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ARCO DE INSTANTES
ADVERTENCIA DEL DESTERRADO
Cuando un día vayáis a buscarme,
quedaos a la puerta.
Gritad con vuestras voces un nombre de los vuestros.
Yo os responderé abriendo el suelo
con una débil costilla o un recuerdo.
Yo, que estoy allí, o acaso duermo,
o que aún no he llegado, o no despierto,
o que he rebasado el día del destierro.
Gritad un nombre de ayer que suene a siempre.
0 a nunca, como un ángel increado.
0 a nada como una cabeza dada vuelta.
Yo, os
responderé: "Pretérito presente".
Me niego, porque sufro si me encuentro.
Soy de ayer, por la tarde, cuando muerto.
Soy de ayer, de un ayer que ya es eterno.
Es verdad que bajé una mañana,
con un nombre de sal entre los labios
y una mancha de cielo sobre el alma.
Es verdad. Pero, mi gran secreto,
no era jamás donde mi nombre estaba.
Hoy recuerdo mi día en otros pueblos:
la antigua Ley y el oro del rebaño;
cuando el pulso sentía en el cayado
el simultáneo origen de los pastos.
Yo soy de ayer, y me visito ahora
por un descuido en que lloró el Eterno.
VECINDARIO
A veces, miro la blanca ropa de llorar
tendida en el balcón de la Virgen María.
Ella, iría al pueblo por aceite o por harina,
o por pasar el tiempo que le falta
estar a estribor del Paraíso.
Siempre, en la tarde escucho un clavicordio,
en el que aprende música una niña.
Y, parece una ciega que en la Luna,
cada cien años recogiera
la mano cercenada de otra niña,
muerta antes del Génesis.
Y, cada día miro mi cadena,
enroscada en el fondo de un cajón.
Le digo: “Madre, madre, te quiero".
Ella mueve la cola con afecto,
y de ternura le rechina la serpiente.
MUCHACHA EN BICICLETA
La garza en su equilibrio impar.
El bebedor de la posada "El Camello de Oro".
El aguador ciego que conoce la frescura de la pausa.
El jorobado sobre su bastón maniatado a la Tierra.
La señora de los ángeles de hilo y vidrio en la ventana.
El escarabajo sobre su panza de lapizlázuli
y yo, entre los cipreses de la tinta.
Mientras tú, pasas sobre la doble
flor de varillas, volando equidistantes
rosas de diamante
hacia los panoramas de la metalurgia:
te hemos visto desde nuestras iguales cruces.
Esbeltez del azote.
Holgura del ángel en el vacío.
Fugitiva sobre los labios de tu entraña,
besas, a sabiendas, tu propio abismo
y tu ligera silla vuela sobre los lomos del querubín.
Huyendo, sorbes a tus amantes en un aire
de mil veloces lechos.
Tu doncellez arriesga su inseguro atavío,
pétalo único de un instante de lirio y de terror.
La estatua innumerable que te sigue y te viste
busca una joya sin fondo en la velocidad
de fulgor y platino.
Pero tú, vuelves siempre.
Porque,
aquí yace constante el vagabundo
sobre su místico lecho de papel
y el escarabajo sobre su panza de lapizlázuli.
FÁBULA
Cierta vez hubo un niño que fue guiado por una Virgen.
El niño en su camisa tenía entonces
un delgado remiendo en forma de ala
que, de noche, en desquite, le transportaba hacia los ángeles.
Pero, una Virgen le guiaba ahora.
Supo que la Inocencia es un Infierno sin calor
en el que cada cuerpo es un deseo
de la blancura de la ignorancia.
Que la pureza enflaquece a las almas
y las atonta dulcemente, para finos espantos
disfrazados de amor.
¡Oh, la necesidad de una huella animal
en el secreto pomo del corazón!
Supo que la esperanza, detiene el don
para durar como arco.
Que en la esperanza, arde la Bestia incesantemente
porque a los dioses les divierte el fuego.
Y, supo que esa Virgen era su misma Alma,
beoda de las siete esclavitudes.
Liberado ya el niño,
en el fango de abril la poseyó.
FOGATA Y SOMBRA DEL ESTÍO
Este es el tiempo de la materia encinta.
