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banda  hispânica

césar dávila andrade

 

 

PRIMEROS POEMAS

 

LA VIDA ES VAPOR

 

Para Brumel, Hélice de armonioso ciclón

de la poesía Vanguardista en el Ecuador.

 

Se despedazan las guitarras de los Huracanes,

                  como pleamares de Oro...

                  La vída es vapor. Se ha hecho el vacío

en mi cerebro. La noche gotea rotundamente

en las antenas de los cirios apagados...

                 Mi corazón es el as de oros

                 en el vértice de la Torre Eiffel.

 

Los espejos desvisten a la noche en los Palacios viejos.

                  Me persiguen los péndulos desorientados,

a flor de insomnio. He perdido la noción

de los Puntos Cardinales. Una bandada de pianos negros

me está devorando los pulmones...

 

Oigo cantar a las pirámides, unas canciones góticas...

                   Me estoy ahogando en un cacharro ilógico.

                El universo se ha vuelto loco... En el Bosque

de los insomnios, soy una hélice desorientada...

 

[Poema publicado en EL MERCURIO, el 15 de Julio de 1934, en la sección  “Los que se inician”]

 

ELOGIO DE LA GRACIA ILUMINADA

 

Para la Srta. Rosita Vega y Vega

 

Cuando vagamos en las hondas criptas,

en la imprecisa antípoda del sueño;

con purpúreo sonido de espejos encendidos

aparece Ella, en la impaciente libertad de la pupila.

 

                Viene de un mundo de blancas columnatas

                y paralelogramos de alabastro

                labrados con los bloques de la luna.

               Se yergue en el fino aire celeste

               que mece las semillas,

               y llega en una clara  fluencia de libélula;

               en una suave brisa de ruedas vegetales,

               flotando en la descalza porcelana del  pie.

 

Juventud inasible de la brisa,

ápice iluminado,

incorpórea espiga cristalina;

mínima estrella sobre una vara de agua.

Tallo de luna y vidrio florecido,

leve espuma de lirio.

Yema de nácar sensitivo,

llama turgente de flores encendidas!

 

                 Liquida luz de música en movimiento,

                 ala huidiza, en evasión perenne.

                 Perfil de nube que bajo el sol, asciende;

                 ánfora iluminada por incoloro fuego;

                 matinal epidermis del acuario...

 

En la voluble orla de su falda.

reviven los diagramas del zodíaco;

 y se encienden los ágiles fosfatos

que aprisiona la tierra.

 Deja en su breve huella un vago impulso

de alondras refrenadas en el vuelo,

y el tenue tornasol que el pez agita

al morir en la arena.

         

Hombros de leve nube, perfumados;

          piel de color arcangélico.

          Diadema de panojas del verano

          en sus cabellos de ligero incienso

          que son como el temblor  reminiscente

          de los más puros vinos castellanos,

          en el nudo de  miel de su peinado.

          Diadema y danza de la luz dorada

          sobre el cristal  ileso de sus sienes...

 

Tiene la grácil inquietud de las gramíneas

heridas por el viento de septiembre

sobre el bisel de las llanuras.

Sus dedos tintinean en un viento de plata;

y, una nupcial canción de oro tenue

se alza en sus manos de certeras flechas.

La translúcida sal de su sonrisa

inaugura en celdillas:

la claridad de los diamantes

y el ámbar de las mandarinas...

 

            El brocado de mieses del estío 

            te dará una brizna de oro cristalino;

            el pedernal oscuro: un grano sensitivo;

            el plenilunio: una ánfóra de vidrio

            y el tímpano del aire, su apasionado trino!

 

[Cuenca, 30 de Marzo dé 1943.]

 

PENETRACIÓN EN EL ESPEJO I

 

País de ausentes habitantes

y océanos tranquilos.

Quién pudiera llenarte de peces y medusas

y caracolas marinas.

 

Qué vientos pulen

tus duros terciopelos,

tus praderas durísimas y heladas!

 

Al través de tu auras,

cabalgatas discurren sin sonido,

entre cielos de vidrio,

nubes de avispas de diamante

y alfileres heridos…

 

Qué vacías están tus perspectivas,

Oh! gelidez de lirios invisibles;

estrellas de agua,

náyades dormidas

y asteroides de luz endurecida!

 

Arcángeles desnudos

revuelan en tus ámbitos;

y mujeres de nieve,

en tu escarcha resbalan

sobre los finos muslos.

