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La esencial analogía
Humberto Vinueza
1.- Sensación de que la membrana de una palabra es acariciada
por la música lejana de otra. Sombra y destello en la vibración
del instante, mientras discurre una conversación, en la
evocación o el arrobamiento ante el paisaje cósmico, en la
lectura de poemas de otros poetas que ya son propios o de los
propios que pertenecen a la plural humanidad. Estremecimiento
entre la somnolencia y el viaje onírico, estando bajo la ducha,
comiendo, pensando en escalones,
pasos, niveles, jerarquías, sistematizaciones, conclusiones,
pre(con)ceptos, en el momento en que se cohesiona, tal
vez se dispersa un perfume o se escucha el grito unánime de gol
en el paleolítico. Una palabra llama a otra, la seduce, le
tiende trampas, pero no siempre el verso se constela. Felizmente
casi nunca ocurre la precipitación del poema, o quizá uno se las
ingenia para que no siempre ocurra. Intuyo que esto sucede
cuando interfieren elementos que no armonizan entre sí en algún
fondo desconocido, inasible. Puede ser que por falta de atención
la ráfaga no se fije en la memoria conciente. En otras ocasiones
la voz llama con intermitencia en cualquier momento, en todos
los momentos, incluso en el servicio higiénico, en el autobús,
haciendo el amor, volteando la esquina equivocada, trasponiendo
el umbral de cualquier edad bajo la lluvia, ante un árbol
rociado con las luces rojas del crepúsculo. Y se torna pertinaz
el aullido sin abecedario o el llamado desde toda la lengua. Y
al fin, en medio de camaretas y cohetes sensibles se produce la
significación en el verso que ilumina la diferencia, la humana
identidad, hecha con el poder de natura que fluye hacia el
alumbramiento con júbilo de unidad primigenia, pero también con
palabras insustituibles e indispensables silencios, bajo los
devaneos de la embriaguez de alguna certeza. Unas veces se
configura con la invisibilidad y otras, con la voz desnuda del
lenguaje, siendo ambas conjetura y presencia en cualquier
tiempo. No hay medias tintas: se trata de la vital aventura de
la poesía, de la encarnación del ser en la palabra, jugando a
ser otro ¿para ser él más mismo? ¿Para ser espacio escénico
ilusorio, hecho con rasgos de sueño real y restos de vigilia
inverosímil? ¿Dramaturgia sin sujeto definido, donde el ser
conspira contra el orden social o divino? ¿Embrujo, artificio,
probabilidad perpleja? ¿Cábala que se muestra sin que el enigma
sea descifrado?
2.- En uno de mis primeros poemas, escrito cuando yo era un poco
más que adolescente, traté de expresar la sensación de
que mi ser estaba hecho de la misma sustancia que la de los
otros seres y percibía que hay un límite o un contorno que debe
ser protegido para mantener la particularidad singular. El poema
contenía los siguientes versos: soy una gota /rodeada de
elemental analogía /de hombre /de sangre /de agua. /Mi
piel conviene en que no solo soy frontera. Más tarde, a
través de la lectura descubrí en los Cuatro Cuartetos, de
Eliot, un verso parecido, pero no igual que dice: the river
is within us, /the sea is all about us..., que traducido
significa: el río está en nuestro interior, /el mar nos
cerca por todos lados. En vez de sentirme defraudado por mi
vulnerable originalidad, nació en mí una actitud de entereza, de
orgullosa altivez y, al mismo tiempo, de entusiasta ponderación
por haber encontrado coincidencias con otro poeta, sin
importarme si era famoso o no. Desde ese entonces desconfío de
la noción de originalidad ligada solamente al imán de la
tradición o solo al intento de novedad, quizá porque el poema
absolutamente original es absolutamente malo; es, en el mal
sentido, subjetivo, sin relación con el mundo al que apela,
afirma el mismo Eliot. La originalidad, en otras palabras, es
sin duda una imprecisa invención de la crítica poética. La
originalidad es un pecado de jactancia, decían en la edad media.
