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Eduardo Casar & los idiomas del
poema
Ricardo Venegas
Eduardo
Casar, México, DF (1952), es poeta y
se
ha desempeñado como profesor de tiempo completo en la Facultad
de Filosofía y Letras de la UNAM y en la Escuela de Escritores
de la Sogem. Es coautor de
Palabras del exilio I. Contribución a la historia de los
refugiados españoles en México
(1980) y de los libros de poesía
Noción de travesía
(1981),
Son cerca de cien años
(UNAM, 1989),
Caserías
(UNAM, 1993) y
Mar privado
(1994). Casar es un autor que también ha incursionado en el cine
con el guión de la película
Gertrudis Bocanegra.
De su poesía Armando Pereira advierte: “Obsesivo, vertiginoso,
por momentos incluso resultará duro y difícil para un lector
desprevenido”.
RV
¿Qué es lo que más te ha llamado la atención de la poesía y
cómo se ha ido trazando ese mapa que es tu obra?
EC
La poesía se me apareció de manera muy poco consciente con los
“Versos del capitán” de Neruda, luego recuerdo una lectura muy
fuerte que fue “Oh, este viejo y roto violín”, de León Felipe, y
un autor que siempre me gustó: Miguel Hernández. Pero todavía no
tenía una conciencia que luego me dio una conferencia de Tomás
Segovia sobre Apollinare, ahí él comparaba dos traducciones de
algunos versos y decía: “oigan cómo suena en español y cómo
suena en francés, esta traducción es correcta y esta no porque
esta imita el sonido que tiene el francés y es una cuestión del
ritmo”. De pronto me di cuenta que la frase, el verso, era
realmente una unidad de ritmo, una unidad rítmica, pero no lo
había percibido, es decir, lo había leído, había leído algunas
introducciones a la poesía, algunas donde siempre se enfatiza el
ritmo, pero el momento de captarlo como de sentirlo fue muy
distinto. Recuerdo que me fui caminando, caminé horas después de
eso (fue en Bellas Artes) e iba metiendo en ritmo todo lo que
iba viendo, aunque no tuviera sentido, pero de pronto, como si
hubiera encontrado una especie de molde o cauce rítmico. A
partir de ahí pienso que tuve una conciencia mayor de la poesía
y de la diferencia entre la poesía y simplemente escribir. Como
nos enseñan a escribir solamente en razón de la eficacia o de la
transmisión de una información, y nunca a detenerse en las
paredes del lenguaje, entonces uno sabe para qué sirve; se puede
tener una buena morfosintaxis y estar escribiendo correctamente,
pero se puede no sentir, no sentir el ritmo interno del
lenguaje, como la densidad de cada palabra o las nuevas vías
(cosas que se conectan entre una palabra y otra). Incluso pienso
que hay muchos escritores profesionales, famosos y todo, que no
tienen conciencia del ritmo del lenguaje, que pueden decir: ¡Amo
a las palabras!, pero externamente, porque dicen ¡ah, esa
palabra me gusta!, ¡esa palabra me recuerda tal cosa! Es una
capacidad que se tiene que desarrollar, que se va desarrollando
en la práctica, en el uso cotidiano de estar escribiendo y estar
buscando precisamente esa vía. Al principio comencé a escribir
de manera muy azarosa porque mis amigos escribían, pero también
veía que en el poema se podían construir (no “condensar” porque
parecería, cuando uno dice “condensar”, que eso ya existe en la
realidad y en realidad no existe, sino que se va construyendo)
pensamientos muy rotundos que fueran no sólo intelectualidad,
sino también emotividad, que levantaran emotividad en los demás
y crearan un vínculo con alguien, con un lector de esos textos a
través de esa vía que era el poema. Cuando comencé a escribir
poemas (escribía 20 diarios) parecía producción masiva, quién
sabe cuántos serían buenos; era un proceso de entrenamiento, de
ejercicio, aunque algunos fueran buenos. Una cosa que
caracterizó la cuestión de escribir es que no busqué publicar.
Cuando publiqué fue porque un amigo dijo “ya publica, yo te lo
publico, yo lo pago”, pero no por que yo lo buscara. Eso hizo
que me concentrara más en el poema con ciertas necesidades
individuales que en ver cómo, qué se estaba haciendo, para qué
servían los poemas, como que estaba de moda eso.
