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Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

Alfredo Fressia

Collage, Floriano Martins

 

La agonía del sistro: por la poesía de Alfredo Fressia

Álvaro Ojeda

El poeta parece vivir en un eterno dilema: la sorpresa o la muerte. ¿Debe definirse como un Aquiles o como el último de los pastores del reino del héroe tesalio? Dice Fressia: "¿Y tú, ahí afuera, te sorprendiste herido por los astros?". Sí, seguramente. Nadie espera el eclipse definitivo. Ni siquiera Julio César, nacido bajo semejante signo, muerto a manos de los mediocres de turno. Ni siquiera Galba, emperador ubicuo, al decir de Tácito, que no respetó los auspicios contrarios y nombró a su sucesor, Pisón, y la niebla los envolvió a los dos en apenas cuatro días.

Fressia es más objetivo y por consiguiente menos optimista. Sus poemas están adosados al eclipse. Eclipse se llama el género y la especie. Esta palabra fundadora, tomada del griego ékleipsis, quiere decir "desaparición", "deserción", y más precisamente, "yo abandono", "yo dejo". Volvamos a la hipótesis primigenia. Sorpresa frente al oscurecimiento, a la mineralización del sistro ¾ esa alusión piadosa a los egipcios y a su música, fatalmente enmudecida¾ , muerte del canto, del canto arañado del corazón. Vuelve el poeta a referirse a sí mismo y a negarse: "Sabías que esa noche llegaría, la del sistro de caliza/ yaciendo en la caverna, en silencio los lobos/ y los hombres de manos artífices, tan diestros/ en el arte de morirse". Pero cuidado, que el poeta nos engaña. Parece una confirmación del ocaso del canto pero es algo más. Es la caverna y el ancestro, el lobo y el arte, la pintura rupestre y la noche íntima de la muerte del poeta, y con él, quiero decir, con Alfredo Fressia, la muerte de la poesía, de la poesía y del albatros.

Naveguemos un poco más en esta imagen del eclipse totalizador. Los eclipses han sido interpretados como fenómenos funestos: la armonía, comúnmente confundida con lo usual, es desfigurada, aunque momentáneamente. Si la teoría de Linneo es correcta, a cada acción negativa correspondía un acomodamiento negativo de igual especie, hasta que el orden fuera restaurado. Y si el orden no se reorganiza desde el propio pecador, pagarán algunos cochinillos. Fressia no quiere semejante solución. Paga con su cuerpo: "Ya sabes que tu pecho en negativo no acusa corazón ni familia ni nada/ de sagrado, Fressia irremediable, sólo esa ostra celeste hecha de tiempo". Por otra parte los eclipses anuncian catástrofes o al menos inicios y culminaciones de ciclos. Fressia los descarta: "No nos fijemos en detalles, eso/ era el futuro, ya lo sabías refugiado en el vientre del bisonte". Los descarta o los atempera generalizándolos. Somos individuos construidos en material descartable, por lo tanto sin consuelo, como dice el novelista inglés Martin Amis, que mientras tanto escribe y apuesta.

Otra posible interpretación la aporta Marcello Fagiolo en una exégesis sobre la capilla turinesa de la Sindone, obra de Guarino Guarini: "el eclipse de sol es la imagen resumidora por excelencia de todos los contrastes entre la sombra y la luz presentes en el discurso evangélico y arquitectónico de la Sindone y además enlaza literalmente con la tragedia del Viernes Santo: ‘desde la hora sexta a la hora nona se extendieron las tinieblas sobre toda la tierra’, Mateo, 27, 45". Quizá esta posible lectura esté avalada por las connotaciones, tan lueñes y a la vez tan cercanas, como padre, hijo, e incluso madreperla y ostra, virginales y renacentistas.

Es claro que el poeta se enfrenta cara a cara con su Némesis y resuelve dialogar con los suyos, como lo hace Drummond de Andrade en su impresionante poema "No te mates", en especial en los cuatro versos finales: "El amor en la oscuridad, no, en la claridad,/ es siempre triste, hijo mío, Carlos,/ pero no digas nada a nadie,/ nadie sabe ni sabrá". Las correspondencias de grandeza son obvias: diálogo interior como consuelo, como endecha triste; la notación de la ascendencia y de la descendencia, agravada en Fressia por ese sentido de soledad, "y el cielo fue un desierto", escribe, en perfecta combinación con la figura emblemática del eclipse y el gusto acibarado de la lejanía fatal de la vida, de su disolución.

En este caso, y lo apunto como digresión, la autorreferencia, "Fressia irremediable", le agrega aflicción a la pena, objetivándola en un personaje que es el propio poeta. El resultado es una pena a lo Ovidio, a lo Horacio, una elegía por lo que vendrá que coloca a Fressia entre muy notable compañía: la de los desesperados que al decir de Virgilio sólo encuentran esperanza en su propia desesperación. De toda manera es imposible de entender esa piadosa necesidad de seguir tañendo el sistro, por momentos innecesario en este pequeño burdel del mercadeo en que la caverna ha devenido inexorable.

Por último, una precisión de estilo: estos son poemas apaisados, de aliento largo. Son poemas para leer como una voz amiga que los dicte directamente al corazón, al poderoso recinto de la breve soledad. Cuando éramos niños y en invierno nos sentábamos alrededor de la radio con su dial rojo iluminado, y oíamos pasar las voces, los rumores de papel revisitado del locutor, las luces minúsculas por humanas, y pensábamos que un refugio era preferible a la vida. Luego vino el resto y el vientre del bisonte forma parte del ensueño y la historia. Entonces caemos en la cuenta de que Margarita de Angulema, Valois, presenció aquel eclipse que Fressia nos relata poéticamente, con sus enanas que leían hebreo y que quizá murió loca por la muerte de su esposo Enrique IV, y que además escribió poesías y es la dueña principal de estos hermosos textos. Dueño de su memoria y de su Nínive, y de su Babilonia es el poeta, agónico artífice en lucha con la propia mudez, que será la de todos. Ojalá logremos comprenderlo.

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