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Magia, yoga y poesía
César Dávila Andrade
Las
líneas grabadas en las rocas nos revelan el primer impulso del
arte hacia sus símbolos. Su lenguaje larvado repta sobre la
pared rupestre y, al descender al hogar, rodea la cintura de la
cerámica más antigua.
Entre las estilizadas figuras de los ciervos y los jabalíes,
dibujados para espejo de muerte, brilla la más remota poesía del
hombre, casi independiente de las formas animales, leve como una
aurora.
Por entre los ejidos del inconsciente y los contornos de la
primitiva obra manual, asoma su destello en un hilo de hierba
sanguínea.
Es el impulso de la conciencia más elemental en reciente
vecindad con la materia y que al ascender, chisporrotea sobre
sus obras, pero es incapaz aún de reconocerse sobre la oscuridad
de su primer espejo.
Entre los primeros remolinos del espíritu parece girar el de la
imaginación, como una virtualidad en la que se gestan las
titubeantes criaturas por las que la vida circundante se torna
en sueño interior y se alimenta de lo más cálido de la sangre.
Es un telar en forma de vértice, dotado de una gran complejidad
porque su trama extraordinariamente móvil teje los hilos de la
existencia turbia con las hebras más luminosas de la cascada
espiritual. Así, su producto es dual a cada instante; y conforme
asciende el ser y se polarizan sus secretas elecciones, toda la
textura se vuelve impronosticable.
Es en este punto de la libertad creadora preconsciente en donde
se insinúa la semejanza del hombre con los dioses.
Constantemente, aunque lo ignore, es él un creador de imágenes
que le afectan en forma sutil y sin embargo, decisivamente.
Acaso bordeando este sentido, Pierre Reverdy concibió aquella
frase suya: “La imagen es una creación pura del espíritu. No
puede nacer de una comparación sino que es el resultado de la
aproximación o reconciliación de dos realidades alejadas entre
sí... cuyas relaciones sólo el espíritu ha aprehendido”.
Esta aprehensión de dos realidades o dos sustancias por parte
del espíritu, establece el nudo germinal de la imagen con sus
formidables consecuencias, pues coexisten en él los elementos
antagónicos que se encuentran en todos los puntos de la eterna y
circular batalla del universo.
Si consideramos que nuestro vocablo “imagen”, nos viene de la
“imago” latina, habremos descubierto la vía filológica de un
nuevo esclarecimiento, porque sabremos al mismo tiempo que la
“imago” es la obra del “mago”, del operador de magia, en su
campo natural, la imaginación.
En este territorio tan real como huidizo, modela el mago sus
formas de evocación y de muerte; ejercita con ellas recursos
deletéreos y amatorios. A su vez, el imaginativo asienta en ella
su mundo, y el círculo de sus representaciones tórnase el
inventario de su soledad. En el poeta, estas entrañables
criaturas de la imaginación surgen más allá de la conciencia y
emergen en el plano propio de ésta, de una manera imperceptible.
La emoción que desencadena su aparición exige un reconocimiento
caluroso del sentimiento y la mente entrefundidos: esta
co-vibración constituye el modo más eficaz de reconocer el mundo
de que dispone el poeta. Puede ser obscuro o enigmático al
principio, y puede, muchas veces ignorarse a sí mismo este
conocer, sin que deje de ser conocimiento, aunque sea
diametralmente opuesto al modo conceptual ejercido por el
espíritu en su plano.
Su tonalidad emocional y su vibración en las capas más profundas
del sentimiento, enturbian su intelección y sus resonancias;
pero, conforme ocurre el despertamiento del espíritu, sus
mensajes primarios, teñidos de euforia visceral y oscuridad
subjetiva, decrecen o se clarifican; y en las cimas, el universo
se entrega al contemplador en la más alquitarada visión. Eliot
señala lúcidamente este dominio cuando afirma que “el fin del
goce de la poesía es una pura contemplación de la que quedan
eliminados todos los accidentes de la emoción personal”. Sin
embargo, la emoción personal subsiste sutilmente trasmutada, y
la transmutación tiene lugar en contacto con el fuego de la
emoción creadora universal, fuente y receptáculo de la primera.
