|

CATEDRAL SALVAJE
CATEDRAL SALVAJE
a María Isabel,
mi mujer.
Y vi toda la tierra de Tomebamba, florecida!
Sibambe, con sus hoces de azufre, cortando antorchas en la
altura!
Las rocas del Carihuayrazo, recamadas de sílice e imanes.
El Cotopaxi, ardiendo en el ascua de su ebúrnea lascivia!
Hasta la mar dormida en la profundidad,
después de tanta audacia estéril y voluble!
Todo ardía bajo los despedazados cálices del sol!
Las infinitas grietas corrían como trenzas oscuras
sobre los bloques poderosos en que respira cada siglo el Cielo!
Qué profundos centauros pacen sobre tu corteza embrujada?
Qué dromedario, ardiendo, come tu polen
y lame tus piedras claveteadas de rocío pálido y amargo?
Aquí, suena en la noche, un pedazo de costilla contra el aire!
Alguien pretende huir de su semilla como de un chorro
enloquecido!
Atemos las potencias a sus cavidades:
mire la bestia su escultura de fuego sin morir!
Te llamas soledad! Señorío de piedra, abandonado!
Te llamas bosta de animal, quemada contra su mismo corazón!
Territorio de cumbres enhebradas al cenit,
por ti, está ya árido el pecho de los ángeles!
Pero tú roncas, concentrando el oro que hace llorar a los locos
y pone a bailar la puntiaguda ropa del demente!
Tierra de murallas y de abismos,
cruzas sobre tus llaves de guayacán y azúcar,
como avispa engordada con sangre, tambaleando!
Ceniza de rocío desesperado, vuelve a la catarata!
Abajo, veo una delgada vicuña mordisquear tus hojas frías.
Veo al loro gárrulo maldecir su lengua seca como la nuez.
Oigo a millares de ratas hambrientas,
royendo tus estribos de almidón, en la noche!
La uña del comején tiene la fosa en que se hospeda la basílica;
pero no suena porque trabaja al son de las palabras.
Inmensa eres!
Entre madejas de trigos y cabuyos te retuerces, dormida!
Y te entregas mil veces como una ría ociosa
sobre mantos de piedra, devorados por el cielo!
Qué animal es ese, de ojos de mujer, que mira los nevados
como un aposento de espejos o una piedra de placer?
Mastica con lenta gracia y yace entre volcanes.
Tiene vagina de muchacha y cohabita con los pastores solitarios
de las cumbres, en coito poderoso
de escultura funeraria!
Aquí, el viento destruye las actitudes de la podredumbre
y las huellas deliciosas se convierten en cicatrices pálidas!
Entre el humo del cataclismo los ríos son despeñados a la
aurora!
Los hombres pierden sus casas entre olas de candela!
En sus cabellos revolotean el granizo y los relámpagos!
Los truenos saltan sobre una inmensa pata de candelabro.
Nada resiste al gran viento y el mismo vacío se emborracha
con la piel arrancada a los espacios!
Nada puede entrar en su corriente sin convertirse en música
o en crujido de muelas que blasfeman!
En su lecho de espanto, renace el cielo a cada esquirla suelta!
Allí yace el cóndor con su médula partida
y derramada por la tempestad!
Amauta valeroso, toda verdadera canción es un naufragio!
Aquí, no cantará nunca el pajarillo matinal!
Los dioses ebrios tambalean y el viento les abre
sus brillantísimas mandíbulas de Genios
hasta arrancarles saliva de frenesí!
Tremendo Imaginífico, rasga este firmamento sucio de nudos y
hélices!
Mi vehemencia me despuebla de toda igualdad!
En la solemnidad de la alta noche,
los Arquetipos lloran por sus pequeños títeres!
Todo es hueco tardío
en esta velocidad que apaga su futuro, al besarlo!
La tempestad reúne los más altos pensamientos de desesperación
sobre la tierra escupida por sus hijos pródigos y crueles!
Esta es la comarca soñada por los malhechores blancos!
Mi corazón presintió sus navíos, como cáscaras
roídas por los vagabundos del Océano!
Pájaros de las grandes aguas, sobre maderos perdidos,
flotando a la deriva de la sabiduría,
sobre cruces y cortezas vinieron!
Por el mar que se nutre de hojas transparentes
y profundos pastos atados a las heces del abismo!
En medio del maizal, temblé al oírlos reír en la lejanía del
aire!
Venían fibrosos de sed y de lujuria!
