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Dávila
Andrade, historia y cotidianidad
Jorge Dávila Vázquez
Escritores y realidad social
Empiezo por confesar que soy de los que no creen que la
literatura sea capaz de cambiar el mundo. Pienso que la religión,
la filosofía, la sociología, contribuyen y han contribuido a que
se den cambios radicales en la historia, no así las letras, que
son fundamentalmente motivadoras, pero no incitadoras a la
acción.
Incluso el panfleto tiene sus limites, y si en él predomina lo
inmediatista, pierde la calidad propiamente literaria.
De hecho existen ciertos textos literarios que,
excepcionalmente, han tenido un carácter de incitación, por
ejemplo La Madre de Gorky y Esperando al zurdo de
Odets. En el primer caso, lo importante era la actitud general
de un hombre consagrado a la lucha revolucionaria; su panfleto
magnífico en nada aporta al rol histórico del autor en la
Revolución de octubre, más bien, según los críticos, ocupa un
lugar muy secundario en el contexto de la obra del creador.
En el segundo, el cartel estupendo, que convoca a la huelga y
que canta la fuerza del trabajador americano con acentos
indudablemente socialistas, cae como una gota de agua en el
desierto. Peor aún si se piensa en que Odets se plegó luego a la
ideología del sistema de modo incondicional.
Así pues, dos ejemplos entre miles, para mostrar que más que la
obra, cuenta la vida, y que la literatura no juega un papel
protagónico en la historia de los cambios sociales.
Pero lo indiscutible es que en el Ecuador, y en América Latina,
el escritor mantiene un compromiso, ya sea de carácter humano,
ya directamente político, en todo caso, histórico, con la
realidad en medio de la cual vive inmerso.
En ciertos casos, ese comprometerse con la historia, con la
necesidad de cambio, lanza incluso al artista a la lucha, a la
militancia.
Una militancia que puede ser como la de Mera, que en su
época siente que sus convicciones de joven conservador,
idealista y lleno de buenas intenciones, deben ser defendidas a
cualquier precio, en una actitud vital que corre parejas con su
rol de escritor; como la de Montalvo, en el otro extremo
de lo ideológico, que piensa que toda tiranía, toda ignorancia,
todo abuso del poder han de ser combatidos, y que empuña su obra
como un estandarte de lucha frontal contra Gabriel García Moreno
o Ignacio de Veintemilla. Ilustrado y fanático de la
Ilustración, se convierte en el látigo del déspota ilustrado,
llegando a proclamar ingenuamente que su pluma le había matado.
Liberal por formación y por convicción, combatirá al
dictadorzuelo liberal con una fiereza cuya mejor muestra son sus
célebres Catilinarias, en las que acusa de todo al
tirano, aun de incesto, y ridiculiza hasta la caricatura extrema
y sangrienta a sus colaboradores. Y ese es, precisamente, digan
lo que digan sus admiradores incondicionales, el mejor y más
valeroso Montalvo, como también el más fresco, vivo y directo,
en oposición a otros Montalvos, que son estirados, retóricos y
secos; en especial cuando presume de moralista y de pedagogo.
Luis A. Martínez es también liberal, pero de una época en que el
liberalismo había dejado el golpe de estado o el combate
libresco para tomar las armas e irse tras Eloy Alfaro. En su
novela única, A la costa, testimonio personal,
naturalista y político, de una vivacidad y una fuerza nunca
disminuidas, Martínez fustiga a la vieja aristocracia criolla y
exalta a la burguesía joven y pujante. Los malos representantes
de la religión, que la utilizan como instrumento de dominio,
reciben la crítica mordaz, la airada reprimenda -incluso diría
la paliza- de un hombre fervoroso, que sin dejar de lado su
pensamiento abiertamente liberal, es capaz de construir una obra
artística perdurable.
La llamada generación del treinta es, con todo, la que revela de
mejor manera el compromiso histórico y social que une al artista
y a su medio en el ámbito de la literatura ecuatoriana.
El grupo de Guayaquil - De la Cuadra, Gallegos Lara, Aguilera
Malta, Gil Gilbert, Pareja Diezcanseco-, por un lado, por otro
Palacio, Icaza, Angel F. Rojas, representantes de la sierra en
el período, y luego sus inmediatos epígonos, los escritores de
la transición: Pedro Vera, Alejandro Carrión, Dávila Andrade,
Arturo Montesinos y Alfonso Cuesta y Cuesta- en su vida y su
creación, se sienten identificados con corrientes de pensamiento
claramente de izquierda: socialismo y comunismo.