Me siento representativo porque escribo dentro de esa generación
a nivel cronológico, pero la relación con los poemas ha sido una
relación muy personal en la que no he buscado una cuestión que
temáticamente sea atractiva. Muchos poetas de mi generación
escriben sobre otros autores; el caso de Francisco Hernández es
un ejemplo de lo que digo, él ha hecho de eso una vía temática
muy interesante y conmueve con Van Gogh o con Tralk o con
Schuman. En mi caso las motivaciones siempre han sido de índole
personal, ya sea para un azote, una cosa de muerte o amorosa, o
lo que sea, pero más personalizado. Es curioso porque ya en
prosa no es así, en prosa sí encuentro muchos puntos de partida
y maneras de escuchar el texto en otros libros, ahí hay más
intertextualidades, pero a nivel de poesía no busco tanto esa
intertextualidad, ese situar mis poemas en relación con un
contexto cultural.
RV
¿Cómo convives con la academia y con el escritor que eres, crees
que hay contradicciones entre estos campos?
EC
En la cuestión académica hay que pensar sobre la literatura, en
cambio, en el acto creativo, puedes irlo haciendo sin mucha
teoría y sin mucho proyecto o programa de carácter conceptual o
teórico, por ahí va esa posible contradicción. En lo académico
me he enfocado hacia lo teórico, que es un lugar abstracto de
los estudios literarios, más que a los estudios de carácter
filológico o biográfico o histórico. La contradicción tendría
que estar ahí, pero yo no la siento porque (es muy curioso)
pienso que si a la hora de reflexionar sobre la literatura el
resultado de tus reflexiones a nivel académico, para enseñar la
literatura, lo conviertes en recetas y piensas que la teoría se
puede convertir en recetas, en esa medida sí te puede afectar,
incluso frenar la espontaneidad. Nelson Odman decía: yo no leo
teoría porque se me va a frenar la espontaneidad, voy a estar a
la mitad de una novela y voy a decir ¡ah!, Lucas dice que hay
que crear personajes típicos, entonces voy a crear un personaje
típico, y ese personaje típico, que no venía al caso más que por
razones teóricas; se va a subir y va a desequilibrar la novela.
En su caso tenía razón porque pensaba que eso le iba a suceder y
pensaba en esa ingerencia de lo teórico al volverlo mecanismos o
procedimientos en su propia creación. Debo confesar que nunca me
he planteado llevar ninguna de las cosas que reflexivamente veo
en teoría a la práctica literaria. También tiene que ver con los
géneros: el hecho de escribir poemas y de tener esta relación
personal con el poema hace que sea parte de mi vida privada,
mientras que el campo teórico y didáctico es parte de mi
responsabilidad social, o sea, de mi vida pública, ahí no se
contaminan una y otra. Y aquí hay otra cosa. A la hora de saber,
digamos, de tener conocimiento de una serie de cuestiones no
sólo teóricas sino incluso técnicas, a nivel literario, cuando
se está en una acción creativa (al menos en mí caso), no se
piensa diferenciadamente en estos elementos como elementos
técnicos, como piezas que pudieran servir, sino que se actúa de
una manera francamente instintiva, es decir, todo lo que se sabe
(incluso técnico) pasa a formar parte de una especie de segunda
naturaleza con la que a la hora de escribir te conectas y
reaccionas con todo eso, no dices: “voy a hacer aquí una
sinécdoque”, sino que de pronto aparece: “he ahí los perfumes
blancos saliendo del jarro de agua”, dices “perfumes
blancos” por “flor”, pero lo haces naturalmente sin pensar qué
es lo que estás haciendo. La idea es un poco esa frase de Kant:
“si el pájaro pensara que va volando se caería”. En el momento
de estar estudiando, incluso explicando y reflexionando sobre
literatura, todo esto se integra en esa segunda naturaleza que
se activa a la hora de escribir y te resulta inevitable
reaccionar con ciertos elementos cuando una palabra pega con
otra ya te mueves físicamente, aunque en este caso se trata de
palabras, con una determinada reacción, como la bailarina que
estudia los pasos sueltos y luego, a la hora de una coreografía,
no piensa en agregar pasos sino que los integra. Supongo que
también los boxeadores, cuando les dan algún testereón han de
reaccionar con una guardia perfecta, colocándose en una postura
de correacción, porque es cuestión casi de constitución física
el aprendizaje de los elementos con los que te vas a mover en
el arte creativo. Entonces por eso muchos escritores no saben
qué es lo que les pasa cuando escriben. Cuando uno escribe no
está en su mismo nivel de subjetividad ni de recepción ni de
atención en el que se está cotidianamente, hay una especie de
campo de concentración en el que te metes y en el que no estás
solo, porque las propias palabras, al irlas colocando, te
sugieren cosas que sin esas palabras no aparecerían. De tal
manera que, ya que sales de eso, entras a una cotidianeidad, ahí
es otro el individuo que está viviendo, por eso al otro día ves
un texto tuyo y dices: “y esto, ¿cómo lo hice, de dónde salió?”