Tenían dentera de hambre;
mandíbulas para las hazañas,
testículos de machos cabríos para penetrar selvas vírgenes
y cambiar los ojos de las mujeres en gemas agonizantes!
Como cáncer del viento crece la tierra de los ápices
y cuelga entre cristales el zapato del venado!
En esta altura, sólo se conservan los diagramas del caos,
en soñolientos reinos, sin calor ni sonido!
Aquí, todo vuelve al corpúsculo o al trueno!
Dios mismo, es sólo una repercusión, cada vez más distante,
en la fuga de los círculos!
Su mansión chorrea en el ojo que ha cesado de arder
y que empujan las moscas quereseras!
Oh, arriba, en las rojas mesetas desolladas por el viento,
las termitas suspenden su bolsa de miel negra!
En medio del furor del cataclismo, sigue inmóvil el Día!
Las cabelleras de las diosas yacen como arroyos de ungüentos
entre el humo sellado de las formas!
Un hombre habitó esta roca durante siglos
y fue alimentado por la aurora de las espigas
y las fuentes de semillas descubiertas por los loros!
Hoy duerme ante la boca de un horno abandonado
y escarba en la guitarra bilingüe del mendigo!
Pero en la altura; entre vitrales de granizo y lava,
los pastores trabajan con sus almas en el velo llameante del
paraíso!
Los torrentes despiden una lámpara que no se descuelga jamás!
El rayo deshojado, lame la arteria rota del discóbolo!
Acá, no llega nadie con olor de cabaña o de moneda!
Yo escribí cien corolas en cada Cordillera!
Viejo Geógrafo, tiéndeme tu mano!
Nadie sufre ya más en la extremidad de la tortura,
porque la muerte, como la demencia, ataca al corazón con
talismanes!
En el ápice del alarido, el alma se rasga
en infinita eyaculación!
Oh cuerpo trasmutado por la asfixia,
ante ti se presenta la cuarta comarca de las cosas!
El mundo meteórico recibe las almas en su velo
convertido en palacio por el huracán y el acertijo!
Aquí, el relámpago tirado contra las rocas,
tiene una vértebra confusa que llega hasta las vestiduras más
aisladas!
La cucúrbita duerme su séptimo semen!
Los árboles suspiran en un lecho que vuela!
La tumba empuja los jazmines
hacia las raíces enguantadas de los agonizantes!
Aquí, la mano izquierda puede beber íntegramente
la operación musical de la derecha!
Y los niños consiguen saquear impunemente las cascadas,
como armarios de cristal!
Aquí, se mira ya el movimiento de la nueva boca
sobre la piel de la leona bañada por los leones!
Esta es la cuarta comarca de la Tierra!
Acá, no acude ya jamás el tiempo!
Un mendigo asciende por su arpa a los relámpagos universales!
Y la humildad disuelve como un veneno el paraíso!
Pero, si la escalera rutilante mata su piedra en música,
la tierra del abismo matutino
amaestra la mortal joyería de la araña cabelluda!
Abajo, ladra el fuego en su brasero de mil piernas!
Las hormigas empalidecen la carcajada del tigre
con la cruel armonía de un minuto de miel!
Millares de ojos acechan entre el tenaz parpadeo de la pimienta,
al hombre que come mujer
y al animal que cabalga sobre su hembra
y come fuego en mesa encabritada!
Oh cópula sin pausa, la bestia sucesiva entra y sale de ti,
pudriendo la gran noche salobre como una vianda,
en continuo horario de carne pisoteada
por carne aguda que se baña
en el hueco de la chorreante llamarada!
Y tú, maizal de la altura, en verde arcangelería,
cabeceas bajo un falo trasmutado en plumaje!
Dulce entre todas las gramíneas,
mujer y muchacho a un tiempo en la infinita vivienda
de los ídolos vestidos por la aptitud eterna!
De esta tierra se exhala eternamente
el fantasma de la resurrección! Sepulcro de mil cúspides!
Cada cima es un obelisco hacia la muerte!
Cada crepúsculo, un paulatino funeral!
Grandes barcos de nieve cabecean colmados de cadáveres
y frutos con semillas resurrectas
que agonizan empapadas en miel!
Árbol de la goma, esta noche has llorado un vestido de cristal!
Oh infinito antepasado de mil rostros, mil alas y mil colas!
En el profundo rebaño de las simientes y las sombras, duermes!