Gallegos, Gil Gilbert y Vera, mantendrán incluso una actitud
vital más frontal, comprometida y hasta militante, lo que en
momentos de endurecimiento reaccionario, les valdrá persecución
y cárcel.
Esto en lo referente a la vida. En lo que a la obra se refiere,
las producciones de todos ellos, salvo las de Palacio, y
parcialmente las de Dávila, Carrión y Montesinos, revelan su
posición ideológica, denunciante de situaciones de explotación;
radical en cuanto a la necesidad de cambio; fervorosa en lo que
tiene que ver con el futuro del hombre liberado. En algunos
casos -Las cruces sobre el agua, Nuestro Pan,
Baldomera, Huasipungo, Los animales puros, y
en menor grado, por atenuación estética, Boletín y elegía de
las mitas- el panfleto roza y hasta contamina la creación
literaria, y la actitud comprometida y beligerante domina el
punto de vista de la obra y transforma el tono de la misma en
discurso de índole socio-política.
Dávila y la historia
La posición de César Dávila Andrade frente a la historia es muy
clara. No disimula sus simpatías por la izquierda y su
compromiso de luchar por un mundo igualitario, armónico y por el
fin de la explotación. Pero él no es, no puede ser un militante,
dado su profundo sentido de libertad, que le impidió a lo largo
de la vida someterse a ninguna disciplina estricta, ya fuera de
partido político, credo religioso o conveniencias sociales
universalmente aceptadas.
Sin embargo, la historia le llena de inquietud desde sus inicios
literarios, y en algún momento va a llegar a apasionarle.
Eventualmente entra en sus creaciones de modo directo (Canto
a Guayaquil, Boletín y Elegía de las mitas),
nutriéndolas, apareciendo como el testimonio de una época y unos
comportamientos.
Pero las satura, sobre todo, como alusión a situaciones
vivenciales compartidas por grandes grupos y fruto de la miseria
generada por una mala distribución de la riqueza y por la
explotación inhumana de unos hombres por otros, de los humildes,
por los poderosos, lo cual es claramente perceptible en la
mayoría de sus cuentos.
Podríamos entonces afirmar que en Dávila, la historia es
principalmente cotidianidad, suma de vivencias de todos los
días, que pasan a la literatura, estetizadas por una lengua que
exorciza los excesos del realismo pero no la dureza de las
situaciones, que se las siente vívidas, palpitantes. Sin
embargo, aquí trataremos, de modo extenso, un poco más adelante,
sobre Boletín y elegía de las mitas, el mejor ejemplo de
presencia de lo histórico en la obra daviliana, no solo como
referente, sino como reclamo, por la supervivencia de problemas
contemporáneos derivados de la injusticia de otro tiempo.
El autor padece, con su particular sensibilidad, a lo largo de
su vida, un intenso dolor social. Piénsese si no, en esas
imágenes desgarradas de su obra en distintos momentos, como
esta, sobre el 15 de noviembre del año 22, en su Canto a
Guayaquil :
Ciegos caballos entraron en tu plaza;/ ciegos soldados, tu
escalera de algas/ subieron espoleados por la furia. /Y tus
hijos bajaron a tus aguas/cubiertos de flotantes cruces
claras...
El drama histórico ha ocurrido cuando el poeta tenía solo cuatro
años de edad, pero él, que se unió tempranamente al partido
socialista ecuatoriano, sentía como una llaga la muerte violenta
de los obreros guayaquileños, por causa de la represión.
¡Hoy nace el sembrador, patria impaciente, /y tú ya lo cosechas
para dentro!
Es el grito que cierra ¡Tú la furiosa y maternal amada!.
El pesar por la explotación de que es objeto el hombre del
pueblo nos es transmitido con claridad en todo este durísimo
poema, y en los dos versos transcritos, todavía más. La nítida
percepción del ser humano condenado a pesadas labores desde su
niñez, caracteriza este dolorido canto de un hombre que sufría
intensamente por quienes eran víctimas de la desigualdad social.
