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Mario Benedetti |
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Isabelino ilustre: queremos tanto a Mario
Luis Pereira
No nací en 1920. Sí en 1956, en Paso de los Toros. La ciudad es
famosa por Benedetti, el agua tónica y las inundaciones del cincuenta y nueve.
Descubrí a Benedetti en el setenta y dos. Los Poemas de la Oficina, Noción de Patria, Próximo Prójimo. Puedo recordar el descubrimiento de lo urbano, lo cotidiano y el desenfado de esa escritura. Para todos los de mi generación -generación no en términos literarios sino simplemente como circunstancia epocal- Benedetti es referente del epílogo de una época en la que el optimismo histórico era protagonista. Es bastante más acá, en los ochenta y noventa cuando llega el momento de pasar en limpio, y de intentar una aproximación a la obra de Benedetti ya sin las anteojeras propiciadas por situaciones de hecho. Imposible una relectura del autor de Montevideanos sin estas señas personales. Ser convocado a escribir acerca de Mario Benedetti es ser convidado a una suerte de carrera de salto con obstáculos. Es arriesgar la descalificación a manos de una inesperada gerontocracia ilustrada. Demasiado acostumbrado el medio intelectual uruguayo a que ciertas cosas sólo se digan en privado. Pensar en Benedetti no es -de paso- solamente pensar en Benedetti, sino en el principal referente de la generación del 45, y en las pendientes relecturas del pasado literario del país. Benedetti poeta, narrador, intelectual. Cualquiera de esas dimensiones merece reflexiones específicas. ¿Como negar que como poeta inauguró para la literatura nacional un modo no ingenuo de poetizar la ciudad? ¿Como obviar la reflexión sobre el país de su obra narrativa del sesenta? ¿Como soslayar su papel en el proceso de protagonismo de los intelectuales con los proyectos de cambio de hace cuarenta años? Dos tramos quizás es posible establecer en la obra poética del isabelino: Uno que se abre con su libro "Solo mientras tanto" (1950), y hasta "Poemas de otros" (Buenos Aires, 1974). Un segundo a partir de "La casa y el ladrillo" (1977) hasta el presente. En el primer período Benedetti es un protagonista esencial de la configuración del país literario. Y mucho más allá de los bordes de la literatura, del país a secas, como le gustaría decir a él. Quizás - desde una lectura sociológica- factor de la construcción de una reflexión acerca de nuestra identidad y de la autoconciencia de la misma. Crítico mordaz de la medianía, Benedetti es parte de un proceso por el cual la intelectualidad y las clases medias se ven compelidas a comprometerse política y socialmente contra un estado de cosas que valoraban como injusto. El Benedetti poeta de esos años es modélico para muchos de los más jóvenes: contemporánea su obra de la poesía social, la poetización de lo ciudadano -cotidiano, de la vida urbana y sus tensiones contra los formalismos previos al 45 es una invención suya en el mapa de la poesía uruguaya. "Poemas de la oficina", por ejemplo, en su sencillez representa la invención de lo urbano desde una perspectiva lejana a la bohonomía en cierto modo ingenuo de otras escrituras. La reflexión histórica que construye el poeta no está acotada por visiones edulcoradas sino por el contrario es un ejercicio de valentía: "Me canso de pensar en nuestra historia de pocos héroes", escribe. Ya en esta época Benedetti hace de su poesía un instrumento portador de "buenas nuevas". "El día o la noche en que por fin lleguemos/ habrá que quemar las naves", anuncia. Pero esto no impide que su escritura navegue hacia otros vuelos, aun desde preocupaciones muy materiales como el exilio: "No es exactamente como fundar una ciudad/ sino mas bien como fundar una dinastía// el recuerdo tiene manos nubes estribillos/ calles y labios árboles y pasos/ no se planifica con paz ni compás/ sino con una sarta de esperanzas y delirios" Autoayuda con utopía incluida Pero es a partir de "La casa y el ladrillo" donde