Pero, en estas difíciles alturas, irradian sólo los más
acendrados diagramas de la intuición poética y los destellos del
ser espiritual. Para encontrar las relaciones con la magia en
poesía, no debemos abandonar el clima en que éstas se dan,
correspondiendo en el poeta a sus más secretas uniones con el
plástico limo de las emociones primarias y sus vínculos con la
materia hechizada, las tendencias viscerales y las voces
telúricas. No sin razón, en piedra, arcilla y hueso, fueron
modeladas las primeras figuras de uso mágico que conoce la
historia.
II
La magia, aún colindando con la superstición y la impostura, las
rebasa victoriosamente, porque en los más hondos senos del alma
humana alienta su virtud operativa. En su inocencia, se hace
visible aún a través de las mallas de los embusteros. Es mucho
más que un mecanismo de la irremediable duplicidad del género
humano, y aunque se la encuentre articulada “en una serie de
asociaciones de ideas, razonamientos analógicos, o aplicaciones
falsas del principio de causalidad”, es anterior a estos tipos
de pensamiento.
La magia es un estado de conciencia sumamente remoto, y la
delegación y manifestaciones de su existencia, no tienen nada de
pueriles aunque sean primitivas. Aparece en la aurora más
inverosímil del mundo; en los primeros contactos de modelación
de la materia por las fuerzas conformadoras del espíritu.
Aparece al día siguiente de la pronunciación de las palabras
“Hagamos al Hombre”, por la boca del Imaginífico.
El poder mágico tiene un prestigio semejante en todas las
sociedades y grupos humanos, desde el brujo infra-amazónico,
hasta el moderno fabricante de talismanes religiosos de Roma o
de Ceilán. A un mismo tiempo, su noción crece y se diversifica;
llega a consistir “a la vez, en un poder, una fuerza, una causa,
una cualidad, una sustancia y un medio”. Es sustantivo, adjetivo
y verbo. En poesía, su fascinación, evocada conscientemente por
el creador, se hace perceptible como un halo reflejado. Los
sensitivos experimentan la sutil atracción de los elementos
constitutivos del planeta y la de los reinos elementales, entre
los que eligen sus aceites, sus resinas, sus cuarzos y metales.
Pero la clave maestra, se halla únicamente en la íntima y, a
veces desconocida para sí misma, actitud de artífice, del poeta
o del pintor.
Es un bien alejarse de los inextricables setos de la
nomenclatura y de las construcciones de los teóricos en el trato
con esta materia escurridiza y proteica. Encontrándola en todos
los ámbitos geográficos, culturales y religiosos, desde la India
védica hasta la jungla polinesia; desde el recetario de magia
sexual, hasta las más esclarecidas concepciones de Frazer,
Gevons o Hubert; y desde su intromisión en el rito y la
liturgia, hasta su ajusticiamiento en la plaza pública;
preferimos su noción dinámica situada en la primera invasión de
la materia por el espíritu, en trance arquetípico, en función de
Imaginero apasionado. (Por cierto que su existencia adjetiva,
como la que corre en las copiosísimas clasificaciones literarias,
en las etiquetas: “poesía mágica”, “realismo mágico”, esa, no
cuenta aquí).
Absorbiendo, evocando, “aspirando a” esta subterránea cualidad
para la obra de arte, el artífice consigue superficies mágicas,
y el poeta carga sus creaciones con la fascinación de lo mágico;
en tanto que, a fuerza de estas íntimas ceremonias de la
personalidad, uno u otro se tornan acumuladores y
transformadores de esta energía.
Así como hay objetos, utensilios, joyas o huesos cargados de
este fluido, existen también cuadros, esculturas y poemas en los
que parece haberse concretado este iris subterráneo, que no por
pertenecer al mundo sumergido, es menos bello.
Cuando Rimbaud profirió su inquietante grito: “Yo es otro”,
aceptó, “se abrió a una suerte de posesión de su yo, de su
propio ser invadido y habitado por todas las cosas, por todos
los misteriosos poderes errantes del mundo, por el ánima mundi”.
Y, cuando Lautréamont escribió en su paroxismo ateo ese verso:
“si existo, no soy otro”, declaró el terror y la rebelión de
todo su ser ante tal invasión, y echó la culpa en Dios, su viejo
y personal enemigo.
Cuando Neruda ejecuta el “ritual de sus piernas”, reconoce a
través de sus raíces biológicas la existencia de ese mundo en el
que se mueven los efluvios y los depósitos de la magia
terrestre, que después elaborará tan variadamente.
