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Jorge Debravo: el hermano mayor
Adriano Corrales Arias
No han de caber en el artista prejuicios, credos, ni formas
preconizadas de mirar la vida. Debe tener los ojos abiertos
siempre, abiertos hasta sacarse sangre, abiertos hasta vaciarse
por ellos.
Jorge Debravo
Breve biografía con apasionamiento precoz:
Hablar del poeta Jorge Debravo (Guayabo de Turrialba, 1938-San
José, 1967) es harto difícil, no tanto porque desconozcamos su
vida y obra, sino por el impacto que ambas tuvieron en la poesía
costarricense y en la polémica que aún no cesa entre defensores,
fetichistas y detractores. Hoy, a 29 años de su muerte (los
mismos que hacía ocho meses había cumplido cuando un borracho
arrollara su motocicleta), la distancia es propicia para
conversar sobre la poesía y vida de este hermano mayor, que sin
duda alguna se erigió en parteaguas del quehacer poético
costarricense.
Jorge, según nos los describen sus biógrafos, compañeros de
viaje y familiares, era un muchacho taciturno. De origen
campesino y proveniente de una familia de agricultores pobres,
su infancia transcurrió descalzo entre las pesadas labores del
campo y su procaz avidez de conocimiento. Fue muy tarde a la
escuela (en Guayabo no había escuela y la más cercana, en Santa
Cruz, estaba a cuatro horas de camino) y sin embargo, con ayuda
de su madre, aprendió a escribir en hojas de plátano con
palitos, desbrozando desde muy temprano su tenaz lucha con las
palabras. Ayudaba a su padre hasta las dos de la tarde, luego de
esa hora cultivaba una milpa pequeña, y con lo que ganó con esa
labor se compró un diccionario, su primer libro, que devoraba a
la luz de una vela a falta de fluido eléctrico. Completó la
primaria en la ciudad de Turrialba cuando tenía 15 años.
En Turrialba publicó sus primeros versos en “El Turrialbeño”
y encontró un trabajo en la Caja Costarricense del Seguro
Social, mientras cursaba la secundaria nocturna hasta tercer
año. Inició sus primeras lecturas (la Biblia, Whitman, Vallejo,
Miguel Hernández, Neruda, Darío) con tal apetencia que como
siempre le encontraban leyendo le apodaron “El Loco”. El trabajo
en la Caja del Seguro Social le permitió ascender y trasladarse
como inspector, ya con su esposa Margarita y sus dos hijos,
Lucrecia y Raimundo, a San Isidro de el General, luego a Naranjo
de Alajuela y más tarde nuevamente a Turrialba donde terminó el
bachillerato en 1965. Al año siguiente se trasladaron a la
ciudad de Heredia, donde, dos años más tarde, para viajar a
clases vespertinas a la Universidad de Costa Rica en San José,
había comprado la fatídica motocicleta del accidente. Fue la
suya una vida a la deriva, humilde, sin apoyo ni ayudas
institucionales.
Sabemos que la vida de un autor no determina su obra, ni mucho
menos. Pero en el caso del poeta que nos ocupa, su paso entre “Nosotros
los hombres” (título de uno de sus mejores poemarios, el
último publicado en vida) es importante para comprender su labor
artística, no solo por la exigüidad material y carencias
culturales de la misma, a la cuales se sobrepuso estoica y
lúcidamente, sino porque su existencia se imbrica, armoniosa y
creativamente, con la poesía y sus principales soportes
estéticos e ideológicos. Porque en Debravo tenemos, ante todo, a
un poeta franco y directo, es decir auténtico y sincero,
justamente lo que fue Jorge el hombre: una persona solidaria con
los oprimidos, un compañero insobornable, un promotor
inclaudicable.
Cierto, lo anterior no hace a un poeta, sino su producción.
