|
banda hispânica |
Saúl Ibargoyen |
|
A propósito de Grito de Perro
Rafael Courtoisie Según la estudiosa María Moliner, la palabra "animal" se aplica a la parte sensitiva del ser humano, a diferencia de la parte racional o espiritual. También, en la primera sección de su voluminoso "Diccionario de uso del español", afirma que en México y Perú "animal" es bicho o sabandija.Änima, humanidad. Cosa que se mueve, que anda, que respira. En la misma obra, la docta Moliner se interroga sobre un posible origen expresivo del vocablo perro (Canis familiaris) y se extiende en varias acepciones y subacepciones, entre ellas "mamífero carnívoro cánido, doméstico, del que hayn infinidad de razas muy distintas entre sí por la forma, el tamaño y el pelaje"; además, perro "se aplica a un hombre malvado, servil o despreciable por cualquier causa". ¿Será? Sobre el adjetivo "humano" sostiene la misma autora que es "del hombre o de la humanidad", "limitado a lo que es propio de la imperfección humana y no elevado por encima de ella o inspirado en principios abstractos". De "humanidad" dice: "conjunto de todos los hombres". De "humanista" afirma: "persona que se dedica al estudio de las lenguas y literatura clásicas. En sentido amplio, persona de gran cultura en humanidades". Aquí, en esta propuesta poética, por estas páginas de Ibargoyen, deambula y grita un perro humano. Un animal humanista, un animal poético singular y preciso. Perro o persona, persona y perro, animal humano, este libro está recorrido por una voz plural y plena, la voz de una poesía desgarrada y desgarradora. Saúl Ibargoyen desarrolla un poemario de despojamiento, dolor y preguntas. El título recuerda el "Aullido" de la "beatnik generation", pero se concentra en otra especificidad, en su humanidad animal, en la animalidad humana del complejo y dialéctico presente. Y esa concentración se da en una Latinoamérica primigenia, ni moderna ni posmoderna, ni siquiera premoderna, sino quizás extramoderna. Esta condición de la extramodernidad explica la presencia, entre otras cosas, de la belleza y el enigma de la figuras no verbales que componen, junto a los poemas propiamente textuales, la propuesta del libro. El humanismo de asociación positiva, renacentista, mentado, plasmado en su nivel denotativo europeocentrista por María Moliner, se deshace, se separa en jirones como una bandera vieja, se divide en trozos desiguales, apartados como regiones insulares, agrietadas, de un monumento del pasado. Lo ha corroído el meteoro de un siglo aciago y, a principios de milenio, deja paso a otro humanismo, un humanismo donde lo material y lo espiritual resultan inseparables, devienen un todo. Se trata de una veintena de poemas que son una sola canción prolongada, aguda, pero no necesariamente desesperada. Es el grito de perro. La canción de una posteridad donde los símbolos han mutado, donde los signos, las señales, las huellas acústicas remiten a un contenido nuevo, a algo que está por decirse, a algo que debe decirse. El libro está repleto de animales, de ánimas, de almas. Cada uno/a comparece en su mismidad icónica y sonora. En la página 14, en el poema titulado precisamente "Animales", Ibargoyen abre de par en par el bichario: "Colgadas de cualquier frágil almanaque/ las arañas se descalzan..." No se trata de una modificación o de una versión agiornada de las nerudianas "Odas elementales". No se trata de desplegar en su lugar unas "Odas animales", sino de la concentración intensa en ese vector de sentido que es la bestia y su grito, en esa línea de animalidad que Ibargoyen descubre humana. El hombre tiene miedo. No es el ser humano de Ingenieros ("el hombre que está solo y espera"), sino el que está solo precisamente porque está hiperconectado, porque la red comunicacional, en su marasmo, en su multiplicidad y su caos lo deja mudo, al menos mudo de las palabras que hace un tiempo se consideraban "humanas". Así, en el poema "Hombre esperando" puede leerse: "El hombre se acuesta/ con sus mudas frases/ trepándole por la boca". El sistema de este poemario relaciona elementos vivos, hormigas, perros, pájaros, arañas, libélulas. En la página 30, al comienzo de la tercera parte del poema "Una mariposa monarca para Itzel", se lee: "Solamente el silencio/ está aquí/ posándose como un vibrante océano/ en medio de los altos/ bosques de este invierno". Pero no es el silencio. Es el sonido poético lo que construye esta propuesta. Donde Paul Celan arribaba al silenciamiento, Ibargoyen llega al grito. Donde el recientemente fallecido poeta español Valente rozaba lo metafísico, y el Wittgenstein posterior al archifamoso "Tractatus" se llama a prudente mudez, Ibargoyen abre un canto material, un ejercicio fónico, sonoro, lleno de líneas compuestas a su vez por muchas voces. Casi no hay ecos. Al leer, puede distinguirse esta categoría machadiana, esta patentización de una voz personal, esta ausencia de "ecos". Puede comprobarse que "Grito de perro" está compuesto por una polifonía de voces humanas en su profundidad; vale decir, en su animalidad, en su razón distinta. Este libro es, como alguna vez quiso Descartes, claro y distinto. Pero no es un libro cartesiano, no es una poética lineal, concesiva, positivista en la acepción histórica del término. Es un libro para escuchar con los ojos y para mirar con los oídos. Es una poesía para el ánima, para el animal y el hombre. Para el tímpano y sus adentros. |
Saúl Ibargoyen, Grito de perro, Praxis/Caracol al galope (con ilustraciones tomadas de expresiones plásticas mochica, nazca, inca y otras), México, 2001, 55 pp. |