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Um esboço de Leonardo da Vinci - link para page do editor

banda  hispânica

césar dávila andrade

 

 

EN UN LUGAR NO IDENTIFICADO

 

ORIGEN II

 

Ahora sé que me dieron esta alma en medio de una batalla.

Alucinado por las cerillas enemigas

miré el cadáver de mi madre bajo el Cisne que la amaba.

 

Vine a diferenciarme de vosotros, Parientes,

Minerales, Arcángeles.

Mi infancia no os perteneció.

Me alimenté solo, como un espejo extraviado

en el fondo de un bosque.

 

Mi cuna fue el festín en la bola de barro.

Devoré las rodillas de mi nodriza,

sorbí los largos ojos de las mujeres que me veían salir de un ángel

y fui aceptado con el vestido de la oruga blanca.

 

Entre huestes remotas y nombres hereditarios

luché

ensangrentado de Misericordia y de Crimen.

(Oh, la tremenda víspera de venir al Mundo con los ajusticiados.

En la materia, termina el entusiasmo del Altísimo).

 

Iba mi madre a lejanías iguales por el cuarto.

Un hombre, en la litera plana de los santos,

envejecía antes y después de mí.

Tomaba su café profundamente

como si fuera agonizando a sorbos;

se peinaba con un peine de hueso reidor,

miraba su ataúd de madera de maíz.

 

Qué terror descendía de los costados lluviosos de la escuela.

La misa cargada de madera y de fuego, como un barco.

La campanilla en todos los rincones de la sala

como un rocío que peligra y vuela.

 

Aquellas vacaciones! Ya nunca volverán.

Escondí en el granero mi bolsa de libros forrada en vacarí.

Tuve un sombrero azul en el fondo de una fotografía,

entre la floresta de papel de una velada

en un día montañoso de diciembre.

Adiós.

 

Aquellas vacaciones! Salíamos a las praderas.

Antes,

el perro dirigíase a una flor oculta y la mojaba

apoyando una pata en un difícil lugar del paraíso.

Breves espigas mordían la falda de mi madre

y le acompañaban a la cama.

 

Mientras la noche dura

los más bellos escombros atraviesan el campo.

Los árboles se inclinan sin ser vistos

a recoger las flechas ligeramente húmedas que les alegran.

Los viejos toros rumian dentro de sus esfinges,

los antiguos arrieros hablan con los caballos desvelados

antes de ser destruidos por el alba.

 

Inocencia, te miraron mucho los grandes ojos

de los animales domésticos

recién apeados del coito

con tristeza de peones engañados.

 

Padres míos:

Yo sé que vosotros, en vuestro vaso ceremonial,

fabricáis a escondidas de los niños

infelices pasatiempos de carne

que os avergüenzan cada mañana.

 

Vuestras manos, padres míos,

huelen como las pieles que el Océano expulsa:

Adiós.

 

En las oscuras nalgas de las criadas indias,

 vuestros azotes serán memorables

como la piel de la cebra sacudida a la luz del Relámpago.

Adiós.

 

Cuidad, pues, las plantas forrajeras, los ejidos,

los sepulcros;

el alumbrado público que tiende sus ácidos globos

sobre las barracas populares

en las Noches de San Juan.

Adiós.

 

Mirad:

Ya se desnuda la séptima mujer de nuestro padre.

El vello de su vientre, como el as de corazón negro sobre el lecho.

 

Hay actos de adivinación en lo más delgado de las puertas.

0id:

Ya llegan los adultos a morir entre el blanco aluvión de sus sábanas.

Ya vienen a encadenarnos hasta el alba.

 

Partimos:

Nacemos en un cielo sucesivo,

en el plumaje que tira sobre las Reinas el Viejo Sembrador.

Pero la luz de los delgados resquicios de la mano

como un hermoso rostro conocido mil años atrás

nos despierta empobrecidos.

 

También yo soñé.

Vi una mujer que acumulaba rollos de purpúreas telas

alrededor de la varilla pálida de su alma.

Conversé con las jóvenes idólatras que pulen sus gargantas

antes de ser ahogadas en los estanques de los Teólogos.

Payasos tristes cavaban el harina de sus pieles

para mostrarme úlceras suplicantes.

Vi los traspiés de los enanos

bajo las alas de las patinadoras.