Ya Dios se aclara en el perfil de las cosas
que sufren la majestad de su nitidez.
Todo el cielo se mueve sobre el vaivén unánime del bosque.
Y todos los reinos son idénticos
en la Nada y en el Viento.
Vibra el instante ateo. El vacío en añicos.
El viento rasga la hueca ropa del Infinito,
y el oro absoluto vuela a través de los vitrales.
(Gira, Cenit, ombligo de diamante).
País en guerra del Estío, país en lápiz de color.
Las cometas se desesperan en el extremo de sus ángeles.
El movimiento de una espiga
abre las viejas manos del Profeta David.
Pero, llega la sombra, tejida por la Virgen.
Los gavilanes duermen, de costado, en el cielo,
y los trenes sollozan por sus muñones de alas.
Cuando el día declina,
el girasol se vuelve a mirar su camino.
(Las fogatas en la cumbre de las montañas,
la Luna salpicada de eucaliptos).
Oigo, entonces, a mi alma como a una caracola,
decir todos los mares con una voz indecible.
HALLAZGO SIN FIN
Entre dos estadías
en los manicomios de yeso de la Luna,
encontré aquel hermoso escombro
de piedra preciosa
que los Ermitaños encienden,
en el centro de sus corazones,
durante la Meditación.
Esquirla de los Espejos del Altísimo,
ella, da a conocer la Nada
como la sed de un hoyo
entre los labios del alma;
y la Vida,
como la punta de una aguja
clavada en el muñón de un Instante!
JOSAFAT
En el gimnasio de los fémures
hay baile diariamente.
El corazón pernocta en los públicos nidos.
Le habita el mismo tiempo
que brilla sobre el agua de las piedras y de las armas.
Cuerpo de mirada central,
tus ligamentos distribuyen la rueda en la cavidad del ser.
Tu profundidad embiste en el abrazo.
Hoy muerdo tu vino coagulado
bajo la camisa de la aurora.
Tu manzana lentamente devorada
bajo el plumaje nupcial.
En la tumba los anillos permanecen.
Las manos viajan hacia remotos Jueces.
Bello torso, te llamaron Promesa Inmortal
entre los cánticos de la caravana.
Dentro del alma del dibujante muerto
brillarán los muslos en estuche de las sirenas.
El espectro del discóbolo se filtrará en la arena de la pista.
La muerte tocará la brisa del oboe y de las cortinas.
Pero es insostenible la salvación de la Carne.
Oh Hidromiel, Hidrosemen, Hidromuerte!
Se alzan ya las ropas del gran lecho de Josafat.
Ha sonado la hora.
Es tiempo de trabajar en el infinito coito!
EL EBRIO
Ir a pasos rotos sobre ese paso roto que camina solo
bajo el Ebrio.
Salir en la noche, pálida ya de aurora,
y elegirse entre los ahogados más humildes en el Señor.
Ir de animal en animal, por ese número, Número en Cruz,
con la camisa de un velero náufrago
que nunca ya te tomará en cuenta.
Ir de luna en luna
con la princesa de carne vestida de yeso.
Amor de astilla que nos avisa el sitio exacto de la Cruz
en el hombro sin ropa.
Caer en el caos de la mujer dibujada ya por cien manos.
Y, caer en la gárgara del Beodo Universal!
Porque el ventrílocuo escribió en un velo
el soliloquio de la mosca,
ir de oído en oído hacia el Silencio.
Blasfemia de los ebrios,
desde el líquido idioma de los niños,
rezas devotamente a la espalda de palo de Jesús.
Temblar como una copa en las manos de un loco
y temer que la llaga termine
en la hora de la muerte.
Extender el Cielo hasta el otro lado de Dios.
Y extender la carne
hasta el último clavo del Gólgota.
Hasta que el Ángel se deshaga en papel y en agua,
y, luego, escuchar: "Esta es mi Sangre".
Y embriagarse sin calor y sin pecado.
ATEMPORAL
Ninguna hora. Caminantes y confines
del espacio, marchan sin ser,
unidos en lo blanco,
tocados por el tic‑tac de las cosas totales.
No pueden dividir el "somos" ni la respiración.
Piensan en las oportunidades
y en esos claros entre dos obstáculos,
como en un hipo de la voluntad.
