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Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

Alfredo Fressia

Collage, Floriano Martins

 

El futuro tan eterno: sobre veloz eternidad de Alfredo Fressia

Gerardo Ciancio

El futuro tiene cara de hereje. De inocente hereje. Es un juego de sintaxis: un divertimento que coloca los signos uno junto a otro, los combina y encastra sin capricho, con un gesto paródico que no puede evitarse. "El futuro" (1998) de Alfredo Fressia se torna "académico, real", porque " el futuro limpia, pule, da esplendor", y, al mismo tiempo, "es anacrónico y perjudicial para la salud". Casi fuera del tiempo, el futuro sobrevive agazapado y "cuando estalla, mata como un volcán". Procede como un futuro montevideano - ¿anclaje en el presente; lugar donde "tiene siempre alguna utilidad no proferir opiniones"? - enunciado desde San Pablo por quien habita el cruce de tres lenguas romances, o bien por aquel que parapetado tras el periódico consulta su horóscopo.

Fressia, en la primera sección de su libro Veloz eternidad (Vintén Editor/Minilibros, Montevideo, 1999), corre vanamente tras el futuro - o te invita a correr, lector- por la prosa de siete textos líricos o por los versos de cinco poemas muy breves, inscriptos en la ilusión futurizante que se sabe hija de la impertinencia. La supuesta tridimensionalidad del tiempo cruje - en la impecable texturación que va montando el autor de Frontera móvil- sobre "una playa llena de latas vacías de cerveza". Pasado, presente y futuro se sintetizan - y se destemporalizan, "rosa del destiempo"- en "el baile solitario" (parece escucharse un bolero en acordes superpuestos a la resolución rítmica del poema "La pareja") entre "el aire indiferente y el mundo/ ajeno a sus objetos".

El juego sintáctico y la dimensión lúdica de los sentidos que se agolpan a las puertas de la enunciación de Fressia no son vanos escarceos de la palabra poética. Apoyado desde el vamos en el andamiaje versal de sus pares (Mascaró, Appratto), el poeta refuta el tiempo :

"Antes era el futuro, y antes
todavía
del primer minuto de la primera célula
había todavía había
la eternidad, y sin entonces
por aquel entonces el futuro
era un error."

Esa eternidad que yace en un sin-tiempo (marcado en la duplicación del copretérito) deviene en eje estructurador de la segunda zona del libro compuesta por catorce textos en verso libre, nucleados, quizás, en torno al lema "es la eternidad quien me desnuda".

Tiempo, cuerpo, escritura, deseo (con su respectivo goce) : las cuatro esquinas del mundo fressiano arrojado en lo babélico, donde "todos los idiomas son incomprensibles", donde es posible atesorar la memoria del "memorial de hombres que me amaron" y asistir a la litúrgica meticulosidad de la anagnórisis del cuerpo - alma - cuerpo.

El poeta avisa de la descontaminada intencionalidad de su verbo: ni la maldad ni la bondad hegemonizan su signo. La práctica escritural parece el resultado de un vaivén continuo, oscilación enunciativa, de un entrar y salir (impresión - expresión) al yo (o a los diversos egos que nos habitan), palabra en ristre, de cuerpo presente, repleto por la perplejidad que promueve el mundo - el afuera que se lleva dentro -, o bien, un mundo que ya no es posible representar como "el blanco gigante, el universo/ puro de silencio, ojo azul de silencio/que guiaba su veloz eternidad".

La conciencia (o curiosidad) "futurista" de la primera parte del libro se desliza hacia la transcripción de la eternidad, sujeta a tiempo por "los días implacables de los hombres". Quizás el receptáculo que desmiente esa ilusión de tránsito hacia un no tiempo, hacia una eterna condición de existencia, sea el propio cuerpo. Habitáculo de un prisionero espantado, más mono y más gramático que nunca, el "cuerpo / ardido y amado", la "trama de los huesos", persiste, casi sacramente, en el discurso lírico de Fressia. El poeta, confección de tiempo encarnado, "huésped en [su] cuerpo", va "articulando / hueso y las palabras", urbanamente camina por la "avenida Sâo Jôao / de madrugada" y divisa la escollera, reflejándose (y no) en los espejos; camina por entre el registro confesional y la dimensión más pública que constituye el intertexto.

El poeta canta "negras espirales/ o poemas" en uno de los libros de textos líricos en prosa y verso más logrado de la última década y en la región "mercosureña".

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