Pero si el esfuerzo de originalidad
es un deseo de jugar, de estar en otro de un modo distinto y
conduce a lo extraordinario y a la celebración, que es el
salto de la realidad en la cuerda de la infancia, entonces la
existencia es una trama de instantes que perduran reorientando
el rol de la memoria, y tal vez por eso debamos vivir cada
palabra como si fuera la última. Bienvenida la originalidad si
ella es la posibilidad de perfeccionar el lenguaje
(metáforas, metonimias, antonomasias,
homologías, analogías, alegorías, intertextualidades, enigmas,
parodias, hipérboles, ritmos, zigzagueos, silencios, hendeduras,
entresijos, espejeos) para poner en movimiento el propio
ser, porque el poeta no está totalmente hecho, es inacabado,
tiene que hacerse y no podrá completarse en el encierro y la
incomunicación sino en la convivencia con los ciudadanos y las
peripecias en la urbe que le tocó vivir, llena de laberintos de
paisajes y calles que trepan hacia el cielo a través de los
cerros, de ir y venir de transeúntes que en medio del
apretujamiento, el sobresalto y la sin salida parecen que se
dijeran a sí mismos: no es suficiente con afirmar que el
mundo es así, que la condición humana es invariable como las
escenas en las audiencias crecientes del reality show.
Habría que añadir la mala suerte, el azar o el destino que son
implacables y feroces, en el escenario de la disputa simbólica
dentro de nuestras ciudades convertidas en un mundo poblado de
gorgonas -como decía alguien-, al que le sobran héroes y
víctimas y le faltan ciudadanos. Ansias de trascendencia
también, que hacen que se renuncie a la armonía, al deseo de
simetría; se acepte estoicamente la unidad irreconciliable de
las partes del ser en conflicto, la validez y la carencia
tácitas del mestizaje. Entre la gente, con César Vallejo alguien
preguntará: ¿Por ahí estás, Venus de Milo? /Tú manqueas
apenas pululando /entrañada en los brazos plenarios /de la
existencia, /de esa existencia que todaviíza /perenne
imperfección. Por ésta y otras razones, considero que hay
causas ennoblecidas por la necesidad que debemos enarbolarlas y
es posible encontrarlas, como es posible aprender a distinguir
el canto de los pájaros, la ubicación de los astros en el
firmamento del ser amado, pretender leer el destino en los
pliegues únicos del iris del ojo o simplemente leer y escribir,
en contraposición a la sordidez, la mezquindad, el disparate
con los cuales nos regodeamos -en reciprocidad o por propia
iniciativa- en la relación con nuestros semejantes. Ha pasado
mucho tiempo y mucha poesía se ha tejido desde y con aquellos
versos que por primera vez los reconocí como míos. Ahora el
miedo tiene un rostro enmarañado con una mueca a veces
focalizada, otras veces difusa. ¿Qué haría yo y qué escribiría
si no tuviera miedo? En el ámbito de la esencial analogía, mi
piel, o sea todo mi cuerpo, sigue siendo no solo un convenido
límite, rodeado de elementalidad humana y de mundo, sino una
frontera para compartirla.
3.- Definir la poesía es un brete, una quimera loca o cuerda,
algo que no puede concretarse. ¿Se puede definir la vida, el
verdadero origen del tiempo, la magia de los encuentros, la
tentación religiosa, la certidumbre de la muerte, la materia de
la música, la identidad esencial, el extrañamiento en sí porque
sí, el amor a primera vista? La explicación de lo incomprensible
que es la poesía solamente es posible por un único camino que es
el acto de crearla de nuevo, de crearse con ella, desde ella.
Aunque parezca una tautología, la creación solo se torna
tangible y recuperable por la creación, como si fuera la primera
vez, como si nunca antes hubiera sido hecha o hubiera existido.
