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Opera quinta
de Rafael Patiño Góez o los monólogos del alquimista embrujado
Ricardo Cuéllar Valencia
En
la Colombia de hoy, más que nunca, los extremos en todos los
campos, reales e imaginarios, son de una ineludible incapacidad
conciliadora, excepto, algunos intentos a los que aspira la
política crítica y democrática, desde una evidente acción
minoritaria.
La lírica y el realismo en todos sus senderos cuentan, en
nuestro país, con bifurcaciones que hacen la historia de la
poesía escrita. Pero muy pocos poetas han frecuentado los
saberes antiguos de Asía, África, Europa y América. En la
modernidad recuerdo dos poetas que asumen elementos, referentes
y representaciones de Europa medieval y de Asia: Fernando
Arbeláez y Jaime Jaramillo Escobar. Sobre todo el primero es
quien frecuenta espacios del imaginario poético oriental. Lo que
interesa, ahora, destacar, es no sólo la pretensión
universalisadora de los poetas, si no el necesario y renovado
enlace con los saberes poéticos milenarios. Al mundo de la
alquimia, en dimensiones muy diferentes, han viajado Álvaro
Mutis, Fernando Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar, Raúl Henao y
Rafael Patiño, entre otros escasos frecuentadores de tan antiguo
y secreto saber. Y aún a sus raíces herméticas de orden
egipcio. No podemos dejar de pensar en J. L. Borges, Octavio
Paz, Ramos Sucre, Olga Orozco, Enrique Molina… Quien ha llegado
a fondos insospechados y puesto de nuevo los saberes orientales
y sobre todo los heredados de medio oriente, en relación con
occidente, en el orden de las preocupaciones modernas, de otra
manera, enriquecida, es José Lezama Lima. El poeta cubano crea
espacios de un absoluto irremediable, perfecto, dicho en
términos poéticos. A muchos espanta y huyen despavoridos. No
importa. Lo que nos incumbe enfatizar es que la frecuentación de
los saberes antiguos mirados con ojos modernos, con otras
configuraciones literarias y formas verbales, lo logran poetas
como Henry Michaux. Este poeta belga de lengua francesa
retrotrae una gama ineludible de poetas: Artaud, Mallarmé, Lautréamont,
Rimbaud, Baudelaire, Nerval… Sin dejar de pensar en los
románticos alemanes que fincaron buena parte de sus buscas en
los saberes medievales. Y, obvio, más allá de esa frontera.
Los poetas mencionados hacen parte de esa legión de escritores
que conforman una tradición que permite la pervivencia de
saberes antiguos, mágicos, míticos, esotéricos, alquímicos y
surrealistas. No siempre bien vistos y más bien desdeñados. En
Colombia ha predominado la poesía lírica, sin dejar de pensar en
las cercanías a ciertos ocultos saberes del fundador de la
modernidad poética: José Asunción Silva, del malogrado Porfirio
Barba Jacob o las alusiones de León de Greiff.
Difícil es buscar y encontrar una filiación directa entre poetas
de esta estirpe. Los senderos de acceso siempre son muy
particulares y los hallazgos no dejan de ser muy personales.
Existe un espacio pleno de símbolos y signos, de imágenes y
elementos que los relaciona.
La poesía de Rafael Patiño Góez nace de profundas indagaciones
en saberes mimetizados, agazapados en la cultura. Y más allá:
detrás de sus espejos. Su pertenencia se inscribe entre lectores
selectos, iniciáticos, frecuentadores de mundos propios de la
magia, el mito, de la alquimia, el esoterismo, lo barroco
americano, las poéticas clásicas, las filosofías herméticas,
ciertas retóricas y, claro, todo ello observado desde una mirada
surreal, mirada moral que ha aprendido a viajar por los
laberintos de la vida, las estancias del amor y el erotismo,
los encuentros o aproximaciones con el ser y la poesía.