No saben que hay un río
que va de las nociones a la Nada.
Sus uñas tienen un declive
de pétalos,
cuando se miran los carnales vidrios
en que terminan.
Unidos,
el supremo peso sienten
de la infinita clueca
que trasmite el mismo don
a la piedra preciosa de cien cabezas.
Y, en una expansión de blancura,
caen del Tiempo y el vuelo queda en vilo,
deshecho de pretérito y futuro.
LA GRAN MURALLA
Cuánto tiempo gastaste en arriar esta sombra
por las calles!
Ahogado en piedra, con un cielo enloquecido
en el corazón,
caminabas a espaldas de tu muerte.
El paraíso puesto a secar sobre los corredores,
moría a golondrinas, por la tarde,
y resucitaba, sólo a veces,
por una dulce trenza
de café con calor de mejilla en espiral.
Y, otra vez, a las calles, a las tabernas, a los atrios.
Oh, ciudad del bostezo geométrico,
sepulcros cardinales
cortan los cuatro mal zaguanes de esa cruz.
Bocacalle recién parida de tristeza,
a fuerza de ser madre
de tanta madre miserable,
estás raída hasta el último piso de la esfinge,
hasta el último sótano del útero,
y aún te dejas llenar de panoramas
como una barragana espiritual.
Calles, moradas, antros,
desfiladeros de dolor civil,
qué ajedrez de fantasmas se desviste
en el tablero jorobado y cínico.
Alguien, se araña el corazón
con un reloj afilado en la hora exacta
de ser el Sí, o de morir en No.
Pero, los dioses babeleros le oponen
la Gran Muralla
y le pintan con Nada el Porvenir.
ÁNGEL SIN MISIÓN
Expósito en la Nada y nacido en el ¡Ay! universal.
Inútil puro.
Vuelas tu desalado suceso sin quehacer.
Destetado del Cielo, qué bellos son los traspiés
de tus alas
en la necesidad de Abismo.
En ti, vivo el desierto, la sed de vacío en su cristal,
la renovación de la serpiente
en su larga flor que cae de la rama del Paraíso.
Ignorancia en el contacto de los afluentes muslos
por los que la tiniebla
asciende a su láctea conciencia.
Oh, huella en los pastos de la Luna!
Yo vivo de tu agonía en cascada
y regalo las más puras necesidades
al diamante sin fin del soñador.
Tú que bostezas una estrella de mil dientes,
todos los límites son desnudez.
Oh, el juego entre los tendones y la Pereza eterna
de los prismas y los ejes.
El arrebato de los pantanos en el fondo del Océano,
crea la arquería del payaso
y la inmensurable enagua de la botella.
Sin sucesor, deglutes el Pronombre y su nombre.
El tiempo sin vaivén es tu respiración,
y tu columpio toca sólo las idas.
Denuncia del huésped
ante el yeso sangrante del espejo.
Caracol que desciendes por el desfiladero de la víspera.
Duende que cabeceas de negación en los péndulos.
La bestia de tres lomos
conoce tu amor en el incesto de la Música.
Oh, Salvador de escombros.
Ángel sin Misión,
de Ti recibo las rojas bocamangas de la Cruz
y la Muerte, desnuda de antemano!
OUROBOROS
Sólo el instante delata al tiempo puro
y luego se aniquila en la deglución de la clepsidra.
Multitudes de bocas, gritan altísimas palabras:
"Madre, Muerte, Coño!".
Esas almas se desarrollan siempre idénticas a sí mismas,
a pesar de sus reverberantes borracheras.
Yo sé de alguien que te ama con sus dos pechos, Ouroboros.
Los coros de la Noche, redondos, se miran en Ti,
boca con cola.
Circundado por el eterno ahora de Amor y de Nieve,
yaces, medido por la incesante rueda.
Hembra y varón en un lecho redondo,
se muerden, por turno, la entrada del corazón.
Día fijo, siempre fuera del Tiempo,
en dónde gira tu Ángel de rapiña?
Hemos rodado ya mucho, por tu átomo oscuro,
pero nuestra alma ha relampagueado.
A tu pequeño Lunes, a tu sórdido Martes de cera,
les hemos revestido de estaciones y aniversarios,
pero, han recibido, fríos, la dádiva de los Ángeles.