Te desnudas sobre playas de moluscos y abanicos de gemas;
sobre la cruel orfebrería de los cráteres;
entre la candela borracha que manan los volcanes!
Las tumbas te alimentan como poros, innumerable abismo!
Antros inmemoriales, tribus profundas, secretas multitudes
de bestias y alimañas trasmutadas!
Desde la fundación del paraíso,
en infinitas vidas y en incesante muerte,
cambiáis la sorda piel del Universo, en una vestidura de furor!
El milenario funeral contemplo de los reyes y de los labriegos.
El alma del monarca huye indefensa por imperios de estupor!
El hueso innumerable sube a pie, hacia el viento que baña
nuestro dédalo!
Alguien comió animales negros la noche de su boda;
y antes de retornar las llaves de sus uñas
escuchó lo que iba de su médula oblonga al infinito oscuro!
Veo los campos; las llanuras peladas por la maldición;
las visitas desiertas por error o por espanto!
Veo las casas en las que todos los hermanos han muerto
dejando un caballo enfermo para el rayo!
Pero, retorno del suceso. Y encuentro al caracol que ha
aprendido
a lamerse la agonía frente al agua. Corro por los desfiladeros!
El árbol ofendido, devora sus flores, por justicia!
Aquí, son tuyos los crisoles, los rayos, los volcanes, las
ánforas!
La iguana se desnuda de hierba entre dos llaves de madera.
Los peones caminan en hilera por el monte
y van perdiendo siempre el último hombre que nadie ve
al volver el rostro; hasta que el síncope llega al guía
y lo devora sólo con una palmada!
Oh, antepasado verídico y confuso, hoy llego hasta la cima
de tu templo partido por la majestad de la muerte
en tumbas singulares!
Cada cabeza pura, arde sobre la pluma de un cometa!
Hoy atravieso el entusiasmo acústico de los torbellinos
que ruedan como embudos de cuarzo, entre las cumbres!
En los humeantes conos de azufre,
oigo el puntiagudo galope de los machos cabríos!
En esta montaña nace el Hombre, a toda la longitud del día
creado!
Sin cesar, por entre muslos de mujer, nace aquí!
Y muere, sin cesar, a cada crepúsculo vespertino,
golpeado el corazón por todo el pueblo!
Su innumerable cuerpo yace aquí!
Sus ojos desolados, sus cartílagos tiernos que nadie oye!
En este insacudible pedestal de piedra y humus crea su infinitud
y prepara su individual cadáver, llamado arriero, agricultor,
alfarero, o adivino futuro de la Tierra!
Mira:
ésa es la comarca que di a su invencible necesidad
de muerte y de firmeza!
Cuando oigas sonar los negros cañaverales de mi furia,
ésa es su tierra!
Cuando veas manar de la cumbre miel furiosa de lava y lámparas
de piedra,
ésa es su tierra!
Cuando veas bramar los toros con sus labios hinchados de
luciérnagas,
ésa es la tierra!
Cuando el caballo toque, tres noches, a la puerta del herrero
hechizado,
ésa es la tierra!
Cuando las campanas caigan en el pasto y se pudran sin que nadie
las alce,
ésa es la tierra!
Aquí la ley, los diámetros, los elementos, se contaminan de
perversidad!
El aceite penetra en sombríos laberintos para cuidar al monstruo
venidero!
La culebra se desviste cada año entre bandejas de frutas y de
pájaros!
La sal gema del monte, presiente el apetito picante de los
indios,
les atrae hacia sus blancos sótanos y les adoba con eternos
cáusticos!
La inconocible esfinge subterránea, despide hélices,
fonemas, ectoplasmas, bulbos dotados de uñas sanguinarias;
y concierta mortales contubernios con el alma del hombre,
incestos con la gran inmaculada que suministra leche a ciertas
plantas,
pactos sexuales con las orugas de la abulia y el olvido!
Ah, vivimos atrapados entre murallas de nieve planetaria!
Entre ríos de miel salvaje; entre centauros de lava petrificada;
entre fogatas de cristal de roca;
entre panales de rocío ustorio;
entre frías miradas de serpientes
y diálogos de pájaros borrachos!
Alguna tarde, en una sorda pausa entre dos tempestades,
torna a elevarse el negro cóndor ciego, hambriento de huracanes.
En el más alto límite del vuelo, cierra las alas repentinamente
y cae envuelto en su gabán de plumas..!
Veo tus mensajeros enlodados! Tus arrieros palúdicos y eternos!
