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jorge oliva

 

Visitación del Halley

Germán Guerra

 

En el año de la visitación del Halley balbuceaba mis primeros poemas y la provincia me quedaba estrecha.  En una tertulia de la colonia guantanamera en La Habana escuché por primera vez el nombre de Jorge Oliva.  Por las ventanas entraba el olor del Almendares, uno de los tertulianos traía desde El Norte la noticia de la muerte de Jorge y nos decía de memoria sus últimos poemas.

Tuve, también por esos años, mi ración de alfabeto cirílico bajo el invierno de Moscú, mi ración de retornos al corazón de la provincia, con las voluntades rotas y la columna vertebral hecha pedazos —otra de las coincidencias con la biografía de Jorge.

Sin saber cuantos exilios había ya vivido, ni cuantos me deparaban los caminos, en el año 1992, cansado de tanta máscara y penumbra, volví a dar la espalda al calor del hogar y a un pecho de mujer, para emprender el camino del feroz cantar de los grillos, / de las luces insomnes de Caimanera, y me largué del país cruzando a nado la frontera de la base naval de Guantánamo.

Pasaron años de soledad acompañada, de espera en esta ciudad sin historia que es Miami.  Llegó la mujer que había quedado varada en las orillas del Guaso, regresó poniendo sal, hijos y aliento en todas mis heridas.  Llegó también, un día inesperado de 1999, una carta de un viejo amigo de Guantánamo, que había leído mi libro Metal y me pedía autorización para sacar una selección de mis poemas en la revista El mar y la montaña , que él dirigía desde la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).  Su idea era publicar mis textos junto con un grupo de poemas de Jorge Oliva, a quien describía en su carta como un “enfant terrible, gay y poeta maldito, hasta que se exiló por el mismo camino que tú”.

La autorización fue enviada de vuelta al día siguiente y los poemas nunca se publicaron, ni los míos ni los de Jorge.  Las censuras provincianas siempre han sido extremas, y más aún en los extremos de la Isla.  Las ganas de ver en letra impresa ese apareamiento poético terminaron en silencio y páginas en blanco.

Han vuelto a pasar los años.  El juego de posibles selecciones, de lo que pudieron haber sido unos pliegos en aquella revista, se ha tornado hoy en una vieja costumbre que regresa como las estaciones.  Cada vez que regresan las lluvias y el invierno con sus dolores en la espalda, cada vez que regresa el dolor de no tener tierra firme donde asentar las memorias que se borran, vuelvo al ritual de Donde una llama nunca se apaga, a limpiarme en esos poemas que cantan todo lo que nos duele adentro.

Y regresa a la soledad del cuarto y no hay razón

        para encender las lámparas y comienza

        a reinventarte otra vez mientras la luz de octubre

        agoniza en la ventana, este animal sombrío y

                enfermo de melancolías,

        este animal que asume otra noche más

        y la certeza de que escribirá el poema.

No hay nada más difícil en poesía que obrar esos cantos que manaban desde el pecho de Jorge Oliva, parado al centro del universo diciendo con voz única todos los demonios que aniquilan al poeta.  Voz preñada de claridad y dureza, poemas donde no importa lo terrible que digan, si al final de cada página leída recibes un puñetazo en pleno rostro y el bálsamo que limpia todos los dolores.

De no haber pasado el cometa con que partió en 1986, creo que hubiéramos sido muy buenos amigos.  En esa esperanza descanso esta incertidumbre de hoy.

 

[En Miami lluvioso, julio y 2006]

Germán Guerra (Guantánamo, Cuba, 1966).  Poeta, ensayista y editor.  Reside en Miami desde 1992, y en esta ciudad ha publicado Dos poemas (1998) y Metal (1998).  Fundó y dirige desde 1998 la Colección Strumento, pequeña editorial de corte artesanal destinada a la publicación de libros de poesía.

Ensaio originalmente publicado em Decir del Agua # 15 (Julho de 2006), aquí reproduzido com a autorização do autor. Visite: http://www.decirdelagua.com/decir15_011.htm.

 

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