Oí rugir el té, que en su postrera tarde,

sorben llorando los Capitanes náufragos.

Vi las columnas que tartamudean frente al sol.

 

Hace cien épocas

tuve un misterioso instante de amor que he olvidado

y ya no soy aquél. Hace olas de tiempos en el Tiempo,

fui llamado al confín de los Mayores

y recibí mi sombra.

Ya no soy, pues, el que escondíais en el Ovario

de la Gran Estatua Sentada

durante las lluviosas tardes del Sur Ecuatoriano!

Ya no soy el que escondíais bajo la nube de testigos falsos

al paso de la mujer desnuda y despeinada

que vuela sobre los párpados de los adolescentes.

 

Sin embargo, alguien debe continuar atado a la cabellera

que brota de la vertiente de la Salvaje Madre.

Alguien debe continuar la escritura del dedo en el polvo.

Alguien debe continuar la caza del papagayo

a lo largo del cielo deshojado.

Alguien debe continuar el canto del Hombre Claroscuro de la Noche.

Alguien debe continuar la agonía de los Mayores

sobre la mesa errante del pañuelo de maíz.

 

EN UN LUGAR NO IDENTIFICADO

 

Busco yo el Mundo de pulpa de madera, o

Aquello que

gira desde hace diez mil años

en la rodilla del Pensador Sentado?

 

Madres de la Leche,

llora ya de vosotras el niño

que os disparasteis contra el seno.

 

Elegisteis el sitio más profundo de la casa

para eso, y

como las ciervas de los montes,

a parir al pie de un salto de agua!

 

Qué terror de Infinito sobre ti, yo te amo

mi Bestia ultravioleta.

Con  livianos infiernos falseo el brillo del Océano,

y te amo ‑otra vez ‑ Bestia mía.

 

Entre el nuevo gas de los violines, óyese

‑óyese a Sí Mismo‑.

Absoluta es la querella del insecto

cuando roe la hoja que cubre la orina de la raza.

 

Desgranando maíz en la noche, canta

para él

la parte de su alma conservada en hierba.

 

Ni un grano de polvo aún en la cavidad de su tórax,

ni un rasguño de sol en las meninges;

pero,

late ya el pez futuro,

el pasado minotauro,

el giratorio gusano de la brújula.

Animal de un solo pie en el polvo amarillo de la Biblia.

Hostia criptógama creces, multiplicas

lo que se teme de ti: ser hijo verdadero!

 

Las arenas auríferas en la oscuridad del Salón de Lectura.

Un grano de sal en el centro

de la circunferencia patria,

el sinsabor del Sur Ecuatoriano.

Tu lavandera india

trituró manantiales sobre dioses de piedra.

 

Y, de pronto, han cesado

milenios de Espacio temporal en un instante.

Ahora,

entrar y salir en el aspecto rojo del amianto,

eso te basta.

 

Quién, después de uno de nosotros

será el mismo

o el otro de siempre,

con quién preservar la intemperie pura

de la Nada?

 

Aquel que se ha perdido y está entre tantos

y en contra de todos

sin ser reconocido,

proviene de un Lugar destruido en Él mismo,

a causa de tanto retornar

sin haber escapado a la Corriente.

Ha salido del hecho sanguíneo

y pisa su carne en el charco de sombra meridiana.

Oh, Nadir de los pálidos pantanos!

 

Y, de pronto, Él ‑llamado Distinto‑

empieza ya a cocinar hierbajos como un embrujado

y arroja sobre sus padres

la muerte que habían elegido para Él

durante sus amores de grandes reptiles

enterrándose

en el légamo más dulce de la aurora!

 

Escarcha

que brillas sobre el paraguas de los saltimbanquis:

aun mi soledad en las montañas

de platino

de Aldebarán, era más pequeña que tú.

Mientras almuerzan los señores Leguleyos con sus hembras,

yo clavo detrás de la Ciudad

el cuero de carnero en que nací.

Y me libero!

 

Olor a lecho de ramera tiene

la Gravitación Universal!

 

Durante las pesadillas y la fiebre, era posible

salvarse a nado, a través de una ola

de las sábanas, o de los ojos del nogal

que habían resistido a convertirse en madera

a fuerza de llorar.

Pero,

pudo Él salvarse de las Madres del Miedo,

de los gemidos imputados a las cajas de cereales

enterradas en el principio del mundo?