Algún poeta dijo que la poesía es ese no se qué, escrito por
no se cuál, que no se sabe cuándo ni inspirado por quién. Y
otro dijo que la poesía es una aventura hacia el absurdo.
Y uno más dijo que la poesía es, entre todas las aguas que
corren, la que menos se demora en los reflejos de los puentes.
Y otro: la poesía es el arte de aproximarse a lo que nos
sobrecoge. Y otro: la poesía es el instrumento de
conocimiento y revelación de la verdad. Y otro: la poesía
es el arte de escribivir. Y otro: a veces la poesía es el
vértigo de los cuerpos y el vértigo de la dicha y el vértigo de
la muerte. Y él mismo: la poesía es el solo de flauta en
la terraza de la memoria y el baile de llamas en la cueva del
pensamiento. Y otro: la poesía es el dolor más antiguo.
Y otro: la significación de la poesía no es la presencia
de una idea. Y otro: la poesía no está en las cosas,
porque de lo contrario todo el mundo la descubriría fácilmente
en ellas. Y otro: la poesía es hasta ahora la única
posibilidad de poder aislar un fragmento, extrayéndole su
central contracción o de lograr arañar una hilacha del ser
universal. Y otro: la poesía es el único sueño en el que
no se debe soñar. Y otro: desde la poesía, el poeta nos
pide ayuda y al mismo tiempo nos sosiega.
Y otro: no es la poesía la que debe ser libre, sino el poeta.
Y otro: la poesía es el único lugar donde el poder de los
números no significa nada. Y otro: la poesía es Dios en
los sueños sagrados de la tierra. Y otro: poesía: que
seas almendra sin cáscara. Y alguien del pueblo dijo: la
poesía es como cuando uno no sabe qué ni como decirlo, y lo
dice. Mi profesor de la cátedra de Edafología dijo una
mañana de invierno siberiano: la poesía es el humus para el
crecimiento de las semillas de todas las artes y las ciencias.
Hasta aquí todo es fácil y está claro ¿verdad? Pero hay que
regarlas con sudor, lágrimas, sangre. Y con el agua de todos
los tiempos.
4.-
Se dice que el poema se revela como invención de realidad,
porque es su reverso insospechado. El poema es un viaje que nos
hace sentir la turbulencia de la
intuición y del saber total, nos conduce de la ausencia a
la presencia, de lo visible a lo invisible, de la proferición al
silencio, donde el pez solo puede salvarse en el relámpago.
Cuando hablamos de realidad entendemos por ella lo conocido y
desconocido que en lo fundamental siempre es, lo que existe más
allá y más acá de los sentidos, no obstante su afirmación o
negación, lo irremediablemente contrario de la nada. La realidad
es entonces lo consistente, lo permanente, lo sostenible y
sustentable, para emplear palabras que todavía están de
moda. La realidad consiste en el ser que es, lo que subsiste
frente a cualquier cambio. La poesía es una forma del pensar del
ser que siempre ha sido, es y será, si bien pensamiento,
distinto al racional, al de la abstracción, pero pensamiento con
todos los alcances de su significación. La diferencia radica en
que la poesía, más que representar descubre y augura realidad, a
condición de que se invente en el poema.
Inventar es la presencia de la voz
que interroga por la voz que revela. El poetizar se
manifiesta visión que crea lo que ve y, simultáneamente, ve de
la misma manera cómo fue creado. Siendo una visión pensante que
crea lo que ve, a través de palabras ensambladas de un único y
sensitivo modo, la poesía funciona como una mirada verbal que
mira con grafías de sonidos y sentido. La visión cobra forma
real mientras brota la consistencia del poema y solo puede ser
leída con el código que recupera el origen y la naturaleza de la
realidad poetizada, siendo no solamente lenguaje, sino algo más
substancial, hecho de pensamiento, de sustrato de todos los
otros sedimentos formales de la obra del poeta. Proceso de
imaginar que es la condición esencial sin la cual no es posible
reconocer ningún tipo de realidad. La realidad es no solamente
más fantástica de lo que suponemos, sino la fuente inagotable de
fantasía. Se ha dicho que mientras escribe, el poeta no sabe
cómo será su poema. En verdad, lo sabrá cuando, ya terminado,
lo lea. El autor es el primer lector de su poema y con su
lectura se inicia una serie infinita de interpretaciones y
recreaciones. Cada lectura produce un poema distinto. Ninguna
lectura es definitiva y, en este sentido, cada lectura, sin
excluir a la o las del autor, es o son un accidente del poema.