Precisamente lo que coloca a Jorge Debravo como un parteaguas en
la lírica nacional es una poesía que apuesta por la
comunicabilidad y la cotidianeidad con un lenguaje simplificado
y directo frente a una tradición nobiliaria, solipsista y de
trascendentalismo lingüístico basado en la metáfora y la
alegoría con un trasnochado parnaso/modernismo de formas vacías,
salvo serias excepciones, caso de Max Jiménez y Eunice Odio (sin
olvidar a Rafael Estrada, Ninfa Santos, Alfredo Sancho, Alfredo
Cardona Peña, Arturo Montero Vega, Joaquín Gutiérrez, Fabián
Dobles, Francisco Amighetti, Carlos Rafael Duverrán, Mario
Picado e Isaac Felipe Azofeifa), poetas que en mucho despejaron
la tentativa de Debravo.
La poesía debraviana irrumpe como un río enfurecido por la
llanura lírica nacional, portando una diáfana y refrescante
visión de realidad con una simplificación expresiva inédita
hasta ese momento. Sin renunciar completamente a la tradición de
la transfiguración metafórica y la simbología, los libros
Canciones Cotidianas y Nosotros los hombres
fundamentalmente, (y en eso coincido con el poeta e investigador
Carlos Francisco Monge: 1984, pp.186-187) se convierten en los
puntos de partida de una nueva sensibilidad que pretende
procurarle contexto y testimonio histórico al poema. Lo anterior
consigue lo que todo poeta persigue en su época, aunque no lo
confiese: un considerable arraigo entre los lectores y un
entusiasmo inusitado por la poesía, especialmente en un país que
le había encomendado las tareas críticas de develamiento social
a la narrativa y al ensayo.
A partir de Jorge Debravo la poesía pasa a ocupar en nuestro
país el lugar que los poetas anteriores, aristocratizantes de un
yo conflictivo y de cenáculo liberal, salvo serias excepciones,
como ya subrayamos, habían deseado pero no habían conseguido.
Las paredes de la ciudad se llenaron de graffitis y carteles que
exhortaban directamente: LEA POESÍA, y los libros de Debravo y
sus compañeros de viaje - los del “Círculo de Poetas de
Turrialba” - impresos manualmente en polígrafos, corrían de
mano en mano, ya no en ateneos de señoritas e intelectuales
burgueses, sino en sitios de labor, aulas y casas de
trabajadores, estudiantes y “gentes sencillas”. La poesía tica
adquiría carta de ciudadanía con un inconfundible acento
humanístico y popular, sacudiendo a su vez un entorno aletargado
y deplorando un pasado de pálida impasividad.
Una necesaria digresión:
el trascendentalismo:
Al hablar de sus “compañeros de viaje” es necesaria una
digresión aclaratoria: luego de la muerte del poeta, y ya
instalados en la capital y en sus principales instituciones, los
miembros del “Círculo de Turrialba” (fundado en 1960
además de Debravo por Laureano Albán y Marco Aguilar; el tercero
permanece en Turrialba), ampliado y convertido para entonces en
el “Círculo de Poetas Costarricenses”, apadrina a uno de
ellos, el más conspicuo, Laureano Albán, en sus audaces
aventuras por la búsqueda de reconocimiento y poder simbólico,
quien redacta un manifiesto que luego firmarán su entonces
esposa la poeta Julieta Dobles y los jóvenes poetas Carlos
Francisco Monge y Ronald Bonilla, y que será conocido como
Manifiesto Trascendentalista. Dicho documento, de escasa
repercusión, fanfarronea y aboga por una poesía metafórica y de
lenguaje figurado, donde la intuición sería el centro de la
creación poética en contraste abierto con el legado debraviano,
dejando de lado la investigación y la experimentación, elementos
sine qua non de toda actividad artística. Jorge Debravo
decía: “Estoy con todo lo que signifique revolución artística
(Debravo: 1978: 24). Dice Albán: “prefiero jugar con los
niños, pasear por la ribera de un río, sorprender a las nubes y
hasta dormir bajo la lluvia, que leer muchos libros y porquerías
literarias” (Albán y otros: 1977). En una especie de
traición estética y ética, con una actitud de soberbia,
presumiblemente iluminada por la única verdad, la suya,
proclaman el abecedario de grupo y denostan la poesía que
propusiera el autor de Milagro Abierto, pero citándolo
(paradójicamente en su apartado V aparece la cita “La
poesía es un arma”) siempre como coterráneo, compañero de
generación y de viaje.
