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CONEXIONES DE TIERRA
UMBRAL
Yo, que fui poeta sin parroquia
ni ocupaciones respectivas,
¿qué
pensaré ahora
frente a estas torres de cien cuerdas
que nadie toca?
¿Dudaré
del traspié metafísico,
humano,
ante esta hechura de lodo
en el umbral misérrimo de la Suerte Pública?
¡No!
Yo
descubrí el átomo de helio
en los ojos oscuros del vasallo.
Yo
descubrí los discos escritos
con sangrienta gramática
por la furiosa pluma del Emperador.
Sólo hubo una época hermosa:
la caza era entonces un rostro suspendido en el Espacio.
Hoy
nadie puede perdonarlos
porque saben lo que matan.
EMBARCADERO
Si tuviera aquí mi máscara de ciudad,
o mi máscara de ventana, todavía.
O aquel verbo
que encadena los pastos a las bestias.
Si al menos tuviera
la Poesía,
la posible escritura de goma,
como una operación de mono
parpadeante de luciérnagas.
Pero
este cuadrilátero,
este cubo
de ladrillo y de muecas,
obra con la feroz exactitud de la materia,
como ayer
en Paysandú
o en Ecbatana.
Sin embargo,
en los puertos, cada día,
frente a llorosas tribus de mensajeros,
son desatados
los más bellos cadáveres de la víspera.
Van solos,
desolados,
a sus aniversarios,
a sus coartadas,
a sus tiburones.
LOS DESMANDAMIENTOS
Gabriel Arcángel,
cartero de los techos: he aquí
el espacio
que rebasa la ondulación del tiempo.
Ahora,
avanzar agotándose en la visión,
cada vez más mortal,
de aquel a quien conduces
sin saberlo.
Sagrado Logos,
os detesto por lo que más queráis.
Sé que seré devuelto
por la introducción de las más abruptas divinidades
y de los más inauditos colorantes.
Pero
me atrevo a la alegría,
al fosforescente soplo de la blasfemia,
al aullido de los espejos contra el Océano.
Y en tanto
que la divisoria membrana de los eones
gime
con la disminución del mosquito metafísico,
me elijo
sobre los mandamientos
en la pálida persona del Espíritu.
¡Oh!, sustracción incesante,
causa de la caverna
pintada por las aguas de la ciudad flotante,
la burla divina
acecha en el deshielo de los ángulos.
El mundo gira fuera de sí,
olfateando
los rincones de su vivienda,
agotada por la mudanza.
Y en medio del sacrílego robo
de las inmediaciones,
la conciencia del destierro
es mi único País.
Los astros, abiertos en canal
como cadáveres de radiantes marranas,
cuelgan
de la negrura del Gran Techo.
Y
el Espíritu
juega eternamente
a la trata de blancas
con los cuerpos y las almas
de los pobres.
SANTOS DE BARRO
¡Oh!, puros, ¡oh!, benignos, ¡oh!, graves.
Tan difíciles, pero tan afables.
¿Qué amuleto, qué anzuelo o qué alcornoque,
pudo detener vuestra salud de bueyes
en el exacto síntoma en el que vuestra esperma
se imantaba ya hacia el Paracleto?
¿Cómo se operó la retirada
‑por el desfiladero de las suprarrenales ‑
del viejo jabalí, del oso abrupto y la marrana,
desde vuestro Ego atado a cada cosa?
En este íntimo cumpleaños del Planeta,
yo os invoco,
frescura de los añosos mares
y de los vinos sin paraje.
Qué soledad tan llena hubisteis:
vióse en ella
sollozar de ternura al cocodrilo
en su duro granero de corales.
Pero nunca se supo de fijo la dolencia
o la técnica
que operó el deshielo de vuestros cuernos y calaveras.
Decidnos: ¿Cómo se unió nuestra Dama
al conjunto sin fuego
de vuestro tálamo convertido en destierro?
Y:
¿Cómo perder el tiempo que nos falta
para alcanzar la época suma
de vuestra edad igual a todo
e igual a nada?
ABISMO PÚBLICO
Rechazado por la horda,
ascendiendo a la superficie
del Abismo Público.
Abajo,
ellos crecen aún de pesebre en pesebre,
con la delicadeza oscura de los pianos
cuyo silencio asume
la súbita
multiplicación de las batallas.