Lejano de Carrera Andrade en el tiempo de su creación, El
Habitante, segundo momento de Catedral Salvaje, se
inicia con unos versos carrerianos de indudables resonancias
sociales:
Cierta vez/ el maíz infinito había sido suyo! /Pero le
desnudaron en la plaza/y le vistieron con profundos látigos!
La idea del despojamiento, que será motivo fundamental de
Boletín y elegía de las mitas, aparece claramente aquí. El
habitante americano, antiguo dueño de la tierra, aquel que en
Juan sin cielo de Carrera decía melancólico “un gran lote de
nubes era mío”, fue el propietario de la siembra y la cosecha,
mas, todo le había sido arrebatado, y solo le quedaron las
lacras del castigo como ropaje.
En más de una ocasión, el recuerdo de las propias miserias
materiales vividas, se viste de literatura, como cuando nos
pinta así la pobreza extrema de uno de sus personajes:
“Alquiló un zaguán de piso rezumante, con un cuartito sórdido en
un flanco…” (La última misa del caballero pobre)
Quienes saben cómo vivió en una época en Quito, hallan esta
visión demasiado cercana a su realidad personal de hombre huido,
como lo ha definido alguien, pero no por ello menos histórico,
menos parte de un momento concreto de la vida de la patria.
Alguna vez se ha dicho también que la historia terrible de
Vinatería del Pacífico, él la contaba como algo vivido,
señalando incluso el lugar en donde se hallaba la bodega en que
iban a curarse los tuberculosos con una inmersión en los toneles
de vino. Y no ha faltado quien quiera ver en las breves memorias
del bachiller Asuero, protagonista de Ahogados en los días
algo de las peripecias dignas de la picaresca que vivían Dávila
y sus amigos en la peor época de su bohemia capitalina. En fin,
creo que en el buscador de Un cuerpo extraño hay como un
reflejo de la incesante búsqueda metafísica del autor. Su
timidez, recuerda la de Dávila y las estrecheces en las que
vive, las suyas propias, pero también las de cualquier hombre de
la clase media de entonces, logrando sobrevivir con el fruto de
su mediocre trabajo, y haciendo discretas economías.
Porque más allá de las notas de posible carácter autobiográfico,
que encontramos en los textos, y que nos ponen de modo directo
en contacto con agudos problemas sociales de entonces, lo
innegable es que muchas veces el drama cotidiano del hombre
contemporáneo de Dávila, especialmente del ecuatoriano, está
pintado con toda precisión en los textos narrativos del período
de transición, y no únicamente en los de nuestro autor, relatos
que oscilaban entre lo realista a la manera del treinta, y la
profundización en el alma de los seres ficcionales y lo lírico,
que introducían la nota nueva en nuestra narrativa. He aquí
otras muestras de ese afán por captar los dramas del medio en la
prosa ficcional de Dávila:
La estrechez económica y física en que viven Diógenes Sánchez y
los suyos abruma al lector del bello y turbador Durante la
extremaunción; la altanería de Antonio, el protagonista de
El elefante, es como una revancha por todo lo sufrido,
que parece quedará atrás cuando recibe su mezquino ascenso
burocrático; el lecho de amor de los desposeídos de Ataúd de
cartón es el montón de serrín en el aserradero. El mal
físico es uno de los muchos modos de sufrir de los seres creados
por Dávila, con enfermedades que son endémicas en el medio, y
que revelan el poco o ningún cuidado que tiene la sociedad por
quienes las padecen. Testigos en carne viva son los seres de
El último remedio, La batalla, Un nudo en la
garganta o Lepra.
Estos y otros personajes davilianos viven en continua lucha con
una miseria ancestral, y son reveladores no solo del sentir del
autor frente a la situación socio-económica dentro de la que se
debatía con enormes dificultades, sino también de su
conocimiento profundo de los diversos medios en los que vivió,
así como de las oscuras gentes que los poblaban.
BOLETIN Y ELEGIA DE LAS MITAS
Pieza con estatura de obra maestra épico-lírica y testimonial,
de lo mejor de nuestra literatura, Boletín... es, sin
lugar a dudas, el mayor de los poemas de Dávila Andrade. Y, como
se inisuó antes, el que revela a cabalidad su interés por la
historia en sus diversas facetas.