Si algo importante sugiere esa proclama trascendentalista es la
constatación de que la poesía es una labor marginal para la
sociedad de consumo y la cultura de masas. Lo que sucede es que,
además de ser un texto contradictorio, con generalidades y
repeticiones incluso antagónicas, la gestualidad un tanto
prepotente de su redactor y firmantes buscará lo contrario:
ocupar los pedestales del canon y la fama. Otro logro que
podemos endosarle es su calidad de autorretrato en grupo, al
describir en mucho la posterior producción poética de los
firmantes subrayando la “mediocridad mimética, comodidosa y
superficial de la poesía de nuestro país”. Es
imprescindible, por lo demás, ubicar el trasfondo histórico de
esa sui generis toma de posición en una Centroamérica
convulsionada por la violencia política y la lucha social con
una poesía militante que produjo numerosos mártires: Otto René
Castillo, Roberto Obregón Morales, Roque Dalton, Ricardo Morales
Avilés, Leonel Rugama, entre otros. Es de suyo interesante
recalcar la invisibilización que se hace de la poesía
nicaragüense, nuestra vecina ineludible, con toda su tradicional
riqueza expresiva, especialmente a partir del Movimiento de
Vanguardia comandado por José Coronel Urtecho en Granada, y
su posterior franja de producción “exteriorista” y
coloquial. No cabe duda que Albán y acompañantes pretendían
alejarse de esa fuerte influencia para fundar su propia
nombradía con una poesía cargada de abstracciones y vaguedades
parnasiano/simbolistas, con ciertas excepciones: los poemarios
Solamérica, Chile de pie en la sangre, Sonetos
cotidianos y Sonetos laborales, de Laureano Albán,
pero un tanto impostados, lejos de la médula debraviana.
Pero lo más incongruente del manifiesto de marras es que en
1965, en la revista Polémica, Laureano Albán y Julieta
Dobles habían firmado el Manifiesto 65 redactado por el
propio Jorge Debravo, conjuntamente con Albán, Marco Aguilar y
Edith Fernández (Boccanera, 2004: 116). En dicho manifiesto se
precisa, con anticipación y en grupo, la posición del autor que
nos ocupa, insinuando que “un día la política será una
canción”. Semejante contradicción conceptual y ética pocas
veces se ha visto en nuestro país. Por esas y otras razones,
estéticas fundamentalmente, hasta hoy no he podido descifrar
cabalmente qué es la poesía “trascendentalista” - término
más cercano a la poesía de esa otra cumbre costarricense, Eunice
Odio, en el sentido de trascenderse más allá del ser y de su
propia imagen; por supuesto, nada que ver con la filosofía de
Emerson, Thoreau y demás feligreses norteamericanos – aunque sí
su peligrosa articulación con los ámbitos del poder y el rejuego
institucional y editorial, oficializando una forma de hacer
poesía acartonada y desvinculada del entorno sociohistórico,
pero con la complicidad de los círculos literarios más
conservadores, de la academia y los premios oficializados (léase
fosilizados), y siempre pronunciando el apellido Debravo, en
vano. Justamente esa actitud ha llevado al Círculo de Poetas
Costarricenses al “autoexilio” en el amplio y plural campo
literario costarricense, hecho parangonado en la historia
reciente solamente con el grupo “Alambique” que, luego de
aparecer, a mediados de los años 90, con una propuesta editorial
cooperativa e incluyente, los escasos miembros que sobrevivieron
a sus purgas fueron paulatinamente desdiciéndose y
autoaislándose con una arrogancia y altisonancia discursiva
ciertamente patéticas y con una producción literaria
profundamente endogámica.
