|

ESPACIO ME HAS VENCIDO
ESPACIO, ME HAS VENCIDO
Espacio, me has vencido. Ya sufro tu distancia.
Tu cercanía pesa sobre mi corazón.
Me abres el vago cofre de los astros perdidos
y hallo en ellos el nombre de todo lo que amé.
Espacio, me has vencido. Tus torrentes oscuros
brillan al ser abiertos por la profundidad,
y mientras se desfloran tus capas ilusorias
conozco que estás hecho de futuro sin fin.
Amo tu infinita soledad simultánea,
tu presencia invisible que huye su propio límite,
tu memoria en esferas de gaseosa constancia,
tu vacío colmado por la ausencia de Dios.
Ahora voy hacia ti, sin mi cadáver.
Llevo mi origen de profunda altura
bajo el que, extraño, padeció mi cuerpo.
Dejo en el fondo de los bellos días
mis sienes con sus rosas de delirio,
mi lengua de escorpiones sumergidos,
mis ojos hechos para ver la nada.
Dejo la puerta en que vivió mi ausencia,
mi voz perdida en un abril de estrellas
y una hoja de amor, sobre mi mesa.
Espacio, me has vencido. Muero en tu eterna vida.
En ti mato mi alma para vivir en todos.
Olvidaré la prisa en tu veloz firmeza
y el olvido, en tu abismo que unifica las cosas.
Adiós claras estatuas de blancos ojos tristes.
Navíos en que el cielo, su alto azul infinito
volcaba dulcemente como sobre azucenas.
Adiós canción antigua en la aldea de junio,
tardes en las que todos, con los ojos cerrados
viajaban silenciosos hacia un país de incienso.
Adiós, Luis Van Beethoven, pecho despedazado
por las anclas de fuego de la música eterna.
Muchachas, las mi amigas. Muchachas extranjeras.
Dulces niñas de Francia. Tiernas mujeres de ámbar.
Os dejo. La distancia me entreabre sus cristales.
Desde el fondo de mi alma me llama una carreta
que baja hasta la sombra de mi memoria en calma.
Allí quedará ella con sus frutos extraños
para que un niño ciego pueda encontrar mis pasos...
Espacio, me has vencido. Muero en tu inmensa vida.
En ti muere mi canto, para que en todos cante.
Espacio, me has vencido...
DESPUÉS DE NOSOTROS
Mañana, después de nosotros,
volverá a la pradera, en dulce péndulo,
a recorrer la música, un delirante festival.
Las alcobas cerradas
pasarán cabeceando hacia los arrecifes
de una ancha rosa azul.
¿Quién mirará en silencio
cruzar por los cristales detenidos
las cosas que terminan con la lluvia?
¿Quién abrirá de noche la unánime
novela que se lee alma adentro,
para buscar el fuego de los días
en la ardorosa y blanca intimidad?
Y, ¿quién verá en las noches de diciembre
salir, al través de las ventanas,
la música delgada de Franz Schubert
que, sollozando, cae en los jardines?
¡Ah, mañana, después de nosotros!
Cuando la primavera alce sus hojas,
¡qué luminosas potras de topacio
se empinarán de amor
sobre nuestros sepulcros apagados!
Sobre nosotros pasarán en junio
misas de punta azul y espuma blanca,
los gaseosos orfebres del crepúsculo
y el agua circular de las carretas
que marchan a cambiar largas hileras
de música con pensativas cosas.
Oh, si esta tierra inexorable
que hoy me cose los párpados, amada;
si esta tierra, al fin, se aclarara,
lloraría, temblando, sobre tus manos blancas
como cuando la fiebre me adelgazaba el alma…
¡ Pero esta honda noche, se hace tarde!
Ah, y otra vez, errantes, los gitanos
volverán una tarde a nuestra aldea.
Sé que preguntarán por nuestras manos...
Les dirán que ya nadie puede leer en ellas,
que tenemos la línea de la vida
borrada por dos años de azucenas.
CARTA DE LA TERNURA DISTANTE
Estoy solo. La niñez vuelve a veces
con sus blancos cuadernos de ternura.
Oigo entonces el ruido del molino
y siento el peso de los días caer desde la torre de la iglesia
con un sonido de aves de ceniza.
Pienso qué harás ahora frente al camino blanco
por el que cierto día pasó mi soledad.