Soberanía del texto sobre su autor-lector y sus lectores
sucesivos. El poema, es la vida del poeta que puede ser leída
desde la vida del lector, dice Octavio Paz. En cada lectura
se incorpora más vida del lector al texto del poema y, al mismo
tiempo, más poema, o sea vida del autor-poeta, a la vida del
lector. El poeta es cada vez más nosotros y cada uno de nosotros
somos nervios y corazón abiertos a todos los poemas de todos los
poetas.
5.-
Para el poeta es importante el estatuto de la soledad, pero
no como condición sediciosa y obstinada, sino como el
distanciamiento táctico que le permita acortar o agrandar la
distancia entre el hombre y los objetos, entre el hombre y sus
congéneres, entre el hombre y sus únicas tres certezas: su
nacimiento, su impotencia -¿perentoria?- de trasponer
físicamente los linderos de la Vía Láctea y su muerte. La
escritora norteamericana, premio Nobel, Toni Morrison dice:
Morimos. Ese debe ser el significado de la vida. Pero
construimos lenguaje, esa debe ser la medida de nuestras vidas.
En este enfrentamiento, especialmente con la muerte, la poesía
ha descubierto que lo que el hombre necesita no son
afirmaciones, es posible que tampoco negaciones, ya que unas y
otras son meros intentos y a veces pasmados impulsos de
imposibles. Según el poeta Juarroz, y antes que él en algún
sentido Coleridge, lo que la poesía busca no es el confortable
recurso de una respuesta, sino algo mucho más comprometido y más
importante para el hombre, que es, ante la imposibilidad de
respuestas, crearle presencias que lo acompañen. Sin
contradecir, hay que añadir que la poesía crea compañías,
concomitancias y enlaces, o sea capacidad de
concurrencia y aproximación para la vida.
La poesía hace posible atraer y ensamblar realidades lejanas u
opuestas y transforma los términos distantes en una nueva
identidad. Al configurar una presencia o una compañía, recobra y
fija la pluralidad de significados. Los poemas, propios o
ajenos, para determinadas personas cumplen una función
propiciatoria de seguridad o de extensión del ser buscando la
interrelación con las fuerzas superiores, como ocurre con los
exvotos adheridos a las imágenes cristianas, las máscaras de
algunas culturas del Asia o del Africa que cumplen distintas
misiones desde este lado de la existencia con el supra mundo y
el infra mundo o las figurillas providentes de fertilidad,
llamadas venus de Valdivia, en la cultura sedentaria más antigua
de América. Conocí a alguien que para paliar sus depresiones
leía con devoción el poema Frente a la Tabaquería, de
Pessoa. Y otro, ante la angustia de su exilio solía
supersticiosamente leer cualquier poema del Canto a mí mismo,
de Withman. Recuerdo que un poeta ya difunto, quien en vida fue
bisexual, decía que su principal e infalible arma de seducción
era la lectura del poema La unión libre, de Bretón.
