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Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

Andrea Blanqué

Collage, Floriano Martins

 

Andrea Blanqué: con su cerro y su fortaleza

Alfredo Fressia

Un ángel pasea por Montevideo. Es un ángel femenino, y visita la rambla, el Jardín Botánico, las ferias, el Cerro, el Zoológico, el Palacio Salvo. Aunque venga del cielo, es un ángel humilde. No sólo porque anda en ómnibus, oyendo las cumbias, sino porque cuando contempla su ciudad ese ángel incorpora en su mirada a todos los montevideanos y, como es poeta, los expresa.

El ángel se instaló en un libro de sólo dieciséis poemas, y es de estirpe celeste desde el título: El cielo sobre Montevideo (Ediciones Imaginarias. Montevideo. 1997). Quien supo escribirlo es Andrea Blanqué, que es poetisa (pero, a causa del ángel, tal vez ella prefiera ser llamada "poeta") y también narradora, nacida en estas calles del Sur un día de 1959.

Pues Montevideo ha sido generoso con los ángeles, sobre todo con el de la poesía. "Montévidéo, la coquette", como lo llamó el Conde Lautréamont, anduvo rondando, por ejemplo, los versos de Alfredo Mario Ferreiro, el poeta que en los años ‘20 iniciaba sus paseos urbanos y líricos en la Estación Reducto (como lo haría años después Amanda Berenguer). Fueron muchos los que lo vieron lindo, con su Cerro y su fortaleza: Sara de Ibáñez, que le escribió el Canto a Montevideo, en 1941, o Líber Falco o aun Mario Benedetti. Fueron tantos sus cantores, más o menos íntimos, parcos algunos, que el listarlos es casi hacer el repertorio de todos los poetas después de los del 900, acaso los únicos que, de los muchos Panoramas de la ciudad, prefirieron más bien el mar, de espaldas a sus calles.

Pero Montevideo también tuvo sus exilios y sus exiliados, y a veces es amargo en el recuerdo. O se torna un motivo del "clinamen", el "sesgo" de partidas y retornos, como en el libro más reciente de Ida Vitale, Jardines imaginarios (1996): "una tierra distraída/ de lo que un día hubiera sido". Sin duda porque el ángel también circula en esa margen instalada entre lo que es y lo que podría.

En El cielo sobre Montevideo, la ciudad es una casa en la que se mueve ese ángel, que es el "yo" lírico. Y como es femenino, se fija en los detalles de la casa que lo hacen soñar. Los vestidos de la feria del Parque Rodó, colgados al viento, pueden vencer a la muerte: "el vestido me da una piel extra culebra o cascabel/ quedaré yo reducida a polvo/ pero habrá una tela que describa/ las formas que me acompañaron en el viaje." ("Parque Rodó"). La calle Blanes puede llevar a un "hotel" casi mágico donde es posible adquirir una identidad nueva: "(yo) tenía un peinado alto en la nuca/ el cuello desnudo que todos los vampiros del mundo/ hubiesen querido morder/ y me senté, por fin/ junto al viejo pianista del bar/ pedí un martini/ y tocó largo rato para mí" ("Calle Blanes"). O entonces, en la feria, con sus olores y colores, el propio ser puede brindarse en exposición: "Hundida en un gran tarro de dulce de leche/ asomo una mano hacia el sol./ (…) Es tiempo de venderme a mí misma a los gritos/ ponerme un precio con tiza en la frente/ y amontonarme en racimos/ a la vista de todos/ en oferta." (Feria").

Montevideo siempre es íntimo en este libro de Blanqué, como corresponde a la mirada femenina de su ángel. Pero los vuelos que suscita no son autobiográficos. La autora sabe que el "yo" lírico es mayor y más generoso que el "yo" personal, el que meramente privilegia una sensibilidad y una autobiografía. Por eso su discurso no es autoritario: El cielo… invita a su lector a completar cada poema con su propia experiencia, a continuarlo a solas, a recorrer sus versos con el mismo derecho con que los vecinos de Montevideo recorren las calles de su ciudad.