Entonces los antiguos decían: alguien me lo dictó y no somos más
que un médium, un medio para que pase algo que ya estaba medio
escrito. Muchas de las teorías religiosas del acto creativo
confunden la elevación de la subjetividad que hay en el juego
con el lenguaje, en el juego del individuo, del autor con el
lenguaje. Lo confunden con la idea de una fuerza externa que se
genera entre dos: entre el lenguaje y el que lo está haciendo
con un determinado proyecto.
RV
¿Cómo trabaja tus textos, los trabajas inmediatamente, los
corriges ahí mismo, o los dejas descansar un rato? Estos
detalles son muy importantes para los que queremos saber cómo
escriben los demás.
EC
Eso tiene que ver con la cuestión de géneros literarios. Un
poema se me ocurre porque, igual que el cuento, según sé (porque
como cuentista he publicado unos tres cuentos, es lo que menos
he hecho, pero bueno, al menos así lo afirmaba Cortázar) de
pronto encuentras que hay algo que se cierra, es decir, una
especie de conclusión, un punto de llegada, algo que percibes
que puede ser un poema. Esa cuestión es muy vaga y suena muy
mística, pero en realidad hay cierto tono, una cierta palabra,
una situación, una asimetría de la realidad que dices: bueno,
por ahí puede ir un poema, una hipótesis: “si a cierta altura yo
hubiera dicho sí en vez de no, o no en vez de sí -dice Pessoa-
el mundo entero podría haber cambiado”; por ejemplo, en ese “si
a cierta altura yo hubiera dicho sí en vez de no”, ese “si”
condicional a mí me alerta inmediatamente el sentido poético, no
se por qué el sí condicional, ese enunciado, ese verso, a mí me
sintoniza en una frecuencia poética, curiosamente, de manera
inmediata. Como ese verso, hay muchas cosas con las que te vas a
conectar de ese modo; entonces dices: aquí puede haber un poema.
Lo que hago es escribir hasta cansarme, aunque no lo esté
escribiendo de manera correcta ni buscándole cosas, es decir,
seguirlo hasta donde siento que se acaba esa historia. Más o
menos he comprobado que cuando los dejo a la mitad y luego
quiero continuar, ya no puedo, puedo corregir eso que había
escrito, pero no desarrollarlo más porque el estado de ánimo es
otro, uno ha cambiado de un día para otro. En poemas lo que
recomiendo es comenzar a escribir hasta que se canse uno de
escribirlo o hasta que lo hayas concluido y luego corregirlo; y
ahí sí, para corrección, buscar un lugar propicio, un tiempo
propicio y sacar el texto, pasarlo inmediatamente a máquina
porque estamos acostumbrados a leer la poesía en libros y el
peso de la letra es importante para advertir significados, para
advertir la densidad de una palabra. Si uno quiere solamente
corregirlo dentro de su propia letra escrita, no va a tener ese
peso, es como las convicciones. Si escribo constantemente, cada
vez que se me ocurre, cuando estoy ya por dormirme y se me
ocurrió una frase, hay que levantarse y escribirla, aunque se
levante uno 80 veces, dices: “la tengo clarísima, ya la memoricé
y mañana la escribo”; después de un tiempo voy juntando todos
los poemas, veo sus afinidades temáticas o formales y los
agrupo, así he hecho mis libros de poemas. En el caso, en
cambio, de la prosa, no, ahí pienso que puede uno establecer un
horario, decir: escribo de tal hora a tal hora y sentarse y
comenzar a hacer un trabajo de exploración con el lenguaje,
queriendo ver hasta dónde llega con orden, pero de manera
distinta; es decir, en el caso de la prosa a mí la disciplina
organizada me viene bien, y en el caso del poema, ya en la
corrección del poema, puedes perder la noción del tiempo y estar
muchas horas sin darte cuenta, son como dos grandes
procedimientos.
