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banda  hispânica

césar dávila andrade

 

 

MI AMÉRICA INDIA

 

MI AMÉRICA INDIA

 

Belleza impura, ombligo abstracto de París,

te rechazo. Estoy en contra. En contra.

Aquí, América corazón de iguana, el sol

asentado en el adobe, la llovizna pelirroja del alba,

la garúa, el viejo crisantemo de tu niebla. Aquí,

América pura.

 

Tu pelo de vicuña, América de clorofila amarga

y manganeso y cuarzo de sepulcro.

Tus subsuelos temblantes lomos de petróleo

con ovejas de oleaginosos lagos

bajo el Signo de Leo.

Tu piel de quinua acre, tus costados

de guano de pelícano, tus lágrimas

de hierro en las uñas que se persignan

en la escuela de Warisatta.

 

Huyendo ayer entre las piedras llamadas alfa

de una ciudad construida contra el hombre

y su imagen,

                                  te negué. Perdóname.

Hoy, desde Mérida, desde Oaxaca, el Cuzco y Paysandú,

veo la roca al sol en Aconcagua,

húmeda, Anaconda violeta

de un solo muslo

espejeante de semen y de pétalos,

hasta Lemuria, y luego

entrando ya en el hondo Apure,

América, América, mi América…

 

Arañada, surcada por mis uñas en tu pelo

yo sé lo que me gritas

al mojarme los cinco dedos de picapedrero

en los glóbulos de tu vientre ovillado y taciturno.

América, mi América.

 

Me hundo en ti, y déjame mirarte.

Tus rótulas ardiendo en la pupila del caballo,

y mis manos hinchadas de canela y de polen

sobre las grupas de las dantas,

de las dantas de América y de légamo,

agua gorda en verdura de pantano.

 

Estoy al filo de tus sendas de arrieros

en los Andes, sin sueño ni comida; estoy

donde crujen las manos amarillas del minero

del cobre en el perfil

de su insondable ataúd de piedra; estoy

en la meseta del guanaco; del cóndor

de ojo alcohólico sobre la ternera redonda

de los cielos. Estoy sobre el lomo

de lodo y de tanino del Pastaza

y de sus siete ríos rotos por el agua

en la batea del lavador de oro.

 

Ahora en ti, contigo, mi india americana

llorosa de abalorios y resina de estaño

de Bolivia sin hondero de piedra

en sus laboratorios.

 

Ahora estoy en tus manos,

en el centro de tus seiscientas manos giratorias,

árbol de pan,

arbusto de la coca, penca, ágave, negro pincel

de las pestañas indias de tu tierra.

Estoy

en tus canoas de totora y en el reloj en polvo

que preserva el ombligo de roca,

la mística molleja del Tiahuanacu.

 

Greca en piedra y piel. Greca tejida en cáñamo

y polvo subes y bajas, asciendes y te contradices

en las agujas

y en los cinceles de tus pétreos bordadores.

Pero arriba o abajo eres la misma, América

de los abismos y los altiplanos.

 

Maíz independiente, mano a mano, tejido

con el óvulo de helio, mi maíz sin granero

consagrado en la hostia cotidiana,

pan solitario de los renacimientos.

Ah, mi América india.

 

No sé decirte. Digo solamente.

Te amo. Eternamente lo que puedo amarte.

Tus millares de indias con su hijo

a las espaldas, mundo arriba por los Andes

entre tus rojinegras ollas de maíz humeante.

Tus collas de pestañas de vicuña, y tetas

de obsidiana

sobre la levadura acezante del pecho y las espaldas.

Digo que te amo.

 

Estoy contigo desde el cordón de agua y sangre

por el que siempre se adelgazó

del seno de mi madre, a mi ombligo,

el solitario líquido del hambre.

Estoy contigo, América.

 

Tus callejuelas alumbradas con grasa de carnero

y varas de saúco

entre las destellantes rocas del Chimborazo

y del Illimani.