¿En dónde estás? ¿Qué haces?
¿Bajas aún al pueblo los domingos?
¿Y a la feria de rosas de castilla?
Recuerdo: tenían tus pupilas color de té y de arenilla
y bullían en el fondo de tus ojos
esos mínimos puntos luminosos
con que escriben los músicos
las más azules y hondas melodías.
Cómo recuerdo tu cabello, hecho con las panojas del estío
y con la leve arborescencia fina
de la miel del topacio,
y de la crencha ardiente de la espiga.
Tenías creo ya sobre los senos
dorados terroncitos
y algo como el azul de la azucena...
Tenías creo ya sobre las sienes
la sagrada blancura de la nieve
y una hebra distante y tan delgada que moría en el cielo.
¿Tienes aún ese hoyo de nardo en la sonrisa?
¿Y ese nudo de rosas que te rodeaba los tobillos?
¿Por qué tu andar me ha parecido siempre
el temblor de un jilguero entre los mimbres?
¿Recuerdas esos barcos de papel cargados de semillas
que, a veces, pusimos en el río?
Llevaban como en éxtasis las más dulces lilas.
Todas han muerto en soledad y en frío.
¿Y el pan que abrimos juntos con los dientes?
Salió de él como un ángel su perfume.
Aquí hay pan abundante, pero no tiene aroma
y la ternura esconde como un niño las manos.
¡Qué extraño es todo lo que me rodea!
Volveré algún día.
El maestro de capilla de la aldea
tocará para los dos aquella música
que tiende sobre un río siete puentes de rosas.
Y por ahora basta. Volveré algún día.
Afuera son las nueve de la noche.
Se esconden poco a poco mis palabras…
CANCIÓN ESPIRITUAL AL ÁRBOL DERRIBADO
No fue el ciclón con sus campanas desgarradas.
Fueron los hombres que viven a tu sombra.
Trajeron hachas finas por el aire.
Trajeron siete hachas por el aire.
Siete delgadas concubinas de odio.
Fue una tarde de ancho ocaso rojo.
Tenían los leñadores sal verde y afilada en las axilas.
Los golpes de las hachas corrían por el bosque
con pies planos y huecos.
Se volvían las ramas azules de sonido.
Hasta que cayó el árbol sobre el dulce costado
cual alto dios antiguo,
con un ruido plural de abejas verdes
y venas arrancadas.
Con aroma de pan y de azucenas se abrieron sus cimientos.
Pero quedó su alma: una fruta alargada y transparente,
sin agua, sin albúmina, sin tiempo.
Su alma de libres llamas corporales, con cintura de heno
y pálida camisa de avena.
Con un temblor de candelabros líquidos
entró en la inmensa desnudez del cielo.
Se hizo un gran silencio de manzanas vacías,
y de la orilla de todos los bosques
partieron a la música navíos,
y una hojarasca de aves invisibles.
El viento prolongó, al pasar, mi pulso,
y la materia ardiente de mis sienes.
El viento llenó el agua de cipreses y silencio.
El alto viento levantó del árbol la sustancia anillada de la
música,
el peso de acuarela de los pájaros, las balas de coral de la
madera.
Qué material tan puro el de sus yemas.
Qué cera tan sagrada la que entreabrió sus flores
en tenue sexo de inquietos alfileres.
¿No volveremos a ver manos azules
subiendo por el aire del otoño?
¿No veremos ya más su domingo encendido de cerillas
por los niños traslúcidos del día?
¿No veremos ya más esa muchacha ciega
que en puntillas buscaba una sortija de resina?
Deja que ponga bajo tu nuca blanca
esta almohada inquieta de peces de mi anhelo.
No has muerto. No eres hijo de odio ni de muerte.
Vives ahora en el piso más delgado de los cielos.
LA PEQUEÑA ORACIÓN
Abre ya, de una vez, los espejos enlutados
que pusiste sobre las placas oscuras de mi féretro.
Abre las ciegas yemas de mis dedos
para que puedan sentir la callada amistad de la materia.
Dame la luz sin nombre de junio o de septiembre.
Dame de aquella agua que aún no hace rocío,
anterior a la nube, cuando es sólo rumor entre tus manos en el
aire.