RV
¿Qué tan importante consideras que sea la tradición para los
poetas que están escribiendo en la actualidad, qué tan
fundamental es?
EC
Cada quien va haciendo su propia tradición porque vas escogiendo
a los autores, incluso no necesitas ser muy consciente, te van
gustando. Básicamente a mí me atrae lo que tiene un ritmo de
verso en el verso. He querido hacer poesía más arrítmica y
francamente no me sale, es decir, he estado tan apegado a una
poesía rítmica, como por ejemplo la de Miguel Hernández, que no
me sale lo demás; hay ritmos muy diversos. Actualmente uno de
los poetas que a mí me gusta más es Gonzalo Rojas, y es porque
sus ritmos van cambiando en el poema y crean atmósferas
distintas y distintos estados de ánimo muy abruptamente, pasa de
uno a otro pero siempre hay una veta rítmica, aunque vaya
cambiando, aunque disuenen. Con rítmico no quiero decir que sea
monocorde, que haya una monotonía de sonido, sino también esas
disparidades pero a nivel de frase, la frase es rítmica;
curiosamente Gonzalo Rojas logra muchos ritmos con ese
acomodamiento sintáctico en donde subordina la corrección del
acomodamiento sintáctico a la necesidad rítmica. Me gusta mucho
la poesía de Vicente Quirarte, precisamente porque, como los
gatos, cuando los tiras desde cerca, dan la vuelta y caen de
pie, caen con las cuatro patas. Así cae Vicente, no hay un
verso en el que no caiga rítmicamente. Uno va encontrando su
propia tradición con poetas que tienen esa afinidad. En ese
sentido pienso que la poesía tiene que leerse en el idioma que
uno conozca perfectamente. Si alguien conoce muy bien dos
idiomas se le ensanchan esos cauces. Como la poesía pierde mucho
de esa zona sonora en la traducción, entonces leer a otros
poetas que son muy sugerentes por las situaciones que plantean,
por las estructuras que manejan, como Jaques Prevert, Michaux,
Pessoa, está muy bien, pero, preferentemente, la vía tendría que
ser en poetas del propio lenguaje. Ahora, como todos los poetas
del lenguaje, no importa el tiempo en el que estén, han tenido
alguna búsqueda interesante y uno va acomodándolo; de pronto se
te antoja llevarte a Góngora a caminar, lees un verso y te
quedas con el verso en la memoria, lo caminas una o dos cuadras,
lo cambias por otro y va habiendo esta especie de diálogo
fragmentado y escogido con poetas que son de tu tradición; aquí
en México hay una tradición muy fuerte, un peso impresionante de
los Contemporáneos. Un poeta para el cual el ritmo no es lo más
señalado, pero que lo tiene, es León Felipe, que parecería muy
gritón o muy coloquial o muy prosaico. Tiene unos ritmos
internos verdaderamente extraordinarios, claro que con palabras
que son de una gran simplicidad y de mucha cotidianeidad, de
mucho coloquialismo, pero tiene unos ritmos no enjoyados, no es
lo primero que le ves, no es una orquesta como Darío. En Darío
por todos lados salen instrumentos nuevos en un poema, pero en
alguien como León Felipe hay todas esas sonoridades en un
sentido más intenso, más apretado, más simple. Sobre la
tradición pienso que hay que leer lo más posible. Siempre te
encuentras cosas nuevas y con autores nuevos. No necesariamente,
al hablar de tradición, tienes que remontarte a autores de hace
cien años; hay que remontarse a los propios contemporáneos,
incluso a quienes están escribiendo ahora más jóvenes que uno,
ahí puedes de pronto hallar la vía para inventar tu tradición.
RV
Para muchos poetas de tu generación fue muy importante la
generación de los Contemporáneos, porque es una influencia
inmediata, el mismo Octavio Paz afirmó que todo lo que se ha
hecho después de la segunda mitad del siglo pasado del siglo XX
le debe algo a los Contemporáneos.