El mundo de la magia lo recrea desde sus inmersiones en los
decisivos trabajos de Carlos Castaneda, especialmente levanta
velas desde Las enseñanzas de Juan. A partir allí, las
relaciones que devela la mirada poética con las formas de vida y
lenguajes de la naturaleza y presencias del cosmos, adquieren
para Rafael Patiño, otra dimensión que lo distancia de las
tradiciones occidentales y lo acerca a los saberes milenarios
americanos.
El diagrama metafórico, desde su primer libro publicado,
Clavecín erótico, es fresco y siempre perenne. En la poesía
escrita por Rafael las ideas navegan detrás de la insólita
metáfora. Primero la metáfora, vida sustantiva de la palabra
poética. Uno se encuentra con una pureza sustancial, con una
manera inequívoca de ascender a la profundidad de las visiones
que se le imponen, evidentemente exactas, desde los triángulos
impalpables del ritmo secreto de las palabras que nombra el
poema.
Una deleitosa economía verbal juega en precisas imágenes que, en
muchos momentos, ponen en jaque el orden lógico del discurso
poético tradicional. Se impone la lógica de la irracionalidad
como un saber poético. Aquí el conocimiento por los sentidos
juega un papel decisivo en la percepción y construcción de las
imágenes y metáforas que se despliegan a lo largo de Opera
Quinta.
Varios son los momentos que sus indagaciones frecuentan. Uno de
esos momentos felices que visita con aguda insaciabilidad es el
Deseo, en las florescencias eróticas que le propicia la amada.
Desde el comienzo del poemario Opera Quinta de manera
deliberada el narrador y la poética se confunden o funden en una
sola entonación:
Vivo en la matinée de tu morada
Tejiendo ecos con el pulso en marejadas
Cuando sumo mi sueño en tu hospedaje
Canta mi juglar su tonada
Arropado entre el rubí de la noche
(Matinée en tu marea)
Y el poeta después de cantarle a la musa, Beatriz, “Mi Venus”,
escribe en dos líneas su Poética, poética que va más atrás que
la del latino Horacio:
Entre el bosque de seda del poema
La altura del árbol habla de una eterna edad.
(Poética)
El mundo erótico de nuestro poeta va más allá de las insulsas
vanidades de los sexos y pocos, en realidad, se acercan a él con
auténtica creatividad, como lo demanda su sabia y tradicional
práctica, lo sabemos literaria y lúcidamente desde Sade, a quien
Patiño a traducido y sobre todo asumido. El poeta no recrea
simplemente el gozo erótico, si no que revela el Homus
Eróticos en su esplendor:
Ser cuerpo era un festejo,
Gajos de luz abrían heridas en el ojo ebrio,
Yo te decía ven y el cristal
Retrataba tus uñas en mi carne.
Un mástil erguido en mi cuerpo se mecía en tu centro
Y mascullábamos al amanecer nombres equívocos
Bella geta alzada grupa fruto reverberante
Anillándose en el dedo
Axila donde insulé el olfato de fauno
Universo incendiado entre una leche de lujuria
Abyecto y delicioso empalamiento del amor.
(Ser cuerpo era un festejo)
Otro de los momentos que Rafael asume como intensamente propio,
dada la terrible cotidianeidad que lo rodea en Medellín es la
muerte y la guerra que allí cabrestean todo tipo de criminales.
Lo singular es que el poeta Patiño las observa como realidades
dadas, con metáforas de una exquisita belleza que sacuden
nuestra sensibilidad ante esa espantosa e ineludible presencia:
……
Mientras también para todos
La guerra germina con la espora del alba
Y toca a la puerta
Bañada por el agua roja
Donde abrevamos día a día nuestra luna.