Como antecedente de su escritura, consta el conocimiento que el
autor tuvo de Las mitas en la Real Audiencia de Quito, la
impresionante investigación de Aquiles Pérez, libro escrito con
más pasión que arte, pero lleno de documentos sobre aquellas
instituciones del coloniaje que causaron tanto dolor y lágrimas
a nuestros antepasados indios; mas, sería una ingenuidad pensar
que todo ese abundante material histórico recopilado por Pérez
pudo pasar en bruto a la obra poética. En Boletín...
estamos ante un claro caso de proceso artístico, en el que
apenas subsisten -en 286 versos- unos pocos nombres y datos de
un libro de quinientas páginas, lo que no impide que se levante
como un auténtico monumento de la literatura al dolor indio, no
solo del Ecuador sino de América toda.
Así, por ejemplo, la primera enumeración onomástica de
Boletín halló algunos de sus elementos en la pg.71 del
libro: Blas Llaguarcos, Bernabé Ladñu (sic), José Atampán,
Andrés Chabla, Isidro Gualanlema, Sebastián Caxicondor, Marcos
Lema. Algunos pasan igual, otros se modifican, como el primero
de la lista poética que se vuelve Juan Atampam, el Gualanlema se
torna en Guamancela y el Ladñu en Ladña, añadiéndose a ellos dos
nombres europeos con sus apellidos indígenas: Pablo Pumacuri y
Gaspar Tomaico.
En Pérez no es más que una nómina de indios "vagamundos", no
sometidos a cacique, y a los que se habrá de exigir tributo, en
mitas de servicio personal de distinto orden.
En Dávila es el catálogo inicial, vibrante, onomatopeicamente
construido, de una obra en la que todo el horror de la
explotación de los "mitayos" -indígenas sometidos a la varia y
monstruosa explotación de las mitas-, va transformándose por
obra del verbo del poeta en algo conmovedor, inolvidable.
En las páginas 117 y 217 de Pérez hallamos nombres de
acaparadores de tierras y encomenderos, respectivamente: Rodrigo
Núñez de Bonilla, Pedro Martín Montanero -en la primera-, y en
la segunda Sancho de la Carrera hijo, Diego de Sandoval,
nuevamente Montanero y Núñez de Bonilla, Muño (sic) de
Valderrama y Alonso de Bastidas.
En la sección XXII del Boletín..., Valderrama se vuelve
Nuño (v.236) y es parte de aquello a lo que el narrador
colectivo indio dice "Adiós... Rinimi", despidiéndose alborozado
en español y quichua.
En los versos que siguen 238-241 los otros nombres aparecen en
imprecaciones cargadas de rencor:
“A ti, Rodrigo Núñez de Bonilla./
Pedro Martín Monatero, Alonso de Bastidas, Sancho de la Carrera,
hijo. Diego Sandoval./ Mi odio. Mi justicia.”
En las páginas 212-213 de Pérez se habla de Rodrigo de Arcos:
"famoso tipo de aventurero en aquello de buscar minas, en su
predisposición para empujar masas de indios hacia las fosas
mineras, en su ágil ingenio para ensayar métodos e instrumentos
de explotación; en su pertinaz codicia para no saciarse con
ningún producto ni rendimiento."
En los versos 242-254, sección XXIII, Dávila centra la
imprecación en este "diablo del oro. / Chupador de sangre y
lágrimas del indio."
Los nombres de lugares, por supuesto, están tomados de
diferentes páginas del libro de Pérez. Como ocurre con los de
personas, a veces el autor los modifica, por razones de
sonoridad.
Boletín y elegía de las mitas
es el punto más alto de la producción de madurez del autor. A
sus cuarenta años, Dávila es dueño de un oficio literario
notable; todo futuro adentrarse en los dominios de lo hermético,
será absolutamente deliberado. Poco antes había desplegado su
genialidad de constructor de universos poéticos en el onírico
Arco de instantes, texto lleno de aciertos, con seguridad
voluntariamente oscuro, anuncio innegable de la etapa hermética;
y, ocho años atrás, en la desmesurada Catedral Salvaje,
que por su gigantismo no alcanzó a ser un auténtico logro. Pero
ese vastísimo poema significó varias cosas, que es preciso tener
en cuenta al hablar de Boletín.