0 del futuro corazón resonante en todos los lugares?

Y, se salvó, acaso,

de la manía de propagar el mundo, murmurando con ellos

la Bacteria Redonda?

 

En un ángulo estaba la mesa de los ídolos,

 los receptáculos de plegarías

que batían con la lengua

equívoca como un injerto.

Ignoraban su condición de pequeños antropófagos

sujetos al feroz pan del planeta. Se profanaban

a oscuras,

haciendo entrechocar sus minúsculos sacos

de especias y de leche!

 

Antes, cuando aún descendía el maná,

era recogido por los revendedores, y cada sabor

podía dedicarse a una enfermedad particular.

 

Pero,

vosotros,

durante el desayuno evocabais a los tártaros,

odiándoos en nombre de efigies y hemisferios.

Ya en tiempos del Imperio de los Incas

habíais celebrado negras hechicerías

dentro de la olla de barro!

 

Con la boca pintada de chocolate

salíais a contemplar eclipses recién degollados,

y

 retornando a media noche,

repartíais banderas empapadas en mostos zoológicos

sobre los labios de vuestros pequeños.

Qué ardorosas manos, después,

sobre la trampa de ruidoso vello

en el asa de barro de la puerta de amor!

 

Con el esqueleto afuera, como argamasa,

levantasteis el burgo ‑gran ciudad‑

junto a las desembocaduras del Osario,

dejando en el centro

un espacio para el Abismo Público

abierto por la Batalla del Pichincha.

 

Y, llegados al Océano, escuchabais las crestas

del devenir y del éxodo, la caliza del mundo solar

en su veloz reloj

sostenido por trillones de oviductos!

 

Era la Patria picoteada por las agujas

zodiacales del pelícano;

la propiedad, el éter, el extremo!

Os daban seguridad, circunferencias de recelo,

resentimientos, sospechas, criterios de piedra

para encerrar al hijo del molusco.

 

Así,

te limitaron otra vez

contra el mar, contra el Océano puro de Oceanía,

contra el agua que ocupa

el fuego azul sin deseo ni usura.

 

Y, digo:

‑"Quiénes fuisteis, antes de Ahora,

en el fondo de la gran calavera

de semillas de amapola del Universo?

Antes de que las siete formas del Ser fueran vistas

por la frente agujereada de Zoroastro?

 ‑Quiénes fuisteis,

antes de la unión de la esperma y el Amor

en la vesícula de la bestia infrarroja?".

 

Ignoráis del espermatozoide disparado en las cavernas

de leche de la Nebulosa. Ignoráis

de la primera merienda de carne

y de corpúsculos, por el Espíritu!

Desde entonces,

operamos

             saliva

                  múrice

                      estearina.

 

CABEZA CORTADA DURANTE UN MONÓLOGO

 

Cabeza, cabra de bóvedas sembradas con semillas de teléfono

en la Sala de Espera. Raíces cocidas en esmaltes

chorrean la caverna y las meninges. Es angosta

la goma del gusano en el Yo. La madrépora rige los manubrios.

Peine en el remolino de la almeja. Sus verdaderas

rodillas, los montes supraciliares...

 

En negativo fotográfico contempla

la tempestad de leche del Universo en el Vacío negro.

Es aún muy temprano.

 

Nadie canta.

La serpiente no empieza todavía a nutrirse de sus vértebras.

Es la fiebre. El insomnio. Nadie canta.

 

Después de océanos lavados por dentro, llegaron

zapatillas de raso, raíces que ascendían para acostarse

en el trueno que remontan las piernas de la rueda

desconocidas en el lodo de la cama.

Ahogada en pelo como un disco de música,

su pelo de esmeril le rodeaba como un reloj la vulva.

 

Empecé, entonces, a escucharme

mientras la Sala de Espera se llenaba de mujeres

que cosían ropa de buzos alrededor de sus cinturas.

 

Habiendo acumulado el Océano según las líneas del diapasón,

ahora lo oía lamerse grieta por grieta.

