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Los pálidos conquistadores,
de Pablo de Rokha. Una Lectura sobre el Conquistador y la Tierra
Colonizada bajo el Asentamiento de la Escritura
[1]
Carolina A.
Navarrete González
A
través de las siguientes líneas quisiera proponer una lectura
que permita perfilar la relación entre el conquistador y la
escritura en el poema “Los pálidos conquistadores” del libro
Gemidos de Pablo de Rokha. El presente análisis pretende
postular las posibles relaciones que establece la escritura con
formas de discurso no literarias como los son la fundación de
ciudades y el castigo en el contexto de la colonización de las
Indias. [2]
Los versos iniciales: “Caracteres épicos, caracteres épicos,
ejecutivos o rotundos, rotundos, rotundos,…” introducen
inmediatamente el tema de la escritura heroica. La unión entre
escritura y batalla clama la necesidad de penetrar en las
posibles implicaciones de dos fenómenos requeridos por el hombre
en su formación evolutiva; dos aspectos que testimonian el
ejercicio de un poder que imprimen cierto sello de una codiciada
y benéfica legitimidad tanto para el autor de la escritura como
también, para el vencedor de la batalla. Esta mixtura de poderes
es reafirmada por la característica propia del escritorio -a
través de la palabra ejecutiva-, como también por la sonoridad
completa, precisa y terminante de los “rotundos” cuales espadas
sobre el enemigo o tinta sobre el papel que, reiterada en tres
oportunidades, imprime la importancia del poderío de la
escritura y de una posible heroicidad.
El verso “…y almas de bronce, acero, piedra, huesos aporreados,
carnes endurecidas…” devela una noción de alma -que pertenecería
al protagonista de la escritura épica- absolutamente rígida,
dura y metálica coronada a su vez de valores externos
legitimados por el poder que confiere un lugar privilegiado en
una competencia o batalla. Esta alma estática y vanagloriada
estaría revestida por una estructura corporal martirizada y
dañada, lo que permitiría captar la temática de cierta
heroicidad patética de aquel que participa de los caracteres
épicos.
A partir del enunciado: “…hombres del hablar conciso, enérgico,
sencillo, auténtico, autoritario, exacto”, ya se puede avizorar
la temática del hombre conquistador y del empleo del lenguaje
como una forma de condicionar un tipo social-genérico. Ahora, a
la escritura heroica, se suma el lenguaje oral, ambos, como
rasgos diferenciadores del hombre (conquistador) respecto al
animal y al aborigen; el indio si bien, es capaz de utilizar el
habla dentro de su contexto, no tiene la habilidad,
necesariamente, de la escritura, por lo que a la luz del
conquistador, aquél necesitaría la implantación de una educación
europeizante, aspecto que se vuelve legitimado a través del
énfasis en que el hablante lírico enumera características
loables pertenecientes a los hombres que sustentan el poder y
que a través de “la acción ROJA, ROJA ardiendo a priori…”
conquistan las tierras y las tradiciones, destruyendo lo ya
establecido a través del poder de la mano firme que sostiene la
espada alimentándose de la sangre ROJA, ROJA de los ya vencidos,
en una dinámica aniquiladora que resulta ser de carácter
universal y hasta necesaria para estos artífices de la palabra
oral autoritaria y de la escritura épica rotunda.
El enunciado “…anacoretas-espadachines,
espadachines-anacoretas…” constituye una construcción
oximorónica, para ilustrar el carácter irónico que reviste al
conquistador. Sin duda la contemplación y penitencia del
anacoreta no van de la mano con el espíritu pendenciero del
espadachín, sin embargo, el hablante lírico los utiliza en un
movimiento circular donde a uno le sigue el otro y viceversa, es
como si el carácter contemplativo del indio tendiese a
confundirse con el pendenciero y valiente del conquistador. Así,
uno y otro terminan apostando por una relación de hibridez o más
todavía, del mestizaje resultante del intercambio -sucesión de
influencias, de penetraciones y de choques- de costumbres de
ambos polos de la batalla por la colonización.
Los versos“…aventureros a quienes el hambre y la sed de
ORO, la gloria, las hazañas,-... la gloria!, la gloria! -,
trasmutaron de farsantes en héroes, de farsantes en héroes…”,
transmite la vehemencia con que el hablante lírico concibe la
empresa de la conquista y, particularmente, a sus protagonistas,
hombres codiciosos del metal que les proporciona riqueza y
poder. La gloria! reiterada es el grito con que se opera la
metamorfosis, del que finge lo que no es hasta ganar la
categoría de heroicidad “a fuerza de tener el alma hirviendo, a
fuerza de tener el alma hirviendo, a fuerza de tener el alma
hirviendo a SETENTA Y UN grados a la sombra”. Resulta
interesante acercarse a estos versos que marcan el fin de la
primera estrofa en tanto, vuelven a la noción de alma -que ya
habíamos analizado como estática y vanagloriada- hirviendo en
tres oportunidades y en forma enfática por la utilización de la
negrilla para destacarla. El alma del conquistador se consume en
la hoguera, en un contexto infernal donde el SETENTA Y UN grados
a la sombra remite a la fuerza apocalíptica. La utilización del
número siete en este enunciado no parece casual. Hay que
recordar que el siete si bien es el número de Dios, por lo que
simboliza lo completo -Dios completó la obra y descansó el día
siete- es el número más importante hallado en el Apocalipsis
encontrándose 55 veces en dicho libro. Entre los ejemplos de
sus apariciones están: 16:1 Oí una gran voz que decía desde
el templo a los siete ángeles: Id y derramad sobre la tierra las
siete copas de la ira de Dios; 4:5 ...delante del trono ardían
siete lámparas de fuego, las cuales son los siete espíritus de
Dios.
