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Fragmentos reales (Notas sobre el
libro Litoral, de Rafael Arráiz Lucca)
Julio Bolívar
Gran
parte de la poesía venezolana de este siglo ha erigido sus
poéticas sobre el paisaje.
Esta afirmación pecaría de general si no citamos a sus más
connotados representantes. A saber Gerbasi, Palomares, L. A
Crespo, E. Arvelo Larriva, Lazo Martí; para nombrar solo a los
más influyentes. Otros han edificado sus propuestas en la vida
interior, como la casa y la infancia formulándola como a una
arcadia perdida; en otros (los menos) es su propia interioridad
psicológica. En estos casos el paisaje, un nuevo paisaje, es
desgarrador y fantasmal, pienso en este caso en Pérez Perdomo,
Barroeta. Otros Autores más recientes han tomado a la ciudad
como un centro destructor y enajenador del hombre: Calzadilla,
Pereira. En algunos las utopías políticas de la Revolución
(vista desde sus más diversas índoles) dejan huellas de su más
profundo amor por la poesía panfletaria, en su mejor expresión
podemos encontrar a Víctor Valera Mora, E. Sifontes y a W.
Osuna.
Una poesía callejera, despojada de la ya vieja Torre de Marfil y
de la nocturnidad romántica o metafísica fue la de los Poetas de
Tráfico y Guaire. Formulada a través de la vieja y gastada
tradición de la Modernidad expresada en los manifiestos. Para
decirlo con O. Paz "esa suerte de autodestrucción creadora" (Los
hijos del Limo, 1987. Pág. 20). De esta noción parte una
tradición hecha de interrupciones, en la que cada ruptura (o
manifiesto) es un comienzo. Es decir una contradicción
consciente, en donde la ruptura se formula para cambiar una
tradición, abriéndole espacio a otra que nace o como dice el
título de Harold Rosenberg: La tradición de lo nuevo. Paradoja e
ironía a la vez. Al final terminan combinándose lo nuevo y lo
viejo.
En este perpetuo cambio surgen en los años 80 un grupo de
jóvenes escritores que intentan la ruptura con un pasado que se
siente agotado. Aquí encontramos a Rafael Arraiz Lucca , que
inicia sus publicaciones en 1983 con Balizaje, su primer
poemario ubicado en cierta tendencia de lo conversacional; luego
en 1985 publica Terrenos, libro donde el poeta examina
sistemáticamente la vida en cuatro casas como climas vitales;
reconstruyendo (como afirma Francisco Rivera) la realidad en el
recuerdo. En este último libro la voz que habla es la que mira
el pasado ordenadamente, deslastrándose precisamente de esa
experiencia entregándolo a la voz pública del lector, en
definitiva el poeta levanta de la memoria, la experiencia vivida
como pasado memorable. El tercer libro de Arraiz Lucca es
Almacén, publicado en 1988; en este poemario se perfila una
poesía con procedencia diversa, múltiples influencias,
expresamente asumidas en los textos, que revelan la intención de
construir una voz definitiva, personal y lo más cotidiana
posible. En estos poemas encontramos viajes, vida doméstica,
amores perdidos, diversas edades, relaciones familiares; un
sumario de voces que dialogan y describen la realidad como un
gran caleidoscopio, todo esto impregnado por la ironía y cierto
escepticismo que vienen de las influencias poéticas, y del mismo
poeta que escribe. Almacén se debate entre lo íntimo y lo
público. Así llegamos al libro de poemas publicados por Rafael
Arraiz Lucca al que titula Litoral (Planeta, 1991).
Hace más de sesenta años en una revista dirigida por Harriet
Monroé (A. Oliveros. Imagen, Objetividad y Confesión. Monte
Avila 1991), se publicaron en sus páginas a un grupo de poetas (Reznikoff,
Rakosi, Oppen y Zukofsky) llamados objetivistas, todos eran
norteamericanos. La poesía de este grupo de poetas estuvo
despojada de toda carga barroca, desarrollaron su propia
retórica, que estaba a la vez vinculada en cierta medida al
Imaginismo, pretendían superarlo en lo que ellos llamaban la
"debilidad imaginista". Al parecer de este grupo, los poemas
imaginistas sólo eran pinturas hechas para satisfacer al lector.