El Montevideo íntimo y cómplice de Blanqué no vacila en crear lazos de familia con el de otros poetas. Y como es sabido que los jardines botánicos son muy apreciados por el ángel de la poesía, el texto justamente llamado "Jardín Botánico" de El cielo… se emparenta, pero con originalidad, al poema "A la izquierda del roble" (in: Noción de patria, 1963) de Mario Benedetti, un autor que sin embargo presenta pocos puntos de contacto con el trabajo de Blanqué.

En ambos, el "yo" sucumbe al "sueño" (el que se duerme y el que se sueña) cuando visitan el mismo lugar, con 34 años de diferencia. En ambos, la presencia de la lluvia, las plantas, los insectos invitan a la disolución del visitante solitario. "Pero el Jardín Botánico es un parque dormido/ en el que uno puede sentirse árbol o prójimo" dice Benedetti. Y Blanqué: "Convertida en lombriz/ (…)/ me dormí ablandada por la lluvia". En ambos también el Jardín es sobrenatural. En Benedetti, "aquí se quedan sólo los fantasmas"; en Blanqué, "El verde de los árboles era sobrenatural". En aquél, la muerte comparece en "un niño muerto", que es allí metáfora del fin del amor, al que se le llevarían flores. La muerte en el texto de Blanqué aparece como comparación: "Acerqué mi hocico al césped/ acostada en cruz/ como un muerto abandonado con los rasgos borrados". En este húmedo universo vegetal, los hongos mencionados en ambos poemas también se asemejan. Los de Benedetti son "hongos que aprovechan/ para nacer desesperadamente". Blanqué se ve "Convertida (…)/ en hongo vertiginoso".

Pero esta serie de coincidencias es más que una "curiosidad" en un libro como El cielo… Más bien, se trata aquí de una estrategia de construcción del discurso, que torna íntimo el espacio público (y eventualmente el literario), y lo hace sin "privatizarlo", sin confinarlo a la mera experiencia personal, como ocurre en el poema de Benedetti, que además incluye dos discursos de amor atribuidos por el titular lírico a dos eventuales parejas en el Jardín. El discurso (y el "Jardín") de Blanqué tiene una libertad que justifica la desintegración final del hablante y no la mera soledad con que concluye el discurso de Benedetti, instalado en la antípoda de la "irracionalidad" y organizado sobre una estructura anafórica rígida.

El paseo del ángel por Montevideo es confesadamente deleitoso en los textos de Blanqué. En uno de sus mejores textos, el "yo" recuerda su paso por los bares montevideanos. Con una estructura a lo Fernando Pessoa (en su heterónimo Alvaro de Campos), el poema acaba evitando el patetismo porque si bien "Me he abrazado, besado/ con hombres sumergidos en el alcohol de las tabernas./ He sido la vergüenza del camarero(…)", el discurso se cierra con una alegoría inesperada: "Mi existencia está guardada en una botella/ del último estante polvoriento de aquella última taberna/ que cerraron ayer". Y el ser se tornará objeto de gozo colectivo, ciertamente como los poemas de este libro: "Tal vez, dentro de un mes o un siglo/ alguien la abra y sirva dos copitas/ y lento saboree con deleite." ("Bares").

Es posible que el idioma de Blanqué, en su conjunto, no haya llegado aún a la densidad que sí exhiben algunos de sus poemas. Las sonoridades de "Feria" ("Es el enorme zapallo partido por el hacha/ es la tinaja de aceitunas agazapadas en la sal"), o un sabio anacoluto como "Aferrado cada uno a su paraguas/ el alma engancha su mano al dios del mundo", en "Paraguas", el texto que inaugura el poemario, constituyen espléndidos momentos en que el idioma de El cielo… llama la atención sobre sí mismo. Es cierto que no todos los poemas lo logran y que además el ángel montevideano se sorprende a veces con verbos "correctamente" conjugados en segunda persona ("quieres", "búscate") o con "tabernas" y "camareros" (en lugar de los noblemente capitalinos "boliches" y "mozos"). Pero nada de esto impide que el lector "saboree con deleite" la frescura de este Montevideo femenino, a veces juguetón, y entrañable siempre.

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