Aportes, valores, contradicciones e influencia de la obra
debraviana:
El arraigo popular alcanzado por la poesía debraviana propició
la paradoja: por una parte se popularizó una forma de hacer
poesía más clara y directa que optaba claramente por los “desheredados
de la tierra” proponiendo un nuevo paradigma donde la utopía
estaba a flor de la palabra, con un creciente número de
lectores; y por otra parte, y por eso mismo, la creciente
vulgarización de esa forma de poetizar la realidad hasta caer en
el panfleto y la versificación pedestre y sectaria. Pero además,
y debido a la trágica muerte del poeta, sobreviene la temprana
canonización oficial que vacía de los principales contenidos a
la poesía debraviana reformándola como lectura obligatoria de
nuestra empobrecida enseñanza, relegando así su rebeldía y su
energía creadoras para dar paso a la anécdota ramplona y a la
reseña escolar. Muerto el revolucionario se confisca su fuego.
Pienso que lo último es lo que ha favorecido una confusión entre
defensores y detractores. Los primeros lo reivindican como el
poeta del pueblo con justo entusiasmo y no menos razón, pero
fetichizando en mucho su obra y despojándolo, a contrapelo de la
misma propuesta estético ideológica del creador y de su visión
dialéctica del arte y la historia, de sus más profundos
postulados. Los segundos le cobran la oficialización y
proposición de su poesía como paradigma poético “nacional”,
recelosos, en el fondo, de su popularidad y de su abundante
lectura en todos los estratos sociales. Ello habla de la
autenticidad de una poesía y de un autor que aún hoy provocan
serias y bizantinas discusiones, y hasta poemas que ambiguamente
reclaman, deploran y justifican la muerte del humilde pero
grande vate de Guayabo.
Muchos de los poetas menores de 40 años, es decir, nacidos luego
de la muerte de Debravo, han querido perpetrar el parricidio
simbólico del poeta, a la manera de José Coronel Urtecho con su
“paisano inevitable”, Rubén Darío, en Nicaragua. Es el
caso de Mauricio Molina y Luis Chaves. El primero se autocrítica
de tal tentativa radical al publicar el ya célebre “Manifiesto
fragmentario” en el número 10 de la revista Kasandra
de 1997, que “decía que pasábamos criticando a Debravo para
luego escondernos bajo la noche a devorar sus libros”.
(Textualmente en la revista citada: “Todos renegábamos de
Debravo en las tardes, y lo devorábamos con placer en las
noches, como a un(a) amante, pero definitivamente odiábamos a
Albán). (Boccanera, 2004: 108). El segundo intenta ajustar
cuentas y desacralizarlo en su polémico poema “Arte poética
II”: “_Murió el Gran Poeta de la Patria / en fatal
accidente de tránsito. / _ ¿Y qué le pasó a la moto?”.
(Chaves, 2000: 42). Y lleva razón Molina: a Debravo no se le
puede ver como el “padre” poético de las nuevas generaciones
porque su actitud y su postura no pretendieron fundar
movimientos ni dejar discípulos (lo contrario de sus “compañeros
de viaje” como ya vimos, aunque Carlos Francisco Monge y Julieta
Dobles se hayan desmarcado, veinticinco años más tarde, de los
postulados “trascendentalistas”), mucho menos convertirse en el
papá de las siguientes generaciones. Al contrario, su poesía,
canto de esperanza y solidaridad que no descuida los códigos
formales que implican un trabajo riguroso con el lenguaje y sus
claves, es una convocatoria humanista donde el poeta es el
hermano de los demás. Por eso debemos percibirlo y recepcionarlo
como tal: el hermano, el mayor hasta ahora si pensamos en su
obra como urgente búsqueda de nuevos caminos para comunicar las
“buenas nuevas” con una prosodia y una dicción muy
personales. Esos mismos caminos que desbroza la nueva poesía
costarricense en sus disoluciones del hablante en verso y prosa,
atmósferas oníricas y alucinadas, imágenes cerradas y abiertas,
parodias, musicalidades, testimonios y pastiches, para
expresarse por otras vías tratando de comunicarse con su tiempo
y sus congéneres.