Permíteme que vea tus más tiernos arcángeles
como pequeños libros de escarcha y juventud,
pasar por mi cabeza, titubear en mis hombros.
Ilumina las densas falanges de mis manos
para que puedan acariciar las cosas, sin sangre de deseo;
para que logren adivinar el escondite de las niñas
sin buscar la liviana cicatriz de su sexo.
Para que encuentren en la frente de los muertos
el vestigio floral de una corona.
Disuelve para siempre este secreto manto subterráneo
que me envuelve en su beso taciturno
y me aparta de las cosas claras...
Encierra en los fosos de las ciudades muertas
estos fantasmas que me incitan de noche con su lívido aroma.
Que al través de mi frente pueda pasar el aire
como al través de la copa de un arbusto
o la blusa de briznas de una niña.
¡Y que cualquiera tarde, pueda irme de mí mismo,
al través de mis poros, en mi aliento,
con la huida de música descalza del deshielo!
INVITACIÓN A LA VIDA TRIUNFANTE
Amad toda esta vida en la que Dios transita.
Esta alegría inmensa de ser hombres.
El don de hablar con amor toda palabra.
Esta certeza de morirnos una tarde.
Esta seguridad de volver cualquier mañana.
Esta grandeza de vivir al pie de nuestra propia alma.
Amad la muerte que nos quita una madre o una amiga.
Las lágrimas de la ternura inesperada.
Amad a los que sufren un amor metafísico
y a los que aun padecen un olvido divino.
Amad a las personas que nacieron con melancolía.
A todos los que llegaron por la noche
con la mitad de una canción entre los labios.
Amad a las muchachas que padecen del pecho
y a las que van descalzas al fondo de la noche.
Amad a las muchachas que sonríen
al escuchar alguna voz querida,
pero también a aquellas
que nos pueden herir sin ser heridas:
decidles que el amor puede amar el olvido.
Amad a las que siempre ausentes viven
en la delgada niebla de una fotografía.
Amad a los mendigos del camino
y a los que aún no tienen su castigo.
Amad a aquellos que aún no existen
y que, ansiosos, desde un lugar divino
quieren bajar a uniformarse de cautivos.
El ancho mar antiguo, constructor de trirremes.
Vuestro futuro peso de escultura apagada
dentro la gran certeza del manto subterráneo.
El espacio por donde vuestra alma sube y canta,
encuentra el terciopelo aéreo de la nube
y la presencia interna de Dios dentro la nada.
Amad los cataclismos en su crueldad perfecta.
La primavera henchida de nidos y de espigas,
perfumada y magnífica, gozosa e inconsciente.
La mariposa blanca que recibe en sus alas
todo el profundo peso de las noches de mayo.
Los astros, las montañas; la gacela y el ángel.
La luna, los arroyos, el mar y los adioses.
La gloria de que el cielo sea un estado de alma.
Y la delicia oculta de morir en los dioses.
TACTO
Vengo desde mi propia hondura hasta tu extremo vivo
y te siento fluir casi líquido
del anular al índice
y abrir insospechados abanicos.
Tú entiendes el sabor oscuro e íntimo
de las cosas que entreabren
sus mínimas entradas de delicia.
Cuando era yo aún cautivo dentro
de una tibia rosa femenina
supe cómo mi madre se ponía ya lívida.
Después sentí el purpúreo destello de los besos
y de los terciopelos la entrada submarina.
Te busqué luego dentro de la carne encendida
pero estabas afuera ardiendo en lo inasible
y dejaste mis manos ahogadas en caricias.
Hallé tu estatua de oro en la hondura del vino
y tu caja de estrellas en el mármol pulido.
Descubrí en los arcángeles aspectos femeninos
y en las muchachas breves nacimientos de liquen.
Deja ahora sentirte en mi fondo infinito,
en el secreto lazo de la piel con la muerte
a la que voy seguro conociendo sus límites.
Los dioses te pudieron también sentir un día
recorriéndoles la orla divina del vestido.
VARIACIONES DEL ANHELO INFINITO
Si alguna azul mañana de febrero,
tras una larga noche de tormenta,
encontraran tus manos
el cadáver de un ángel en el campo...
Si alguna vez, hacia la media noche,
con tu sagrado sexo en las tinieblas,
te me acercaras tanto,
que pudiera oír cómo cae de tus labios
una dulce minúscula sin letra...