En cambio, Vicente Gerbasi, aunque su voz se halle imantada por
el polo de los reinos naturales, no ha pactado nunca con ellos
hasta comprometer su identidad. El poeta venezolano los refleja
en su poesía de espejos deslumbrados ante el día, pero una
condición de perpetua inocencia le preserva de la temida
identificación.
En variadísimas proporciones, los poetas de todos los tiempos,
han experimentado la punzante vecindad y la llamada de este
centro de fascinación elemental que no se halla lejos de ningún
hombre viviente.
En todos aquellos poetas en los que predomina el hombre
claroscuro, apegado a la noche genésica, con la mitad de su
alma, por lo menos, se constata una marcada tendencia a penetrar
y dominar el alma de las cosas, como creadores. La tentación de
transmutar los cuerpos y las sustancias, es poderosa en ellos, y
continuamente, se valen de la evocación instintiva, de
desordenes provocados, de fuerza ejercida sobre el lado oculto
de las cosas.
En otro lugar están los que de algún modo saben. Baudelaire
preconizó con la lucidez que le era característica: “Es menester
querer soñar y saber soñar. Evocación de la inspiración. Arte
mágico”, apunta en su Diario Intimo. Rimbaud, en su aprendizaje
de mago o de brujo, a través del “Desorden de los Sentidos”,
escogió un sendero espúreo, y su empresa de creador se alimentó
de la agonía y del desastre vital del hombre.
Más allá de la superficial alquimia del verbo, que proclamó,
puede escucharse el clamor desgarrado de su sinceridad tardía:
“He tratado de inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas
carnes, nuevos idiomas. He creído adquirir poderes
sobrenaturales. Bella gloria de artista y de narrador,
arrebatada ¡Yo! que me he dicho mago o ángel, que me he
dispensado de toda moral, vuelvo a la tierra con un deber que
buscar...”
El choque del creador que equivoca el camino, con las
formaciones de una época superada por la conciencia de la
humanidad, como es la magia por sí misma, tiene graves
repercusiones en el devenir individual, y muchas
desintegraciones lamentables, sin aparente explicación, la han
tenido por causa. Y es que, en el fondo, aquellos que han
alcanzado los niveles de la percepción sumergida, no juegan con
literatura, sino con vida, con vida elemental, tumultuosa,
sedienta de formas que colmar. Pero, sería falso el temor de
usar las preciosas cristalizaciones subterráneas en la
cinceladura de un cáliz, siempre que su distribución no corrompa
la forma típica, ni desvirtúe la función esencial del orfebre.
En lo concerniente a las áreas de la poesía mágica, o de la
magia en poesía, es curioso observar que es Europa, y Francia
particularmente, la logia geográfica de este movimiento
intencional hacia lo preconsciente. De allá partió la “buena
nueva de la condenación” que decía Bloy. En ella se organizaron
los extravíos estetizantes polarizados por esta búsqueda hacia
abajo, entre los que se puede incluir tanto la llamada escritura
automática, como las elaboraciones mediúmnicas del surrealismo.
En Indoamérica, desde la Península de Yucatán hasta el Estrecho
de Magallanes, se ha hecho, más bien, una honda poesía telúrica,
cuyos cables raigales se hunden en limos más profundos que los
del actual Continente Americano.
III
Si no el fin, por lo menos el límite de esa senda hacia el
abismo de la magia, fue precisado por Rimbaud, en las siguientes
líneas: “El primer estudio del hombre que quiere ser poeta, es
el de su propio conocimiento, de un modo total. Comienza por
buscar su alma... Una vez que la conoce tiene que cultivarla:
esto parece una cosa sencilla... Pero, es que se trata de hacer
que su alma se vuelva monstruosa... Digo que tiene que ser un
vidente, que tiene que hacerse vidente. El poeta se convierte en
vidente, en virtud de un largo, inmenso, y razonado trastorno de
todos los sentidos... De aquí que se convierta entre todos los
otros hombres, en el gran enfermo, en el gran criminal, en el
gran maldito”.
Lo que pretendía el autor de “Las Iluminaciones” era forzar las
puertas del conocimiento superior con armas tenebrosas. Su
obsesión por la evidencia y el conocimiento mágico le condujeron
a la tragedia, a la desesperación y a la fuga. Ahora quería sólo
llenarse los ojos y los sentidos con la “rugosa realidad” de la
tierra, y partió hacia Africa.