Tus pequeños soldados con la guerrera cubierta por las zarzas,
riendo del aguardiente seco de la muerte!
Veo tus oscuros ladrones de ovejas y caballos, caer aullando
en los patios de los Andes, quemados con machetes al rojo los
talones!
Veo esos hombres pálidos, atragantados por el cepo,
queriendo rascarse las moscas de los remotos pies acalambrados!
Tus lavadores de oro, precipitarse al agua, perseguidos por los
tábanos!
Tus viejos albañiles, caer desde las torres
golpeados por los grandes guacamayos!
Tus osos hormigueros, embrujando las misteriosas viandas de la
profundidad
con sus hocicos volubles como una flor...!
Catedral! Cataclismo de monstruos y volúmenes, eres!
Piedra veloz circula por tu fuego como un pez sanguinario!
Llueve sol consumido y verde! Moho y sangre! Sal y esperma!
Como árbol que se pudre, gotea corrupción el firmamento!
Humo de soledad bate el buitre con su harapo de cuero!
Esta piedra es mueca y tumba de muecas!
Acá, sube el hombre a su Genio, a su médula hechizada!
Aquí, hay delirios blancos.
Entre las cumbres flota el polvillo helado del gran síncope!
Oh, huracanes en los que el alma cae en añicos!
Aquí hay sombras en la íntima esquirla del vidente!
Ortiga esplendorosa para sudar cadáveres!
Coloquios con las formas superiores de la tortura y del éxtasis!
Aquí, el Creador y la creatura copulan en silencio,
anudados durante siglos, pisoteados por las bestias!
Un huracán continuo, traga y devuelve las vísceras, las olas,
las escamas, las formas otorgadas y los mitos!
El cóndor y la moscarda mínima, ofrecen diariamente
sus huevos grises y su cenizas voladoras al Altísimo!
Quebrantan, roen, lamen y esmaltan el cadáver del amo,
las alimañas, las flores sedientas, las corolas carnívoras,
las mariposas vagabundas, las orquídeas de la fornicación!
Todo se envilece y rueda en caos palpitante de nebulosa
intestinal, tremenda; hasta llegar a la bosta, al vómito,
a la blasfemia, al parto de monstruos, al sismo que engulle
la arquitectura susurrante de los pequeños pueblos!
Hombres, estatuas, estandartes, se empinan sólo un instante
en el vertiginoso lecho de esta estrella en orgasmo.
Luego, los borra una delgada cerradura de légamo!
Aquí, no envejecen las murallas ni los ídolos!
Todo es presencia efímera! Sombras en trance de terror o de
cántico!
Sólo el Sol! El Sol indeclinable!
Desde establos de cañas y tablones, sube el caballo añoso,
y con alma de potrillo, te agradece la alfalfa matutina!
Los viejos pumas llenan de oro y vigor su hígado en tu luz!
Oh, altar de la lascivia y la resurrección!
El antropófago danza con sus dos carnes, en tu fiesta!
La savia te busca, delirante, a través de la corteza.
Se abren las aguacollas, en la espesura.
El asno consulta entre los vientos, la sagrada lejía
que dilata la ubre de la pollina.
Tejen los árboles sus tiaras de cien millas. Los pájaros
te miran como un soplo de polen sobre la vestidura
siempre hueca que les libra de estiércol y rocío!
Las anchas frutas tapizadas como úteros, acunan abalorios
que despertarán entre los dientes del salvaje.
Muros de enredaderas salpicadas de nidos y de orugas,
cuelgan de los acantilados y cantan sobre los féretros de los
delfines!
Los manglares penetran en el mar, borrachos de salmuera!
Horno salvaje de todas las especies!
El sacerdote antiguo come carnes saladas por el viento
y en su ara de leña, te ofrece los sensuales holocaustos!
He aquí las mujeres adornadas con escorpiones de jade;
el pico purpúreo del tucán; las pinzas del cangrejo moro;
el pene tortuoso del erizo; la hiel violeta de los onocrótalos;
el ojo de la bestia bifronte; el huevo de pieles de la gran
cebolla!
Las parvas ataviadas con cañas velludas; las ristras de peces
llorosos.
Los anzuelos, las ocarinas, las hondas cargadas con piedra
de torrente; las caracolas de cuerno, cocidas en brebajes.
Los jóvenes con el vientre abierto como un chorro de mirtos!
Sobre la piedra ardiente, trasmútalos, Horno Salvaje!