Por un solo poro de la Eternidad hemos mirado tus Domingos,
y aún quedaba espacio para un día roto.
Oh, Tiempo,
recuérdanos el derrumbamiento de nuestros vestidos
a los pies de esa lámpara llamada Amor,
cuando sólo nuestro espíritu quedaba en el Gran Afuera
y veía correr nuestras chinches,
como a nuestras hermanas bajo sus quitasoles.
Estivales muchachas yacentes más allá del sueño.
Sólo tú, Movimiento, duermes para poder mirar el Tiempo.
Allá en el día eterno, no sucede nada.
Todas las vísperas despeinan nuestras almas.
Y todo lo que nos circunda, desvela algo en nosotros.
La basura chispeante de sagradas sortijas,
reclama, silenciosa, nuestros tiernos desechos,
nuestros corpúsculos de misterioso amor.
Oh, Tiempo solo,
en tu vacío sucesivo, recuperamos nuestros rostros
para sonreír a un mundo que no es nuestro.
PALABRA SOLA
‑A dos voces-
Desde el girante círculo de los ceros, caes
a la oración. Entre las rótulas nace tu flor.
El punto que está en todas partes,
como un eje vacío,
sostiene la infinita redondez de la entraña.
En la oscuridad sentimos la lozanía del Señor,
sus preguntas de ciego abandonado
en el fondo de un Continente en guerra.
En el primer brote de los senos,
tintinean los lirios venideros.
El Verbo redondea las nubes
y pasa por los hilos
disfrazado de abeja, ebria de tinta.
Alguien cose los pétalos de su segunda muerte,
para el jardín colgante de la luz sideral.
Cada palabra puede alojar a un Ángel
y ahogarlo en las remotas traducciones.
Mas, sólo las palabras de los peces
‑guardadas en burbujas‑
mueren si el aire quiere descifrarlas.
Las campanas del Alba revolotean
sobre el delantal del panadero,
mientras la ordeñadora exprime la ruidosa azucena.
El organista busca en sus gabanes,
las manos de unos novios,
los límites del péndulo y de los clavicordios.
San Sebastián desnudo, muge y canta
entre las cien peinetas de la Reina de Saba.
Hacia la medianoche de los viernes,
el Santo Sepulcro se levanta
y conversa de tahúres y de dados
con los difuntos Alguaciles del Calvario.
Mas, la Palabra Sola,
despierta a los muñecos del ventrílocuo,
para el domingo eterno
que va de la manera a la Esperanza.
Dame a entender la desesperada blancura
de los seres sin voz.
El movimiento de las primeras cosas
que escalaron el torbellino
para que las pudiéramos recibir en el amor.
Los diques del Diluvio tiemblan de anhelo
en las celdillas de las pacíficas manzanas.
Y el rumor silencioso de las tumbas
ensancha el día de la meditación,
y la cautela de las manos, antes de hundirse en los actos,
o en los espejos del centinela desconocido.
Porque después de las palabras de nuestro instante,
‑en donde el viento
es sólo memoria y pasado en movimiento‑
la verdadera Voz aclama las batallas del Corazón,
entregado a los leopardos del divino promedio.
INFANCIA MUERTA
Aquellas alas, dentro de aquellos días,
aquel futuro en que cumplí el Estío.
Aquel pretérito en que seré un niño.
Desierto, tú quemaste la quilla de mi cuna
y detuviste a mi Ángel en su Agraz.
La madre era ascendida al plenilunio encinta,
y en un suceso cóncavo,
trasladaba sus hijos a sus nombres
y los dejaba solos,
atados a los postes de los campos.
Arrimada a su paño de llorar,
venía la Nodriza,
tan humilde,
que no tenía derredor ni en Dios.
Yo le besé en la piel los labios más profundos
de su cuerpo,
y desperté en el fondo de su vientre,
al Niño sucesivo que no muere.
Hermanos: nuestras edades crecían en silencio,
‑codo con codo‑
en ese tiempo de antes, siempre solo.
El, primogénito con su alma ya en pecado,
y el último, de la mano aún de su Ángel.
Jugamos diez lejanas vacaciones,
y hallamos tréboles equivocados.