 

Qué gozosos delfines

galopan en tus aguas inflexibles,

entre ondulantes sables

y lámparas de frío.

 

Oh! Ciudad sin murallas,

sin viviendas, sin cielo.

Panorama vacío,

fiel abismo intangible!

Quien pudiera encerrarte

claro ámbito frío,

entre márgenes férreas,

y cegar tu vacío

 

[Abril 21. 1943. Se publicó el domingo 2 de mayo del mismo año, en El Mercurio de Cuenca.

Años después apareció una variante, que consta en este libro como Penetración en el espejo III.]

 

COMUNIÓN CON LA TIERRA

 

Hoy quiero descender a tus entrañas

de sal y fuego, de esmeralda y cieno.

Abre tus catacumbas de carbono,

tus cavidades íntimas de greda.

Abrazaré una cruz de avispas fúlgidas

para ingresar despierto en tus cavernas.

Bajaré aferrado a esos bosques

que amasas con la sangre del ganado

y digieres con tierra de montaña.

Bajaré con el agua inmensa y pura

que cae en tus abismos más oscuros,

con sus potros que arrastran la carroza de la luna.

Bajaré con los ánades en éxtasis

que caen tras la puerta del ocaso

y con los grandes monstruos que descienden,

en embriaguez de vino coagulado,

al mosto de hojarasca del invierno.

Iré con un cuchillo de desollar endriagos;

con un libro sellado como dos muslos juntos

y una limpia panoplia de martillos, de hoces y pinceles.

Bajaré por tus bronquios de candela

con un ancho paisaje de elefantes,

y una ala como halcón sobre mi brazo.

Bajaré por las firmes graderías

De los antiguos sismos, hoy tranquilos,

y de los cataclismos llenos de hombres,

desangradas colmenas y clarines.

Hacia la edad mayor del diplodocus,

que dulcemente acunas en tu seno;

hacia el molusco blando, sin historia,

que sentiste una noche, estremecida,

agitarse en tu vientre, como un niño.

Y entre la inmensa turbonada pétrea,

La inicial de tu amor y de tu nombre,

Hallaré escrita con perfil de arena.

Encontraré la altura del diluvio

flotando en el color de la zafiros;

y veré el primer hombre dibujarse

como huella de Dios sobre tu limo.

Veré la gran llanura donde el viento del Génesis

lanzó su vaho azul sobre los tréboles

y esas aguas cubiertas de himen mudo

en que arrojó su tiburón de semen.

Veré a Eva, tu durmiente augusta,

blanquísima de leche de las corzas,

con flores de manzano en las caderas.

A tus patriarcas, dormidos en sus tiendas,

extendidas las barbas de caracol e incienso

sobre almohadas de mieses.

Sus cayados, cual grandes picaportes,

entre el cielo y la piedra.

Sus cien hijas desnudas,

entre ondulantes cítaras y torsos

junto a machos cabríos y becerros de oro.

Veré las nítidas monedas olvidadas,

donde los reyes y las reinas duermen

divididos de rostro y de postura

y enclavados sobre sus propias sienes.

Bajaré a sorber tu aliento eterno,

tu gran respiración arborescente

por tu aorta verde, fresca de heno.

Y bajaré tan hondo, en tus entrañas,

que  me sientas presente –con labios y con brazos-

aun dentro de tu sueño más profundo.

Cierra entre mis manos

las flores y las llaves de tus manos.

Abre dentro mi boca

la callada canción que hay en tu boca.

Quiero la eterna aurora

que gira sin cesar en tu cintura,

bajo la luz del sol que te hace diurna.

Quiero estar en tus rocas y en tus nieves;

en tu dulce metal cicatrizado.

Quiero ver tu pezón de estalactitas

del que maman gacelas congeladas

y potras de escorzo de alabastro.

Quiero  ver como duermen las florestas

que cayeron de bruces  dentro la hulla.

Mirar tu clara ingle de campana

y tus descalzos pies, ver por la planta.

 

Estar con esos gnomos silenciosos,

que te besan de noche los tobillos.

Con tus bisontes de perfil grabados;

tus liebres que semejan

un volatín de algodón caliente.

Con tus renos delgados de distancia

que oponen laureles a la niebla.