 

Tus desgranadores de mazorcas y espigas,

tejedores de la fibra de agua ensangrentada

dentro del Mapocho,

del Orinoco, del Amazonas, dentro.

 

Ah, tu mirada de rocío oscuro

de Sumeria, Mongolia y Oceanía.

Ah, tus sagrados muslos de alta bestia

enterrados en fango

y cubiertos de talones y semillas de la negra,

la roja, la ardorosa calzada de los Incas,

piedra a piedra en tu hoja, de caracol, enroscada en sí misma.

 

Yo que he molido mieles color de uña

y que he mascado coca lívida

hasta ya no sentir los labios, los ojos ni las manos;

yo he visto el vacío y el éxtasis blanco de tus aires.

Altiplanicie en lumbre de mi alma,

América, mi América.

 

Yo que seguí tus soñolientas recuas de alpacas y de nubes,

yo he temblado

bajo el hilo de lana, trigo y pluma

de tu llanto. Lluvia de América

aquí en las cuevas, en los callejones, en las cumbres,

con la mirada fija

en tu veloz blancura de flecha envenenada,

agradezco tu lluvia enfurecida.

Hechicera del agua y del granizo,

América, mi América.

 

Y ahora, qué silencio; pero escucho

en el horno apagado de tus alfarerías,

escucho y como un trompo siento junto a la mejilla

la cadera de la primera india

que danzando dio forma

a la vasija en que bebo:

agua delgada y frágil de venado en la niebla.

 

Mi tejedora hilando en todos los caminos de la puna,

dame una hebra de leche y de ternura

para besarte a través del pezón el corazón profundo

y amargo de tu América. Mi América.

 

Arpas de sílice suben tus caderas

de hembra, de columna y calvario. Arpas

de hierba muerden en tus ingles

sonrientes de vihuela,

ingles lentas, bellísimas, arremolinadas.

Y yo asciendo cantándote la música

del pelo de obsidiana y de candela.

Yegua mía dormida

sobre un monte de espinas de guitarra.

Dónde están –digo‑ los millones de ojos

que te vieron desnuda, picoteada de naves extranjeras;

ojos que te encerraron en su lodo molido con ternura

y en la música más triste de la tierra?

 

En dónde escondes la pequeña marca

de la bota de duende y crucifijo enamorado

del capitán Bolívar de tu aurora?

 ‑En ti, mi América.

 

Tú, tan difícil amarga y solitaria. Tú eres ahora

también mi dolor tibetano,

mi angustia galilea, azteca, andina;

mi inencontrable espina de Judea,

y eres mi angustia de árabe encerrado en la arena.

Tú eres también toda mi oscura muerte de africano

envuelto en algodón y ahogado en whisky.

 

Eres todo mi padecimiento caribe, oceánico,

y eres, sobre todo, mi antiguo y solitario traspié atlántico

en la mitad del mundo.

Mi América.

 

Pero vuelves en mí, ahora, a través de mis manos

de estudiante de tu espiga escarlata, colibrí de los páramos,

de tu temblor profundo de fécula y rizoma,

en las rodillas de las indias Mayas. Vuelves.

Ahora, para siempre, el arpa

acuchillada en piedra de mis dos mil tendones

y su vara de vértebras. Ahora.

 

Desde los dioses y los ídolos grabados como besos

alrededor de tu ojeroso cántaro;

desde el ovario en luna de tus indias

del Cuzco, Potosí y Cojitambo, vuelves

a mí, América.

 

Estoy en contra. Estoy ahora en contra.

Sí, en contra de todos los que te han ofendido.

Contra los graves, astutos pensadores

que escribieron leyes, documentos, ideas

contra ti.

Estoy contra todos los Monroes

y contra todos los insectos reunidos

en aquellos capitolios.

Estoy contigo América, mi india.

                 Estoy contigo. Estoy contigo.

                                         Hoy.

 

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editor geral e jornalista responsável

soares feitosa

coordenação editorial da banda hispânica

floriano martins

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