Argamasa de muerte, molida con trigo,
te ofrecerán en todas las provincias
de su excelso territorio.
En su sabor ‑que es un idioma hueco‑
dialogan melancólicos rehenes.
Ante cada utensilio,
eleva tu mirada central
sobre el abismo y la unión
de la pupila con su objeto.
Pero ábrela más allá de ti mismo,
en lo interno y lo remoto.
Y
sin disminuir,
devuélveles la obra y la visión.
TIEMPO IMPERCEPTIBLE
Hasta cuándo, Noviembre, buscas
en los días
aquello que se da en el agua
sin que a nadie humedezca dentro
ni se refleje fuera.
Aquello que permanece
cuando, después de la evaporación,
manos ya sólo en venas
sustituyen el tacto de ultramundo.
Tú has visto cómo
aquella hoja de álamo, al caer,
disminuía tanto sus asas de madera
que sólo era posible llorar
de pensamiento a pensamiento
ante la aparición de las fogatas.
A través de los días, ¡oh Noviembre!,
permanece en acecho
la Perra
que hará reverdecer todas las puertas.
EN QUÉ LUGAR
Quiero que me digas; de cualquier
modo debes decirme,
indicarme. Seguiré tu dedo, o
la piedra que lances
haciendo llamear, en ángulo, tu codo.
Allá, detrás de los hornos de quemar cal,
o más allá aún,
tras las zanjas en donde
se acumulan las coronas alquímicas de Urano
y el aire chilla como jengibre,
debe de estar Aquello.
Tienes que indicarme el lugar
antes de que este día se coagule.
Aquello debe tener el eco
envuelto en sí mismo,
como una piedra dentro de un durazno.
Tienes que indicarme, Tú,
que reposas más allá de la Fe
y de la Matemática.
¿Podré seguirlo en el ruido que pasa
y se detiene
súbitamente
en la oreja de papel?
¿Está, acaso, en ese sitio de tinieblas,
bajo las camas,
en donde se reúnen
todos los zapatos de este mundo?
JORNADA
Cuando todo acaba por sonreír en polvo
y es leve como el agua la contienda,
comiendo mi arroz sin peso
‑pequeña blancura de un estío de amor‑,
yo te amo
a través de los granos calientes
que suben transpirando en su vuelo.
Después de comer, bebo
contemplando mis dificultades de caballo.
Y de pronto,
estoy puro Dios hasta el fondo
del gran cántaro
de arcilla cocida al sol
en el mes de setiembre, cuando
el gusano contempla la calavera
de ojos de yeso.
Estoy dentro, y
soplan
mis células hacia la mujer
que prepara mi Ultima Cena
con sábanas más altas que la hierba.
REUNIÓN BAJO EL PISO
Pasa de mí esta sopa sin fondo. Pasa
de mí esta copa de hielo
en que humedece
su ojo de vidrio
el Tenedor de Libros.
Pasa de mí este suelo
en el que dilapido,
metro a metro,
el tiempo de perderme
en la Tierra,
suspensa como un chiste.
Pasa de mí la esfera y la circunferencia,
pues no hay cabeza ni diadema ya
entre los bellos polos del demente.
Pasa de mí todos los recipientes
y devuélveme
a la luz del Vacío Boquiabierto.
INERCIA
He aquí al hombre ante lo Invisible.
Hora,
centuria de los tigres
resplandeces
royendo los vehículos
en que huye
todo lo sostenido por la Voz.
Ella
me entregó sus ardientes granulaciones
en un viento espléndido
sobre un milenio
de siembras absolutas.
Y tú,
vieja estera de neuronas
‑libre de ser aurora o mácula‑,
recibes
las pisadas
del Número Bestial
que ellos no entienden
pero son
y serán
por Honor y Cobardía.
LOS PRECIOS
Tú sabes lo que cuesta la pólvora
en el buitre del antílope, la tumba del oso
en el cajón del sastre. Tú sabes
lo que cuesta la goma
en la pata del pájaro, la cuerda en la casa
del relojero ciego. La cáscara de plátano
en el tobillo del Discóbolo. Tú sabes lo que muele
un solo cráneo entre dos horas consecutivas. Tú
sabes cuánto rueda el pan fuera de Misa. Tus niños
duermen en el hueco de la alfombra.