 

Quiero ser a tu mar  unificado;

a tu ciclo de dátiles e higueras;

a tu lento molino de sepulcros;

a tu ancho pan de islas dividido;

a tu íntima saliva de ostras y arrecifes;

a tu axila  de astros circuncisos,

desmenuzado en siglos…

 

Lábrame un ataúd de roca obscura,

hecho en la viril forma de una cruz.

Quiero sentir tu dulce y tenue musgo

sobre mis anchos maxilares mudos,

como un gran beso lento y puro.

 

[Publicado en “Antología de la última generación poética ecuatoriana”,  suplemento de la revista “Oasis”, Centro Cultural Árabe, selección y notas de Ricardo Ariel (Jorge Enrique Adoum), s/f, e incluido por Rodrigo Pesántez Rodas en Del Vanguardismo hasta el 50, Guayaquil, 1999, sin editorial, pp. 121-124. El autor presume que puede ser de 1943 o 1944)]

 

CANTO A GUAYAQUIL

 

¿Dónde encontrar tu canto, ciudad nombrada en agua;

ciudad estatuida en planicie solar?

¡ Dónde encontrar el canto veraz de tu sustancia!

Sin manos apagadas,

sin valladar de lágrimas,

sin desgarrado tímpano,

sin voz de soledad...

 

Mi lengua te ha buscado en una sangre de atlas;

mi oído, su escalera, subió, de caracol.

Mis manos están verdes de buscarte en la selva

y mis ojos regresan descalzos de las aguas.

Pero, no te encontré en la pálida sangre de los libros;

ni en el frágil sonido de la letra;

ni en geografía de papel ausente;

ni en luz de limitado aceite.

 

Estás donde estás.

En tu presencia material y pura;

en tu escala de esencia evaporada;

en la sal interior de tus cadáveres;

en la estatura de aire de tu campo;

en el ángel que agrupa tus estrellas;

en tu invierno de astro sumergido;

en tu verano de rocío en llamas.

 

No quiero ver tus mieses derrotadas en pastas ni papel;

no tu cedro en el pliego bermejo del pan,

ni en longitudes de quietud dorada,

ni en venas transparentes, su savia amortajada...

Yo no quiero cantar tu vida inmensa

reflejada en mortal fotografía.

No quiero ver tus soles en los naipes;

ni tu sabana en tomos divididos,

ni tus potros en campo de linterna.

Yo voy a tu alma, anterior a los ángeles,

 voy a tus minerales agrupados

en abundancia y soledad de hombres.

Al alma de tus dioses en la carne,

a tu vida de fuego, de labranza,

y de rueda extendida y demostrada.

 

Encontraré así la unión de tu dispersa arena

en los aros nupciales de tus aguas,

unánime, en una gota,

sus radios de silencio cristalino...

Veré tus ostras vivas como un beso,

sorber tu aroma con calcáreos labios,

y, dulcemente, con las manos juntas,

tomar una ligera copa...

Y la constitución desvanecida de la luz,

dividida en la espuma;

parcelación de claridades trémulas

impresas en el viento y en la nube.

 

Ah, tus verdes mañanas desplegadas

y su miel alargada en terso dardo.

Tu alba creciendo tras de los manglares

su muralla de vino,

sus farallones de turquí entreabierto.

Y tus niños que escarban en el fango

un divino crustáceo...

Tu playa de rodillas

que hunde un verde venablo en la corriente

y una taza de sal despetalada.

 

Oh, tu arrebato arqueado de gaviotas.

Tu soledad inmensa, cóncava de aves marinas

 y de ecos desangrados en todas las atmósferas.

Tus ámbitos despiertos a todas las llegadas;

a todas las ausencias asombradas

de violenta hondura.

Y a todos los adioses trémulos de palomas y ánades,

y al furtivo adiós de la niña evadida...

 

Ah, tu luz escarpada en el solsticio puro,

ardiendo de bencinas encantadas,

delirantes en turbinas

que sorben la alta mar de las distancias...

Cómo amo esas tus puertas reservadas

a la libre huida hacia plateados astros,

que presiente tu eléctrica e irisada

movilidad de golondrina errátil ...

 

¡Oh, tus regatas de perfil de nube

amada y perseguida!

Diana de vientre esquivo;

ansiedad de la espuma reventada.

Sus temblorosas cintas de sal blanca y uvas.

Sus jabalinas y desnudos brazos,

constelados de algas y burbujas.

Su batalla de olas y lebreles.

Su cuerpo acariciado y ágil,

devorado en blancura por el aire...