Oh, Auroras, oh, Albas, oh, Beatrices,
en vuestras fiestas íntimas nos vimos
sin el espejo que podía recordaros.
Entonces, sin hablar, ya nos dijisteis:
"Antes de que estos ángeles no mueran,
no se puede entregarles el Secreto".
En mi circuncisión, viose brillar el rostro de una muerta.
Piel vagabunda, descendiste
y ardió en el viento el cuerno de la Bestia.
Pero ya nuestra casa está sola de hermanos
y llena de la aguja de la madre.
Y la aguja nos mira
con su luz apoyada en una lágrima.
Se abren los horizontes del orgasmo.
Luciérnagas y Novias sonríen con el ombligo.
Nuestras hélices flotan en la plegaria.
Llega la bestia que ha de conducirme
a los frescos osarios del Altísimo.
Chorrea el Tiempo entre sus comisuras.
Y en el último cielo de los siglos
revolotean las Tres Manos de Dios.
CONSAGRACIÓN DE LOS INSTANTES
Ahora que vivimos, quememos nuestras manos en las arpas.
La música lineal cae sobre sus barcas inclinadas.
En el espejo de oro que camina
se desnuda la mujer que tejemos en el aire.
Todo lo existente quema su ritmo, bate su ala.
Todo lo que naufraga, deja un remo en la superficie
como una larga flor para nuevos imperios.
(El Polo Sur gotea en las tinieblas
y el Tiempo es un suceso sin apoyo).
Oh, Ser mío, tú te hallas siempre
en el instante libre de movimiento,
vive hoy el silencio de tu alma vacía,
y escucha cómo fluyen los discos caídos de las manos del Eterno.
Como en una sinfonía escrita durante el sueño,
los palacios del mundo resbalan hacia sus constructores;
pero estas almas lívidas no pueden ya poseerlos:
La Muerte cierra el granero de sus fémures.
De la solemnidad de los altos tumbados,
la garra celestial, cuelga sus ángeles y sus espadas.
Allí, resplandecen las uñas del gran triángulo.
Las materiales hélices desaparecen en la oración.
Pero, Él, desenvolviéndose velozmente en cámaras,
desde el vértice del alma,
desciende a los más duros pedernales.
Yo, que estuve pintado con Nada en el Alma de Dios,
veo que su Tercera Mosca entra en mi pensamiento,
y allí, aletea, llorando, contra un cristal metafísico.
Dejo, entonces, lo eterno, y canto los instantes.
Misteriosa Misericordia de cordajes y velos
por donde atraviesan las mariposas y las almas
a sus destinos.
Entre el pulgar y el índice, pasa la seda triste
de cada siglo.
Si el álamo se volviera a contemplar la Esfinge,
te encontrara llorando sobre el hacha,
Leñador de columnas y de estatuas.
Si el joven náufrago te pidiera la cicatriz del agua,
contemplara en aquel último espejo
la huidiza comisura
de tu humorística sonrisa de Verdugo y de Padre.
Ah, el Diluvio que sucedió bajo una casa de madera.
La Torre de Babel que negó a sus gitanos.
Yo, que extiendo la mano
hasta la nueva época de mi nueva condena.
Para que se encrespara el manto, le dieron senos.
Un saltimbanqui de hilo, para cada ola.
Para que huyera el humo, llegaron los espejos.
Cuando el sol se despierta, es por ley de la rosa.
Cuando el niño ha llegado a su edad de cordero.
Cuando han muerto los ojos, recuerdan la mirada.
Cuando la noche adviene cesa en la piel su estrella.
Hasta entonces, Instante, traspié de Dios.
Hasta el perfil de la última canción navega el cisne.
Hasta perder tu luciérnaga sus pétalos.
Hasta morir encantadoramente triste.
Hasta el sueño, hasta el olvido, hasta otro día.
Entonces de cristal. Enterradora en tu piel de espejo.
Entonces tú de nieve. Enterradora en tu trineo de muslos.
Entonces de esperanza. Enterradora del quemado tiempo.
Entonces de setiembre. Adiós al mes que nunca
se adherirá a la suma de la Muerte.
Entre la memoria y la esperanza, blanca lastimadura del
porvenir.
Entre la noche y miles de ventanas,
luz sin país que huyes en los trenes.