Porque fueron de océano mis búsquedas,

mi investigación que evitó su propio ruido

convirtiéndose en oración mental; pero

allí mismo, en el agua del Abismo, estaba ya la mujer

soltera que se baña de noche, dejando un agujero

en el tabique. Su piel de música grabada

dirigía los chorros hacia el centro, pero su mano

los extraía de raíz, con la adormidera en un vaso

cerrado de tal modo

que goteaba a lo largo de sus muslos. Su segunda mano

erraba al azar, advirtiendo las llaves de su cuerpo

o desalojando la sonrisa general que durante las horas

de Oficina,

había logrado enajenar sobre diversos actos

contenidos en la forma del destino o del uso.

 

Ahora, sus nalgas

oscuras por contrapeso, la circundan

cuando se agacha a mirar entre sus pies la súbita

contracción de un pez envenenado con jabón.

 

En esta hora única, perforada en el muro

por una gota casual,

ella,

desnuda bajo la cascada del Universo,

descuelga de la vid una hoja de toalla y se estremece

aspirando el profundo contacto

de una brazada de heno.

 

El sabor del agua se transforma en sangre

bajo la bata de baño. Sale. Inunda el dormitorio

pinchándolo con sus poros. Sus pantorrillas

preñadas de caviar, ascienden por el pecho velludo

del Jefe de Arquitectos. Se construye, de noche,

los góticos menhires del Imperio, y se destruyen

los horóscopos de los combatientes

dormidos, por error, fuera de las trincheras.

Si al menos pudieran construir una sola vena legítima

en un recodo de la llaga que atraviesa el corazón; si,

al menos, supieran por qué calla de ese modo,

como una genciana en su islote, el Páncreas!

 

Balbuceando sobrenombres de dioses y oprimiéndose

bellos lugares automáticos a lo largo del cuerpo,

se estrangulan hasta dejar fuera

del agua los ojos, y durante la tiniebla

del gran canal, sus vientres vacíos flotan

como las dos mitades de un huevo de crisantemo.

 

Ansiando siempre un deslizamiento de arena dentro del templo

‑coágulo de paternidad involuntaria

conjurada con exquisitas membranas de ternera-,

ella,

calcula la hora de entrar con su vaso

ceremonial de emperatriz, en la Casa

del Jefe de Arquitectos. El Constructor

la ignora así, pero la frecuenta como a un hermoso légamo,

sobre el que, a su vez, pierde el conocimiento de sí mismo.

 

Cree en la nueva era del material sin cuernos

que renueva el espacio como un jardín de cuellos paralelos.

Y, proyectando la Ciudad del Futuro sobre el elíptico lomo

de la Tierra, reserva para su espíritu

el ojo del tabique, como la quemadura de una lente

sobre la cama de su dactilógrafa.

 

Unidos por un animal de polea, bajo un puente

de formación natural, duermen saciados.

Cada uno completamente leproso del otro; en la

posición prenatal de la Luna sin cuajar, derramada en el lecho.

 

Serán clara y yema del huevo cosmogónico

en el cuero animal que transporta los pecados del Mundo.

O, el efecto mecánico, grabado en gelatina,

de las palabras trágicas: "Hagamos al Hombre". O serán

lo que todos hacemos en la calle, subiendo mentalmente

a caballo, sobre la dama a la que saludamos.

O el entreacto secreto de las parejas de baile,

que bombean sus pozos de amor a cuatro manos, bajo

la picadura de miel de los violines?

O, la astuta manera de salvar nuestras almas, a costa

de un frenesí que hace temblar a los arcángeles

más atrevidos. O, acaso, la más ardiente

y triste confrontación de lo que Dios nos debe

hasta que le miremos cara a cara?

O,

será lo Otro!

El y ella, lo Otro.

No. Dios no tiene contrario.

Sean, pues, reabsorbidos por el Caos.

 

FUNERALES DEL PEZ INSUMERGIBLE

 

Casi nada puedo decir de la Fuente en donde bebían

los Exiliados.

Convulsos, recibían el insecto sobre la lengua y lo deglutían

bajo las colgaduras eléctricas del Pentecostés.

Los que hablaban dormidos salían por las heridas lanceoladas

de los caballos muertos en combate.

Es verdad que, a veces,

los manantiales tambaleaban bajo el aliento

de los traficantes y los más bellos contagios eran diferidos

por la pesadez de las moscas recién polinizadas;

pero, en las más abruptas creaciones del gran collar

se escondían las fresas y se miraba correr el remolino

entre la sonriente capilaridad de los estandartes.

 

Mercurio, desciende por las uñas volteadas y los surcos

de nuestras lágrimas, sobre el tejadillo.