 

Tu tierra distribuida entre el agua y los cielos.

Tu azul constitutivo, en desplegado leudo.

Tus salinas de flor evaporada,

en lúcida tormenta.

Su arcángel giratorio

y su cristal que asciende por las lámparas.

 

Cómo animas las verdes yugulares del petróleo

y libras de él una ave migratoria.

Cómo abres en los hombres y, en la tierra

la inmensurable aspiración del cielo...

 

II

 

Tú, les diste en la hora exacta una linterna,

una corona eléctrica de pólvora,

y una espada de fuego huracanado

para que te quitaran las cadenas...

Llegaron con el alba, a los viejos cuarteles

y encontraron que el día,

asomaba como un laurel delgado

en el oscuro cuello de los nudosos rifles...

 

Pasaron muchos años, y fuiste traicionada;

y tus hijos murieron en tu entraña...

Qué día aquel abierto por los sables

bajo la luz del sol, sobre las calles.

Nunca hubo tanto  luto en la azucena,

nunca tanta agonía...

Ciegos caballos entraron en tu plaza;

ciegos soldados, tu escalera de algas

subieron espoleados por la furia.

Y tus hijos bajaron a tus aguas

cubiertos de flotantes cruces claras...

 

Fueron matados en la brisa.

Fueron matados en el agua.

Doble muerte de aliento y de figura.

Cayeron por tener entre sus ojos

fijo el color del pan que aman los niños;

del pan sagrado y trágico

que extiende y adelgaza la línea de tus muelles...

Tu dorada e ingrávida madera

se extendió en cruz para velar su sueño.

Pero ellos juraron erguirse. Y se irguieron.

Tus aguas despertaron su memoria.

Y volvieron.

Ascendieron en mayo, en la marea...

(Ahora sé que en tu más densa noche,

se gesta siempre

una delicadísima aurora de naranja...)

 

III

 

Fue esta vez en la hora del hierro vertebrado,

de los plexos del radium en las rocas

y de la rosa de la guerra abierta.

En esta hora máxima y enhiesta,

surcada de celestes capitanes

y de rubios grumetes submarinos...

Despertaste tus más viejos soldados

en edad de muchachos,

para que defendieran tu futuro

con valladar morado de metralla.

¡Qué lección, la lección de tus fusiles

impresa en rojo, con perfil humano...!

 

Te nacieron de pronto capitanes:

en los oscuros muelles,

en la quieta raíz de los portales,

en los barrios de polvorienta caña.

El pan delgado de cizaña y odio

no había logrado desteñir su sangre,

ni borrar su memoria enlaurelada...

Subieron a las calles, con finos pies de agua,

desde los escalones líquidos de la marea.

Fueron dejando en las esquinas

un aire tornasol de escalofrío...

hasta ponerse a tiro de la bestia amarilla...

 

Ella quebró en las calles

bombas de bilis y humo envenenado.

Ella vistió de subitáneo luto

la traslúcida playa del azúcar;

y el cándido plumaje del arroz...

Ella, el alado trigo rubio

lanzó sobre extranjeros pedregales...

y tierras de himen verde, tembloroso,

dio a la impotencia parda...

Ella quebró la fe entre los hermanos;

y puso un enemigo y un espía

en talleres y casas...

 

Y, ahora, iba a morir...

En la noche de mayo, con estrellas.

Con la azul irisación de los fusiles.

Bajo el sol plano y cárdeno

que extiende la metralla.

Entre los iracundos nísperos

que rompen las granadas...

 

Y allí cayó, en su propia pus, vencida.

Y extendió en las plazas de la noche

mil polainas de negra tinta china,

mil cascadas de cerumen amarillo...

Cayó con el sonido hueco de sus títulos;

cayó con el sonido hueco de sus armas;

cayó con el sonido hueco de su fama...

Le cortaste la marcha, Capitana.

Le cortaste el aliento, Capitana.

Le cortaste la historia, Capitana.

En una noche y un día de mayo...

Nadie fue a socorrerla: sólo el fuego.

Nadie fue a recogerla; sólo el fuego.

Sólo el fuego que ella encendiera.

Ese fuego que es hoy la advertencia

para aquellos que amaron en silencio

esa gestión de meretriz y bestia.. .

 

IV

 

Por tu escudo estelar de astro presente,

que gira en el ruedo del zodíaco;

por tus soldados, jóvenes de sangre,

y tus guerrilleros de goma repentina...