La poesía de Debravo, cuyo eje, como ya vimos, es la solidaridad
humana y lo fraterno como propuesta; cabe decir - a riesgo de
parecer ridículos, como apostillaba el Che Guevara - el amor por
los semejantes y la confianza en las “multitudes” de quien se
asume como parte de una comunidad con la que dialoga
francamente, es su núcleo, su razón de ser; además de la
insistencia acerca del papel del poeta como instrumento de
liberación, insistencia que lo convierte, a veces, en mesiánico
y redentor; y de su nítida raigambre social y popular, por lo
tanto política y con posiciones patrióticas, antiimperialistas,
sin concebirse como un poeta militantemente partidario; perfila
temáticas y tendencias como la ecologista, la erótica y la
cristiana liberadora. Esas tres tendencias o temáticas, como
grandes bandas del interés poético del turrialbeño, se
entrelazan por el ancho río debraviano, forjando y disponiendo
una poesía vital, placentera y cuestionadora a la vez.
En su obra se percibe un cosmos vegetal, agrario, que parte de
la madre tierra y lo que produce, lo que germina, como el maíz y
los bosques (“Salmo de los tres reinos”, “Salmo a la
tierra animal de tu vientre”, “Salmo de las maderas”).
En el segundo y tercer poemas señalados hay una fusión de lo
ecológico y lo erótico con una armonía particularmente
espléndida. Veamos un fragmento del tercero: “Hay maderas
recias y macizas como tus piernas y tus espaldas… Hay maderas
húmedas y rojas como la piel de tus labios y de tu lengua /
Porque la piel de tus labios y de tu lengua es como una madera
roja y empapada de savia” (Todos los fragmentos de poemas de
Debravo que se citen están tomados de la Antología Mayor,
1986). En la zona erótica es explícito el tratamiento del tópico
sexual. En el poema “Desvestido” del libro “Devocionario
del amor sexual”, leemos: “Luego – por diversión, sin
decir nada - / la noche se llevó tu blusa larga / y te arrancó
la falda ensimismada / como una cosa tímida y amarga (…) porque
sí y porque no, a medio reproche, / desnudaste también, entre la
noche, / la noche pequeñita de tu sexo”. Lo erótico se
integra con los demás temas, o subyace en casi toda su
producción, relacionándolo también con lo religioso En el poema
“La Yerba” hay una conjunción de lo ecológico con el
cristianismo, liberador y desacralizado, y con el hecho poético
como parábola: “Dicen que Jesús predicaba a las gentes /
sentadas sobre la yerba… Por eso sus palabras se parecen / a los
cogollos de los cedros en la época de las lluvias”. Igual lo
hace en el Prólogo de “Consejos para Cristo al comenzar el
año”: “Nunca he sabido lo que es la poesía. Se me parece
a Dios. La intuyo cuando se acerca. Después no sé si se fue. O
si la dejé amarrada en la palabra”.
La raíz (por lo tanto la radicalidad) cristiana de la poesía de
Debravo es evidente y ya much@s críticos y estudiosos lo han
señalado. Incluso alguno de ellos (el chileno Alberto Baeza
Flores: 1978: 282) plantea que probablemente provenga del
recóndito sentimiento cristiano del campesino costarricense.
Podríamos aventurarnos incluso a sugerir la presencia, mas bien
la resonancia, de algunas huellas de la tradición del “Milenarismo”
y del “Evangelio permanente” (“The everlasting gospel”)
de los disidentes del protestantismo inglés de los siglos XVII y
XVIII, y su influencia en un poeta presumiblemente desconocido
para Debravo como William Blake, con su dosis de inconformismo
antiestatal, anticlerical, plebeyo, promiscuo, escandaloso y
siempre descontento, que humanizaba al Dios/Cristo, o que
divinizaba al hombre, y, primordialmente, de la doctrina de los
contrarios en su dimensión social, antecedentes del
revolucionarismo libertario y del anarquismo comunista (Blake:
2001: 140-176). Pero lo que llama la atención es su imbricación
con lo sexual y lo vegetal, lo germinal, creando un cosmos
erótico y panteísta que se aviene muy bien con la naturaleza
creadora y con el proceso del lenguaje poético, anclado en una
visión religiosa de la sociedad, donde Cristo adquiere una faz
de redentor y de libertador de los humildes y explotados,
presentándose como un amigo del poeta. Es un Cristo
definitivamente a la izquierda de la ortodoxia, el Cristo de la
Iglesia Joven, un Cristo militante, humano. Esa opción por los
pobres es anterior a lo que luego conoceremos como “Teología
de la liberación” y corre pareja, presuntamente sin
conocerlas, a elaboraciones poéticas dentro de esa perspectiva
creyente liberadora como la de Ernesto Cardenal, el conocido
poeta nicaragüense, y a expresiones músico/poéticas posteriores
como la Misa Campesina del también nicaragüense Carlos
Mejía Godoy.