En tu infinita borrachera seca, que mata y glorifica!
Catedral de la altura, rezada por millares de insectos y de
cóndores!
Cataclismo incesante, sin sonido ni escombros!
Todo arde en ti, con fuegos ulteriores,
dispuestos más allá de las bullentes formas combustibles!
Un trueno de infinita lentitud devora tus llanuras!
Los lacrimales de la Tierra arden sobre la nieve.
En negras herrerías cantan los dioses ebrios.
Las recuas caen al abismo como hojarasca ensangrentada!
Los puentes son talados como peines por las furiosas cabelleras!
Este jergón de piedra, nieve y lodo,
pisotean las mulas y los dioses!
Cantamos ebrios, alrededor del ataúd de un niño
electrizado por la aurora!
Retumba el cubo óctuple de la tiniebla eterna!
Devoran los caníbales mariposas preñadas de sangre!
Los trenes de naranjas mueren ahogados en arena!
Los sismos desentierran nidos de calaveras extasiadas!
La oscuridad revienta como un odre de vísceras e imanes...
Los tálamos descienden a los líquenes inmemoriales.
Las mujeres se convierten en laberintos ansiosos de semilla,
desde los muslos que sacuden su tortuosa compuerta,
hasta la piel borracha de los pómulos!
El trueno arrea al hombre hacia las grutas de las dantas.
Las dulces bestias convidan sus lechos a los extraviados!
Esta es la comarca de las tumbas esféricas
hechas por los oscuros alfareros del Sol!
Dentro, en cuclillas, los cadáveres de los incas,
frente a un puñado de maíz, esperan el retorno de sus almas,
coronadas de plumas y rociadas de especias!
Los blancos fémures de las mujeres
duermen entreverados con los fémures rojos de los reyes.
Larga boda sin calor ni semilla,
asegura en la tierra mortal, un lecho sepultado!
Yo, que jugué a la Juventud del Hombre,
alzo esta noche mi cadáver hacia los dioses!
Y, mientras cae el rocío sobre el mundo,
atravieso la hoguera de la resurrección !
EL HABITANTE
Cierta vez
el maíz infinito había sido suyo!
Pero le desnudaron en la plaza
y le vistieron con profundos látigos!
Empapado en fatigas y costumbres
padeció mucho, en tiempos pedregosos
y murió tanto, que sació al gusano creador!
Se le vio ir a lo cotidiano y subir a la campana
que enflaquecía, cada año, después de Pascua. Y no encontró lo
que buscaba!
Estaba poblado de visiones y, en su afán, repetía manualmente
los ademanes de los forasteros.
Así, sus manos de ardilla religiosa labraron millares de
estatuillas
para las viejas vírgenes de los claustros,
devoradas por sus blancas fermentaciones!
Pero, jamás logró tranquilidad; porque, o bien el indio oscuro
subía y miraba la ventana; o bien, el asesino blanco le gritaba:
‑Anatema!
Y tenía que abrir la casa y presentar las secretas ropas
arrugadas por aquella parte atada al cerdo de la tierra:
y esos dientes sin fondo, que sudan al ser vistos!
Aguas futuras sonaban ya en su corazón!
Decían "Alcabala", y se le humedecía la casa hasta podrirse!
Por esto, atravesaba la urbe en línea manca,
queriendo desollar días al tiempo
y verse libre de la transpiración de tanto consanguíneo!
Y allí estaba el eclesiástico carnal, usando el templo
como recipiente, y moviéndose entre anchos paños negros
cortados en forma de mujeres.
Ellos estaban siempre sobre ellas (hijas, madres, devotas).
Sobre ciertas hermanas usaban, asimismo, su estatura parroquial.
Y así, en ocasiones, corpus, conventos y zaguanes,
enarcaban su lujuria con una horquilla y humeaban en el lecho!
Las mujeres sonreían en el asador como largas gallinas pálidas,
deseando orinar en un espejo demasiado abierto
y perdiendo luz floja por el alma!
Y en tanto que la iglesia se ponía clueca hasta el fondo de la
huerta,
el labriego echaba trigo a los leones del Obispo!
Alguna vez le vieron, asimismo,
por el muro infinito de los Andes, pasar como un escarabajo,
empujando una bola de estiércol para el Rey!
Oh dulce
patria caminada a soga
entré huellas de mulos y de esclavos!
La soga descendía de la Cruz. Unía el purgatorio de altos trigos
rojos,
con la silvestre tumba del peón.