EC
Los Contemporáneos, indudablemente, tocan a las generaciones
actuales y a la mía también. Gorostiza es un poeta que me
abruma, que sigo, que vuelvo a leer con “Muerte sin fin”, sin
pretender aprendérmela, simplemente por la repetición, incluso
por las clases que imparto, es un poeta que tengo muy presente.
El tipo de metáfora, de búsquedas sonoras y metafóricas que hace
me gustan mucho. Cada quien, dentro de Contemporáneos, escoge a
sus poetas; en el tipo de estructuras de la poesía de
Villaurrutia he buscado o encontrado ecos y puntos de partida
para poemas míos; básicamente han sido Villaurrutia y Gorostiza;
un gran poeta como Pellicer, a quien le reconozco sus enormes
méritos, a mí me resulta curiosamente más difícil que Gorostiza
porque no puedo con esa transparencia, necesito mayor densidad
para nadar como la de Gorostiza. La transparencia, la precisión
de Pellicer, su especie de inocencia no van con mis
perversidades (risas), tanto temáticas como formales. No quiero
decir con esto que no sea complicado, tiene sus complicaciones,
el mejor sonetista del siglo XX mexicano fue Pellicer pero
tengo esa distancia con él. Aprecio los poemas locos y
enmascarados y llenos de ficciones de Owen, pero tampoco lo
conozco muy a fondo. Indudablemente mi generación le debe mucho
a los Contemporáneos porque ya hay ahí un tipo de actualidad,
hay valores más comunes, es decir, toda la parafernalia, la
escenografía de los modernistas nos queda muy lejos. Hablar del
corazón roto, de los cisnes, del ser que se estremece, como que
no. En cambio, el carácter un poco más abstracto, más
individualista, menos cortesano, menos elegante, más directo,
más especulativo de los Contemporáneos, va más con las cosas de
mi generación, una generación formada en el existencialismo, en
el marxismo, en una cuestión mucho más terrenal y más
individualizada.
Un tono que me gusta mucho, y que lo hallo cercano a mis
poemas, es el tono de la poesía de Rosario Castellanos.
Castellanos es muy grave para las entradas y salidas; me gusta
esa contundencia para abrir un poema y cerrarlo como la que ella
tiene. Aunque pienso que muchos de sus poemas se enredan en el
transcurso, pero sale muy bien. Es una cuestión de tonalidades
donde hallas afinidades en la percepción. En el sonido de cello
que tienen los poemas de Rosario Castellanos nunca vas a
encontrar una agudeza verbal o la transparencia de una flauta
tipo Pellicer. Mis poemas al principio, la mayor parte, eran o
poemas de azote o poemas amorosos, luego he ido y siempre fui
haciendo textos muy breves, más bien apoyados en alguna cuestión
de ingenio para desenvolver lugares comunes. Tengo uno que dice:
“me gusta mucho ponerme en tu lugar” que, aislado y como poema
amoroso, funciona, o ese “quisiera estar a dos pasos de ti y que
uno fuera mío y el otro fuera tuyo”. Ese tipo de poemas cortos
siempre los he hecho un poquito parecidos a los poemínimos.
Incluso los poemínimos se basan en eso, toman un lugar común y
lo desenvuelven. Aunque no provienen de los poemínimos, los hice
desde que comencé a escribir en el 71. Ahora, incluso, he
ensayado un tipo de poemas con ciertas situaciones, con
personajes, sin estar definidos como personajes, con nombre y a
lo realista. Me gusta cómo están saliendo. Tengo algunos poemas
bastante raros que sé que no entran dentro de los cánones de la
cotidianidad poética que se publica, pero que a mí me gusta
hacer y tal vez agrupados en un solo libro, serían algo
interesante (agrego esto a la respuesta, aunque no venía al
caso).
RV
Hay ciertos usos, por ejemplo, el del poema en prosa, ciertos
modismos también en algunos poetas, tal vez algunos muy jóvenes
piensans que es muy fácil abordar la poesía y que es secundario
atender la tradición, pero entonces ¿qué lugar ocupa ese rigor
si, para poder escribir, necesito primero aprender y observar y
después involucrarme dentro del trabajo que, como dices, es la
reacción espontánea de la teoría?