Jorge Debravo es un volcán en ebullición en la breve cordillera
de la poesía costarricense. Volcán inflamado de violenta ternura
que pugnaba por expresarse a toda costa, a pesar de las
carencias de su entorno cultural. Su voz se despojó de la
anécdota fácil para (igual que César Vallejo y Miguel Hernández,
sus influencias más notorias) transitar a la anécdota humana y
arribar al esencialismo de las cosas y lo seres con un lenguaje
poético claro y eficaz, vigoroso en su tono vital. Y a pesar de
cierta candorosidad, o ingenuidad poética (candorosidad que es
siempre honesta porque es consecuencia de una emoción profunda),
palpable a veces en una sencillez de sonsonete rural y
provinciano, no sucumbió al costumbrismo, o folclorismo, de
antecesores como Aquileo Echeverría o Arturo Agüero. Mucho menos
aplicó la chota a sus congéneres campesinos a quienes reunió con
los demás trabajadores en un grupo de sencillos “hombres”. Y eso
lo logró debido a las dotes de verdadero poeta. Posiblemente con
Max Jiménez y Eunice Odio - ambos desparecidos también de forma
trágica y fuera del país como signos de una sociedad que ha
rechazado siempre la autenticidad artística porque no tolera la
verdad de frente - sea el autor con mayor “gracia” poética de
nuestros creadores. Jorge nació poseído por el demonio de la
poesía y el ángel de la denuncia. Era un poeta orgánico que no
necesitó de impostaciones, retruécanos o vaga retórica, como
muchos de sus epígonos, para entregarnos una poesía fresca,
sensual, crítica, ecuménica, de profunda raíz ética y germinal.
Es muy difícil, como señala el poeta, periodista y estudioso
argentino Jorge Boccanera (2004: 148), verificar la influencia
de la poesía debraviana en los poetas de las últimas tres
décadas. Sin embargo, su voz es rastreable en algunos textos del
mismo Laureano Albán, de Carlos Francisco Monge, Julieta Dobles,
Ana Istarú, Alfonso Chase, Janina Fernández, Mayra Jiménez,
Carlos Bonilla, Norberto Salinas, Rodolfo Dada, Macarena
Barahona, Erick Gil Salas, Miguel Fajardo, Edmundo Retana y
Helio Gallardo, entre otros. Lo cierto es que la influencia de
Jorge Debravo es amplia y definitiva, tanto en términos de su
asimilación estética y ética por parte de las nuevas
generaciones, como en su negación y hasta en el intento de
“asesinarla”, como he tratado de mostrarlo. A pesar del tiempo
transcurrido desde su trágica desaparición, la presencia del
hermano mayor, para tirios y troyanos, es incuestionable.
Colofón:
Si la muerte no hubiese pisado su huerto tan temprano, a lo
mejor podríamos parafrasear al poeta cuando, a propósito de Max
Jiménez, expresara lo siguiente: “Si alguna vez Costa Rica
estuvo a punto de producir un genio, fue cuando (Jorge, en
vez de Max, o ambos al unísono) luchaba contra las cosas y
los seres, contra la palabra y contra sí mismo (Debravo:
1986, pp. 26, 27). He allí dos naturalezas consumiéndose en el
fuego creador en un país que, de manera diversa pero
paradójicamente semejante, trató de despojarlos de su vibrante y
avasallador discurso. Al primero (Max) se le cobró su
ascendencia burguesa y cosmopolita, tanto que su propia clase lo
denostó como “loco” (para variar) y atrabiliario; y al segundo
(Jorge) se le acosó en vida por su procedencia
campesino/proletaria y por su ideario humanístico y social, para
cooptarlo después de su muerte colgándole el sambenito de “poeta
nacional”.