Iba de la cintura de la madre al tobillo del hijo,
sin perder el calor umbilical!
Venía del abuelo; engrosaba en el padre; se enroscaba en los
nietos,
sin rumor. El hombre la peinaba, silencioso!
El hombre la llevaba hacia los ángeles!
Los hijos la cargaban con los diezmos, los maíces, las piedras,
las montañas! Y, al llegar a la casa de la altura,
les golpeaban con sogas el jornal..!
Peón innumerable de la soga! Aguador mudo de los inundados!
Durísimos arrieros sin fiambres ni camino.
Cargadores oscuros de estatuas y turbinas!
Segadores del mes de setiembre, entre las cumbres!
Agricultores de la sal del monte! Náufragos de los volcanes
y los trigos! Recuerdos y pastores de la puna!
Cuidad la soga por amor al Hombre!
¿Quién podía volver, así, del dédalo de cuerdas y de látigos?
Oh Señor, el cuerpo se hace tarde y llega sin el hombre:
mientras llueve tanta noche colgante oscuridad
de equinocciales gotas siempre y muerte!
La lluvia es lontananza, es tiempo, es tumba!
Los funerales pasan por la lluvia.
Los ahorcados cuelgan en la lluvia.
En la lluvia la yegua es fecundada
y en contracciones húmedas concibe!
Los ladrones se pudren las pestañas, acechando hasta el fin
muertos de lluvia!
La lluvia esponja las escolopendras,
y lava la sonrisa del caballo difunto!
Y en las habitaciones, nada, nunca!
Las techumbres cohabitan con los techos, y dan
nuevos rincones, como cuernos!
Producen ángulos, intersticios, letrinitas duales
para incrustarse mutuamente amor!
Y otros rincones, ratas, huesos, cuevas, escamas, orificios,
soledad!
(Este es el río que deja sus propios acarreos y, sin saberlo,
pudre el camino que le conduce a la tristeza de la despedida!
Ah, pero también las nubes le abandonan –sudando ‑ sin ser
vistas!).
Y así, quién os podía encontrar jamás, samaniegos, pérez,
lópez, hijos míos!? Todos alargando el sombrero podrido y
comilón
a la clemencia, por el amor de Dios: Él nos dio
el semen, la lágrima, el tabaco!
Mas, vosotros, perseguidos por el piojo infatigable!
Pequeños míos, vuestra infancia escupida; zagales de la tenia,
de la garrapata, de los mendrugos! Y encima de vosotros,
el mondadientes y el palo nacional
coronado de pluma estrepitosa!
Cómo os veo entre vuestras letrinas de dos lóbulos,
entre vuestros cepos, descalzos sobre el gran guijarro,
naciendo a caminar con tino de cervatillos!
No sea que de nuevo hagáis baba tenue, o aquel pis simple
de los niños puros!
Y... sólo vuestra madre, aquella dulce loba de senos compasivos,
iba y venía: ‑"Señores, un oficio, una medida, un paralelogramo
para el desheredado!".
Hasta ser puta de alma generosa y cabello barato de dolor; pero,
al f in,
sólo madre, criando siete hijos, viuda, mujer sin sostén, María,
gran mujer.
Y, siete: algunos clérigos; otros, latines; otros, pintores
pobres;
otros, ratones, pero queridos con más amor aún!
Mirad la ciudad, las aldeas, los escondrijos aterrados de los
niños;
los huecos de esta tremenda muela!
Sus hombres ya han perdido hasta esa fuerza valerosa y triste
del que tiene hambre y, sin comer, se acuesta sobre su cinturón!
Yo estuve una mañana con ellos! Y tomé el sol frente a los
animales
domésticos que saben que el hombre se muere de hambre
y ellos, alimañas, se desquitan oscuramente,
adorándole con un gruñido conmovedor!
Mirad esa ciudad: diez hombres pasean ante mil;
usan levita y modos articulados de personas libres!
Cómo esperar que el sueño sea paralelo al alma
si el corazón trabaja como garra!
En la gran noche sin rocío se vuelven
en sus espesas camas llenas de hijos,
y escuchan salir de sus cuerpos, el sudor que les defiende!
Vuélvense en la oscuridad y con el oído como una pincelada,
escuchan algo: la confesión del hierro que se retuerce
en las manos del herrero llegado la víspera (din, din, din).
Y al alba, oyen golpear la primera cabezuela de trigo
contra el viento general de la montaña!