Donde leo, meto la pata, comentaba de cuando en cuando. Fui
testigo de la escena tragicómica, en un pueblito del litoral,
cuando le escuché a un compañero de trabajo, mientras temblaba
la tierra, arrodillado sobre el suelo, gritar solemne hacia las
nubes estáticas las frases de nuestro himno nacional: salve
oh patria, mil veces oh patria. Y ocurrió el milagro: cesó
el temblor a los pocos segundos, pero no la risa de los
testigos. Yo poseo algunos poemas emblemáticos del Cholo
Vallejo, que frecuentemente los leo para
no olvidarme que el poeta padece mucho dolor, se impone a sí
mismo un denodado sacrificio y, a la vez, desarrolla una enorme
capacidad para asimilar la incomprensión, la indiferencia, la
inopia y la sordera. Que al final, no obstante debatirse entre
la elemental calidad de vida y las fuerzas oscuras o demasiado
evidentes que tienden a sustraerle o a condicionar la luz
interior, su práctica es infinitamente consoladora y custodia al
poeta más que cualquier otra actividad o causa, aunque
escribir sea un despilfarro de eternidades vitales y de energía,
un hábito rutinario, casi costumbre, cuyos frutos maduran en el
plazo remoto. La práctica de la escritura, es al final de todo,
la única constancia de
que el poeta hace mucho tiempo aceptó aquella pretensión y
porfía de ir con la palabra más allá de la expresión y la
comunicación del habla, e incluso del decir.
En este sentido, la aseveración de Antonio Machado es
pertinente: todo poeta debe crearse una metafísica que no
necesita exponer, pero que ha de hallarse implícita en su obra.
Adhiero a lo dicho por quien cree que al lector, al destinatario
de la poesía, hay que inventarlo. Esto implica poseer o estar
poseído por un convencimiento que mueva montañas o por una sagaz
certidumbre en que, si logra un verso duende y burlón, ese verso
llegará como un destello de espíritu y de carne a un alma
despatarrada, proclive a la fascinación y al asombro. El lector,
en algún recodo del azar espera ser inventado, para convertirse
él mismo en destino que inventa. Por ello, el
poeta al ser inventado por el destino, siempre ha escrito y
escribirá para penetrar en su más íntimo interior y para
escaparse, para dejarse seducir por la vida y jugar con la
muerte. Por apetitos místicos de trascendencia y dejarse alterar
misteriosamente por la palabra para no morir como ilusión y
reencarnarse como realidad en el corazón del mundo y cada vez
reafirmar que nadie que no sea seducido por el verso seducirá a
lo y los demás. Por nostalgia diabólica de perderse en las
apariencias y por desahogarse sobre el único relieve de la
anacronía. Contra la violencia de la disuasión, de lo neutro,
del grado cero y a favor de algún sortilegio ante el cual las
significaciones son vulnerables. Para detener el instante del
juego total. En fin, para vivir la alteridad en la identidad y
viceversa y para sobrevivirlas en el sentido de nido, vuelo,
canto de hombre planetario como el poeta Carrera Andrade, por
ejemplo, que pudo ofrecer una inagotable biografía para uso
de los pájaros.
6.-
Me alegra estar ajeno al orden del discurso. Me refiero a
aquel discurso de orden que se circunscribe a la definición de
cuál es el gran canon poético, quiénes lo conforman y de qué
manera su importancia coadyuva a apuntalar nombres con base en
el afecto excluyente, el interés subjetivo, la arbitrariedad y
el atolondrado desdén. Todo esto ocurre dentro de un ámbito de
competencia obsesiva con la finalidad de ganar prestigio, vencer
a ultranza las resistencias de la sensatez y la salud del
lenguaje de los vivos. El lauro subliminal será el
reconocimiento que otorga la cosa de la historia, la
distancia entre significante y significado, el poder del
cementerio, junto a los campeones ya muertos sobre el podio del
canon. ¿Será que influyen socialmente estímulos nefastos como la
elección del mejor ecuatoriano de todos los tiempos,
ocurrida no hace mucho? Gran parte de los poemas canónicos,
es obvio, se ha descolorido, se ha despoetizado, ha devenido
versos de museo, accesibles a todos y a nadie. Los poetas, a
través de los ojos de los lectores, han agotado poco a poco las
posibilidades rítmicas y nadie sabría hoy en día extraer de sus