asistimos a la construcción de una literatura que prioriza de modo ahora excluyente el papel de mensajera: la escritura poética queda subordinada a nuevas "urgencias" testimoniales. Versos como "los premios/ póstumos/ se otorgan con/ desgana/ y algo de lástima// y al laureado/ no se le mueve un/ pelo/ allá en su nicho" difícilmente conmuevan más allá de su efectismo lúdico. "Puedo morirme/ mas no acepto que/ muera/ la humanidad", y la declaración es muy loable, pero literariamente hablando no supera la literatura de auto ayuda. El Benedetti de este período es capaz de escribir "Subversión de Carlitos el Mago": "Querés saber donde están los muchachos de entonces/ sospechás que ahora vendrán caras extrañas/ y aunque pasó una sombra sonó un balazo/ guardás escondida una esperanza humilde"...,y a la vez meros juegos verbales del tipo "A enemigo/ que huye/ puente/ de lata", "te propongo construir/ un nuevo canal/ sin esclusas/ ni excusas/ que comunique por fin/ tu mirada/ atlántica/ con mi natural/ pacífico". El mismo proceso se registra en la narrativa: de aquella invención del universo urbano de Montevideanos, La Tregua o Gracias por el Fuego pasa al testimonio mas bien pobre de Primavera con una esquina rota (1982), o Andamios (1996), este último un especie de tratado de política de boliche: "Ahora está de moda la globalización de la economía, pero me resulta más excitante la globalización de la corrupción. (...) Me gustaba mucho más cuando todos éramos pobres pero honrados". El personaje central, Javier, alter ego del escritor, demuestra además una peculiar manera de ignorar que existió un Uruguay de intramuros. El Benedetti contemporáneo está más interesado en la reflexión políticamente correcta que en la literatura: sigue pregonando "buenas nuevas" pero desde una arquitectura literaria de hace treinta años. Es así que aquello que era una invención en el sesenta pasa a transformarse en un recurso retórico, en un lugar común. Quizás no es un problema de Benedetti, aceptémoslo, y sí de una contemporaneidad que no es la misma de entonces, sin espacio para aquellas confianzas. ¿Cómo escribir acerca de ellas? Es un desafío que quizás no ha resuelto el poeta. El punto es que Benedetti nos habla desde certezas que ya no son las nuestras. No porque hayamos renunciado a las utopías, sino porque ellas ya no se encuentran en ninguna panacea mesiánica. La propia poesía es el territorio de lo utópico, y encorsetarla en bandos o tomar partido desde ella no es el asunto. O es poesía o no lo es: un poema de Borges o de Octavio Paz puede compartir ese viaje con uno de Benedetti, y ese es el asunto de la utopía. ¿Que hace entonces que se trate de un escritor bendecido por miles de lectores? Porque lo que era novedad en los sesenta es conocimiento incorporado en el 2001, porque nos habla desde un pasado que percibimos como heroico, porque remite a buenas causas que todos podemos compartir. Políticamente correcta, poesía que no desborda, que no nos desafía, que podemos comprender. Benedetti "el pope" de las letras nacionales alcanza esa categoría "también" como emergente de un imaginario cultural subsidiario del sesenta, la década de las construcciones optimistas. Conviven en Benedetti dos escrituras, ambas compelidas a ser testimonio de su tiempo, ambas convocadas a no salvarse en el terreno de la neutralidad: "No te quedes inmóvil/ al borde del camino/ no congeles el júbilo/ no quieras con desgana/ no te salves ahora". La poesía nunca se salva, habría que señalar, si es fiel a su condición. Una de esas escrituras parece ocupar el centro de la escena: despreocupada de los desafíos formales y atenta a ser vehículo de una visión del mundo. Es una lástima: prefiero el Benedetti del sesenta y siete: "Así estamos/ consternados/ rabiosos/ aunque esta muerte sea/ uno de los absurdos previsibles". |
El presente artículo fue publicado en la revista Latitud3035 de Montevideo (http://www.latitud3035.com.uy ), en la edición del 15 de abril del 2001, pág. 32. |