Centella del ombligo. Blasfemia y estocada.

Baraja hembra con el vello de corcho empapado en sol.

Dinos tu nombre en la dispersión de las bóvedas;

dinos lo sonoro que resta del delirio

sobre la piel expuesta a las vicisitudes de la serpiente,

al borde de los grandes diques, en donde,

empieza la infinita Murmuración.

 

Nos hemos salpicado de esperma andando entre la hierba

crecida de los altares y es menester destrozarnos el paladar

a saltos, a fuerza de horribles propagaciones verbales.

En el muro está escrito: "Si uno bebe, si bebe

nuevamente, si bebe hasta caer por tierra, debe levantarse

y continuar bebiendo hasta completar el Dragón ".

 

Escarlata, Adelfa, Emma, Púrpura: preparad las evaporaciones,

vuestras larvas son nuestra heráldica,

el testimonio de la simetría en la demencia.

Voces resplandecientes del mar en los oídos de las Repúblicas

despertadas a medianoche, cuellos de cristal del Ártico,

el perro metafísico olfatea las costas.

 

Al borde de los fosos, los hipopótamos, ciegos y cargados de rocío,

adquieren el sentido de la aurora

por el empalidecimiento interior de sus demonios.

Flora de las bujías, Flora de los retretes, Flora

de los Píos Quintos, de los Leones y los Sixtos, fuera!

Al Gran Cipote, todos!

 

Llegaban después de los acuosos partos de sus Madres,

a perfeccionar reinos absurdos

frente a las sombrererías de la Gran Pirámide.

Salir del Tiempo, escapar de la razón, devorando

residuos abandonados por horror en la atmósfera.

 

Hidra

         Hidra

               Hidra

tu vientre de amianto replegado hacia adentro; tu metal

conocido por Nabucodonosor en las palpitaciones

de su corona regia.

Así, hasta completar el Dragón.

Luego, era destruido y cantado en las primeras horas

del mismo día.

 

EL RECUERDO ES UN ÁCIDO SEGURO

 

Marchábamos en fila india por el reino punzante de la ortiga

y fulguraba la Memoria en polvo de las aguas,

y las formas.

Acampábamos al pie de úlceras encantadoras.

 

Oh armadura de laurel del Polo

sobre nuestras cometas de maíz.

La coca descubría las líneas

de su mano

abierta al infinito de la nieve, entre

un fluido de icebergs,

por el Espacio suspendido en rama!

 

Como ladridos de lo que fue beso,

el soplo del azogue, el metaloide amargo de los muslos.

Fue piel todo lo unido por la mente

y fue

como de una gran música morir!

Aquellos campos de uva pálida, rupestre!

Las heridas corrían

del corazón de aceite a la serpiente.

 

Los vientos por el Viento en hondos discos

tras el futuro en grano. La Gran Muralla

al soplo de raudales.

Era el enquistamiento del ostión y la copra

en mi máscara del láudano

próximo a aullar frente a las altas cercas!

 

Y busqué Mi Lugar en los lugares. La bellota

salvaje, en el perfil de un Continente en guerra.

Los dados de ojos negros; el supremo Mandala

en los poemas y en los alcoholes.

Horrible abreviatura del Altísimo!

Vi repartir los naipes y los símbolos sobre la misma mesa.

Y todo fue creado y destruido en un solo destello

fuera de Tiempo!

Nadie espere otro juego!

 

EL EGO CUENTA A SUS MAMÍFEROS

 

A medianoche suena como un parto. Y mientras todos

suman aquel a Aquello, yo suspendo

mi tiempo de caníbal.

 

Los lomos de los trenes, sin sepultura. Los libros

con estertores de camisa. Los que

se ahuyentan de sus tumefacciones.

 

Son sólo cinco las tetas de la Tierra, mas lo objetos

maman de ellas con un trillón de hocicos a la vez.

 

Hilo, padre y marido de la hebra. Todo por Ti respira.

 

Por acciones de una sola célula

estoy contra todo, contra todos, contra todos los dioses

de una sola célula.

 

Millón de hierro. Millón de manganeso. Todos son millón.

Yo, salgo. Detesto.

 

Lomos. Paquidermos. Aconcaguas.

Cervicales. Lumbares.

Gran callo de los pérez y los borbones.