EC
A veces resultan cosas que pueden contrariar tu punto de vista,
el que tú sostendrías en una reunión, es decir, hay cosas que te
contradicen que son muy convincentes en el poema en el que estás
afirmando cosas que no afirmarías normalmente en una
conversación, ¿por qué?, porque aquello lo descubriste en el
poema, porque son tuyas, las descubrieron los dos (el lenguaje y
tú) en el hecho de irlo haciendo. Cuando se habla de la cuestión
de formarse una tradición, muchas veces se les dice a los
jóvenes que están escribiendo: “no, primero fórmate bien y haz
sonetos y haz décimas y luego ya ves cómo las destruyes”. Está
bien porque las formas fijas obligan a esforzarse, a estirar, a
buscar dentro del lenguaje, pero las formas fijas también pueden
ser un enorme sometimiento a la propia expresión. En la danza es
bueno comenzar por una formación clásica y luego romperla con
una moderna porque ya tienes una fortaleza de piernas y de
espalda que no tendrías de la otra manera; es algo parecido,
pero si se dice: “primero aprende esto y lee mucho y luego
escribe”, ¡no!, porque le estás paralizando a la gente su
derecho a escribir todo el tiempo. Hay que hacerlo
simultáneamente, hay que estar escribiendo todo el tiempo (cada
vez que a uno se le ocurra) y leyendo todo el tiempo (cada vez
que a uno se le ocurra), pero de manera simultánea, no esperar;
uno puede tener derecho a escribir un poema y que además el
poema sea bueno, que sea una maravilla, aún sin antes haber
escrito un soneto. Está bien ensayar sonetos para hacer el juego
y decir: “bueno, ya escribí un soneto”, pero si no te nace el
sentimiento sonetizado, el poema no nace con esa forma y
simplemente no la vas a usar, aunque la sepas hacer. Si el
soneto no te sirve, no uses el soneto. Hay que estar haciendo
eso simultáneamente; escribiendo, vas imitando a los amigos, de
pronto una idea se te hace magnífica, lees a Álvaro de Campos de
Pessoa y dices: “Voy a hacer un poema muy gritado”, escribes
como José Alfredo Jiménez pero en poema, lo haces y te vas
poniendo distintos registros; al ampliar los registros lo que se
amplía es la capacidad técnica y el hecho de que no te dé miedo.
Si algo se te ocurre en forma de cancioncita tonta, entonces hay
que hacerlo en esa forma. Si a eso le pones formato de himno
nacional, te va a salir mal, en cambio tu cancioncita tonta te
puede salir muy bien porque así nació. Mucho de la cuestión de
la escritura es que te den permiso, igual en otros asuntos;
antes los hombres no presumían de bailarines y ahora los
jóvenes, todos, presumen de bailarines y es un orgullo bailar,
antes no, antes ser bailador era medio raro, así es en el caso
de la escritura. Leer a muchos poetas no significa que aprendas
secretos técnicos o temas, sino que te van ampliando la
permisibilidad y dices: “¡ah caray, pues Huidobro hizo esto! Yo
voy a hacer tal cosa, que es semejante, que no es la de Huidobro”
(pero que Huidobro ya hizo). Ya tienes abierto ese campo. Si hay
poemas concretos, con los que uno juega con la tipografía, “¿se
puede hacer esto?, sí, ¿te lo publican?, sí, ¿y a alguien le
gustan?, sí”. Entonces vas ampliando el campo de permisibilidad
y por lo tanto el campo expresivo.
RV
Escritores como Álvaro Mutis o Francisco Cervantes hablan de esa
lucha con las palabras, el tema de Mallarmé sobre la blancura de
la página que es fabuloso... ¿Qué piensas de esto: si a la
lucha con las palabras la confrontamos con esa permisibilidad,
¿qué posibilidades tiene un poeta en esa contienda?
EC
Si tienes mayor permisibilidad no vas a tener tanta “lucha con
las palabras”. ¿Qué pasa? No lucho con las palabras, se me hace
agregarle un
plus
de heroísmo, autoensalsar el mérito heroico que es la escritura
como algo que según yo tendría que transcurrir más fácilmente.