En primer lugar, le puso en contacto con la realidad telúrica
dentro de la cual el autor había vivido hasta entonces como
ciego -hablo de la vida de creación-, deslumbrado por el
universo ficticio generado por su lírica brillante y evasiva.
En segundo, despertó en él interés por el hombre de América -la
parte del poema que se denomina El habitante, desarrolla
esa temática, precisamente, pero el alud metafórico es tal que
el motivo termina por desvanecerse entre la superabundancia de
imágenes y metáforas-; interés que en el poema indigenista va a
alcanzar su punto de desarrollo más trascendente.
Y en tercero, Catedral le permite al poeta desarrollar de
una vez por todas y de modo definitivo toda su capacidad verbal
e imaginista. Nunca más Dávila volverá a intentar una
experiencia con el lenguaje tan completa, experimental y
vanguardista como en ese su canto enorme y un tanto frustrado,
como ya lo anotamos. Ni la exigente realización de Arco de
instantes demandará el esfuerzo creativo de esa obra.
Pero la realización del macropoema fue como un liberarse en ese
terreno; Boletín en cambio, estará, como lo ha señalado
María Rosa Crespo en "una línea de creación léxica y austeridad
verbal que constituye un contraste violento con el lenguaje que
utilizó hasta Catedral Salvaje, lleno de audacias
expresivas y fulgurantes metáforas." (pg. 127)
Por otro lado, si bien el inicio de la vida pública de la obra
está marcado por la actitud provinciana de sus coterráneos, al
negarle el primer premio nacional del Concurso "Ismael Pérez
Pazmiño" de Diario El Universo de Guayaquil, un jurado que
presidía el notable poeta cuencano César Andrade y Cordero, por
sospechar que era de otro autor, que no contaba con sus
simpatías, lo
que se relaciona luego con ella será más bien positivo. Y siCarta
a la madre es el más entrañable y amado de sus poemas
en el contexto del Ecuador, bien podría decir que en ese
primerísimo sitial compite con Boletín, que ha alcanzado,
como ninguna obra poética ecuatoriana unos modos de difusión
excepcionales: el teatro y la música.
Efectivamente, Fabio Pachioni, el notable director italiano que
trabajó intensa y quijotescamente por la construcción de un
teatro ecuatoriano, puso en escena, con un elenco de actores de
primera y con elementos escenográficos de Guayasamín, el poema
de Dávila. La obra se presentó en todo el país con un éxito
notable. Vladimiro Rivas, que mantenía correspondencia con el
poeta le comunicó el triunfo de su texto, he aquí parte de la
respuesta:
"Junto con mi mujer he leído su carta varias veces, y créame,
hemos tenido que refrenar nuestra efusión a duras penas. Ese
poema en el que dormían mis indios (Ud. sabe que les amo) se
despertaba de pronto y volvía a mí a través de sus palabras, y
ellos me hacían signos de entendimiento y se alegraban de que
yo, un día les hubiera entendido la tristeza tremenda y el
coraje que les impide ser borrados..."
Muchos años después, Edgar Palacio compuso una cantata popular
ecuatoriana, a base de Boletín ..., varios momentos de
ella, en especial los que utilizan coros, alcanzan la emoción
del poema base y de su singular escenificación.
Boletin y elegia de las mitas,
como bien sabemos, es un texto en que lo lírico aparece en el
despliegue de emociones y sentimientos colectivos e individuales
en torno al problema de la explotación indígena en el período
colonial; y lo épico en el relato que hace un "narrador
indígena, voz colectiva de una raza" (M. R. Crespo, pg. 157), de
los horrores sufridos por personas o grupos humanos en dicho
proceso, a lo largo de las XXIX partes, que componen este
poético y desgarrado memorial de injurias.
El narrador anónimo y colectivo, un yo que es todos los
indios, se dirige en la obra a dos tú, el uno es
"Pachacámac, Señor del Universo", a quien se queja o por lo
menos se confía; el otro es el viracocha: los conquistadores,
reducidos a una persona única. Este tipo de discurso,
evidentemente narrativo, sí, pero muy vivo y directo, debe haber
tentado a Pachioni para la puesta en escena
Recordemos la carta a Rivas, y la proclamación de amor a los
indios que Dávila realiza en ella. Ese amor se transparenta en
la composición desde dentro, desde la perspectiva indígena, de
esta crónica poética, en estilo entrecortado, pero muy efectivo,
en que la supresión del artículo y las formas
elípticas del habla, incorporadas con toda la frescura de su
cotidianidad, exhiben la impronta del sustrato quichua.
