de los espíritus y viéramos mucho
cine europeo. Y lo considerábamos “dulce vida”. Como muchos
otros estudiantes de la Escuela de Letras, frecuentábamos la
Cinemateca de 23 y 12, en El Vedado. Después de cada filme,
Jorge regresaba transido a la beca: en aquel mundo dado a lo
visual, él imaginaba ser un personaje más de la cinta recién
vista.
Años más tarde yo regresé a Santiago y él a su Guantánamo natal.
Ya él era un hombre casado, que comenzaba a ser conocido como
poeta. Sin embargo, su carácter no cambió: lo comprobé al menos
una vez más, pues en cierta ocasión tuvo que visitar mi calurosa
ciudad y se hospedó en mi casa. Después que se marchó de la
isla, pasaron años en que no supe de él, hasta que un día me
enteré casualmente de que ahora sí se había ido de verdad.
Jorge Oliva pertenece a esa zona casi ignorada de la poesía
cubana que se manifestó entre mediados de los años sesenta y
principios de los ochenta, autores que tuvimos que sobrevivir en
unos tiempos frágiles y vagos, pero intensos; esa zona poética
cuenta no sólo con los recordados Reinaldo Arenas y Delfín Prats,
sino también con Carlos Victoria, David Lago, Roger Salas, el
propio Jorge, el que firma este texto y varias decenas (digo
bien: decenas) que, o no persistieron o fueron dispersados por
el olvido de las publicaciones o llevados por esa diáspora que
los cubanos llamamos de tantas maneras. En definitiva, todos
hemos seguido el destino de nuestra época y nuestra isla: ímpetu,
ambigüedad y lejanía.
[Santiago de Cuba, julio 2006] |
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Antonio Desquirón (Santiago de Cuba, 1946) ha publicado, entre
otros poemarios, El jugador (1991), El aceite y el
vinagre (1995), El lado humeante (2000) y Cómo
criar un perro (2003). Reside en Cuba, donde concluyó
estudios de museología en 1987 y trabaja como comentarista de
arte y escritor de radioteatros. En 2005 le fue otorgado el
Premio de la Crítica de Arte del Consejo de las Artes Plásticas.
Ensaio
originalmente publicado em Decir del Agua # 15 (Julho de
2006), aquí reproduzido com a autorização do autor. Visite:
http://www.decirdelagua.com/decir15_008.htm. |