(Espora del Alba)
Burla de la Parca
es un poema largo, de 40 versos, ante la brevedad del verso de
Rafael. Relato que da cuanta de cómo poetas y pintores, en
diversos momentos, han escapado y huido, de la muerte. Las
dos últimas partes llaman la atención por su original forma de
consignar lo que se vive en el país, más allá de la simple
denuncia y, por lo tanto, se puede escuchar los acordes
melódicos que entona la parca y el espasmo que produce su canto:
Apenas ayer y entre clarines y atabales
La guerra se aposentaba en nuestros sueños
Y la muerte se entretenía en las encrucijadas
Igual que un macilento Hamelin
Tocando una melodía irresistible
Que extraviara el radiante desfile de la vida
Hacia mortales precipicios
Y arriba, arriba, en el hiato rodado de las cumbres
Entre el bosque de seda donde duerme el poema
Cuando la muerte circunspecta toca su ocarina
Comprendes que será en vano
Sentirse salvo en el escondite del pellejo
Algo salta afuera de ti para mirarte
Mientras tu sueño se funde en un sol coagulado
(Burla de la Parca)
El poeta sabe de la realidad de un personaje que con
persistencia lo habita y no puede más que darle vida para
compartir con él ciertos momentos:
Ahora desayuna sombra
Y pacta augurios con el viento
Vaga entre escrituras de escalpelo
El revés que le narra su llama piel
Ardiendo va,
Embrujado entre tu noche.
(El Alquimista Embrujado)
Una de las palabras clave en el mundo de la magia es fuego,
en medio del cual el hechicero invoca y evoca espíritus con los
cuales dialoga y ejecuta determinadas acciones como bien lo
recuerda la antropología cultural y, de forma esclarecedora,
Octavio Paz en El arco y la Lira.
El poeta, el brujo y el mago, con los mismos procedimientos,
transfiguran la realidad. La parte tres del poemario intitulada
como el libro mismo, Opera Quinta, dividido en trece,
es cardinal gracias a que en ella nos encontramos con uno de
los momentos singulares la poética de Rafael Patiño. Sin
manierismo o cultismo que desdibuje la intención creadora nos
hallamos con unos versos de nítida poética mágica:
Un clavicordio anda de puntillas por la siesta,
No obstante que de inmediato yo esté de pie
Y la noche venga a acurrucarse entre mis piernas.
Entonces digo de nuevo la palabra fuego,
Su magia vierte aliento sobre la realidad
E incluso la ocultación vira su mimetismo
Dirigiéndose a los verdes bruñidos
Donde mi piel desgarrada silba al viento
Como un estandarte hecho de llamas.
(Opera Quinta lll)
En el cuarto poema de la sección Opera Quinta tres versos
son los que logran llegar a una de las más bellas y sabias
definiciones del poema, escrita por Rafael Patiño. Primero el
poema viviente que el poema escrito y desde la abismal
experiencia de la escritura el poema es. Ese espacio de la
palabra sin fondo, o la palabra como abismo implica,
ineludiblemente, como ya lo indicara Baudelaire, embriaguez.
Nuestro poeta concibe el espacio abismal de la palabra con
verdadera y renovada alegría:
Mi mano desposa un poema viviente
Desde donde me lanzo al abismo de una palabra
Que mueve su cola mojada con el entusiasmo de un Baco
(Opera Quinta lV)
El poeta para Rafael, además de brujo y mago es un auténtico
vampiro:
Cuando el paisaje de mi infancia se esparció
La madre del eco
Me sopesó entre un viento nocturno;
Como un crío feroz de la muerte
Mis dientes crecieron por entonces
Para morder lo eterno
Chupando esta amarga sangre del poema.
(Infancia del Vampiro)
El tema del celoso fue muy agasajado por algunos poetas
románticos, sobre todo españoles, sin olvidar a Shakespeare, el
siempre excepcional; hoy en día muy pocos lo retoman,
escasamente nuestros mejores románticos, como lo son en ciertos
momentos de sus obras, Pablo Neruda y Jaime Sabines. Rafael
Patiño el asunto del celoso lo asume con un tono irónico,
crítico y revelador que merece destacar. Inicia el poema así:
Si una manada de vuelos comanda la abubilla
El celoso frunce el cejo y estira su delirio;
Si describimos la abubilla entendemos mejor los versos citados.