Tú sabes cuánto vale un huevo en equilibrio
sobre la palma de la arquitectura.
Las nubes de fuego sobre el circo;
el Santo Espíritu, de pie, sobre
el ave que empolla.
Tú sabes lo que cuesta curarse la manderecha
con la izquierda
endurecida por los desmanes de la vida nómade.
Tú sabes lo que es vivir un pasadizo,
acaso garganta,
y no decir nada, ni esta boca es mía:
el idioma es pura madera en quechua,
y calla.
Entonces, sólo ir. Sólo andar.
Tú sabes lo que es andar todo el destino a pie.
Se grabará para siempre la cara del caballo.
He aquí, pues, que nos miramos ya
con el profundo respeto de la Gran Sospecha.
Tú, envejeciste, Creador,
y mi padre atentó malamente contra la diosa familiar
entre los surcos de coles moradas.
La escopeta fue apoyo de su pan,
pero colgó una lámpara del cuello de las Tórtolas.
El sabor de los vientos
ensancha hoy el país observado en la paciencia.
Te restituyo.
Las Tres Personas Distintas
de rostros embebidos en la claridad del soma,
llueven profundamente sobre nuestra comarca.
Canta la mosca del granizo
y llora, poco a poco,
su cuerpo incontenible.
ENCUENTROS
Nuestros encuentros no tienen mundo.
Se hacen
de pensamiento a pensamiento
en el éter
o en la vivacidad de los sepulcros,
a mil insectos por centímetro.
Nuestros encuentros se sirven
de microorganismos
y partículas de cobre.
Podemos esperar mil años, y aún más.
Nuestros encuentros se realizan en el lodo
o entre el rumor de herraduras y lienzos
que precede
a las grandes migraciones.
Nuestros encuentros se hacen
en el ser instantáneo
que pasta y muere,
‑como pastor y bestia‑
entre surcos y siglos paralelos.
Nuestros encuentros no tienen
número
ni punto.
DON MATUTINO
En la más alta noche,
cuando
los funiculares descienden
colmados de buhos y alejandras,
la Noche
envuelve un rayo de resina
en los violoncellos de la Ópera, y
alguien
retorna continuamente hacia el estetoscopio.
Mira su lado de Neanderthal
y su ruina de infinito.
Los muros no interrumpen
las ligaduras con el cáncer venidero.
Hay fría santidad en los revólveres;
cables eternos
fermentan en los templos y en los sótanos.
Yo,
marcho entre paisajes de quincalla y de langostas.
Soslayo
vestimentas cargadas de aguatinta
y asteroides.
Arriba pasan las ruedas celestiales.
Espero
a que revienten con la aurora
los primeros botones de papel.
De pronto,
es de día.
Es Tu Presencia. Tu don sin límite ni forma.
Tus tijeras custodian los hilos
de los enfermos de hambre y paraíso.
Tu nombre
se vuelve mi conflicto.
Amanece
y
no cesas.
POEMA
Si ahora vuelve, niégale. Preséntale a su mar.
Así, vestido ya de algún espejo, se alejará.
Hay que madurar. Oscurécete.
Si golpea, escúchale. Tiene una forma
cuando queda fuera.
La lluvia le ciñe un paisaje demoledor
y sus hierros pueden dar pan
a la mula en que pasa.
Pequeño Joven: aún no puedes
crearlo como Huésped.
Oye cómo persuaden las viejas herrerías.
Los dedos salvajes
y los salvajes meses de Marzo
son todo viento sobre su cabellera
nutrida ya de polos.
Toda resurrección te hará más solitario.
Mas, si en verdad quieres morir,
disminuir ante los pórticos,
comunicarte,
entonces ábrele.
Se llama Necesidad.
Y anda vestido de arma,
de caballo sin sueño,
de Poema.
RETORNO EN COCHE
Desandan lentamente.
Su doble desconfianza
viene de un acto puro.
Entréganse vacíos en cada isla, y
libres de sus órbitas,
oyen hervir la rueda.
Se reabsorben
girando en el pulido coito
y suprimen así
el suspiro central
por el asombro.
Son el amor a los gruesos tejidos
de los que viven.
Aman nutridos por el uso diario.
Horrible aguja.
Juegan después a desnatar la Luna.
Mañana,
llorarán en dos líneas aquel punto.