Pero, la lengua de la obra, además de sus tonos familiares,
renuncia conscientemente a ser "correcta", y se contamina
deliberadamente de quichuismos y arcaísmos léxicos
y expresivos.
El poema habla tanto de dramas de masas como individuales,
aunque esos dos niveles tienden a fusionarse con mucha
facilidad, como para demostrarle su error a quien dudase que
cada hombre es todos los hombres y viceversa, idea que
percibimos reiteradamente en Dávila.
La alternancia -que no es mecánica ni perfectamente marcada-
vuelve más vívida la obra, más cercana a la sensibilidad de
quien la lee; pues, a veces las visiones de conjunto suelen ser
frías -aunque este no es el caso-; en cambio el conocimiento de
los dramas menores, desolados, amargos, insertos en la crónica
de esa lacra inhumana que fueron las mitas y obrajes, hace que
se logre una pintura mural de vastas proporciones, llena de
detalles mínimos y conmovedores.
______________________
Pertenecen al drama de masas de modo más claro las estrofas I,
II, VII, VIII, IX, XI, XII, XIII, XXIV; al individual, la III,
que cuenta la castración de Melchor Pumaluisa; la V, que relata
la vuelta del que trabajó en las tierras cálidas (la yunga) y
encuentra el hogar en ruinas; la VI, que parece continúa la
narración anterior y cuenta el infanticidio; la X que nos
presenta al que trabaja en los telares y es un símbolo claro de
Cristo, con su vómito de sangre en Viernes Santo (Cf. el estudio
de Boletín en Crespo, p.125-171); la XIV, abre una
especie de paréntesis, es una plegaria de hondo lirismo, y
aunque es de tono personal, de hecho se inscribe en un contexto
colectivo; la XV que contiene la historia del que aprende a
contar a ritmo de látigo; la XVI, que narra la exposición de
Cristo ante el indio -el narrador individual se colectiviza: "
Me despeñaron... me punzaron...Me trasquilaron... me pringaron"
(vs.149-152)-; la XVII, que evoca a Dulita, la lavadora de
platos-; la XVIII, que relata la muerte de las reses -también
hay colectivización, pero menos perceptible que en el caso
anterior-; la XIX, que refiere lo acontecido con Tomás Quitumbe,
que huyó de la explotación; la XX, que contiene la tragedia de
Susana Pumancay y la XXV, que aunque está narrada en primera
persona, se la siente como la proclama victoriosa de todo el
pueblo indio.
En las restantes, se da sistemáticamente la mezcla de narradores
y dramas individuales y colectivos, comenzando por la IV que se
inicia en primera persona "Y yo,/ con los otros indios..."
(vs.30-31) y va derivando hacia lo plural: "Mientras mujeres
nuestras..." (v.33), continuando con la XXI, que empieza con el
verso "Minero fui..." (205) y luego hace "Dormimos... (v.211),
salimos... "(v.215); la XXII, que relata la salida de la mina
del hermano de Pedro Axitimbay, y contiene la clave de esa
fusión absolutamente necesaria individuo-colectividad:
"Volvíamos. Nunca he vuelto solo". (v.226); la XXIII, que
continúa las imprecaciones líricas iniciadas en la anterior, que
no son las de un hombre solo, sino las de toda una colectividad.
De la XXVI a la XXIX, la mezcla de lo individual y lo colectivo:
"Con los muertos vengo!" (v.267), se transforma en el himno
final de la victoria definitiva de la raza india que vuelve
desde la muerte: "Regreso/ Regresamos! Pachacamac!" (vs.
279-280), culminando en la gran síntesis unitaria final del
verso 286: "Somos! Seremos! Soy!"