La abubilla es un hermoso pájaro de plumaje rojizo en la parte
superior del cuerpo y desde un poco mas arriba de la mitad hacia
abajo lo cubren plumas de franjas blancas y negras. La cabeza
está engalanada por un gran copete de plumas. Con la imagen de
la abubilla como ave viajera, elegantemente hermosa, con su roja
cabeza, entre todas las que comanda observamos al celoso mirar
ese vuelo al tiempo que frunce el cejo y estira su delirio.Nada
más exacto que entender que el celoso se constriñe ante la
imagen simbólica que lo desafía, lo que de hecho no logrará más
que prolongar su persistente delirio. Continúa el poema.
Su amor nada en la quietud del alabastro
El celoso gira su rueda de hueso:
¿Qué me perderá…? – se pregunta
Acaso el centelleo del joven caucásico
Que me habita entre resuellos…;
-El mastín que ladra en la cantera del ser…
¿Qué cosa anuncia sino la cabeza cercenada del amante?
El amor del celoso transcurre en la quietud que asemeja un
alabastro, piedra blanca, translúcida, compacta y maleable.
¿Qué lo puede perder? Su condición de seductor. Le sucede que
escuchar, inevitablemente, el potente ladrido del mastín, ese
perro guardián, muy leal, grande, que habita los espacios
laberínticos del ser, lo conduce como a un ciego y, así,
sordamente anuncia la cabeza tirada, cercenada, del amante.
Continúa el poema.
El que estruja su nocturno y escurre la mirada
Contra el valladar del día
No tiene a fe del celo ni sueño ni descanso:
Diez jóvenes nadan desnudos
En las oscuras lagunas de sus ojos
Pues el celoso se entretiene en chupar su propia sangre
Mientras copulan los fantasmas
Entre la lava oscura de su suerte.
El celoso no se tolera en el día o la noche, vive sin descanso.
Siempre está dudando del que llega, y tal su obsesión que todo
aquel que pasa cerca de su amada en su enemigo o mejor, como lo
dice bellamente el poeta: “Diez jóvenes nadan desnudos/ En las
oscuras lagunas de sus ojos”. El celoso se consume, infatigable
y cruel y mientras los fantasmas realizan sus amatorios
festejos, él es el vampiro de su propia suerte.
Lo que con suma belleza plástica y precisas metáforas nos indica
el poeta sobre la condición del celoso, el psicoanálisis de
manera escueta, seca, científica, afirma que el celoso es un
infiel, real o imaginario, de ahí la farsa inconsciente de sus
tormentos. He aquí un buen ejemplo de dos maneras, dos caminos,
de llegar a verdades fundamentales de la condición humana.
El tema que asume la palabra poética de Rafael Patiño va signado
por elipsis, condensaciones de imágenes (metonimias), metáforas
herméticas, visiones mágicas y surreales. El poeta sale, con
toda evidencia, de los lugares comunes y desde una fogosa
imaginación nos ofrece, por ejemplo, delirantes hallazgos de la
posesión carnal, para inventarse, inventándola a ella, como una
brújula que pierde toda dimensión posible, para arribar, desde
lo insólito, a este o aquella orilla. También la desolación y la
soledad lo incitan a estas exploraciones.
Como Luis de Góngora y Francisco Quevedo, Rafael Patiño desde
la palabra poética crea otras palabras, establece relaciones
secretas entre ellas, descubre nuevos sonidos y ritmos por medio
de, entre otras técnicas, estallidos sintácticos y choques
semánticos. Adjetiva ciertos sustantivos y lo contrario, como
una constante en su escritura. Este procedimiento literario es
inequívocamente subversivo. Es una poesía que por asumir tales
recursos, exige mucho del receptor, más de lo que normalmente se
propone la generalidad de los escritores. Ellos, este tipo de
poetas, establecen el reto y saben que pocos, muy escasos, serán
sus lectores. Ese es el precio de su apuesta.
