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Nuevos poemas de Ida Vitale: la poesía señalada
Alfredo Fressia
La
palabra griega “trema” significa “orificio” y, más
específicamente, “punto”. Prosperó en las lenguas modernas para
designar los dos puntos horizontales que colocamos, en el caso
del español, sobre la vocal “u” para indicar que ésta debe
pronunciarse. A los gramáticos españoles sin embargo no les
gusta el “trema”, prefieren el nombre “diéresis”, tal vez para
destacarse de las otras lenguas latinas, donde sí se usa
largamente el trema (mientras la “diéresis” queda en
ellas limitada a la separación fonética de diptongos).
Trema
(Editorial
Pre-Textos. Valencia, 2005)
es también el nombre del más reciente poemario de Ida Vitale,
una serie de cuarenta y un poemas breves, que funcionan como un
“punto” que da voz, que “hace sonar” y “señala” estos recortes
nuevos de un único discurso, gigante, que Vitale inició en 1949
con La luz de esta memoria. Su último opus había
sido Byobu, un delicado texto en prosa aparecido en
México en 2004 y reeditado en diciembre de 2005 en Madrid por “Adamaramada”,
un nuevo sello editorial. Pero en prosa o en verso, la obra de
la poeta, como conjunto, se revela siempre una y única, por más
que se transfigure siempre, que exhiba sus cambios de piel, su
brillo siempre nuevo y también sus regiones sombrías. Se trata
además de una obra creada desde un idioma que se niega al
registro unívoco, que salta de la expresión popular a la
subversión de la fórmula burocrática o al perfecto refinamiento
de lenguaje que desafía el balbuceo colectivo.
Un poema de Trema, llamado “Café de Milán” se sitúa entre
el murmullo de ese café milanés. Un “yo lírico”, de esos que en
la obra de Vitale sostienen una reflexión ética, se dirige a una
segunda persona que tiene todo para ser la propia poeta. Habla
de emigraciones y de destinos. Le recuerda, por ejemplo, que “una
vela indecisa” (…) “te encadenó a otros parajes,/ otras
violencias, otros premios”. Para que hubiera poema, esa voz
necesitaba deslindarse del susurrado balbuceo colectivo, y lo
hacía así: “Nadie de los que aquí se sientan/ soñó compartir
mesa con un árbol/ ni linceó el linaje de las nubes”. En esa
marca de identidad reside una definición de esta poesía, que
incluye amorosamente a la naturaleza, aquí árbol y nubes, y los
“lincea”. Lincear es “descubrir o notar lo que
difícilmente puede verse”, dice el diccionario. Que se sepa, esa
es la función central de la poesía, “lincear” para que todos
podamos ver lo que sólo el poeta “descubrió o notó”.
Este nuevo libro aborda casi todos los tópicos de la obra de
Vitale. Por eso, junto a la naturaleza (viva o muerta),
comparece el hombre, el único animal que justifica ese discurso
ético que también es aquí central. No se trata sólo de que el
tema ético sea constitutivamente humano, se trata de que esta
poesía se dispone con frecuencia a enseñar -especie de acto de
amor por sus lectores- la defensa contra el “gavilán humano”. El
poema “Andén”, el de ese “gavilán”, es representativo por la
nitidez plástica de la imagen, pero también por el uso del
exhortativo, una retórica (y no un mero “uso retórico”) propia
del discurso ético: “Si has visto los círculos lentos/ e
insistidos del gavilán,/ teme la constancia/ del gavilán humano/
en la bajada precisa y enemiga,/ confía en unos pocos seres/
-nada más dulce./ Borra los otros”.
Por así decirlo, la poesía de Ida parece navegar por el árbol de
Porfirio. Sube hasta la “Substantia”, la eterna, la aristotélica
(y Porfirio era fiel a Plotino, su platónico maestro), va
bajando entre los cuerpos, animados o no, y es ahí donde se
entrega al tema de la memoria, se acerca a los cuerpos animados,
pero no racionales, un nivel en que el discurso no vacila frente
a los grandes temas ecológicos, pasa con cautela a los animales
racionales (mortales, los dioses no entran demasiado en esta
estética, y hasta los milagros son “naturales”, “prodigios”
diría la teología medieval) y surge entonces, con los hombres,
el tema ético.
Pero Trema es también un libro de evaluaciones. Hay
poemas cuyo tema es la propia poesía, son poemas “señalados” que
ayudan a evaluar mejor los logros de esta lírica, porque se
aproximan al Arte Poética que ha guiado a la poeta, y otros,
donde inequívocamente el yo es femenino, acaso feminista, y tal
vez directamente el yo biográfico. Es el caso de “Fortuna” que
celebra “Ser humano y mujer, ni más ni menos”.
Si este libro no innova en los “temas” de la poeta, si adhiere a
varios de ellos, con placer o amargura, si conversa al oído y da
consejos, también conoce el límite, ese que, para los poetas, es
el silencio, el ya no poder decir lo indecible, ya no lincear el
silencio. Y es sobre el silencio, lo no dicho, uno de esos
poemas antológicos de Vitale, breve como para que se pueda
transcribir. Se llama “En el aire”, que sabidamente es donde
suele dejarnos la poesía, y dice así: “Un jardín de geranios
y su aire./ Junto a su cerca dejo a que paste/ el buey que pesa
sobre mi lengua/ y digo: Aquí te quedas, come/ en verde dehesa,
pero terrena,/ y canta, luego, si puedes,/ si nadie escucha,/ lo
que te queda por no decir”. |