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Los
barcos de la memoria,
de Joaquín Marta Sosa
David Cortés Cabán
Es
con grata emoción que uno entra al universo poético de Joaquín
Marta Sosa. Su más reciente libro, Los barcos de la memoria:
Poesía completa 1964-2005, reúne de manera integral
más de cuatro décadas de constante labor creadora. Hacer un
recorrido por esta poesía produce un sentimiento de
profunda admiración, pues esta antología es la muestra más
fidedigna de un poeta que ha dedicado su vida a la silenciosa
faena de la escritura y de quien ha enriquecido, a través de los
años, la vasta geografía de una obra cuya diversidad temática
nos acerca a un mundo muy personal matizado siempre de
diferentes tonos, motivos y contrastes. Joaquín Marta Sosa es un
poeta que siente con hondura el mundo que se manifiesta ante sus
ojos. Su mirada no pretende inventar, sino revelarnos con
lucidez el mundo que funda su experiencia poética: el
sentimiento religioso, el concepto del tiempo y la amistad, el
amor y la gratificante solidaridad humana; los viajes en la
amorosa visión de los recuerdos, las fronteras de otros países y
paisajes; el acontecer de la vida y la muerte; la cadencia de la
lluvia y el mar, los ríos y el esplendor de los árboles; el
cosmos, los acontecimientos históricos o nacionales; personajes
de Hollywood, poetas y héroes, nombres de cantantes y
deportistas o personajes que quizás vimos una vez mientras
cruzábamos alguna calle de una ciudad conocida. Todos
representados en un lenguaje que justifica con eficacia y
originalidad un estilo que sorprende por la capacidad expresiva
y naturalidad con que el poeta proyecta su visión de mundo, pues
todo en esta poesía se presenta con un apasionado dinamismo que
es también conciencia y reflejo de las cosas que se nombran. Un
nombrar donde el poeta asume su postura hacia el mundo en una
expresión que nos revela la identidad de lo íntimo y lo diverso.
Una poesía que proyecta la sostenida emoción de un poeta que ha
sabido no contaminarse con las tendencias estéticas, o los
estilos y modas de las épocas. Fiel a sí mismo Marta Sosa ha
creado su propio estilo. Un estilo que armoniza lo aparentemente
diverso y lejano en la cadencia de un lenguaje que nos revela el
esplendor y la temporalidad de la vida en las múltiples formas
del universo.
Es
ésta una poesía caracterizada además por un pensamiento que
fluye sin ambigüedades, destacando (¿rescatando?) siempre el
sentido y el valor de las cosas y los recuerdos en una acertada
armonía. De ahí que sea precisamente la memoria la que asuma el
papel protagónico de este barco imaginario que es también una
especie de celebración de lo esencial de la vida en las
esperanzadoras palabras donde el poeta nos revela su íntima
relación con el mundo. Los barcos de la memoria, como el
título mismo sugiere, es un viaje simbólico, un espacio con el
que todos podemos identificarnos. Lo que el poeta dice lo hemos
vivido alguna vez. Lo vemos en sus versos sin idealizar el
pasado y sin someterse a él, como quien busca en las palabras la
presencia y la plenitud de las cosas que marcaron su vida. Lo
sentimos cerca, ahí donde su mundo poético no tiene límites. Va
del presente hacia al pasado, vuelve por el gran bosque de sus
versos, mira los buques en alta mar, oye la pertinaz llovizna y
regresa en el tiempo como si conversara con Jorge Manrique, o
como escrutando en el silencio de la noche el esplendor de
alguna estrella lejana mientras un eco whitmaniano traspasa la
superficie de sus versos.
Sus
primeros libros, marcados por visibles resonancias religiosas,
están traspasados por un optimismo que reconoce y se solidariza
con los sentimientos y las luchas de los demás. A través de sus
experiencias y del conocimiento de la realidad histórica y
social que le ha tocado vivir, Joaquín Marta Sosa proyecta
todo lo que abarca su palabra. Por un lado, su intuición clara y
abarcadora quiere revelarnos todo lo que le preocupa, todos los
instantes, vivencias y circunstancias de la vida; y por otro,
su mirada integradora quiere expresar también en la palabra lo
permanente y fugaz, la plenitud y el sentido del amor: “el
verdadero amor / crece con la lentitud de la vida / agresiva y
fatigosa / en sus combates y penas; / el verdadero amor / tiene
la fragilidad de una gota…”, nos dice (p144). Pues el amor
también es como sustancia germinal de esta poesía; el amor al
cuerpo de la mujer amada y el amor como un canto jubiloso
animando los cuerpos y las pasiones de los jóvenes: “Nada más
bello sobre la tierra / que una calle repleta de muchachas / y
de muchachos / danzando en su juventud / con sus blancos dientes
crueles / sus ojos de luz preciosa / sus cuerpos como planetas
radiantes / y sus torrenciales deseos” (p.147). Pero el amor no
sólo está representado como una presencia física o una realidad
que se corresponde en el acto amoroso. Aparece también en el
paisaje como una presencia que fija en la naturaleza el
esplendor de cada cosa: “la fe está en la orilla de las sombras
/ el mar / en esos árboles furiosos de polvo / moviéndose como
al amparo de un amor / en esta plaza de latas vacías” (158),
señala en estos versos. Y en el poema “Voces de la pareja”
(244-51) el sentimiento amoroso se funde con la naturaleza en
imágenes de intensa belleza:
Si es que hubo un principio fueron los
pájaros
y los
planetas
y una enorme extensión sideral de música y
materia,
voces que guardaban toda imprecación,
toda
alegría,
los raudales de cólera y la felicidad.