Hay lucha con las palabras, en el sentido de que las palabras te
oponen resistencia como si esculpieras en madera. El tipo de
madera que escoges o el proyecto que tienes para esculpir te
opone resistencia, incluso puede aparecer un nudo en la madera
que no tenías previsto y lo tienes que aprovechar. En las
palabras de pronto hay resonancias, evocaciones, connotaciones
que no tenías previstas que debes aprovechar; esa es la lucha
con las palabras, hacer un juego que tiene su propia
sustancialidad. Es angustioso cuando eres joven y dices: “Quiero
ser escritor” y pasas un mes sin escribir y tienes una gran
culpa porque entras en crisis. Después te das cuenta que puedes
pasar grandes períodos sin escribir y no hay problema. Uno de
los métodos que recomiendo en talleres, cuando alguien tiene una
crisis o una parálisis creativa, es: escribe mal y vas a ver qué
bien te van a salir seis cuartillas hoy en la noche, pero de
veras escribe mal lo que sea, y ahí se destapa ya el asunto. La
lucha con las palabras, si adquiere ya niveles de angustia,
entiendes que hay gentes más angustiadas que otras, pero creo
que no tendría que ser parte del juego de la literatura, es
decir, hay una serie de lugares comunes: la página en blanco,
¿qué va a surgir de esa página en blanco?, tú tienes que decir
algo. Trata de escribir cuando estés bien del estómago. Ese
proyecto va a ir variando conforme lo vayas escribiendo, pero de
todos modos lo puedes llevar a donde tú querías; dijo en una
entrevista Monterroso algo que se me hizo muy preciso: “Yo no
soy fabricante, soy creador, el fabricante sabe cómo le va a
salir lo que hace, sabe cuántas puntadas tiene la costura del
pantalón, sabe el peso de los botones, cómo funciona el cierre y
fabrica esos pantalones y le salen todos iguales, su mérito está
en que le salgan así, yo no sé como van a salir las cosas que
hago porque no las fabrico, las creo”. En ese ingrediente, en
ese cambio de fabricar a crear, hay toda esta zona de
expectativa, de curiosidad, de misterio, de irse ajustando, de
ir encontrando cosas. Sí hay lucha hay un hacer el amor en
cierto sentido con las palabras, un juego, pero depende de cómo
lo tomes, si gozoso o angustiado. Es el estado de ánimo en el
que estés cuando escribes; puedes estar azotadísimo y quieres
expresar eso y dices: “estas palabras son pocas” y buscas
recursos que vayan más allá del puro léxico para acceder a los
que tengan que ver con las otras dimensiones del lenguaje:
sonoridad, sintaxis... y otra: que el propio acto de escritura
se vuelva una cosa heroica.
RV
¿Cuál de tus libros has disfrutado más al escribirlo, cuando
cada poema se va conformando y sabes que ese volumen va
creciendo?
EC
Lo que pasa es que no los he trabajado como libros previamente,
sino que cuando tengo una gran cantidad de poemas, entonces digo
este “sí” y este “no”, este “sí” y va junto con este, este
alterna con estos. El que mas me gusta es
Son cerca de cien años,
pienso que es el libro más compacto, más sólido como libro de
poemas, es incluso el libro que marca el modelo de los demás.
Los otros están divididos en apartados temáticos, reproducen los
mismos apartados temáticos de
Son cerca de cien años,
pero nunca los escribí como libros, porque incluso la novela
Amaneceres del usar,
es el resultado de una edición de textos que hice a lo largo de
13 años, fui quitando unos y poniendo otros, para eso sí cree un
hilo conductor, sí lo hice con disciplina de novelista, de
narrador, dije: voy a escribir el primer mes, voy a escribir el
segundo mes, voy a escribir el tercer mes, porque son siete
meses en el transcurso. Ahí tenía la gran expectativa del final
porque no lo sabía, el personaje se embaraza y duda sobre lo que
pariría, porque es un hombre, ¿cómo iba a ser ese asunto? Ahí sí
fue una cuestión de disfrutar, incluso ver aparecer ese final,
ya con toda una cauda atrás de premisas que tenían que
desembocar en algo. En el caso de los libros de poemas, los he
armado con los que se van haciendo a lo largo del tiempo.
RV
En cuanto a la extensión del texto se habla, por ejemplo, del
efecto que tienen los poemínimos, ¿qué piensas de la extensión y
de la brevedad, esas dimensiones en las que a veces se habla y
se dice que un poema es mejor corto o extenso?