versos
una respiración distinta, una mayor expansión de temas y
contenidos, un contagio para el cambio de escritura
o la huella de un pigmento personal. En su búsqueda, mientras
vivían, pudieron hacer retroceder el límite de la expresión, mas
no abolirlo. Emplearon las formas menos usadas e inventaron
otras nuevas y asimismo combinaron, de una manera más o menos
diestra, las ya conocidas. La mayor
parte de esta poesía -me refiero a la de mi país de principios
del siglo XX- salvo raras excepciones, es sublimemente mediocre
y artificiosa e insufriblemente perfecta y ya empiezan a
incomodar los síntomas de su parcial tumefacción. Aparte del
plano meramente referencial, a
mí me importa muy poco dicho canon, que como sabemos, con el
paso del tiempo se cuartea, tambalea, incesantemente sufre un
proceso de erosión y apolillamiento agresivo y, al final las
piedras se desmoronan y falsea el calicanto, porque como
dice la misma canción no hay amor que dure mucho por más
constante que sea. Me interesa muy particularmente lo
entrañable de la poesía que cada poeta escribió, no solo para mí
sino para todos: a veces solo un verso, una estrofa, en el mejor
de los casos una unidad poemática completa. Es muy difícil que
todo lo que ha escrito un poeta nos llegue con idéntica
potencia, y dentro de su variedad, nos guste lo mismo que a los
otros lectores. Considero que la calidad de los poemas, en
última instancia, está condicionada por el perfil del
lector que es de algún modo el perfil semejante del poeta. El
poeta a través de su poema busca un lector que se corresponda
con su sensibilidad, sus valores vitales, su identidad asumida
en el límite de la intuición creativa. De otro lado,
el poeta, sobre todo es un lector. En este sentido, lo
instintivo para él es leer antes que escribir.
Por efecto de esta interacción no existen poemas malos o peores,
ni buenos o excelentes, sino poemas oficiosos, versos eficaces
que poseen una embriaguez inmanente, sea cual fuere la emoción
que encubre o descubre al verdadero drama humano. Poesía al
alcance de alguien, y en lo posible, de todos: esa es la oferta
y, creo que en el fondo, esa es la demanda.
7.- Esto que acabo de señalar, por supuesto, no tiene relación
con la discordia o afinidad seculares entre individuo y
sociedad, entre poeta y desmadejado pensar de la época, entre
prójimo y poder, entre persona y soportes de la civilización e,
incluso, entre ciudadano y evanescencia del espacio público,
cuyo discurso me interesa sobremanera para encontrar la exacta
ubicación que me corresponde. Estoy en el lado de quienes
piensan que en la actualidad hemos arribado a una situación
patéticamente trágica, en la cual el poder que debía haber
mimado y protegido al hombre lo ha humillado, lo ha mutilado, le
ha separado el cuerpo del alma, lo ha desvalorizado, le ha
mentido, lo ha condenado a la indefensión y le ha arriado su
horizonte. El poeta, que es algo así como una transversal
condensación de lo humano, surge como una voz tenaz y
discrepante del poder y de la sociedad. Cuando el poeta habla -o
mejor, dice- no lo hace a la inconmensurable sociedad reunida en
asamblea sino al hombre, de soledad a soledad, de silencio a
silencio, de esencia de ser a esencia del ser.
Paul Zumthor dice que el oyente escucha en el silencio de sí
mismo esa voz que viene de otra parte; deja que resuene sus
ondas, recoge sus modificaciones, con todo el razonamiento en
suspenso.
El poeta solo reclama que el hombre se concentre en el para sí,
en el sí mismo que es, que abandone las imposturas, los fraudes
y las trampas que lo encandilan y lo entontecen: ideologías
mesiánicas, moralismos de la enajenación, negocios de dictadura
facilista o de democracia discutidora, tramoyas de prestigio y
tentaciones oportunistas del más acá y del más allá. El poeta es
un relegado de los esplendores del poder y un extrañado de lo
decorativo y retórico: solo desde esa condición le inquiere al
hombre. El poeta no es catedrático de nada, no adoctrina en nada
que sea principio o fin de nada, no evangeliza con ningún credo
basado en la trascendencia utilitaria: solo funda y coincide;
crea, consolida y suscribe.