Si alguna vez, después de haber leído
una carta de amor, fueras descalza
hasta el río que amaste cuando niña
y escucharas el tránsito de mi alma...
Si alguna vez variaras sin motivo
la dirección delgada de tus trenzas
y te sintieras una joven nueva
con una diadema de gavillas y heno...
Si alguna vez tus manos se elevaran
tanto hacia el aire que no fueran materia
sino un deseo de sentir el alma
celeste y silenciosa de las cosas...
Si algún día tu voz (la que conozco),
atravesara sola esas praderas,
encontrara una fuente silenciosa
y le enseñara a pronunciar tu nombre...
Y, si pasaran siglos, muchos siglos,
y nosotros no fuéramos los mismos
después de tanto sueño en otras vidas;
si, entonces, te encontrara de repente
en una ciudad que todavía no existe
y lograra acercarme y estrecharte
con este amor que ahora no es posible...
AMISTAD CON LAS COSAS
"Antes de que los ojos puedan ver,
deben ser capaces de llorar"
Ahora que las manos llevo heridas
y que mis ojos beben luz serena.
Ahora que mi amor no llora un cuerpo.
Ahora os vuelvo a amar. ¡Oscuros duendes
del femenino cielo de la tierra!
Mesas de soledad y de constancia,
vasos de circundante transparencia,
pequeñas sillas con las alas mancas,
vosotras que esperáis un ángel débil.
Vuestras agrupaciones de bohardilla,
vuestras tímidas quejas por la noche,
vuestra infinita soledad de ciegos
me oprime el corazón y me encadena.
Hierro de cornamenta mansa y triste,
nevera en flor de cristalografía.
Hilo que la pequeña abuela ciega
perdió en útil amor sobre un pañuelo.
Yo te pronuncio: cesto, arcón, redoma.
Bastón que entras en la portería.
Candil que tienes roja la solapa.
Copa de fiebre y de melancolía.
Aldaba que acaricia un dios viajero.
Peine que lloras solo, en las orillas.
Te bendigo martillo carpintero,
sobrio camello que amas la madera.
Antiguo arado, árbol que cosechas,
por tu aroma de uvas y centenos.
Estas manos cansadas ya del fuego
acarician vuestro uso fiel y fresco
y sufren vuestra soledad terrestre.
CARTA A UNA COLEGIALA
Para leer esta carta
baja hasta nuestro río.
Escucharás, de pronto, una cosecha de aire
pasar sollozando en la corriente.
Escucharás la desnudez unánime
del agua y el sonido.
Y el rumor del minuto más antiguo
formado con el átomo de un día.
Mas, de repente, escucharás, oh bella música femenina,
la catarata inmóvil del silencio.
Entonces, te hablaré desde las letras:
Era enero. Salimos del colegio.
Veo tu blusa de naranja ilesa.
Tus principiantes senos de azucena,
y siento que me duele la memoria.
Bella aprendiz de cartas y de melancolía,
con los ojos cerrados y las bocas unidas,
tomamos esa tarde una lección de idiomas
sobre el musgo que hablaba de la cartografía.
¿Cómo has pasado estas vacaciones?
¿Sientes alguna vez entre los labios
Ese azúcar azul de la distancia?
Mañana son dos años, siete meses.
Te conocí con toda mi alma ausente;
sufría entonces, por la primavera,
un bellísimo mal que ya no tengo.
Recuerdo: producías con los labios
un delgado chasquido de violeta.
Pienso en la estatua de aire de tu olvido
mirándome de todas las esquinas,
mi colegiala mía, música femenina.
Tú, en el divino campo. Yo, en la ciudad terrestre.
La calle pasa con su algarabía.
Un fraile. Unas mujeres de la vida...
Un niño con un cesto de hortalizas...
Un carro lento dividido en siglos...
Mañana entramos ya en el mes de junio.
Flotarán en su cielo de anchos aires
objetos de uso azul como las aguas;
y una lejana inquietud de rosas
habrá en el horizonte de la tarde.
En este claro mes de agua plateada
te conocí. Entonces yo sufría
una enfermedad de primavera,
un bellísimo mal que ya no tengo...
LA CASA ABANDONADA
(Entré al atardecer, con sol perdido)
El patio lloraba una estatua vacía.
Profundos caballos de polvo viajaban
hacia los lugares más vagos del moho.
