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Richard Piñeyro |
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La poesía esencial de Richard
Piñyero
Luis Bravo
De la promoción que comienza a publicar
en los años ochenta la poesía de Richard Piñeyro es de esas que salen al mundo con el
alma desnuda, sin artificios verbales, con un algo de sino trágico como tocado con
sordina. Hay en ésta una lucha cuerpo a cuerpo entre la muerte y la esperanza. Y hay un
soñador que, atravesado por el golpe brutal de la represión (que vivió en carne y alma
propias) tienta la energía luminosa del que cree. En ese peliagudo sacudimiento es donde
se instala su poesía. A diferencia de quienes escriben para bucear en la locura, Piñeyro
escribía para regresar de ese lugar.
Su búsqueda está entre las cosas que hacen a la maravilla sencilla del vivir. No pretende expandir su "yo", sino que expone la imperiosa necesidad de reencontrarlo, de saberse parte del mundo: "y yo tan luz cansina/ tan herrumbre/ y algo, lluvia/ o pedacitos de tela/ no sé qué/ alguito/ que quemaba el recuerdo". De allí la permanente tentativa de erguirse ante la "horrísona soledad", como él mismo definiera su paisaje interior. Sus inicios literarios tienen origen en el período del presidio político (1973-1980). De esa época, el escritor Miguel Angel Olivera, quien lo impulsara a la aventura poética, conserva un pequeño libro colectivo, artesanal y clandestino, integrado por textos y grabados, titulado Prosa Poesía y algo más (Penal de Libertad, mayo de 1974). Allí figuran una prosa y cuatro poemas que hacen a su prehistoria poética. Acaso el más valioso ("El día de la noche") sea ese casi único texto de su obra en el que refiere a la negritud: "Esta piel negra/ que me cubre los sueños /(...)esta piel/ anochecida por la rueda de la historia/(...) este remolino de noche/ que viene desde siglos reclamando/ un aire de justicia a la mañana/(...) será de todos los colores / el horizonte anhelado de mi raza". De esa misma época, otro ex compañero de celda conserva el manuscrito de lo que sería su primer libro, aún inédito, titulado Poemas dentro de ella. En 1982, ya integrado al núcleo de poetas de Ediciones de Uno, publica cinco textos en una serie colectiva de plaquetas ( 9 x 1) junto a quienes en ese entonces integran el grupo: Héctor Bardanca, Daniel Bello, Agamenón Castrillón, Luis Damián, Alvaro Ferolla, Francisco Lussich, Magdalena Thompson y Macachín. Tras casi nueve meses de arduas discusiones en torno a un original presentado por Piñeyro al taller de discusión interna de Uno, se publica finalmente Quiero tener una muchacha que se llame Beba (1983). El título proviene de un verso del argentino Julio Huasi, a quien los integrantes del grupo leían con devoción por aquellos años, y con quien se entrevistaran en 1985, a su paso por Montevideo, meses antes de que éste pusiera fin a su vida. Pero no sólo el aire barrial y rezongón de Huasi, sino también el uso piadoso del diminutivo de Juan Gelman, el Vallejo dolorido de Poemas Humanos, la humildad de un Líber Falco, el ritmo cortante de Idea Vilariño, el desencanto irónico, burlón, de Macachín, y hasta la imagen lúdica, sorpresiva de Humberto Megget, quien tanto le fascinara, tienen cabida en los versos de esta primera etapa de su producción. En lo temático aparece, obsesiva, la dialéctica de la luz y lo sombrío. Este rasgo remite tanto a lo social como a una más universal condición existencial, de "hombre en el tiempo", señalamientos que pueden leerse conjugados en este par de versos: "La vida fue leer los versos de Antonio Machado./ Son las eternas ganas de tomar el alba por asalto". La referencia a la vida sufrida y expoliada del obrero, es recurrente: "los del cielo negado que no sabe de estrellas"; "pariente de la harina de sol a sol /amasando pan"; o este otro que parece inspirado en el Lazarillo de Tormes: "se pasó el día/ con las herramientas me comí las horas cual si fueran uvas". A su vez la dignificación del barrio humilde, viene de la mano de la evocación infantil de la cocina familiar ("Mis sueños/ sueños simples con olor a tallarines") o de la conversación del boliche ("Usted y yo, compadre/ sentados alrededor de un vaso de vino"). En lo intimista la dialéctica de luces y sombras trastoca a veces sus valores habituales (el sol puede verse como símbolo de desolación, la nocturnidad como lugar de encuentro) y crea esos paisajes interiores que tanto le caracterizan: "hay alguien deshojando sueños junto al estanque de la noche"; "y el sol como un gallo enceguecido picotéandonos la espalda" o, algo más surreal como "mi pecho: un desierto donde el sol es un reptil que vende coca-cola". La búsqueda de una identidad sagrada del mundo, y de la propia existencia, aparece en Cartas a la vida (1985), libro entrañable para muchos lectores de mediados de los ochenta, vendido