Entre el estío y los paraguas, el girasol que absorbe tinta
negra.
Siempre esta mariposa conmemorativa, volará un siglo.
Siempre, pero después que tu mortaja vista de rojo.
Siempre, hacia la media luna, te ven Oscura.
En el rayo que muere a pinceladas, nacerá el ángel.
En el reptil, en el águila, en fin, en todo, la Nada es Tuya.
En el instante en que la Muerte se alza, cesan Tus Obras.
HOSPITAL
Siempre, hacia las dos de la mañana,
llega la Muerte al Hospital.
En la puerta, levanta su osamenta derecha, saludando,
y me sonríe su más sincero yeso.
Algo tiene del Sur del Mundo en la mirada,
y algo que es
como una casa en la que todos se hallan
mudos, rezando por los sótanos.
Tiene algo de maíz blanquísimo de miedo;
y algo de pestañeo de tijeras.
Su nariz luce siempre la gracia
de la pequeña violeta mojada.
Siéntase a la cabecera de mi muerte,
y me besa con su alma desdentada.
Luego, como es costumbre suya, monologa.
"Ah, esta noche no tengo a quien amar,
no tengo a quien matar".
"Si algún agonizante me pidiera ayuda,
le mataría con toda mi ternura".
"Pobres muertos, van llorando tras sus enterradores.
Vuelven, de noche, a sus cadáveres
y los hallan cerrados".
"Entran en las alcobas de los novios,
y presencian, temblando, los combates nupciales".
"Tienen castrado ya su corazón de calcio".
Y todas las mañanas, a las tres del alba,
deja la Muerte el Hospital.
Duermo.
Me sueño el pulmón izquierdo,
como una cometa de unas vacaciones
que murieron de brisa natural.
Luego, me sueño ambos pulmones,
como a dos ángeles arrodillados
frente a frente,
a los lados del Sagrario:
Le adoran a Él, y se ríen de Mí.
Ahora, las Hermanas pasan ya con sus cisnes divididos
sobre las cabezas;
con los pechos sellados y secretos,
tras sus corazas de almidón y lienzo.
El día es largo como el éter.
La tarde se prolonga como un fémur.
Por esto, los muertos dejan la comida
para el día siguiente,
y sus platos se enroscan como perros
que han perdido el hambre para siempre.
Qué bella es la salud,
un día antes de la muerte!
Y otra vez, a las dos de la mañana,
entra la Buena.
Me besa con su boca de dos teclas,
y me dice que esta noche no tiene a quien amar,
que no tiene a quien matar.
Luego, se pone de hueso nuevamente,
y se aleja llorando por los muertos.
LA CORTEZA EMBRUJADA I
‑Canto Primero-
Todos los horizontes se desgarran
con la visión de la Gran Necesidad.
Oh, Piedra de las piedras, Cordillera,
tu inmóvil batalla de estatuas,
astro cicatrizado por los huracanes.
Árboles reverberantes que pasáis del Estío a la Paciencia.
Cada tarde hay un hombre que se mira con Dios
y le es concedido disfrazarse de roca
a la hora de la cena. Y ayunar.
Nosotros removemos la Tierra machihembrada.
Removemos su gran lecho y su himen de abril.
Dilapidamos la polvareda de los amantes muertos.
Encabritamos el centauro infantil de los caracoles.
Adoramos el planeta de la hierba salvaje.
Aclamamos la resurrección de las hachas antiguas.
Oh Pachacámac,
Infinita es tu voluntad de sueño
sobre nosotros, tus eternos soñados.
El caballo se siente hecho de espejos, cuando bebe en las
charcas.
El hombre que huye entre cañaverales,
siente cruzar el alma del Arpista.
Dédalo de las palmeras y los sueños,
cárcel de cuerdas idénticas,
tu tenso plumaje de arpa, crea la piel de las bestias rayadas,
y la estatuilla lineal de los faisanes.
"Sólo venimos a dormitar ‑sólo venimos a soñar‑
No es verdad ‑No es verdad que venimos a vivir en la Tierra-".
Nosotros heredamos la Tempestad y la confusión
de las cumbres.
Heredamos los valles
y las sedosas ingles de las mujeres
que ascienden de los lagos, después de su secreto Tercer Día.