Pero les dieron harina de piedra y ceniza en la boca!
Les dieron cáscaras para la sed y una postura pública
a que pudieran rascarse sin incomodar a los señores!
Ellos, hijos del Padre; seres vivientes de salino espíritu,
sufrieron con sus hermanos en el huerto,
tras la casa pudiente, sorda por la grosura de su pan,
y cercada por las dificultades y las leyes..!
Cuando toco una catedral, lo veo subir,
miserable y ardiente como un ángel devorado por los cuervos,
con su taciturno destino de gran mono,
tacteando los andamios, las columnas, las ojivas!
Roedor supremo del bajorrelieve, cara de piedra, corazón!
La flora y los fruteros de la roca, y el cielo mineral
que brilla sin arder en los enormes ríos,
entrojaste en los frontis otoñales!
Así, cumpliste ‑un día ‑ las viejas maravillas, las torres,
las pirámides!
Pequeño comensal del pan del Nilo, en estos hombres
de la piedra viva, se abren también tus ojos remotos de egipcio!
Y tu país sin cumbre, eterno babilonio alucinado!
De suerte que ya nada queda aislado sobre la Tierra,
por tus manos durísimas que no abrirá el gusano!
Pero entonces, cumplidos los cien techos, te alejabas
sin contar tus cadáveres,
ni los hilos de la vida que habías dado como árbol de hilo
a la basílica del huracán!
Mas, en tanto que vivías en los andamios y en el viento,
había nacido un nuevo hijo de tu mujer
removida en su lecho nocturno por los forasteros!
Hijo de dos inmensas carnes, nació contrario a sí mismo,
y exasperado contra las semillas que habían mojado
su solitario cuerpo de alimaña uterina!
Porque, de un lado estaba la blanca bestia fornicadora,
arrojada por la miel sanguinaria de la mar;
y de otro, el indio de zoológica espina y carne triste,
mirando sin moverse, la aterradora esfinge de la hierba!
Y así, de pronto, condenado a las calles, ya ibas tú,
Lázaro, plebeyo y desigual, y libre de ser amado
por mí.
Y por aquel caballero que había extraviado su mano sobre el
pecho,
y aún conseguía unir todas las casas de la comarca
sin ser mirado por sus dulces guantes..!
Todos vosotros os mojasteis de algún modo en mi corazón!
Hasta Judas, aquel que chupó ese beso tan rojo
en la serena barba del eterno Amigo!
El leproso mordido por las campanas de la ciudad!
El cantor popular que paga su vivienda
con los agujeros del corazón!
El esclavo desembarcado a medianoche entre los gritos de los
pavorreales!
Todos vosotros! Todos!
Los simones, los lázaros, los pablos, los peones de la hierba,
los labriegos del Ande, y los otros, comidos por el cáncer de
piedra.
Antes de Cristo, en todas las pirámides!
Porque yo estuve y estaré con vosotros hasta el fin!
Tomando el agua, el sol, el pan, el número
secreto de los mundos que guarda vuestro cuerpo!
Así, quién no puede ver ese cuello feroz de polvo y sangre
que agitan al morir las parturientas?
O, los truenos de almidón que estallan en el horizonte
entre los gorros puntiagudos de los picapedreros?
O, el ataúd de vidrio que le llega por carta
al buscador de oro, enfermo?
Porque yo estuve y estaré con vosotros, hasta el fin!
He aquí la tierra del misterioso abuelo,
de cuyas vestiduras cayeron las espigas en el huracán
y los tridentes en la mar!
Los desconocidos pastores de antílopes, entre el cáñamo,
masticando cebollas de mil años.
La llanura funérea de los abalorios y los escarabajos.
Y, más allá, el mesón sin techo, en que durmió Jacob
con su insegura ropa de novio, amenazada!
Y en tanto que en el pluvioso Sur,
sobre el granero de las osamentas,
los condenados entregaban ya, toda su estirpe al rey y al
escribano,
alguien compuso historia y cántico, con pluma de palmípedas!
Alguien miró pasar el pelotón oscuro de los contrabandistas,
vestidos de pesebres, por detrás de la luna!
Las cañas de los rayos, espiadas por los toros,
chorreando savia y miel, en los trapiches de la zona tórrida!
Los indios de la hacienda “El Paraíso”,
crucificados en un arado de setenta brazos!
El viático, que sube en el caballo ciego del crepúsculo
hacia la casa del jinete muerto!