EC
Comencé a escribir poemas muy largos porque estaba muy empujado
por el ritmo y el poema era más exploratorio. Hay poemas en los
que lo que ves es precisamente el final. Un poema de mi libro
Caserías se llama “Los de arriba”. Es una elegía, ahí hablo
de un amigo muerto y el poema termina con que los lentes que
trae en la fotografía son irrompibles y han de estar por ahí
pero ya no están; tenía el poema completo, ese poema era la
conclusión y había que hacerle las premisas, era un poema que no
podía extenderse mucho porque sabía hacia dónde iba. Un poema
más especulativo en el que tú dices “esta es la selva, ahí voy,
a ver que encuentro”, te metes y macheteas por un lado, subes,
es decir, te vas moviendo exploratoriamente y puede extenderse
mucho; un poema como “Muerte sin fin” es un poema trabajado
como novela, con una escaleta, con ciertas estaciones que
previamente ya había establecido Gorostiza, incluso con partes
que escribe en prosa y que luego versifica y extiende. Es muy
interesante el proceso, pero es un poema concebido como un poema
unitario de largo aliento, es un reto interesantísimo que me
gustaría algún día emprender, es un desafío que se ha planteado
desde hace muchos años Labastida (Jaime) y que ha buscado en
distintos poemas, en las “Cuatro estaciones”, y actualmente en
uno que se llama “Elogios de la luz y de la sombra”. Logra, hace
un poema de ese tipo, pero no lo hace en verso, aunque sí lo
hace lírica y rítmicamente.
Cuando escribía a máquina, hubo una época en la que el poema se
me acababa cuando se me iba a terminar la hoja, decía: lo voy a
acabar porque ya se me va a acabar la hoja, no me gustaba
pasarlo a otra hoja y no tener a la vista el anterior, entonces
lo que hice en esa época, para hacer poemas más largos, fue
conseguirme unas hojotas que eran hojas como de computadora, lo
que serían ahorita los rollos de fax; iba muy feliz porque el
poema no tenía fin. Todo depende de cómo se concibe
estructuralmente el poema, una frase ingeniosa no la puedes
desarrollar más allá, es como si explicaras el chiste, entonces
son poemas de una línea: “La que quiera azul celeste que se
acueste”; a ese poemínimo de Huerta, ¿qué más le añades?: “La
que quiera en algún hotel de la zona sur de Manhatan, llegando
en una tarde después de tomar... azul celeste que se acueste”
pues no, ya perdió todo el efecto, es decir, si lo extiendes, ya
es otra cosa y esa es la cuestión con los poemas largos. Poemas
de largo aliento del tipo de “Primero sueño” de Sor Juana, del
tipo “Muerte sin fin” de Gorostiza, o del tipo “Canto a un dios
mineral” de Cuesta, que para mí no es un poema muy intelectual,
sino de búsqueda sonora en el que hay cosas que en realidad no
tienen inteligibilidad intelectual conceptual, pero las coloca
para llenar los huecos sonoros; esa es una hipótesis que no me
van a permitir sus seguidores porque se supone que Cuesta era
muy intelectual; esos poemas de largo aliento, los trazas y así
los concibes. Un poeta de mi generación, Víctor Manuel Cárdenas,
magnífico poeta, sí concibe libros unitarios y dice: “estos son
poemas para no dejar el cigarro, entonces voy a escribir durante
un mes poemas para no dejar el cigarro” y comienza a escribir,
no sé con qué horario, pero al mes ya tenía el librito, se lo
publicó la colección “El ala del tigre”; trabaja en los poemas
pensándolos como parte de un libro, pero yo nunca lo he hecho
así, sí quiero hacerlo, quiero ensayarlo.
RV
A manera de pregunta con un poemínino de Huerta: “Paso dado ni
Dios lo quita”.
EC
Poca gente me ha leído, por la razón de que no se lee tanta
poesía, la poesía nadie la lee, incluso en los medios
literarios, pocos de los que participan activa y creativamente
en el medio literario leen poesía, son pocos. Nadie compra un
libro de poemas para irse de viaje en el avión, primero porque
no los venden. Quiero escribir más, producir más en el terreno
de la poesía y lo que necesito es disciplina para sacar el
material. Tengo un libro armado y material para armar otro al
menos y también muchos poemas que nunca voy a publicar porque
son poemas de uso doméstico que también pienso que es muy válido
hacer: un poema para una situación coyuntural interna que a
nadie más le importa, pero tú lo haces. Un poema sobre una
enfermedad, un poema para un amigo que está asustado... |