Por tus niñas de miel evaporada

en el aire de hélices del estío.

Por tus mujeres de morena sidra

y música de azúcar sonrosada.

Por tu tierra de rojo revestida

y soles dehiscentes...

Por tu aroma de colmena abierta;

tu ola de vino y tu llama articulada.

Por tu ardorosa floración de avispas;

tus dulces rótulas de ciruelo joven

y tus sortijas de langostinos trémulos...

 

Por tus madres de oscura cruz llagada,

que extienden una copa de ceniza

hacia la leche irreal de los veleros...

Por tus mil niños de oro macilento

que escarban un mendrugo entre sus sueños...

 Por tus atormentados hombres de trabajo

que giran en las ruedas, con su sangre,

en la tiniebla ardiente de los sótanos.

Por tu luto de amargas violetas

y por tu aurora de gaviota ilesa...

Por tu alma en éxtasis de estrella fecundada.

Por la sal de tu sangre entre los ángeles,

blanquísima de amor y de futuro,

este canto, mi canto apasionado.

Esta canción es tuya, Capitana...

 

CIUDAD A OSCURAS

 

Venid a ver esta ciudad a oscuras

y sus tremendas bestias verticales.

Es primavera: en todos los jardines

brotan las dalias y las carabinas.

La gente pasa hiriendo el horizonte:

tienen dos huecos de alma en la mirada.

Qué delicioso, en cambio, para el ciego

ver cómo crece un ídolo en las flautas.

Venid a ver esta ciudad a oscuras.

Aquí, las puertas tienen toses de hombre

y los sillones síntomas venéreos,

garras los guantes, los sombreros, cuernos.

Aquí, los serafines numerados

y su débil coraza murmurada

por mulas, por abejas y por lirios.

Aquí los forasteros: los labriegos de ayer

con sus dientes más pálidos,

oyendo en las esquinas esa música

rasgada por caballos y eucaliptos.

Aquí, aquí están los cocheros

esperando hace siglos su ventana andariega,

una tierna palmada mensajera

o un abate que les dé camino.

Aquí los mansos sastres

hechos de dos centurias y dos nalgas,

cepillando magnolias amarillas

nacidas en la sala de un espejo.

Aquí estos señores boticarios

y su Ángel de la Guarda de aspirina.

Bajo ellos, para siempre sus riñones,

sus infinitas botas de resorte,

sus nombres viudos por una receta.

Aquí estas posadas. Aquí estas posadas, he gritado.

Ropa nocturna. Risas de Soldados.

Cadenas de rodillas y de párpados.

Colinas de colchones, de senos y de espaldas.

Mozos de escoba rota y sopa ahorcada.

Rumor veloz y negro de letrinas,

con solitarias bestias en cuclillas.

¡Aquí, estas posadas, para siempre!

Las verduleras con su lejanía,

con flores de agua verde, lenta y triste

y con sus pobres senos llenos de hijos.

Aquí los usureros. Los pálidos amigos usureros.

Sin padres. Sin amigos. Sin familia.

Sin dinero, sin cielo ni alegría.

Sin sueño, sin calor y sin vestidos.

Canónigos de elipse concentrada. Herrumbre solitaria.

A dos pasos del cojo, su camino.

A dos manos del ciego, cien bastones de Obispo.

Generales de ubre enmedallada.

Personajes de esquina, desesperados por delicadeza

y por agridulce desesperación.

Policías perseguidos por cien ángulos

y devorados por vacíos iguales.

Aquí van los carteros cotidianos

con su misión de lágrimas lejanas

y de oboes que alumbran los desvanes.

Aquí están los herreros

poblando de caballos el sonido,

labrando ciervos de oro en las ventanas

y bandejas de cuernos en la luna.

Ay, se alimentan de sopas oscuras

hechas de cinturones y de anillos.

Aquí los apacibles tranviarios,

borrachos de millones de ventanas,

e inmóviles como un río atado al cielo.

Aquí, en la tierra, los sepultureros,

amigos nutritivos de la hierba,

pobladores de un mundo misterioso

en el que el cielo es sólo un hoyo eterno.

Aquí los cementerios, siempre occidentales.

Aquí, muriéndose este nombre mío

y yo, detrás, ya muerto y en tinieblas.