Esto, escribió con pluma de palmípedas!
Ah, vivimos entre insectos y entre himnos difíciles!
Bajo erróneos tumbados, escuchamos la tempestad del día que
vendrá
o el caracol de arcilla en el que soplan los árboles sus ruinas!
Las niñas se llenan de maternidad en los rincones de los
aposentos.
Nuestras hermanas velan largos vestidos de piedra
antes de partir a las montañas de la quina!
Un hombre que conocí, tenía una princesa lasciva
atada a un cerdo, como adorno profundo del chaleco!
Los indios llevan por el monte, arriba,
oscuros candelabros usados en las terrazas del Apocalipsis..!
En el último domingo de los tiempos, va pedaleando el
desgraciado.
En los helados templos de los Incas, sube a morir el toro
solitario.
Los niños cuelgan como peces lívidos del seno de una estaca.
Millares de hombres ebrios se inclinan a beber misterio
en las grietas sedientas de las cunas..!
Las mujeres se esconden a sollozar detrás de un corazón de
pájaro!
Yo nombro la ciudad. La grito; digo que amo mucho sus rocas
con penachos; sus puertecitas apoyadas entre dos bastones!
Nadie contesta! Alguien escribe, como yo, en la grama,
su sencillo epitafio de poeta!
Salgo! Ando de noche con los perros afilados por la luna!
Oigo –aterrado‑ el golpe de las cosas sobre el hueco decimal!
que las une al abismo, desde hace dos mil años!
Oigo las aguas de las postrimerías, lamiendo
a sus dormidos caballeros!
Escucho el paso de mortales productos entre las camas
de los infelices.
Oigo los ayes de amor, saltar en húmedas parejas, como ranas.
Duermen los secretarios y los proxenetas.
Marchan desnudos al gran choque del alba!
En el sueño sus rostros se deforman
hasta reproducir la angustia de los animales que amaestran.
Oh, alguien ‑desnudo hasta la uretra‑
contempla un hoyo que arde en el sendero de la luna!
El nuevo día cuenta los dientecillos rotos de la patria.
Despiertan los oficios milenarios.
Hay que poner en marcha la tímida camisa del estrangulado!
Aquí está el albañil que cayó de los andamios de Salomón,
y el obrero despedido por el viento
de la gran Torre de los Tartamudos!
Con las espaldas gruesas de sol y sangre,
llegó el oscuro picapedrero de los Incas.
Un anciano que había sido ciego en otra vida
tiró al campo su bastón mojado en la tiniebla
y pidió la plaza de juez en la villa de San Juan,
aduciendo que durante su ceguera
había llegado a percibir el fino falsete de la mentira
en las conversaciones de sus semejantes;
y, asimismo,
todo tinte de desamor, de contumacia, o raíz de profecía!
Los herreros habían vendado con sus más negras camisas
invernales
las nerviosas cabezas de las mulas;
y soplando con sus fuelles de ombligos milenarios,
encendían en torno de las ciegas acémilas
veloces surtidores de retama!
Inclinadas sobre anchas bateas de madera con parches de
hojalata,
las mujeres del pueblo lavaban, ya mil años,
sus camisas de tela de huevo. ‑ "Tienen tres naves
y coro, como los santuarios", decían al colgarlas.
Entre sus nocturnas bodegas, adornadas con follaje
de cerveza muda, los panaderos
imitaban la cara del sol en la masa.
El cazador iba arrastrado por nubes de pedrisco
y sus armas caían en el polvo universal del Aquilón,
como utensilios puros en sí, pero obligados por la astucia
de la primavera!
Los vendedores de cereales llegaron a la catedral
y elevaron a las cúpulas sus gruesos sacos de polen nutritivo.
‑"Las nubes soportan la agonía de nuestras casas", gritaban.
‑"Entre el oscuro grano de la pimienta, el ojo de la tórtola
silvestre, observa el rayo de la resurrección!".
Los segadores del monte, con zamarras de piel de oveja,
giraban, cantando el indescifrable nombre de Melquisedeck:
‑"Santo, Santo, Santo".
Con un loro salvaje sobre el hombro derecho,
los arpistas subían y bajaban una escalera encendida por los
ángeles!
Un viejo vagabundo, sentado a orillas de un torrente,
desplumaba un gallo recién hurtado con la artimaña del espejo,
el hilo y el maíz. ‑"Mi salsa es la salsa de los zorros
y mi mesa, toda la Cordillera", decía, en el afán.
|