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Silvia Guerra |
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Silvia Guerra: mientras teje la parca Pero el "arte difícil" no proviene de las menciones mitológicas cultas. Basta al lector recordar la figura de la Parcas, la Moira del destino humano, habitantes del Hades, hijas de Tetis, la ejecutora de la justicia. Cloto, la más joven, hacía los hilos de la vida, de seda y oro los felices, de lana y cáñamo los desventurados. Láquesis los tensaba. Atropo, la mayor, los cortaba cuando llegara el final. Para Mallarmé, la "dificultad" se destinaba a llamar la atención sobre el idioma, exaltar los significados, avivar la complicidad del lector, que pasa así del estado de lector pasivo al de iniciado. Obviamente, esa tradición, en que a su modo se inscribe esta poesía de Guerra, incluye a Paul Valéry, discípulo de Mallarmé, autor del poema "La Jeune Parque". No es sin duda casual el recurso al mismo mito. La perplejidad de la Parca de Valéry, que inauguraba aquel poema ("Qui pleure là, sinon le vent simple, à cette heure/ Seule avec diamants extrêmes?... Mais qui pleure,/ Si proche de moi-même au moment de pleurer?"), encuentra un eco en el desconcierto de Cloto, el poema que abre esta Azucena: "Me preguntan algo que no entiendo, no entiendo qué me dicen/ No entiendo qué hago ahí, por qué me siguen./ Y yo no sé qué hacer, y ellos tampoco". Pero si Valéry pinta el nacimiento de una "conciencia consciente", según su aparente pleonasmo, el poemario de Guerra exhibe más bien la clausura de una conciencia en un mundo pesado, animal, incomprensible. De hecho, una de las obsesiones que organizan este discurso es justamente la vastedad de su fauna, amenazadora a veces, y también amenazada por un cazador: cardúmenes, enjambres, perros, simios, osos, zorro, rinocerontes, insectos (hormigas, matis, abejorro, arañas), aves (garza, cardenal), y hasta criaturas indefinidas: "barbadas, ágiles, agrestes, apenas amarillas/ entre sus largos miembros" (Láquesis, XII). El mundo vegetal, mencionado desde el título, también contribuye con su peso de algas, racimos, ramas, capullos, pétalos, savia. Y el discurso no excluye "antenas, filamentos, queratina aplastada", el esqueleto, a veces de huesos atados por alambres, o "el esternón altivo/ desnuda tráquea ardiendo y dolorosa". Como en Replicantes astrales, su libro anterior, donde el ser comparecía repetidamente "acorralado" ("Oscurecidos, vano y puerta,/ yo y los anteriores a mí que he sido también, acorralada"), en Azucena el ser podría desistir: "Volver/ a la condición de perro/ inapresable, de pelaje lamido/ de matadura rosa. Decir Nada/ Resume. Decir la lengua mía(...)/ Una lengua/ que aquí venga con la condición/ terrosa del olvido". (Cloto, V). Sobre ese fondo de "coágulos", de "Fiebre, tumefacción, angustia", de "Cuerpos deformes que el ojo distorsiona", el yo se eleva (fatalmente, fetalmente), "vuela y cae" para descubrir el otro lado del mundo, deslumbrado también por los colores que se van tejiendo, sus medios tonos, su repetido, acuoso verde. El juego de luz y sombra que comparece desde el título constituye el otro polo temático del poemario e involucra al ser, al mundo y a su propia unidad. Aquí, la luz llega a "filmarse" (Cloto, VIII), como para eternizar su misma imagen. El poeta Eduardo Espina advierte en el prefacio: "Esta poesía existe a partir de una cuestión imposible, y por eso imprescindible: desde un yo todavía sin conocer habla de un mundo que no puede resolver". Este será el libro de una doble crisis, la del yo y el universo, la materia y la luz: la azucena y su sombra. Por eso el discurso, potenciado y oscurecido, resulta elegíaco. Lo es sin quejumbre, más bien del modo más pudoroso, el de la "obediencia" que atraviesa y cierra el volumen, el que se refugia en "Ese silencio bordado de la tela". Y el lector "oye" el silencio durante la lectura, ese que sólo la más densa poesía garantiza. |