Era un nuevo tipo de poesía que describía las cosas y sus
relaciones, carentes de recursos literarios y artificios
estetizantes; iban directo al objeto, o a la situación sobre la
cual reflexionaban. O, como plantearon los mismos imaginistas
norteamericanos –con Pound a la cabeza- la idea (fundamental)
estaba sostenida sobre "la disociación de la personalidad y sus
conceptos sobre la tradición". Para decirlo con la voz del poeta
valenciano Alejandro Oliveros: "el poeta debía despojarse de
todo sentimentalismo, sus ideas no debían disolverse en sus
sentimientos" . Es
decir, la expresión poética requiere de un distanciamiento
estético entre el poeta y el sentimiento que desea expresar. En
esta línea de pensamiento la poesía moderna se disfraza con otra
voz para retomar la voz del colectivo, despojándose de la
impronta personal, en donde no se evidencia la emoción, que sólo
sea una voz que se suma a esa gran polifonía publica. En cuanto
a la tradición, esta puede encontrarse en cualquier parte. La
poesía moderna no restringe su registro preferencial a un país o
a una época concreta, sino que amplía su abanico desde el pasado
hasta el presente, por eso es confusa y polifacética, múltiple y
única.
Todo lo anterior lo he dicho como un marco referencial e
intentar explicar los poemas que conforman el libro Litoral. En
este libro el poeta rescata la noción de la mirada y la
contemplación, el entorno y su significado en nuestras vidas.
Arraiz Lucca nos plantea una reflexión detenida sobre las cosa
que él ha privilegiado, no como un desencadenamiento de la
emoción, sino como un alejamiento de la emoción, intentar crear
otra emoción.
Las Cosas
En Litoral existe claramente una conciencia sobre la presencia
de las cosas, su existencia se hace en relación al otro que las
mira y las hace perceptibles: "Las cosas son / lo que de ellas
persiste / en la memoria /...Las cosas nada son / hasta tanto
alguien / no las mire de reojo". (Pág. 45). Los objetos
cotidianos no se notan por su uso constante, sólo el ojo que los
contempla hurgando más allá de su vulgaridad puede percatarse de
una mancha que perturba su perfecto equilibrio, tal es el poema
"La Corbata" (Pág. 46): "Recorre con los ojos / desde el nudo /
hasta la punta de la flecha: Nada salta a la vista / enfoca el
hombro izquierdo / baja hasta sus zapatos, / obsérvale las manos
/ ¿Viste ahora la mancha / en la mitad de la corbata?". Ningún
extravío de las formas, sólo precisión en su detenimiento.
En el libro se asoma la presencia de oscuros personajes,
brillando en la página, adquiriendo grandeza por la reflexión
objetiva que detecta el poeta en su función diaria,
confiriéndole así un tono trascendente, una dimensión que no
tienen en la descripción sumaria de sus oficios: aeromozas,
motorizados, fiscales de precios, exterminadores de animales de
campo, anónimos personajes que nos rodean diariamente,
anunciados en el epígrafe de Wallace Stevens: "Soy lo que me
rodea". (No se puede ser otra cosa).
El Herbario, animales, viajes y ciudades.
En el silencio están las palabras, un punto de partida para la
sensibilidad ante el mundo. La distancia que asume el yo poético
de Arráiz es la del que narra fría y linealmente la vida de
árboles, animales, viajes y ciudades. El objeto se muestra
directamente, la imagen que nos deja es lo que importa: "Lejos,
a la derecha / unas velas blancas remontan las olas. / Cerca, un
hombre saborea / unos calamares en su tinta. / Mira el mar y
recuerda la muchas veces que lo ha visto / desde la costa. / Las
gaviotas bajan, aleteando, / para posarse sobre las rocas. / El
hombre sigue mirando el mar, / el hombre no olvida, / unas gotas
saladas caen sobre los calamares. / Lejos, a la izquierda, /
unas velas blancas remontan las olas".
Entre meditar sobre la corta vida de un árbol o, describir los
hábitos de una serpiente, asistimos a una poética que la "domina
la desesperación" llama a alguien que no responde y sin embargo,
insiste por dejarnos un testimonio de lo efímero ("EL
Cristofué", Pág. 56) en el detalle, hasta el extremo para darle
grandeza a lo banal y a lo olvidado por el hombre: su
propia naturaleza.