Hoy,
son los tiernos perros entusiastas
frente al aroma tenso del confín.
DESCARGA
Ascendió girando hasta la cabeza
aún empapado de sí mismo,
y polvoriento de pestañas,
encerrado,
oyó todos los títulos de sus miembros.
Arriba, otra vez,
millares de carros de combate
retornaban
descargando el plumaje del sol,
en haces,
sobre las barbas de la Elíptica.
Uno fue
el insecto motor,
y chisporroteó ante él,
como cuando peinaba
grandes masas de lana,
en la oscuridad de las granjas.
CONDICIONES EXTREMAS
Esa era mi vida capilar en el cáñamo solar.
Osa Mayor,
tu despeinada vulva
giró sobre mis ojos
como una basílica de rayos.
Yo fui
antes que el Océano malgastárase
en bestias similares
y en arbustos romanos.
Mi sepulcral Emperador: el Páncreas!
Mi corazón:
el ajo que sembraron en el Gólgota!
En tanto,
vosotras,
amoniacales diosas, Ramas madres,
derramabais vuestros venosos cálices
sobre las aguas.
Aún os oigo orinar con rumor de cigarras,
sobre
las verdes leyes de la hidráulica.
Parido fui de un abismo de tendones.
Animal giratorio:
todo era
Dios y Bestia,
dentro y fuera.
Hoy,
antes de entregar la Gran Obra
que me toca concluir desesperadamente,
Hormigas del Cadáver Número Uno,
respetad
estos átomos dentados!
GUÍA URBANA
Bajo la obscenidad de los cielorrasos;
bajo los blindajes bautizados con sidra
y con Obispos;
tras las rocas ecuestres;
entre la luz dorada de las yeguas;
junto a los mausoleos
enfundados en limo de cerveza.
Bajo el cascarón de gelatina
de los eclipses;
entre los ángeles cosidos a los paracaídas.
Sobre el pasto prensado
a diez millas del relente;
entre los hornos para cisnes;
entre las hornillas para Hostias.
Justamente
detrás del Cementerio Copto
y de los estanques de brea y tinta china.
Bajo la piel adamasquinada
de los azotados al amanecer, allí:
Tú,
DAMOCLES!
Línea sola.
Línea de metal y de agonía.
Tú
y
Otros.
PIEDRA SOLA
Hostia en la rama del laboratorio,
sentada sobre un cuero de estrella;
entre frías espuelas y navíos
oyes bajar a tus
hijos
hijos
hijos,
por el gran Oviducto
que arrastró a Moisés
aguas abajo.
Cristal y cactus de esmeralda india
contra el Conquistador acumulado en pómulos
ante las piedras
del Tahuantinsuyo.
Arrobados en coca los labios
y las ingles manchadas
en almidón eléctrico,
preparas las colmenas de los reyes.
Ahora,
creces, duras, permaneces
para dar vueltas en tu bello ombligo
de maíz metafísico. Las glándulas
te encrespas en la cama
y te despeinas
como una torre que hace humo.
Clueca de nieve y piedra
sobre el trillón de huevos venideros:
cómo aletea
tu Sol de clara y yema.
PAISAJE SECRETO
Sólo el fuego dilata lo circundante inmóvil
bajo la tempestad lineal
de los Reyes Alados.
La claridad es tensa
como el vientre del que ama.
Y tú,
Sol de rojas pestañas,
Sol:
todo lo que
la Rueda detesta
pones a girar astutamente
y a permanecer en su interior.
Allá,
entre sus codos rubios y sus límites,
el Atlántico religábase al caos
y brillaba en el viento
el cuerpo de la Mosca.
Fértil Princesa en manantiales,
revolabas el Día,
vestida de Ceremonia y de Tifus
para gozo del cielo
y de los vastos hoteles de diamante.
EXPLORACIÓN
Yo sé que vas inmóvil entre
millares de recién nacidos; y que
entre la liviandad de la ropa del hombre,
decides embrujarte en elegido.
Yo sé que vas
sobre la infinita aparición de sus zapatos
voraces como ratas que escaparan
de la cloaca maestra.
Yo sé que te detienes bajo la blanca hierba
de los faroles del amanecer, y que
consultas
en altamar, tu mesa.
Odisseus pequeño,
yo sé que buscas fuego
entre la multitud.
