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Recuerdo de Jorge Oliva

Vicente Echerri

 

Creo que me estoy muriendo”. Fue el primer comentario serio que le oí decir a Jorge Oliva sobre su propio final en un momento en que, al parecer, le flaqueaba su habitual optimismo. Esto debe haber ocurrido en la primavera de1986, cuando volvíamos una tarde del mercado y ya el cáncer que habría de matarlo había hecho grandes estragos en él. Para esa fecha yo llevaba varios meses compartiendo su apartamento de la Universidad de Columbia, adonde me había mudado en septiembre de 1984, cuando él se había ido a enseñar a Vermont y me había pedido que se lo cuidara. Un año después, se había visto obligado a regresar a Nueva York y me había dicho que, si no me importaba compartir el apartamento, podía quedarme, que de todos modos él tendría que buscarse un roommate. Yo no tuve inconveniente y esta decisión me hizo testigo involuntario de sus últimos meses, algo que no habría imaginado cuando, ocho años antes, en una breve visita a Guantánamo, Flora Boti me mencionara a Jorge por primera vez.

Flora, quien era hija del poeta Regino E. Boti y había sido mujer de Jorge tiempo atrás, hablaba de él con admiración y cariño. Me contó de su vida y de su quehacer intelectual, me mostró unos ejemplares de Lugar sin límites, una revista literaria en la que Jorge colaboraba entonces, y además me dio sus señas en Nueva York. De regreso a La Habana, le escribí a Jorge y le envié un par de poemas para la revista. Él nunca me contestó, tal vez porque para la fecha en que llegaron mis textos ya la revista no existía, tal vez por pereza.

Pero mi carta, así como otra que luego le haría desde París, a poco de salir de Cuba, la encontré entre sus papeles después de su muerte. Nos vinimos a conocer en el invierno de 1980, cuando yo llevaba varios meses viviendo en Manhattan. Recuerdo que nos citamos en el hotel Plaza, que era uno de sus sitios favoritos, al extremo de que solía decir que “recibía” en el Plaza, y mi primera impresión no fue muy positiva. La bondad, la simpatía y la sensibilidad, rasgos indiscutibles de su carácter, quedaron opacados esa primera vez por una suerte de atildamiento frívolo que él también poseía y que a mí me resultó un poco chocante.

La amistad vendría después, a raíz de un relato que publiqué en el primer número de Linden Lane Magazine y que lo llevó a llamarme. A partir de ahí la comunicación entre los dos se hizo más frecuente y el afecto se arraigó. Cuando nos toca vivir juntos, hacía tiempo se contaba entre mis mejores amigos. Fue en ese tiempo que nuestro diálogo se hizo más intenso y profundo. Él era un gran conversador, lleno de ingenio y elocuencia, y cuando coincidíamos en la casa, hablábamos apasionadamente de muchas cosas: de historia, de política, de religión, de la belleza… Él había tenido que escapar a nado de un país donde la política lo había enturbiado todo; pero odiaba la política y las banderías ideológicas que esclavizaban y hacían infelices a los seres humanos de carne y hueso. Aunque teníamos estéticas muy distintas, solíamos intercambiar y discutir nuestros trabajos literarios; nunca he conocido a otro escritor tan receptivo a la crítica y pocas veces a un lector tan atento e inteligente, capaz de asumir mi punto de vista y de hacerme juicios muy atinados sobre mi propia obra.

Rara vez nos veíamos a la hora del almuerzo o la cena. Lo que sí compartíamos casi a diario era la mesa del desayuno, ocasión en la que yo solía leerle algún texto breve escogido al azar (Borges, Lorca, la Biblia) que —afirmaba— le servía para entonarle el día, aunque el relato fuera terrible, como el del paso del ángel exterminador.  El mismo ángel que ya había tocado a su puerta cuando aún miraba al mundo con un entusiasmo y una confianza casi infantiles, incapaz de entender que la vida, que siempre había disfrutado con una jubilosa fruición, se terminaba para él.

 

[Nueva York, julio de 2006]

Vicente Echerri (Trinidad, Cuba, 1948) salió de su país en 1979. Ha publicado un volumen de ensayos, La señal de los tiempos (1993) y uno de cuentos, Historias de la otra revolución (1998), así como el poemario Luz en la piedra (1986), por el cual recibió en Barcelona el Premio “José María Lacalle”. Se ha destacado durante años como columnista de opinión en numerosos diarios y revistas de Estados Unidos y América Latina. Su poemario Casi de memorias aparecerá próximamente. Reside en Jersey City, Nueva Jersey.

Ensaio originalmente publicado em Decir del Agua # 15 (Julho de 2006), aquí reproduzido com a autorização do autor. Visite: http://www.decirdelagua.com/decir15_005.htm.

 

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