El Acto de Escribir
Casi todos los poemas de Litoral pertenecen en su composición a
una reflexión sobre lo poético, un pensar sobre "el imperio de
nuestras certezas" (Pág. 40) ¿Por qué no dudar sobre esas
certezas? ¿Quién dice que son la verdad de las cosas? ¿El tedio?
O, como el mismo Arráiz formula como paradoja en la parte de II
del poema "Un poeta (desconcertado) se pregunta" con cierta
ironía que un hombre en su sano juicio crece, pero al final no
sabrá nunca si está más vivo cada día que pasa o menos vivo.
El sentido de la escritura como un recurso técnico, donde el
poeta, seguro de los edifica metáforas, símiles, versos
perfectos, "imágenes de la infancia", no tiene sentido en la
poética de Arráiz, es vana elocuencia, despliegue de recursos
lingüísticos que efectúa toda clase de operaciones, que sólo
sirven a la gramática, mientras tanto: "el poema no llega" (Pág.
49). Sometido por el formalismo el escritor condiciona su
creación, la vuelve artificio; "al reducir la literatura a sus
técnicas... no se dan cuenta que están condicionados por la
época" dirá Mounin (La Literatura y sus tecnocracias, FCE.,
1983). La original manera de tratar a la realidad de Arráiz
Lucca en Litoral hace trascender el texto poético hacia un
fragmento de lo real, para recordarnos que lo que vemos tiene
otro mundo en sí mismo, y que en el verso limpio y lineal está
impresa la imagen del hombre en toda su espesura poética. Para
decirlo con Steiner: El habla es creación. Recuerdo una cita
doméstica: La presencia habla.
El Lenguaje de la Realidad
El lenguaje de la poesía tiene como ventaja el poder prescindir
de la normas sintácticas y de las reglas de sentido establecidas
para crear nuevos sentidos e imágenes. Claro, esto puede suceder
sin "alterar la estructura gramatical" (Carmen María Boves. La
gramática del cántico. Planeta, 1975) Se trata pues del modo en
que se usa la Lengua. En el caso de Litoral, Arráiz asume la
realidad como rasgo esencial de su escritura, esta carece de
artificios literarios, el poeta acumula experiencias, cosas,
árboles, casas, animales. Al parecer el Lenguaje adquiere en los
poemas de Arráiz Lucca, al decir de la autora C. M. Boves "un
nivel aparentemente funcional" (ob. cit. Pág. 136). Las cosas
tienen su propio peso, su propia circunstancia. Se rompe con la
tradición simbólica clásica, para crear nuevos símbolos a través
del Nombrar: Eucaliptus, jabillos, topos, cabras, el pavo
real... etc. En fin, las cosas son un inventario simbólico de la
memoria del poeta.
¿Cómo es que el poeta realista reflexiona sobre las cosas que lo
rodean, en sus detalles, y convertirlas en signos e imágenes,
traspasando en la textura superficial de las cosas hasta llegar
a su interior? El poeta es una caja de resonancia de la cultura
de su época. En uno de los poemas de Litoral, titulado
precisamente Las cosas, en donde el poeta presenta el sentido
ontológico o de verdad que adquieren las cosas al ser observadas
y fijadas como herencia y tradición en el hombre: " Las cosas
son / lo que de ellas persiste / en la memoria." En el recuerdo
y su formulación en el Lenguaje es donde se resuelve la
presencia y validez de las cosas, o cuando no existe la memoria
que las formule: "Las cosas también son /lo que de ellas queda /
cuando la memoria falla."
Las cosas en el tiempo y en el espacio, como un fragmento de la
persistencia insoslayable de lo que el hombre crea en su devenir
humano. El tema del paso del tiempo, que deja sólo lo esencial
de las cosas, apariencia y esencia: "Las cosas incluso son / lo
que de ellas queda / colgado en la pared / cuando ya no
existen." Un Lenguaje Gráfico sustituye lo real concreto, para
proponernos lo real imaginario. La realidad que arbitrariamente
crea el hombre diseñando un sistema de relaciones que activan la
existencia de las cosas a partir de su reconocimiento en el
mundo; por eso nos dice al final de este breve poema: "Las cosas
nada son / hasta tanto alguien / no las mire de reojo." |