Lomos sobre lomos.

 

Salgo de las profundas convicciones, de las ideologías,

de la ósmosis.

Mueran los líquenes.

Abajo el muérdago.

 

a) ‑El Ego

 

Erguido en su única pata acuática, el Ego,

oscuramente, participa en batallas siderales.

 

Ante el espejo, suda con el rostro entre las manos;

en la persona que esconde su conciencia,

el Ego se derrama.

El Ego del pan es audaz como el perro de los santos.

Ante el rumor de las armas y los diques,

el Ego se retira hacia lo más encajonado de los violines.

El Ego tose tres significados

y entrega los símbolos de los fugitivos.

(Ah, el Ego de aquel almuerzo

entre los Doce Animales Amarillos

y Uno pálido y egoísta por todos!)

 

b) ‑ Faunas

 

Profundamente estudio la nariz que nunca duerme

y está en todas partes

el hueco de sus hijas que comen flores

y se cruzan entre sí

con el polen del mismo ramo.

 

Feroces candidatos a la Bestia que un día

nacerá ya sin órganos:

Toda la Fauna reunida en el Arca,

descendió

a terribles estudios semejantes al hombre.

Y cada pequeña caries,

es nuevamente, toda el Arca

encerrada en la boca de las aguas.

 

Mueran, pues,

todos los Animales, sin remedio!

Mueran todos los Animales en Chicago!

 

AQUÍ NOMÁS

 

Aquí nomás está todo. Aquí. La extremidad

de cada cosa, unida a su interior, que vuelve

a repetirse

como si nunca la hubiéramos dejado de mirar

de frente. Y lo tremendo

de cada suceso, que nunca fue más bello

sino ayer, cuando aún no acaecía,

a pesar de golpearnos ya

como todo lo que va a romperse en lágrima

aquí, en nuestra mejilla,

en su breve candela que no muere.

 

Aquí mismo está siempre el sempiterno

punto corredor

del enfermo suspenso del mercurio

que le quema a plomada el lugar

cuyo centro proviene de otro siglo,

mas, le duele realmente

ahora, en el pecho. Aquí mismo.

 

Aquí mismo,

porque hemos vuelto acá mismo

y continuamos

por el ojo de la tetilla izquierda,

como si algo tuviéramos que robar

o pagar aún, pecho a pecho, aquí mismo.

 

Aquí nomás está

el más allá de tu grandeza y de tus pormenores,

tu plazo de fúlgido centímetro,

tu átomo uniforme.

 

Y aquí mismo, pero un poco

a la izquierda, mi corazón central,

y más acá, en mí, tu corazón. Está.

Aquí nomás

y aquí mismo, Su punto único,

su público escondrijo

compartido de pupila a pupila.

Este es Su centro, Su abismo, Su otro lado.

Aquí nomás está

como uno cualquiera de nosotros

y como

muchos de otros que ya no están aquí.

Está.

 

POESÍA QUEMADA

 

Entre las obras puras, nada que hacer. Tampoco

entre las Ánimas o las Ruinas.

 

El Poema debe ser extraviado totalmente

en el centro del juego, como

la convulsión de una cacería

en el fondo de una víscera.

Y, reír de sí mismo

con el costillar del ventisquero.

 

Sólo lejos de ti, en el milagro

de no encerrar cordero en el pan de cada día.

Y, nada que se asemeje

al punzante abalorio de los cítricos.

 

Me tentaré lejos de Dios, mano a mano,

a mí mismo,

con la sinceridad hambrienta del perro

que duerme temblando

sobre el pan enterrado por su madre.

 

Y te quemaré en mí, Poesía!

En ladrillos de venas de amor, te escribiré

empapándote profundamente.

Luego,

vendrá el sol y te extraerá con los colmillos!

 

ACTOS DE DESESPERACIÓN

 

Cuando llovía durante semanas y aquel zaguán

rugía blasfemias de torrente y de caballo,

torcíanse las estrellas,

éramos ahuyentados

detrás de los roperos del Diluvio,

y se nos suspendía de la incolora cuerda de los fetos.

Recién ahogados,

teníamos ya el peso retumbante

de los niños de animal y de lodo.

Volvían después radiantes estaciones de mercado.

Era posible salir

y atravesar la oscuridad que rodeaba sus veloces cumpleaños.