Un hoyo remoto pasaba a la nada.
El vacío entraba con sus muchedumbres
y con sus inmensas campanas ya mudas.
Oí un paso dado en otra centuria
y vi en una cisterna el muñón de mi alma.
Un viento blanquísimo dormía doblado
en un seco lienzo de aves olvidadas.
Un reloj yacía en ácidos profundos
y el peso de un pájaro recorría el muro.
Una niña muerta soñaba en un cuento
dicho desde una alta ventana de niebla.
Hacia atrás viajaba un abecedario,
los días antiguos eran los primeros
por una pequeña compuerta de naipes...
(En un muro blanco, hallé esta leyenda:
"El 7de marzo murió María Eugenia").
Arriba en la tarde flotaban avispas
con lámparas llenas de azufre y de trigo.
Arriba en la tarde.
Y no era yo mismo el que había vuelto.
Era un extranjero al que a veces lloro
y en el que ya he muerto...
CANCIÓN DEL TIEMPO ESPLENDOROSO
Para Galo René Pérez
Agosto, llévame en tu ardorosa velocidad de topacio,
con tus manzanas agrietadas por el fuego.
Con las puertas que arrancas a los valles de rosas.
Llévame entre tus altas jirafas de ladrillo,
salpicadas de mariposas muertas y huellas digitales.
Entre tus panteras de inextinguible piel de hembra.
Volando entre tus ámbitos de zafiro y de prismas.
Entre los bosques y su miel humeante.
Entre el coro granate de la madera libre
y el carmín inguinal de la resina.
Dame un prado con potras y muchachas.
Enciéndeme los dedos con diez discos de oro,
con girasoles y esmeriles ígneos;
y el paladar, con un cáliz de avispas.
Desata ésta mi lengua de su raíz de rosa submarina.
Quiero gritarte cuando pasas ciego,
mascando tus cadenas sonoras, en el viento.
Sobre los collados de amaranto y de uva,
sobre las cárdenas rocas calcinadas
que suenan hacia adentro como astros.
Rasga las cuerdas blancas que sujetan mis ojos
a su ligera sangre de hilillos y de lágrimas,
a su bulbo de yema y nieve amarga.
Que te vea desnudo como un lago en el agua.
Como una piedra en su ilesa resonancia.
Que vea tus llanuras de maíz y oro quebrado,
bajo una llama errante, espiral y demente.
Tus fragantes basílicas de mieses
coronadas por peines de madera y gavilanes.
Tus mil alondras muertas de cansancio
como un manojo de hojas en la brasa.
¡Esplendor! Qué anhelo respiran nuestras manos,
y sus ciegos riachuelos, y sus pequeños huesos claros.
Esta rama que sufre, agobiada de rubíes, cerca del corazón,
y tiene venas de ardiente oscuridad turquí...
Y allá tus árboles por los que puede cabecear la tierra,
y su seno que absorbe la tiniebla y la sangre.
Las llanuras distantes con veloces tambores y relinchos,
el plumaje de hierro de los caballos moros
y el cadáver de un ave en el brocal de un cántaro.
La pubertad que llama a las puertas de un baño
en donde suena, húmeda, la soledad rosada.
Los trigales abriéndose en continua fragancia,
mientras la siega avanza con su ruido de cañas,
sobre los nidos, sobre las olas del futuro pan,
sobre la doble lágrima de oro de las perdices.
Resplandor de los días. Sed, tortura y anhelo.
La sequía del ancla a orillas del agua,
su paloma enredada en lenta hondura verde.
Todo agita en nuestra alma su laurel de locura.
Y en el fresco regazo de las jóvenes novias,
remueve y estrangula una pequeña gota.
¡Oh! resplandor del fuego en las entrañas.
CANCIÓN AL TEMPLO ANTIGUO
Te veo aún erguido, mas -ay‑ ya tan lejano
sobre el alta colina y su oleaje esculpido,
contra el celeste muro que derraman los pájaros
en la tarde de rojos navíos agrupados.
Te vi caer del cielo en una edad errante.
Ahora ya no puedo siquiera contemplarte:
mis ojos sólo buscan oscuros animales...
Devuélveme los ojos que te amaron,
los que te conocieron en la cumbre,
con tu fresca abadía de palomas,
entre las aves blancas que adelgazan
la permanencia aérea de tus muros.