Verdes, verdes y grandes las extensiones, fluidos
y movimientos de agua
ojos profundos desde las hojas y la arena, todo océano
toda densidad poblada por los cuerpos primitivos
del amor.
[…]
Pero
si el amor es un sentimiento que perdura como una fuerza
arrolladora en esta poesía, la memoria nos revela los hallazgos
y los diversos motivos que fijan y ordenan los temas del libro.
Una memoria que reclama y presenta una concepción del mundo y de
la vida como un interminable viaje. De ahí que sean varios los
textos que remiten a la imagen de los barcos como uno de los
símbolos que configuran el imaginario poético de Joaquín Marta
Sosa. Los barcos proveen una imagen de continuo movimiento, una
corriente que envuelve el sentido de la vida y el tiempo mismo
o el río que es un símbolo que también proyecta una visión
efímera de la existencia humana.
este barco en el mar
mujeres, hombres y niños
con alimentos, gallinas, ropas
un viaje sin confines
el amor verdadero borroso en el
horizonte
un barco
rosa extraviada
voces masticadas por todas las palabras
abrazos definitivos
prohibidos
sólo este barco en el mar
lleno de gente, vacío,
sin otra propiedad
que ser la gente de ese barco
solo, único,
inexistente (“ISLA RIZARO,
p167)
A
través de los barcos se reiteran las vivencias de una niñez
intuida a veces en los recuerdos de esas primeras experiencias
con el mundo. Y la realidad de ese pasado nos acerca a esos
recuerdos que son un presente en la infinita dimensión del
tiempo: “En el cayado insumiso, tú, / con la elegancia de un
barco / que se ofrece en los peligros”, nos advierte en estos
veros (400); y en otros, frente al paisaje de un mar
relampagueante, reflexiona sobre la vida: “El agua sola, el
barco solo / el combate mudo”. Hay naturalmente, otros símbolos
reveladores de la variedad temática y las profundas dimensiones
de esta poesía. Difícil es pasarlos por alto, pero pretencioso
sería intentar descifrar la naturaleza y la proyección de una
obra tan vasta y de tan variados temas en un espacio tan
limitado. Quiero, sin embargo, señalar que los mismos títulos de
los libros y la imaginería poética que en ellos se contempla
proyectan también la imagen cósmica de un universo que se funde
con los elementos de la naturaleza y del cuerpo como integrado
en un solo paisaje. Por esta razón pienso que el poeta ha
hallado en la naturaleza la afinidad con nuestra propia realidad
y en ella ha evocado un sentimiento que se intensifica en la
palabra: “Vientre parece esa montaña, / océano de entrañas
silenciosas, / ríos sin agua que tu piel marcaron, / preciosos
caminos que vadean la existencia.” (314), señala en estos
versos; y, más adelante, para hablar de la materia, en el poema
titulado “La mesa” describe una condición humana que refleja un
estado de soledad y de abandono:
Ha recibido cada sol
y ahora se apaga con las gavetas
carcomidas
en medio del pastizal que ya la abruma.
La soledad le instala huellas de rojos
y de blancos
medidas sobre un verdor inacabado
donde la mudez enseña lo que irradia,
las palabras guarecidas,
las lenguas apenas descubiertas,
unas sombras que ya no se desplazan
que están ahí, encogidas…
[…] (317)
Esta
forma de sentir la realidad, incluso de acercarse a las cosas
aparentemente más humildes, advierte a quienes pasan confiados
por la vida sobre el inefable lenguaje del universo. El poeta
va de la realidad circundante hasta la sustancia unificadora de
los elementos de la naturaleza: las piedras, el viento, el mar y
el río caudaloso como buscando en las palabras mismas lo que es
sólo una metáfora o una ilusión creadora: querer darle sentido a
la vida. He ahí su amoroso desafío, pues el amor como una
poderosa fortaleza guarda a este poeta, lo rescata del río de la
indiferencia, del mismo río que combate contra la muerte en sus
versos: “allí en el invisible río solitario / está la barca / no
aquélla / de la que siempre te han hablado, / la verdadera que
transitaba / por el camino de la perpetuidad…” (443). Y en ese
“camino de la perpetuidad” va su espíritu. Nos ofrece en plena
libertad una imagen del mundo, una manera de entenderlo. Por eso
ha escogido el camino de la claridad, y desechando todo
hermetismo ha dejado que lo esencial de la vida entre en sus
versos como queriendo proclamar la plenitud de todo lo que
existe. Su historia también fluye en estos versos caudalosos:
“habitamos este río / y él como nosotros / sólo será lo que se
pueda recordar / lo que se recuerde de nosotros / pues la
victoria final de nuestras muertes / no es su permanencia / sino
los repertorios del olvido” (434, 35). Pero este olvido no
tendrá entrada en la casa del poeta. La vida es dura,
ciertamente, pero el destino del poeta no concluirá aquí. El
nombre de Joaquín Marta Sosa no quedará inscrito sobre las
pasajeras aguas de ese río. Esta poesía es una apuesta al amor
y a la libertad: una memoria que encarna la profunda expresión
que da sentido a la vida para que la muerte –como el mismo poeta
señala- “no tenga la última palabra”. |