La poesía es la respuesta a la agitación de una época donde
cunde el síndrome entre los creadores que creen ser los últimos
especimenes en este supuesto proceso irreversible de extinción
de la poesía. Podrá no haber poetas, digo con el poeta
Bécquer.
–¿Podrá
no haber poetas?–,
digo yo,
porque siempre habrá el tú de mí desde ti, tú de ti conmigo
en único ambos. La poesía es para el poeta meollo del ser y
permanente insinuación de su existencia, por eso es la legítima
señal de salvación por vía de la reencarnación en el verso –si
cabe el término–, ante un mundo que cíclicamente colapsa.
8.
Acabo de emerger de una crisis valorativa, cuyo balance me ha
inducido a creer que no debía apresurarme publicando lo escrito
en todos estos años, hasta no haber estado seguro yo mismo de su
calidad, autenticidad y vigencia. Este proceso me ha sido útil
para afirmarme en el convencimiento de que para la poesía y la
creación todo tamiz, alejamiento táctico y concentración son
insuficientes. Parto del principio de que lo más difícil es
asumir la sencillez y la modestia implícitas ante la complejidad
y el misterio del lenguaje. Esta pretensión presupone una
entrega a tiempo completo a la reflexión y a la creación, lo que
no significa escribir prolíficamente. La poesía se hace sílaba
tras sílaba, pero sílaba por sílaba no es poesía. Creo con
Schiller que la creación no es realizada por el intelecto, sino
por el juego del instinto, partiendo de la necesidad interior.
Hay seres muy inteligentes que no saben pensar ni son poetas.
Aunque sea la mente la que busca, con mucha frecuencia es la
mano la que encuentra, dice un aforismo oriental. Debe ser
por eso que a Baudelaire la inspiración le sorprendía
escribiendo. Actualmente, los tópicos de mis libros son
el amor, la ternura y las franjas intermedias del afecto. El
parpadeo del desplazamiento del horizonte histórico y la
contracción de la sabiduría posible. La fe coagulada que ha
vuelto a licuarse para retornar de nuevo a las imágenes ávidas
de mutación. La creencia, otra vez, en la unidad integral, en la
estrella infusa en el charco, en la ola y en el cruce de
nieblas. Lo fragmentario, el montaje diversificador de la
ciudad, lo discontinuo, lo abocetado, lo casi sucinto en los
espejos; los contrastes, más simultáneos que paralelos del
empezar siempre de nuevo, de la identidad y la otredad del ser,
de la vulnerabilidad de la memoria y la cordura, de la caducidad
del tiempo progresivo y del que se represa en la conciencia, de
la nostalgia de un mundo más humano y a la vez la sensación de
soledad y abandono. Considero que la poesía entraña la operación
de autodefinirse, de especificarse y, en el fondo, esto es lo
que encubren los claroscuros entre cada uno de mis versos. Al
mismo tiempo he abandonado el fácil y el difícil moralismo, el
paramento, la sensiblería, la solemnidad politiquera. Mi interés
se orienta a adensar el sentido y darle profundidad al nivel
donde se gesta la lucha por la actitud y la expresión, la
sincronía y complemento de lo dicho y lo no dicho, de lo
espontáneo y lo reflexivo, de la apoteosis y la caída, de lo
posible y lo imposible. Es decir, la asunción de una permanente
e incisiva auto exigencia. En este sentido, he ido
comprendiendo que la única manera de lograr un énfasis propio es
siendo consecuente con mis convicciones y que el problema a ser
resuelto no es cómo ni dónde difundir mi obra, sino de
credibilidad frente a mí mismo, aunque, claro está, a veces, ni
siquiera esa credibilidad constituye garantía. |