Las necesidades de decir o desdecir o decir de nuevo los
enfrentan a las realidades del lenguaje y esa relación compleja
y decisiva en sus buscas, en una lúcida revelación, los conduce
a llevar el lenguaje por muy diferentes cauces a los
establecidos. Viajan por diversas culturas sin ninguna
impunidad, sin ninguna cercanía con la conocida mesura
diletante. Una sola palabra clave les basta. La urdimbre se teje
y abajo queda la erudita alusión. Así deletrean sus secretas
porfías. Se trata de una claridad en permanente batalla con las
certezas. La profundidad será una constancia del hallazgo.
En el caso de la escritura poética de Rafael Patiño debe
destacarse la insoslayable presencia de lo erótico como un acto
que rebasa el deseo carnal –sin dejarlo atrás, por supuesto- y
se instala en las ebrias sedas de Deseo, desde el cual es
posible y necesario poner en cuestión ciertos asuntos de la
cultura, como bien lo han enseñado Bataille, Klossosky y
Blanchot, sin olvidar al poeta y ensayista Jorge Gaitán Durán,
primer lector de Sade en América Latina, escribió Octavio Paz.
Para Patiño el erotismo no se reduce el gozo dado, gracias a
que sabe desde sus entrañas fisiológicas y sensibles, mirar el
mundo y ponerlo en situación. Un poema en prosa da cuenta de lo
que afirmamos, en tanto que es punto de partida de su visión:
Con relámpagos de pupila felina se enciende la pasión erguida
como un tótem. Veo aproximarse a tu piel mis dedos ornados por
arcos voltaicos.
Entonces apenas si dudo cuando eres una mujer de cabellos rubios
que se aproxima y viene a susurrarme un poema cuyo cuerpo de
amor quemamos sobre la bóveda celeste. Ella deja que la materia
puesta al desnudo muestre sus caminos humeantes de donde se
desprende un cuerpo filosófico.
La serpiente visible deja que la serpiente invisible suba hacia
la testa para reparar el seso.
(Opera Quinta, Vll)
Otro poema nos coloca en relación con el universo del deseo,
ahora equivoco:
Con la forma del bíceps, trono
Desde donde brama la rabia del cuerpo,
Una sombra cava el proyecto de odiarte;
Sin embargo, bisbiseos, ceceos, voces
Y también obcecaciones.
Afuera en la torre solar,
El amor se corrompe.
Lejos, el colibrí claquea su pico,
El ñu enseña a correr a su becerro
Y sustituimos nuestra soledad
Con la equivoca pinza del deseo
(Deseo Equívoco)
El placer posee su lugar exclusivo, siempre variante, no un
lugar cualquiera, cada vez que nace la luz matutina. Veamos:
Fresca aún la cicatriz del cielo
La untuosa amiga del placer se desliza a mí,
Yo la doblo en la redoma de mi plexo
-Loados el lingan y el yoni
Cuando el cielo se multiplica
En la pupila ciega de nuestros sexos.
(Kama)
Citemos un poema donde juega el escritor con diversos
referentes culturales que sólo un lector eficiente podrá
descifrar:
He pensado que debí decir
Hermosa señora del tricornio
Como se refresca tu voz y pensé
En la dama manca de Velásquez…
Creo que he dejado que me destroces, ¡Oh zorra!
Como al muchacho espartano, y lo peor, que
Como el viejo Witoldo hayas hecho
Una coliflor de mi cerebro,
Pero he de escalpar tu piel aceituna
En mi pupila
Insidiosa cómplice del sueño.
(Versión de Señora del Tricornio)
El poeta Patiño, de manera efectiva y constante, frecuenta el
universo de la alquimia como un espacio que él asume y consume,
en sus eternos espirales, desde los vértices ascendentes de la
poesía:
Sobre una tortuga está el ánfora del éter
Entre el ánfora del éter el aire gira
Entre el girar del aire la tierra anida
En el nido de la tierra se empolla el fuego
Con el mensaje del fuego
Sobre la tierra y entre el aire
El agua mueve la vida.
