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MI AMÉRICA INDIA
MI AMÉRICA INDIA
Belleza impura, ombligo abstracto de París,
te rechazo. Estoy en contra. En contra.
Aquí, América corazón de iguana, el sol
asentado en el adobe, la llovizna pelirroja del alba,
la garúa, el viejo crisantemo de tu niebla. Aquí,
América pura.
Tu pelo de vicuña, América de clorofila amarga
y manganeso y cuarzo de sepulcro.
Tus subsuelos temblantes lomos de petróleo
con ovejas de oleaginosos lagos
bajo el Signo de Leo.
Tu piel de quinua acre, tus costados
de guano de pelícano, tus lágrimas
de hierro en las uñas que se persignan
en la escuela de Warisatta.
Huyendo ayer entre las piedras llamadas alfa
de una ciudad construida contra el hombre
y su imagen,
te negué. Perdóname.
Hoy, desde Mérida, desde Oaxaca, el Cuzco y Paysandú,
veo la roca al sol en Aconcagua,
húmeda, Anaconda violeta
de un solo muslo
espejeante de semen y de pétalos,
hasta Lemuria, y luego
entrando ya en el hondo Apure,
América, América, mi América…
Arañada, surcada por mis uñas en tu pelo
yo sé lo que me gritas
al mojarme los cinco dedos de picapedrero
en los glóbulos de tu vientre ovillado y taciturno.
América, mi América.
Me hundo en ti, y déjame mirarte.
Tus rótulas ardiendo en la pupila del caballo,
y mis manos hinchadas de canela y de polen
sobre las grupas de las dantas,
de las dantas de América y de légamo,
agua gorda en verdura de pantano.
Estoy al filo de tus sendas de arrieros
en los Andes, sin sueño ni comida; estoy
donde crujen las manos amarillas del minero
del cobre en el perfil
de su insondable ataúd de piedra; estoy
en la meseta del guanaco; del cóndor
de ojo alcohólico sobre la ternera redonda
de los cielos. Estoy sobre el lomo
de lodo y de tanino del Pastaza
y de sus siete ríos rotos por el agua
en la batea del lavador de oro.
Ahora en ti, contigo, mi india americana
llorosa de abalorios y resina de estaño
de Bolivia sin hondero de piedra
en sus laboratorios.
Ahora estoy en tus manos,
en el centro de tus seiscientas manos giratorias,
árbol de pan,
arbusto de la coca, penca, ágave, negro pincel
de las pestañas indias de tu tierra.
Estoy
en tus canoas de totora y en el reloj en polvo
que preserva el ombligo de roca,
la mística molleja del Tiahuanacu.
Greca en piedra y piel. Greca tejida en cáñamo
y polvo subes y bajas, asciendes y te contradices
en las agujas
y en los cinceles de tus pétreos bordadores.
Pero arriba o abajo eres la misma, América
de los abismos y los altiplanos.
Maíz independiente, mano a mano, tejido
con el óvulo de helio, mi maíz sin granero
consagrado en la hostia cotidiana,
pan solitario de los renacimientos.
Ah, mi América india.
No sé decirte. Digo solamente.
Te amo. Eternamente lo que puedo amarte.
Tus millares de indias con su hijo
a las espaldas, mundo arriba por los Andes
entre tus rojinegras ollas de maíz humeante.
Tus collas de pestañas de vicuña, y tetas
de obsidiana
sobre la levadura acezante del pecho y las espaldas.
Digo que te amo.
Estoy contigo desde el cordón de agua y sangre
por el que siempre se adelgazó
del seno de mi madre, a mi ombligo,
el solitario líquido del hambre.
Estoy contigo, América.
Tus callejuelas alumbradas con grasa de carnero
y varas de saúco
entre las destellantes rocas del Chimborazo
y del Illimani.
Tus desgranadores de mazorcas y espigas,
tejedores de la fibra de agua ensangrentada
dentro del Mapocho,
del Orinoco, del Amazonas, dentro.
Ah, tu mirada de rocío oscuro
de Sumeria, Mongolia y Oceanía.
Ah, tus sagrados muslos de alta bestia
enterrados en fango
y cubiertos de talones y semillas de la negra,
la roja, la ardorosa calzada de los Incas,
piedra a piedra en tu hoja, de caracol, enroscada en sí misma.
Yo que he molido mieles color de uña
y que he mascado coca lívida
hasta ya no sentir los labios, los ojos ni las manos;
yo he visto el vacío y el éxtasis blanco de tus aires.
Altiplanicie en lumbre de mi alma,
América, mi América.
Yo que seguí tus soñolientas recuas de alpacas y de nubes,
yo he temblado
bajo el hilo de lana, trigo y pluma
de tu llanto. Lluvia de América
aquí en las cuevas, en los callejones, en las cumbres,
con la mirada fija
en tu veloz blancura de flecha envenenada,
agradezco tu lluvia enfurecida.
Hechicera del agua y del granizo,
América, mi América.
Y ahora, qué silencio; pero escucho
en el horno apagado de tus alfarerías,
escucho y como un trompo siento junto a la mejilla
la cadera de la primera india
que danzando dio forma
a la vasija en que bebo:
agua delgada y frágil de venado en la niebla.
Mi tejedora hilando en todos los caminos de la puna,
dame una hebra de leche y de ternura
para besarte a través del pezón el corazón profundo
y amargo de tu América. Mi América.
Arpas de sílice suben tus caderas
de hembra, de columna y calvario. Arpas
de hierba muerden en tus ingles
sonrientes de vihuela,
ingles lentas, bellísimas, arremolinadas.
Y yo asciendo cantándote la música
del pelo de obsidiana y de candela.
Yegua mía dormida
sobre un monte de espinas de guitarra.
Dónde están –digo‑ los millones de ojos
que te vieron desnuda, picoteada de naves extranjeras;
ojos que te encerraron en su lodo molido con ternura
y en la música más triste de la tierra?
En dónde escondes la pequeña marca
de la bota de duende y crucifijo enamorado
del capitán Bolívar de tu aurora?
‑En ti, mi América.
Tú, tan difícil amarga y solitaria. Tú eres ahora
también mi dolor tibetano,
mi angustia galilea, azteca, andina;
mi inencontrable espina de Judea,
y eres mi angustia de árabe encerrado en la arena.
Tú eres también toda mi oscura muerte de africano
envuelto en algodón y ahogado en whisky.
Eres todo mi padecimiento caribe, oceánico,
y eres, sobre todo, mi antiguo y solitario traspié atlántico
en la mitad del mundo.
Mi América.
Pero vuelves en mí, ahora, a través de mis manos
de estudiante de tu espiga escarlata, colibrí de los páramos,
de tu temblor profundo de fécula y rizoma,
en las rodillas de las indias Mayas. Vuelves.
Ahora, para siempre, el arpa
acuchillada en piedra de mis dos mil tendones
y su vara de vértebras. Ahora.
Desde los dioses y los ídolos grabados como besos
alrededor de tu ojeroso cántaro;
desde el ovario en luna de tus indias
del Cuzco, Potosí y Cojitambo, vuelves
a mí, América.
Estoy en contra. Estoy ahora en contra.
Sí, en contra de todos los que te han ofendido.
Contra los graves, astutos pensadores
que escribieron leyes, documentos, ideas
contra ti.
Estoy contra todos los Monroes
y contra todos los insectos reunidos
en aquellos capitolios.
Estoy contigo América, mi india.
Estoy contigo. Estoy contigo.
Hoy. |