Pero, este apetito desenfrenado de conocer y poseer aquello que
es más allá de los límites del conocimiento poético, por medios
turbios e irregulares, sigue conduciendo al desequilibrio a
muchas almas singulares. Aquellos que no se han anquilosado, han
caído en estados crepusculares de conciencia, han enloquecido, o
se han desterrado a la estupefacción.
Refiriéndose a este lamentable aspecto de la vida interior de
los creadores, ha escrito Jacques Maritain, en su libro “La
Poesía y el Arte”: “No se trata aquí de la tragedia de la poesía
y del arte moderno, sino en un pequeño grupo de poetas y amantes
de la poesía, de una tragedia del espíritu humano”.
Contemporáneamente, esclarecidas personalidades de la literatura
occidental, han sentido la aguda incitación de una vía nueva
para la realización del ser a través de la poesía como
experiencia del conocimiento.
Con significante simultaneidad en la labor, ha sido expresado su
anhelo. Sobre los hombres más representativos y cultos del mundo
literario de nuestros días, ha pasado el soplo milenario del más
excelso Yoga d la India, el contenido de los Aforismos de
Patanjali, en el texto radiante del Baghavad Gita y los himnos
de los Upanishads.
Romain Rolland penetró en los antiquísimos monasterios hindúes
de Yoga, y encontró la presencia luminosa de Ramakríshna y de
Vivekananda; departió con los discípulos actuales de estos “mahatmas”,
y escribió sus biografías, en las que consignó, en capítulos
reveladores, los pasos de la ascesis psico-fisiológica de la
iluminación.
Eliot, reconoció el campo de batalla de Krishna con el Señor del
Universo y realizó, en poemas de estupendo equilibrio, la
tensión de los antagonismos esenciales.
Hermann Hesse, reconoció las huellas de la “ruta interior” hacia
el conocimiento supremo y escuchó las vibraciones de la Palabra
Sagrada en el transonido de los elementos, las bestias y los
seres.
Aldous Huxley, llegó hasta los umbrales de las “puertas de la
percepción” y creyó vislumbrar las inmensas llamaradas del fuego
cósmico que reducen a cenizas las más refinadas obras de las
manos humanas.
Por otra parte, Henry Michaux se ha esforzado durante toda su
vida en “ahondar las raíces del misterio poético, rasgar el velo
de Hermes, agitar y exorcizar en su propio corazón, a sus
monstruos”. Ha llegado a usar la vieja droga de los misteriosos
tributarios del Sol de los Aztecas, a fin de obtener ese estado
del alma cuyo sentido “rebasa toda comprensión”. La experiencia
poética ha sido ensanchada así, por un crecimiento espiritual
orientado hacia los confines del universo y hacia el centro del
ser en el conocedor del mundo y sus formas.
En cierta medida, ha sido escuchada, con intensidad que varía
según el hombre, la vocación de infinito y de absoluto, y la
necesidad de integrar los ritmos inmediatos de la obra personal
con el Verbo que sostiene y revela el Universo.
Marginando de algún modo esta fecunda dirección, Reverdy,
escribía: “El valor de una obra es proporcional al punzante
contacto del poeta con su propio destino”. La conciencia de un
destino trascendental ha sido conseguida por los mejores, y sus
señalamientos son múltiples, aunque todos se nos aparecen como
diluidos en los textos, quizás porque la sensibilidad y la
facultad de captación modernas, carecen todavía de una
vivificación especial, relacionada con esas esferas de
maravillosa tenuidad.
Pero, aparte de la toma de este tipo de conciencia, le es
menester al poeta -creo yo-, obtener en su vida -a lo largo de
toda su vida- la oportunidad de estos contactos con el destino
vislumbrado; pues, sólo la ilación ascendente de esta clase de
experiencias puede guiar su percepción interna y articularla con
la realidad, en destellos que sobrepasan el espacio y el tiempo.