 

CANCIÓN PARA UNA MUCHACHA DE OJOS VERDES

 

Mujer de ojos verdes, como el recuerdo dulce de la vida campestre.

Arbolillos de leche tiemblan en tu retina

Junto a islas de verde sustancia evaporada.

 

El más pálido aire, reverdece a tu paso;

Como un libro de alfombras y nardos deshojados;

Como un ángel desnudo en un claro del bosque;

Como el color muriente que atraviesan los nómades...

 

Tú, en las manos que imploran, al caer, con los náufragos;

En las alas que arrastran los sauces caminantes;

En el sulfato ileso del océano amargo;

En la albúmina tierna que roen las cigarras;

En el ramo erizado que abrazan las novicias

Muriendo, como lirios, en soledad de sexo...

 

Tú en el agua viajera, redonda como el mundo.

En el éxtasis breve de la hierba naciente.

 

Suavidad en la escala más tierna del domingo.

Ligera como un ala de menta en las falanges.

Ligera como el hoyo de un nido en los manzanos.

 

Vaporosa nodriza de una cuna de tréboles.

Ala de margarita que retoñan las hadas...

 

Tu mirada es la infancia del color de la tierra.

El camino de azúcar que abre la primavera

Con una cuadrilla exacta de golondrinas ágiles

En la clara materia que alimenta los campos...

 

[Diciembre de 1944]

 

CONSTITUCIÓN DEL AGUA

 

Ven, mínima presencia sucesiva,

amoldamiento puro y asexuado.

Ya en la verde capucha de las ranas

o en deslizamiento azul de peces,

con zapatillas de húmeda bacteria.

 

Dulzura digital en claro tacto,

huyendo un paladar inverosímil;

en lámina sensible sin sustancia,

desunida y unión desvanecida.

 

Circulación sagrada de la nube,

abertura preciosa en piel de muslo.

En blanco moho subes la escultura,

derramamiento de cristal desnudo.

 

Gaseosa lentitud de serafines,

alzas tu verde copa fugitiva.

Blanco caballo en soledad de espuma.

Lente que busca el fondo de los muros.

 

¡Oh! secreto contacto de la lengua

herida por tu pálido alimento.

Sandalia de sulfato cristalino

sobre el metal en óxido dormida

con tu débil sortija penetrante.

 

[Mayo 18 de 1945]

 

CANCIÓN A TERESITA

 

Apasionadamente

 

Pálida Teresita del Infante Jesús,

quién pudiera encontrarte en el trunco paisaje de las estalactitas,

o en esa nube que baja, de tarde, a los dinteles,

entre manzanas blancas, en una esfera azul.

Caperucita parda,

quién pudiera mirarte las palmas de las manos,

la raíz de la voz.

Y hallar sobre tus sienes mínimos crucifijos,

 bajando en la corriente de alguna vena azul.

                       Colegiala descalza,

                       aceite del silencio,

                       violeta de la luz.

 

Cómo siento en la noche tu frente de muchacha,

encristalada en luna bajar hasta mi sien.

Cómo escucho el silencio de tu paseo en niebla,

bajando la escalera de notas del laúd.

 

Cuando amanece enero, con su frío de nácar,

sé que tu pecho quema su materia estelar;

y que la doble nube de tus desnudos hombros

se ampara en la esquina delgada de la cruz.

Cómo escucho en la noche de caídos termómetros,

volar, rotas las alas, el ave de tu tos;

y llorar en las islas de una desierta estrella

a jóvenes arcángeles enfermos como tú.

 

Teresita:

esa hierba menuda que viene de puntillas

desde el cielo a las torres;

ese borde de guzla que nace en los tejados;

esa noción de beso que comienza en los párpados;

la trémula angostura del abrazo en los senos;

todo lo que aún no irisa la sal de los sentidos

y es sólo aurora de agua y antecede a la gota,

y tiene únicamente matriz en lo invisible;

lo mínimo del límite, lo que aún no hace línea,

eres tú, Teresita, castidad del espectro.

La comunión primera de la carne y el cielo.

 

Cuando el olvido orea su balanza de nidos,

cuando el agua humedece la niñez del oxígeno,

cuando la tiza entreabre en las manos del joven

la blancura de un lirio que expiró en la botánica,

allí estás tú, Teresita, víspera del rocío,

en la hornacina pura de un nevado corpiño,

con tu fantasma tenue, concebido en la línea

ligera y sensitiva en que nacen las sílfides.