(Danza de los Elementos)
Dos ejemplos de hermetismo son Puente Doce y Palabras
Sordas para un Ciego, donde el poeta maldito deja percibir,
como en otros poemas, sus más profundas convicciones. La última
parte del libro, Opera Quinta, es una travesía por
secretos muy recónditos de su pulso poético fúrico, que los
lectores eficientes deberán deletrear. En la parte final nos
encontramos con auténticas alucinaciones que lo relacionan con
ciertas obras de Michaux, sin olvidar los aprendizajes en Las
enseñanzas de don Juan. Su personal experiencia alucinógena
le permite escribir, por ejemplo:
Oigo bostezos de flor
¡Noche crustácea
Crepitando en piel de nácar!
El conocimiento por los abismos, desde la alucinación que
propicia la mezcalina, es una de los más complejos en tanto que
exige un reordenamiento general de los sentidos, de sus tácticas
y estrategias, los cuales llegan a percibir más allá de lo que
la mirada de la razón hace posible. Patiño registra en varios
poemas esa forma de alto conocimiento, reservada para pocos.
Recuerdo como antecedente, en Colombia, diversos poemas de
Carlos Bedoya.
Un singular poema cierra el libro que podríamos señalar como el
que cifra sus combates con la palabra, el encuentro con sus
luces fluorescentes y las relaciones intimas que entabla, en la
obra escrita, con la tradición europea y americana; sobre todo,
la música que hace florecer y habita su poesía y se explaya
mágicamente en su arte poética:
Madama Musiquela haciolada dalo tardo
Entro al-mizcla-Do Dulz-ay-no!
Carcaj-é voz-queja el Bosco
Lo-más-si-mi-ésquina
Albor-ni-zo-bar-ni-zo
Ser-vez-ah! ¡Pu-ed-oh!
(Madama Musiquela)
Apenas hemos esbozado algunos rasgos de la obra poética que hoy
presentamos: Opera Quinta. Extenso será detenerse en este
trabajo singular cuyos temas y sobre todo las formas que elige
para contarnos sus trasgos nocturnos y diurnos, demanda.
Opera Quinta es un trabajo que hará no ruido inútil, más si
excitará bruscos ademanes y, esperamos, sólidas reflexiones.
Sólo intentamos, por el momento, un merecido homenaje al amigo y
poeta que es Rafael Patiño Góez.
Finalmente es necesario advertir que Rafael es pintor y
traductor. Contamos con una bella versión de 19 poetas de
expresión francesa, portuguesa e inglesa, intitulada Mascaras
de poesía negra, de próxima aparición. De ella ha escrito,
en el prólogo, Juan Manuel Roca: El destello en las imágenes que
hay en todos los poetas, su fustigante verbo que toma del
surrealismo esa especie de látigo lingüístico inaugurado por
Lautréa- mont, pero que especialmente conserva el ritmo, el
tamborileo, de la gran nación africana, nos pone en contacto con
una gran cantera, con una gran cultura. Pocas veces, como en la
“Antología Negra” del investigador Frobenius (en donde recoge
narraciones eróticas y burlonas de la antigua y desarrollada
cultura del Sahara y de la selva del Níger), podemos asistir a
una saga y a una gesta poética como estas “Mascaras de Poesía
Negra”. Sentimos en estas tradiciones el pulso, el ritmo que nos
jalona el pie y nos aguza el oído, “quintaesencia del arte
negro”. “Mascaras de Poesía Negra, es una invitación a
bogar por los ríos de la geografía espiritual del África, por
las selvas de sus lenguas sibilantes, por las colinas del sueño,
bajo el negro sol de una de las más asombrosas poéticas
realizadas por el hombre”.
Por fin tenemos la oportunidad de leer en un sólo tomo la obra
poética de Rafael Patiño Góez fraguada durante cuarenta años.
Que los lectores asuman Opera Quinta y la gocen en sus
más íntimos silencios, no hay otra manera.
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