T. S. Eliot, en su estilo flexible y consistente, que nos
recuerda la trama del mejor casimir inglés, al referirse a estos
niveles de la experiencia poética consciente, nos informa: “que
en tales momentos, caracterizados por una repentina cesación de
las cargas de ansiedad y temor que pesan sobre nosotros, en
nuestra vida diaria, lo que ocurre es algo negativo; es decir,
no se trata de la inspiración tal como se la entiende
corrientemente, sino de un derrumbamiento de barreras o
impedimentos habituales... El sentimiento que acompaña a esto,
se asemeja... a un repentino alivio debido a la desaparición de
un peso intolerable”.
En estos instantes, que duran una fulguración de tiempo, el
espíritu del poeta hace contacto silente con el Espíritu, más
allá del tiempo. Pero, como esta clase de accesos pueden
conducir a imprevisibles estados colindantes con la mística y el
esoterismo; algunos poetas contemporáneos, buscadores de una
realización poética superior, han polarizado su sensibilidad y
su conciencia en un esfuerzo común, hacia los milenarios
procedimientos del Yoga. Y así, algunos, parecen haber bordeado,
por una extrema tensión de todo ser, los primeros repliegues de
ese ignoto Continente de lo incondicionado, dándonos después en
forma sensible, la noticia poética más cercana posible, de esas
lúcidas exploraciones.
Michaux, nos da una muestra -si bien, muy imprecisa y
desorientada aún- de una fórmula yogui, en el siguiente poema
titulado “Magia”: “Antes era yo muy nervioso. Mas heme aquí en
una nueva senda. Coloco una manzana sobre mi mesa. Luego, me
introduzco en esa manzana. Qué tranquilidad... Los pensamientos
de la capa de abajo, rara vez son bellos... Vuelvo a mi
manzana... Sufrir es la palabra. Cuando llegué dentro de la
manzana estaba yo helado”.
Aunque este poema constituye un alarde de fantasía, subyace en
el poeta, en medio de su fracaso, una voluntad de internación en
la esencia del objeto, propia de cierto procedimiento de
identificación Yoguístico, cuyas características podemos
reconocer en el siguiente Aforismo de Patanjali: “Mediante el
proceso de meditación en la Unión, se reconocen los dos aspectos
de todo objeto; se llega a conocer y realizar en conciencia las
características morfológicas de los mismos, su naturaleza
simbólica en el universo y su utilidad específica en la
condición temporaria, dentro del devenir”. Muchos poetas han
realizado únicamente borrosas transposiciones intelectuales y
literarias, de la germinal posibilidad que ofrece a la
conciencia del conocedor, el cabal cumplimiento de esta
disciplina; pero, aunque no hayan obtenido el éxito real de su
interior tentativa, la belleza de algunos de los poemas
emparentados con este sistema, es suficiente resarcimiento a su
empeño.
Considerando en esta dimensión extra literaria, y sin disminuir
el alcance de su excepcional poesía, es Neruda quien ha
conseguido en este aspecto, singulares aproximaciones a la
experiencia secreta, y creemos que las debe a su constitución
elemental y a la profunda imantación de telurismo de que es
capaz.
Es oportuno recordar aquí sus “cantos materiales” titulados:
Entrada a la Madera, Apogeo del Apio, y Estatuto del Vino; y
constatar su clarividente exploración del objeto elegido, así
como la aprehensión de los símbolos y de los vagos tesoros
suspensos en la atmósfera interior de cada uno de ellos.
Inmerso en la madera, oigámosle decir:
“Dulce materia, o rosa de alas secas,/ en mi hundimiento tus
pétalos subo/ con pies pesados de roja fatiga/ y en tu dura
catedral me arrodillo/ golpeándome los labios con un ángel./
Pozos, vetas, círculos de dulzura,/ peso, temperatura
silenciosa,/ flechas pegadas a tu alma caída,/ seres dormidos en
tu boca espesa,/ polvo de dulce pulpa consumida,/ ceniza llena
de apagadas almas,/ venid a mí, a mi sueño sin medida”.
Se vuelve impronosticable lo que el poeta y el hombre en
general, puedan alcanzar por estas vías que, en último término
conducen a una visión suprasensual del mundo, libre de los
elementos de la personalidad y del espejismo del tiempo. Debemos
únicamente reconocer que el movimiento de auto-conciencia en
poesía está en pleno desenvolvimiento, y que todo lo que se
consiga en este sentido será para esclarecimiento de la visión
de los auténticos investigadores, y no es difícil que sus mismas
obras reciban el toque de un sortilegio hoy apenas discernible.
[1961] |