Todas las tardes tus claros patriarcas
recitan en los fríos ventanales
una lección de trigo a los gorriones;
y cuando pasan solos los rebaños,
hacen girar la cruz de sus cayados.
Y yo no puedo, Amor, mirarte,
devuélveme los ojos que te amaron.
La lejanía te alza en sus veleros
y te circunda de hojas de aire y música.
Los pájaros que caen hacia el cielo
besan el pecho azul de tus columnas,
y yo, sólo a sombrías criaturas...
Y sin embargo ya no te reclamo.
Ciérrame para siempre el paraíso.
Yo estaré con los míos, siglo a siglo,
porque te amo aún, Amor antiguo,
y ellos son Tú mismo...
PENETRACIÓN EN EL ESPEJO II
“En una de éstas, te pasas al otro
lado del espejo...”
Entro en ti con mi delgada piel de hombre resucitado
con la misma que, en sueños, salgo a buscar mujeres en lejanas
ciudades.
Deambulo en tu infinita soledad planetaria
en la que aún no ingresa ni el ángel ni la brisa.
Penetro en tu llanura de congelada lumbre
y tu fuego me quema con tornasol de hielo.
Tu fuego que reluce con veloz permanencia.
¿Quién me entregó esta escala, trémula de pupilas
para medir tu libre progresión de abismos?
Siento cómo tus muros se abren como la lluvia
al paso de mi débil fantasma reflejado,
hecho de la porosa sustancia del rocío.
Atravieso tu tempestad de azogue
y tu plateado cataclismo abierto.
Tus glaciares resbalan a través de mi espectro
abriendo con su música nevada la cristalina rosa de mi alma.
Húmedos visitantes pasan por tus fronteras,
pero nunca se encuentra una huella en tu nieve.
Tus habitantes viven en tu antípoda hueca
y miran tu comarca como un cielo contrario.
Cómo resbalan hacia tu abismo lúcido tus ríos sin orillas;
cómo convergen hacia tu nada límpida
las materias translúcidas que absorbes.
Cuando el fuego hace estallar tus perspectivas
contemplo tu horizonte surgir irrealmente del vacío.
Oh, qué imposible es hallar en ti una axila,
la cápsula de espigas de algún nido,
una herradura de color de luna,
o una muchacha sentada al borde del camino.
La seda en tu interior se vuelve sílice
y el estío, una sábana de azufre.
Deja que baje nuevamente en tu estación de ausentes pasajeros.
‑Entraré de puntillas como un hilo de hierba‑.
Te llevaré una nube fresquísima de ánades
y una ligera selva de enredaderas blancas.
Siente este único día, cómo se forma espuma en tus esquinas,
siente la nerviosidad humana de las redes;
siente el vaivén descalzo de las plantas acuáticas.
Y deja que esta noche tome un barco de vela
y haga la travesía de tu océano insomne.
Quiero ver, con mi muerte, tu quimera en el agua
y ascender con el alma renacida
por tu escalera fúlgida de abismos.
CANCIÓN A LA BELLA DISTANTE
Para Laura
No era mi poesía. Mis poemas no eran.
Eras tú solamente, perfecta como un surco
abierto por palomas.
Eras tú solamente como un hoyo de lirios
o como una manzana que se abriera el corpiño.
Eras tú, ¡oh distante presencia del olvido!
Clara como la boca del cristal en el agua,
tierna como las nubes que atraviesan el trigo
por los lados de mayo.
Dulce como los ojos dorados de la abeja;
nerviosa como el viaje primero de la alondra.
Eras tú y tenías delgadas de esperanza
las manos que me huyeron.
En tu sien, extraviadas, bullían las sortijas.
En tus perfectos ojos abril amanecía.
Estoy tan impregnado de tu voz siempreviva
que hasta esta inmensa noche parece que sonríe
y percibo el borde líquido de tu alma.
Andabas como andan en el árbol los astros.
Rezabas en silencio como una margarita.
¡Oh, quién te viera abriendo esos libros que amabas
con el alma inclinaba a la luz de las fábulas!
Qué viñeta de rosas tenían tus mejillas
cuando abrías los labios de amor de las palabras.
Y qué resplandeciente ciudad de serafines
descubrías, de pronto, en el cielo de estío.