Entre los que han pasado esta noche
ante la Parturienta
que, brotando de amor, estrangulábase
como una flor en un rollo de cuerdas.
Hermosas guillotinas cuelgan de los aleros
y en los buzones
susurran las espumas del Mar de Galilea.
De pronto,
se hace visible el Ártico,
y tu bicicleta de heno,
atraviesa el abismo.
La senda de los círculos en punto
es la línea más corta
del crucifijo público.
Ahora,
que la vivacidad une los diámetros,
alza en memoria de Caín y su Madre
la copa de agua fósil. Ellos también
descienden para sus abluciones
al arco iris de los ángeles tullidos.
Sé que
"andarás errante". Vuelve a partir.
No pactes.
El corazón mostrenco no se aplica
a la flor de la muralla. No salgas
jamás de ti, hasta que el Tiempo
empiece a retornar a la Serpiente
cerrada en sí, como absoluta vianda.
Y, si por fin encuentras la salida,
no la abras hacia afuera.
Aliméntate solo y no pidas
la piltrafa
de la res automática. ¡Nunca!
INFECCIÓN EN LA NAVE
Contra las abruptas costas de Patmos, y
contra las costas que picotearon
los esquifes de Francisco Pizarro
cabecea la nave.
Mágicas infecciones la salpican.
El sistema decimal resplandece entre
las vendedoras de líquidos.
La estructura de las manoplas
contamina la madera de los laúdes; el animal
que busca el Emperador en su orina,
llámase Nabucodonosor.
Sagrada contaminación.
Primavera de manzanas y plomadas.
El nadador hunde la cabeza entre las manos
y contempla el tornillo sin fin
entre los dedos del Arpista.
Oh, Dimas,
Oh, Gestas,
Aquel Cuerpo, fue la oscilación
de vuestras propias sombras.
Aquí, todo está embrujado.
El ángel toma su vejiga de oxígeno para elevarse.
El antropófago viene cada mañana
para ayunar en mí.
Los náufragos arriban sin ser vistos
por cada ausencia izquierda de los péndulos.
Sin embargo,
"cosas mayores haréis vosotros",
porque:
el Tiempo transcurre,
pero no toca
un solo diente
del precioso vehículo
enroscado en un huevo de gallina.
TRABAJOS
Tras las devastaciones de la tarde,
cuando
de los quehaceres no queda sino una estría
y
algo de islote fuera de estribor,
el Hombre
y el Ciempiés del Hombre
trabajan
en oficios infinitos.
Entre los líquenes de las sastrerías,
trabajan cientos,
miles,
en una sola herida, a mano.
Los centinelas con un pez en la boca.
Los honderos
en la piedra que necesitan compartir
con el sepulturero.
Los Reyes,
con sus mantos de polvo
que dan vuelta al país de los otros.
Pero,
aquella Mujer de quien escribo,
trabajaba de Madre
sola,
en varias épocas,
deshuesados en lámparas
sus hombros.
CREACIÓN PERDIDA
Pecipitaste la línea verde
en presencia de las lagartijas del monte.
Y como bestia bulliciosa
la rueda dentada trabajó el mundo
de los crisantemos y los escalones.
Pero, la Tierra, sometida al cambio
de aurora en cada cerca,
se inclinaba peligrosamente
hacia el lado por donde paría su eje
como a una criatura de un solo muslo.
Todo clamaba ser recreado en el aliento,
y Tú, ya acezabas.
La Mano de Obra, fue
palpada por las olas, y disuelta
en miríadas de feroces rectitudes.
De padre en padre descendiste
durante millones de años, hasta
llegar al macho de la Madre.
Y nos espiaste astrológicamente
como un animal que busca su comida.
HÁGASE
Hágase siempre lo Antes
y permanezca Nunca.
Sólo el bajorrelieve de los montes,
preséntese a sus ojos
y construya su creencia en hueco.
Déseles
obras de pormenor continuo
para que
adoren
únicamente
las Grandes Baratijas.
Sea envenenado el acto mismo
y córtese la mano
porque subsista
sólo el nervio.
En el soluble trance
del que siente dolor
de lo amputado.
Pero,
Hágase:
sin salir de la Hechura
ni sostenerse en el seno de la Máquina.
Los obreros llegan siempre tarde. |