Heredamos la mano desigual del Indio,
apoyada en el principio húmedo del Mundo.
Heredamos el sendero chispeante
de las hormigas negras y de la pimienta real.
Dormimos bajo las pálidas raíces de la Luna;
pero, cada mañana,
bajamos al pluvial país de las ranas sentadas
para buscar la gigantesca hoja
llamada "lengua de vaca",
o sentir la Presencia de Aquél que ofrece al Hombre
las diarias hierbas y las perennes aguas.
Vivimos en el inmenso espejo en que se mira,
cada mil años,
el Señor sin ojos, el Señor sin rostro;
Aquél que brilla en las abejas dormidas sobre el mar,
en el agua prendida sobre las flores,
en las mujeres dormidas sobre el nido de su cabelleras.
Vivimos en la montaña
de los músculos hinchados de rojo rocío,
y en el mar de polvo tostado por la Eternidad.
Vivimos en el errante albedrío de los gavilanes,
en las coronas de éter de los árboles,
en la postura de los niños dormidos
como guerreros muertos
en el interior de un jardín.
Vivimos en el Hombre que corre montaña arriba,
con su memoria ardiente de mensajes para el Emperador.
Vivimos en los animales que tienen flores en su comida.
En las aves que incrustan semillas en sus excrementos.
En los ríos que roban los lienzos de las riberas.
En el humo que retrocede cuando mira la máscara del viento.
Vivimos
en las raíces que gritan su calambre magnético
cuando el hacha se enarca entre el follaje.
Vivimos en los espejos de la Muerte
en donde el rostro cae como un pétalo.
Vivimos, así. Pero soñamos nuestra vida en Ti,
Oh, Pachacámac, Señor del Universo.
‑Canto Segundo-
Llegamos desde siempre. Y nada.
Sólo la gran máscara, detrás de la cual el Viento
dilapida millares de estatuas.
Llegamos. Oh, estupor, ya los peces golpeaban el alba
con su pequeño abdomen de cadáveres.
Pasamos. Somos bebedores de niebla.
Devoramos el cristal arrugado de las estrellas muertas.
Invocamos vuestras lámparas, Altares que tambaleáis
en las alturas, entre divinos soplos.
El frenesí de nuestras madres
nos despertó dentro de sus mismos regazos
antes de que el rocío las hubiera aplacado.
Llegamos desde siempre. Y, a ciegas.
Corteza viva, patria del hombre y del bisonte,
en nuestros bajovientres golpearon las espigas.
Venimos desde lejos, abandonando la Epifanía
en su novilunio de uña cortada sobre el mar.
Los ángeles, al mirarnos pasar,
temblaron hasta la última grieta de sus túnicas.
Pero, nosotros, en la vertiente de la Gran Voluntad,
sonreímos de su albura desprovista de Bien y de Mal.
Y, llegamos.
Así, arribé entre los arrojados
a cien destinos que revisar, llorando, en cánticos.
Oh, Instante de éter y vino eterno, de luz metaloide.
Instante fuera de Madre, Instante de nacimiento en el hombre,
en el corazón, en el recinto que eternamente pasa
de sí a sí, de mil a mil, por el amor del cuerpo.
Instante de la medida general del Mundo,
tu abeja, tu éter, tu hidromiel de la resurrección,
recibimos por la cantidad de flor y manzana de la Madre.
Elijo, ahora, el rostro del niño en la edad del cordero.
Me yergo sobre la humeante cavidad del Jordán,
sobre los lácteos escombros de la cuna.
Oídme habitaciones, vuelvo:
Hilos del Astro que arranqué, de noche,
al vientre de María, Pastora de los Náufragos.
Recordad el enhiesto pecado de la adolescencia,
el polen abandonado sobre tus rótulas, Nodriza del campo,
llegada a casa con tu sonrisa
puesta en tu paño de retama y dolor.
La plenitud de mí mismo, sobre el lomo de las bestias.
El sabor de las rosas sobre las ancas de las potras.
La ebullición de la selva en las pupilas del tigre.
Y tú, hijo de seres que se unen y ruedan, mugiendo,
de noche,
callas, sueñas esperándote a Ti mismo,
en el ascenso de la esperma hacia el designio de la Fauna.
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