Quiero besarte íntegra como luna en el agua.
Mañana en los delgados calendarios de ausencia
te encontraré buscando la pedrezuela tierna
para marcar una hora lejana que aún espero.
Recuerdo aquella tarde cuando quise besarte.
Tenían los cristales un fondo de mimosas
y la antigua ventana mecía los jardines.
Las llamas de los árboles se tornaban oscuras
y un ángel de eucalipto se apoyaba en el muro.
Escuchamos de pronto la carreta profunda
que atraviesa los prados con su carga de junio.
¡Pienso en aquella tarde y me encuentro más solo!
Las casas recogían la luz del occidente,
los caminos bajaban como arroyos en llamas,
la brisa estaba fija en el borde del álamo.
Pienso en aquella tarde y no sé por qué lloro...
BREVE CANCIÓN A LA VANIDAD
"anima, vagula, blandula"
Oh efímera y tierna margarita,
lila fugaz, sombra líquida y fina.
Instante leve en el azul ligero
de la inasible línea de la brisa.
Huidiza en la sombra fugitiva,
irisada en la luz que se ensombrece,
vas por el aire, quebradiza y nítida,
y te desmayas en la luz, ilesa.
Permite que te nombre cuando, ágil,
cruzas saltando este minuto aéreo
en el que mi alma cree encontrarte íntegra
y halla tan sólo tu fantasma mínimo.
DESCUBRIMIENTO DE LA ROCA MILENARIA
¿Qué vara de azucena puede medir la noche,
o qué delgada luna puede colmar una ostra?
Sin embargo, en una hoja puede posarse un ángel
con su cítara fresca y un ramo de sandalias...
Y yo he conseguido penetrar en la roca.
Hay escalas de luto, descendiendo en sustancias,
hacia una angosta muerte, en tierna quebradura.
Hay evaporaciones de vagas formas lentas,
el peso de cadáveres flotando en el aroma,
una espiga sin grano, cargada de cadenas.
Aspectos repartidos en un tacto de polvo,
planetas hacinados en callada tiniebla,
espacios en que crecen venideras sortijas.
Y todo hace creer
que un ángel ha bajado desde la espuma al peso,
a esa acción que oprime algún remoto centro.
Todo es presencia y agrupado fondo
y extraña ley tendida en lo profundo.
Hay densas muchedumbres detenidas
en formaciones de azul inerte.
La pisada de un niño en un guijarro
abre una luna bajo el horizonte.
Hay materiales encantados
en unánime sueño geológico.
Y lo palpable, a veces,
penetra en manos de inasible ausencia.
Hay música apagada y sumergida
en venas de silencio transparente.
Catedrales y coros de mineral cautivo
donde las voces llenan una copa cerrada.
Estancias hay de soledad nevada
donde ninguna edad ha entrado todavía.
Y resbalan deshielos de música y tormentas
y cascadas resbalan por siglos, sin rumor,
rehuyendo, en futuro, la imposible llegada.
Eternamente los dioses siderales
hablan desde los poros,
desde el panal sagrado de los átomos.
Conozco aquella voz inmensa, muda y clara.
Con la luz de mi sangre ingresé en el silencio.
El tierno fuego de las cosas eternas
entra en mi corazón cada mañana.
Y mi alma entra de hinojos en las cosas.
ESQUELA AL GORRIÓN DOMÉSTICO
Para la bella novia de mi mejor amigo,
sinceramente.
Hermano mínimo, idolillo de musgo,
tú que viajas con muletas de alambre
y una flor de alfalfa en la solapa.
¿En dónde oí tus pasos de violeta seca,
tu suspiro que tiene cabeza de alfiler,
tu voz liviana y pura de grano de maíz?
Fotógrafo ambulante de los patios urbanos,
yo te envío un saludo
de liquen, de centeno, de albahaca,
un grano de mostaza y una gota de vino.
Te esperaré mañana en la azotea.
Procura ser puntual. Conversaremos
del premio de fin de año de los tréboles,
de la dalia que florece en el as de oros
y de la orografía del tejado.
Después, no sé...
Y cuando esté ya muerto, baja a verme.
Picotea en mi lengua sin cuidado.
Encontrarás en ella las palabras
de amor que ahora se me escapan
y las letras de un nombre amado: Laura.
|