_______________________
La calidad poética de Boletín y Elegía de las Mitas está
dada por la fuerza de conjunto del poema, por su vibrante y
apasionado discurso sobre un tema que apasionó a los literatos
ecuatorianos desde la década del treinta en adelante y que en
Dávila adquiere un tratamiento diferente y unas formas
expresivas de inusitados vigor y novedad; pero hay una serie de
mecanismos que lo refuerzan, por ejemplo los modos expresivos
basados en el habla popular, que están entre los mejores
logros del autor. ¡Cuánto calor humano, cuánta vida se desprende
de frases poéticas como estas: "nos trasquilaron hasta el frío
la cabeza", para narrar el ominoso corte de cabello a la fuerza;
"sin paga, sin maíz, sin runa-mora, ya sin hambre de puro no
comer", que contiene en su estructura enumerativa como una queja,
con un secreto aliento de rebeldía; "solo calavera, llorando
granizo viejo", conmovedora visión de dolor y muerte; "con
apenas puñado de maíz para el pulso", que en palabras típicas
del pueblo revela la privación a la que es sometido el obrajero;
"sin Sur, sin Norte, sin choza", reiteración que pone ante los
ojos del lector el despojamiento total, la desorientación última
a la que llega el indio en su dolorosa vía crucis.
La influencia del sustrato quichua provoca la elipsis;
por efecto de esta, se reduce la frase a su expresividad más
concentrada y sustantiva, y la lengua poética se acerca de modo
marcado al castellano del indígena. Expresiones como: "En plaza
de Pomasqui y en rueda de otros naturales...", o "en medio patio
de hacienda, con cuchillo de abrir chachos, cortáronle testes";
"Brazos llevaron al mal. Ojos al llanto..."; "Y cuando en hato,
allá en alturas, moría ya de buitres o de la pura vida"; no solo
que nos ponen ante una lengua que palpita, sino ante una
selección y elaboración literarias sumamentes cuidadosas de los
elementos expresivos, en busca de un espíritu al cual estaba
consagrada esta creación daviliana: el del indio de América.
En fin, arcaísmos como trujeron, texer, comistes, Santa
Bárbola, para el pulso, sanguaza, huevos de ceniza, carmenar,
cera para monumentos, capisayo y otros, ponen como una pátina al
texto, le dan un aire de época, que traslada al lector al lugar
de la injuria y el desdén, al momento de la tragedia india y su
desangre.
Si ante buena parte de la poesía del período sensorial o ante
sus textos surrealistas y herméticos, se puede hablar de un
Dávila evasivo o indiferente a la historia, sus dolores, sus
llagas, pero también sus esperanzas, frente a los
desgarramientos vitales que son sus cuentos; frente a
Catedral Salvaje o Boletín y elegía... es imposible
negar la pasión de Dávila por la historia, ya fuera la del
pasado lejano o próximo, o ya fuese ese flujo que lo arrastraba
implacablemente, en forma de vida cotidiana. Su poder
testimonial, mezclado a su grandeza como creador configuraron
una obra casi sin parangón en nuestra literatura.
Bibliografía recomendada
Araujo Sánchez Diego, CESAR DAVILA ANDRADE: EL DOLOR MAS ANTIGUO
DE LA TIERRA, Quito, Agora (8) p. 23-44, enero 1968.
Crespo María Rosa, - TRAS LAS HUELLAS DE CESAR DAVILA ANDRADE,
Cuenca, Universidad de Cuenca, 1980.
Dávila Vázquez Jorge, AQUELLA VOZ INMENSA, MUDA Y CLARA,
APROXIMACION A CESAR DAVILA ANDRADE, Cuenca, PUCE S.C.- Banco
Central,IN César Dávila Andrade, Obras Completas I, p. 13-87,
1984.
Liscano Juan, EL SOLITARIO DE LA GRAN OBRA, Caracas, Zona
Franca (45) p.4-7, mayo 1967; y también: Quito, Letras del
Ecuador (133) p.14-15, octubre 1967.
Montesinos Jaime, LAS FUGAS Y LOS ENCUENTROS EN LA POESIA DE
CESAR DAVILA ANDRADE, Quito, Cultura, Revista del Banco Central
del Ecuador (3) p. 314 y sgtes., enero-abril 1979.
Schwartz Kessel, MUERTE Y TRANSFIGURACION EN CESAR DAVILA
ANDRADE, Cuenca, El Guacamayo y la Serpiente (27), Casa de la
Cultura Núcleo del Azuay, p. 68-92, diciembre 1987.
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