                     Suave, sombra, celeste,

                     soledad silenciosa.

 

¿Quién te entreabrió ese hoyo de dalia en la sonrisa?

¿Quién te vistió de clara canela carmelita

como a una mariposa?

¿Quién colocó en tus plantas

los descalzos patines de celuloide y ámbar?

¿Quién te ungió las manos de divina tardanza

para que no pudieras

jamás herir las cosas?

                     Tenue, tímida, tibia,

                      translúcida, turgente.

 

Por tu amor, la madera se vuelve una sortija

y la niebla, sonata al pasar por los álamos.

Por tu amor, en el éter se conservan los trinos,

las plegarlas se tornan cascabeles azules

y la espiga, una trenza del color de los cálices.

                      Delgada, dulce, débil,

                      divina, delicada.

 

Tu doncellez intacta crea nardos ilesos

sobre ese fino valle del aire en los cristales,

cuando sólo es un trémulo sonido que no alcanza

a esbozar en el tímpano el espectro del canto.

Novia que viajas sola

en un velero de hostias.

Enamorada pura en la edad de la garza.

                  Niña, nupcial, nerviosa,

                  nívea, naciente, núbil.

 

Cómo veo tus manos pasar por los bordados

y abrir una acuarela de anclas y corazones;

tus ojos que conocen esos duendes de cera

que andan con las abejas al pie de los altares.

Cómo siento tus trenzas ocultas en una gruta,

donde se agrupa el oro bajo un toldo de lino.

                   Ideal, ilusa, íntima,

                   irreal, iluminada.

 

¿Quién podrá olvidar tu nombre, Teresita?

¿Tu nombre que comienza en una noche de estrellas

y ha cambiado el sentido de la lluvia y las rosas?

Lo pronuncian los niños al llamar a las aves,

o al decir que las cosas les nacen en los ojos.

Las bellas colegialas que recogen en coro

una llovizna azul en el hoyo de las faldas.

Las novicias que cantan entre muros de nieve

y crucifijos pálidos.

Los monjes que hicieron de su sangre una nube

para guardar los campos con escuadrillas de ángeles.

 

Por tu finura de ángel con alas de violeta

y tu ternura inmensa que, a veces, se hace pena,

un Amor Infinito escribió en el cielo

 la inicial de tu nombre con un grupo de estrellas.

 

[1945]

 

ODA AL ARQUITECTO

 

Oh antiguo Arquitecto de las gaseosas manos,

los candelabros alzan su lengua hasta tu nombre

y mi alma adelgazada te besa entre las cosas.

 

Tú, en la callada tierra de azafrán de los muertos

y en la ligera mesa en que huye el alfarero

con pie impar y leve.

Tú, en el confín que abrieron las blancas jerarquías

para ordenar el vuelo de las primeras aves

al fondo de una época hoy secreta en tus ojos.

Tú, en los arcos profundos de las aguas genésicas

que labraron un tímpano para las caracolas.

Tú, en el espacio eterno, veloz e inamovible,

ausente en la profunda delicia del secreto.

Irreal y perenne. Altísimo e Íntimo.

Arquitecto sagrado, de las gaseosas manos.

 

Por Ti las rosas mueven sus codos de frescura

y las dalias sus rótulas de ácido rocío.

Por ti el árbol reposa en su quicio de roca

y los antiguos mitos, en sus torsos de mármol,

con los ojos lejanos de mineral continuo,

fijos, despetalados, absortos de pretérito.

 

Tú respiras la brisa dorada del cabello,

la tibia arborescencia que lactan las gacelas,

la delgadez fragante de los hilos de hierba

y en la última tarde nos respiras el alma.

Por ti usa la abeja su brújula de rosas

buscando su capilla al través de los árboles.

Por Ti el sur del cielo enrolla sus montañas,

inunda de tristeza el fondo del zafiro

y guarda en una esmeralda el cuerpo de una niña.

Por Ti el corazón sigue golpeando el cielo

y la sangre se tiende sollozando en la tierra.

Oh invisible Arquitecto de las etéreas manos.

 

Tú, en la ciudad antigua rota por mil clarines,

en el carmín nostálgico de los besos heridos

y en la débil memoria de la nube en el agua.

En el cedro vendado de navíos y fábulas;

en el yodo secreto de los pies de los hongos,

sobre sus cabecitas de tierno pan mojado.

En el estío de oro y torres de amaranto