Hasta en el sepelio no tuvo sosiego. Bajo un pertinaz aguacero,
un cura reaccionario cerró las puertas del templo donde
familiares y amigos pretendían oficiarle misa, negándole su
entrada por considerarlo “ateo” y “comunista” y “porque le ha
hecho mucho daño a nuestra santa madre iglesia”. (“Dios
no quiere rodillas humilladas en los templos…” había escrito
el poeta). Al final solamente cuatro de sus amigos, el escultor
Néstor Zeledón Guzmán y los escritores José León Sánchez,
Laureano Albán y Alfonso Chase, lograron depositar el féretro en
un pozo lleno de agua que fue rellenado con barro y lágrimas por
sus improvisados enterradores (Zeledón Guzmán: 1988). Por
cierto, llama poderosamente la atención el hecho de que siendo
tres de ellos escritores, ninguno se haya tomado el tiempo para
narrarnos esa oscura y torrencial despedida; solamente el
artista Néstor Zeledón, quien guardaba un poema inédito del
poeta, el cual diera a conocer en el homenaje del 23 de febrero
de 1993 en conmemoración de su natalicio (probablemente el
último que Debravo escribiera: “En la mano del poeta”),
se atrevió a contarnos esa violenta tarde de intolerancia
religiosa, viento, espanto y lluvia. ¿Voluntad invisibilizadora
por parte de sus colegas?
Hoy, celosa, sospechosa y contradictoriamente, se le reprocha al
poeta de Guayabo de Turrialba (aunque a Max Jiménez también se
le rebaja aduciendo su “todología”; recordemos que era un
artista múltiple e integral: pintor, escultor, grabador,
dibujante, poeta, narrador, ensayista) el entusiasmo que
despierta, así como su permanencia distintiva, lo que lo
convierte en el poeta más vendido y leído de esta ínsula
globalitaria. Afortunadamente, más allá de la polémica y la
mezquindad, su poesía y su legado en términos de actitud
creadora, ética combativa y modo de vida auténticos, lo
sobreviven.
El hermano mayor prevalece.
Bibliografía consultada:
Alban, Laureano, Bonilla, Ronald, Dobles Julieta, Monge, Carlos
Francisco. 1977. Manifiesto Trascendentalista y poesía de sus
autores. Editorial Costa Rica, San José.
Baeza Flores, Alberto. 1978. Evolución de la poesía
costarricense, 1574-1977. Editorial Costa Rica, San José.
Blake, William (Estudio preliminar, selección y notas de José
Luis Palomares). 2001. El matrimonio del cielo y del infierno.
(Edición facsímil y bilingüe). Hiperión, Madrid.
Boccanera, Jorge. 2004. Voces tatuadas. Crónica de la poesía
costarricense 1970-2004. Ediciones Perro azul, San José.
Chaves, Luis. 2000. Historias Polaroid. Ediciones Perro
Azul, San José.
Debravo,
Jorge (Prólogo de Joaquín Gutiérrez).
1986. Antología Mayor. Editorial Costa Rica, San José.
Duverrán, Carlos Rafael (Selección y prólogo): 1973. Poesía
contemporánea de Costa Rica. Editorial Costa Rica, San José.
Monge, Carlos Francisco: 1984. La imagen separada.
Instituto del Libro, Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes,
San José.
---1992. Antología crítica de la poesía de Costa Rica.
Editorial de la Universidad de Costa Rica, San José.
Zeledón Guzmán, Néstor. 1998. Los cielos se desataron.
Suplemento cultural Áncora, Año XVI, No. 2, periódico La Nación,
10 de diciembre de 1988, San José. |