como pan caliente y sin reedición. Allí se toma todas las libertades del género epistolar: imita el habla en un mano a mano con sus interlocutores más queridos, ironiza, reflexiona, se divierte enviando cartas a eminentes filósofos, inventa otras que se envían entre sí sus personajes. Utiliza el "lugar común" de lo poético y juega al borde del sentimentalismo, consciente de que la coartada confesional permite esa aparente "sinceridad". Y va de lo personal a lo colectivo, desde su pasión por las mujeres y la ironía de sí mismo ("Yo las miro a los ojos e intento seducirlas; pero como soy negro y feo no me dan pelota. Pero no es ese el objetivo. Yo busco un diálogo de pájaros") hasta la afirmación de que la utopía revolucionaria pasa por el encuentro de cada uno consigo mismo ("enfrentarse sin escudos al vértigo, a la terrible maravilla de mirarse a sí mismo"). De allí que la soledad y el "dolor de estar vivo" sean vistos como un aprendizaje sin el cual no puede vivenciarse la solidaridad con los otros. El dramático laberinto sin salida de la locura también aparece lateralmente: "Caminar es morirse muchas veces. Uno puede morirse de luz, de pan, de noche y aun de dolor. El problema empieza cuando uno no puede morirse nunca". Cuando se pone en pintor del alma humana, el claroscuro reaparece: "Toda persona es un arco iris. Tiene sus colores. Hay algunos que tienen los colores de un amanecer, otros en cambio siempre atardecen, atardecen". Piñeyro, que había sido llevado a la locura durante los siete años de tortura en el Penal de Libertad, envejeció prematuramente, e hizo suya la sabiduría de mirar al mundo desde el lugar del que se va. Desde allí escribe sus dos últimos libros, que conforman una segunda y última etapa de su escritura, una etapa de consolidación. Se asume entre los que "atardecen", y su estación es el otoño. Así el último libro, que se iba a titular "Quizás hojas", finalmente fue El otoño y mis cosas (1992); su libro póstumo, recientemente editado, se inscribe, desde el título, como un lenguaje que viene desde el pasado, Palabra Antigua (1998). En ambos se revela un mayor dominio del ritmo en versos largos, una decantación menos coloquial y de lenguaje más universal para su lirismo metafísico, y sobretodo, una radical honestidad para mostrar el desgarrón esencial, para decir su arrebato desde una distancia que le permite verse desde afuera : "encontrarme profano, distante, olvidado, lejano". Ahora Piñeyro busca una reconciliación con lo perdido para sí, en el contrapeso de la plenitud de los otros. Puede verse en el epígrafe de El otoño y mis cosas, elegido con minuciosa claridad, en versos de Sarandy Cabrera, que dicen: "defiendo la alegría de los que me rodean/ definitivamente herido de mis postergaciones". En el último poema de ese libro la identidad herida transmuta a una filosofía que hace del morir una inmolación en nombre de la vida misma: "Lo más bello de la vida /es que uno no puede entender/ al fin y al cabo/ porqué la mayor victoria de un hombre/ es arder en sí mismo/ porque el río sabe que hay que saber morir/ y lo único digno es morir de río". Es en ese arder en sí mismo donde Piñeyro, el hombre y el poeta, se redime, y logra traspasar, victorioso, su drama personal, al cuerpo textual de la poesía. Si bien el manuscrito que dejara en manos del editor Daymán Cabrera tuvo varias idas y vueltas, es visible que el primer poema de Palabra Antigua, va por la misma senda: "Rostros, rostros, que prometo defender/ Los seres que amo, construyo o traiciono/ mientras las heridas me envejecen, me vencen/ mientras las heridas me hacen más dulce,/ más feo, más triste, más feroz para defender/ alguna alegría que viene al huerto y el huerto pronto olvida." Lo que no obtuvo en vida, Pîñeyro lo crea en su mundo verbal, que es su adarga y su cable a tierra, su más profunda compañía, su espejo virtual. No es casualidad un verso como "Mi hija juega con los trapos que el sol da a los hombres". Los hijos que no tuvo, y que tanto deseó, son sus poemas; algunos están, a su vez (como aquellas cartas apócrifas) dirigidos a un hijo, símbolo de la vida que continúa, la de los otros, a quienes apuesta más allá de su propia existencia, ya conscientemente cercada por la muerte. El epígrafe de su manuscrito es de Cervantes, y concluyente: "...y como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza". Si en su lucha interior la oscuridad lo fue ganando, Piñeyro remontó con hidalguía su fe; fe en los otros que siguen en la vida, pero sobretodo en sus poemas, en los que quiso arder. Y en ellos dejó su esencia. *** 9 x1 (plaqueta), Ediciones de Uno, 1982; Quiero tener
una muchacha que se llame Beba, Ed. de Uno, 1983; Cartas a la vida, Ed.de Uno,
1985; El otoño y mis cosas, Ed.de Uno, 1992; Palabra antigua, Vintén,
1998. |
Publicado en El País Cultural # 541 (Montevideo, 17/3/2000) |