Pero, ya nuestra ejecución había sido postergada.

 

HERENCIAS

 

Heredamos minas de sal y minas de diamantes.

Documentos para encender batallas en selvas venideras

o sobre esplendentes masas de deyecciones de aves

a orillas del Océano.

Heredamos disfraces zoomorfos y máscaras de esgrima.

Heredamos la fórmula para embalsamar cadáveres de obispos,

jabalíes, voltaires y discóbolos.

Heredamos el revólver de sílex

y la mordaza de cuero.

 

Heredamos hermosos exorcismos

contra el óvulo fecundado durante la Cuaresma.

Heredamos el semen, la estricnina, la avaricia.

Heredamos el furor de salvarnos pisoteando las manos

del que se agacha a comer lodo por Amor.

 

Heredamos palabras emputecidas hace siglos.

Heredamos la manía de aferrar por la cola

la bella piel de la Mona verdulera de Paraíso.

Heredamos la mesa.

Y la náusea.

 

CACERÍA DEL BÚHO

 

Cuando abro la cabeza

mis ideas se posan en un millón de noches

espaciales.

Mi gloria está en no podrirme en los salones!

 

Ahora duermo ligeramente

mientras en el Oxígeno del Templo

preparan el caballo

que me trae las ostras del abismo.

 

Gran Chaco, qué bien huelen tus sepulcros!

 

Yo me acuso de haberte creado,

Padre de los volátiles y de los abedules; pero

cada noche te obligo

a entregarme la mosca digerida en el jilguero

más fresco del otoño.

 

Oscura Noche, vuelo ya hacia el Amor!

 

Planto mi árbol entre los altos huevos del palacio

y me río bajito

de las pequeñas tumbas emplumadas!

 

Yo decreto las ranas que ya no croarán.

 

LA ESPINA EMPLUMADA

 

Qué busco yo, sediento y libre a la vez de toda alegría?

 

Atravesé en línea recta todos los villorrios, y

detesto la ancha máquina ocupada por las familias.

 

A veces, miro la máscara del trébol, cabecear en los establos,

pero prefiero buscar partículas de fuego

entre las catapultas hacinadas detrás de la Gran Historia.

 

También a las fuentes de las relojerías

pedí la oscura boca de la mujer, y vi

que comía fango

al calor de los imperceptibles alimentos

de las orugas y de los colibríes.

 

Entré y salí en busca de nuevas especies

de sufrimiento en la embriaguez de las escaleras de caracol,

porque ya había resuelto encontrar el asco

y la sabiduría en mí mismo,

a la luz de la espina emplumada.

 

Bellos fanales que contemplé

entre las hojas plateadas del Polo Sur!

Ya os he desarraigado.

 

Mi manos zumban entre las termitas,

y destruyen la rosa invisible

que hace girar los sueños en el interior

de vuestras

más altas

habitaciones.

 

VACÍO, PAÍS SALVAJE

 

La celebración del Tiempo en sólidos, se reduce

a envolver los tratados del destierro

en el Cilindro. A cantar los sabores del bermellón

y del bronce, o a llevar a la boca del Ego

la copa de los animales fosforescentes.

 

Y yo,

recorriendo los riachuelos de papel, entre

la santurronería del Abismo Público

y la araña de Nínive!

 

Ahora, contemplo los Vacíos!

Fumaderos prohibidos!

Espacio recubierto de pieles de león! Larva simétrica.

 

El tempestuoso hidrógeno atraviesa el laurel

de los honderos del país.

Y la fervorosa dama de las aguas minerales

permanece intocada en el centro del combate.

Ya serán, en la altura, coronados de tacto sus ovarios!

 

Oh, Poderío hueco. Todo Es en el humo descriptivo!

 

Sólo comemos pan de éter, bellotas de éter,

caviar de éter florido en la redoma.

Qué tremenda saliva puede escupir el acero

a una legua de su postrera aguja!

 

Torbellino en lugares continuos por el Número.

Líquidos al vellón de la esfera entre la tempestad

del Gran Simpático.

Cúmulos al soplo de diametrales pétalos.

Remolino del útero en extremas sederías.

Esta es la alegría que se dirige a Dios

sin buscarlo,

y al pasar le da muerte

en una continua ruptura de visiones y vasos de greda.

 

Si hay alguien unido a sí mismo, ése es