En este contexto, los
SETENTA Y UN grados en que hierven las almas de los
conquistadores muestra la ferocidad divina por la ‘hibris’ de
los aventureros que pasan de farsantes a héroes. Las ansias de
poder de este grupo y la aniquilación que operan sobre los que
no poseen ni el habla autoritario ni los caracteres épicos,
recibe el castigo divino del fuego eterno transformándose en
almas que deberán padecer de las perennes magulladuras
infernales.
El análisis de la primera estrofa del poema ha permitido
adentrarse en la problemática de la escritura y del
conquistador, en tanto ambos operan un sistema intrincado de
relaciones que implican fuerzas de poder y de vasallaje. La
acumulación de imágenes, que se repiten y transforman de manera
interminable, a la manera de un discurso construido por el
inconsciente ayudan a complejizar la imagen del conquistador y
de la letra.
Pues bien, cuando se descubrió y conquistó América, escribir era
una manera de conseguir la libertad, la legitimación. En cierto
sentido, todo el Nuevo Mundo buscaba obtener la concesión de
derechos y una validación de sus existencias escribiendo sus
relatos. América existió como documento legal antes de que fuera
legalmente descubierta. [3] De ahí, que la característica más
significativa del nuevo estado era su naturaleza legalista, su
cargo más visible era la meticulosidad generalizada de su
organización y el enmascaramiento del individuo en una compleja
trama de relaciones con el poder central.
Lo recién descrito ayuda a reforzar la noción imbricada de
conquista y escritura. No es menor que el poema se inicie con
los “caracteres” y la “épica” para seguir con la categoría del
poder como principal necesidad avasalladora de los
conquistadores, finalizando la primera estrofa con las almas de
éstos ardiendo en un fuego revestido de dimensiones
apocalípticas.
El hablante lírico resalta la importancia de la escritura que
traen estos héroes, ya que quienes la ostentan serían los
principiadores de la libertad, eran los hombres a los que se les
estaba permitido la concesión de derechos y de legitimación,
así, a éstos les estaba autorizado barrer con la sangre de todo
aquél (habitantes de las Indias) que por su condición de
iletrados no tenían legitimidad en tanto personas frente al
estado soberano. De ahí que el vasallaje se impone como la forma
de actuar del conquistador, el que a su como buen farsante
termina castigado eternamente.
La segunda estrofa -que se inicia con los versos: “Oscuros,
analfabetos, ignorantes soldados ignorantes…” -opera una
inversión respecto a la estrofa anterior en tanto la luminosidad
del héroe es desplazada por la oscuridad e ignorancia de quienes
emprenden las batallas de la conquista. Un factor importante a
considerar es el analfabetismo de los soldados, rasgo que se
contrapone a la característica de la escritura épica que
resonaba anteriormente. Estamos en presencia de un orden
alterado de la letra en la intensión del hablante lírico. El
soldado ya no se superpone al dominado por medio del habla
conciso ni por los caracteres que pueda imprimir, sino que más
bien, es la batalla la que confiere la ignorancia y el despojo
de cualquier tipo de claridad y, lo que es aún peor, a partir de
esta ignorancia es donde se origina el trazado de las ciudades
en las que hasta el día de hoy habitamos: “…trazasteis el
polígono de las inmensas urbes contemporáneas…”. Hay que
recordar que en los asentamientos españoles, el trazado mismo de
las ciudades reflejaba las mediaciones políticas que había entre
el ciudadano y el Estado, [4] situación que estaría investida de
cierta burla por parte del hablante lírico ya que en el caso del
poema sería la ignorancia la que mediaría, a través del dibujo
de las urbes, la relación de asentamiento español y su Estado
benefactor.
Los primerizos e ignorantes colonizadores españoles fueron los
desvergonzados habitantes de una tierra americana que, cual
desprevenida fémina que despierta a una pesadilla de armas,
cacería y farsante heroicidad, amedrenta lo extraño: “…y
fuisteis LOS PRIMEROS pobladores sobre la parda, parda tierra
parda, parda, humilde, agrícola, RUBORIZÁNDOSE, como mujer a la
cual sorprendiéramos desnuda;…”. Es interesante la
comparación de la tierra con la mujer, a través de esta
relación: tierra femenina; tierra-mujer se puede advertir la
sensibilidad que despierta en el hablante lírico el sentimiento
de la naturaleza y el mundo de donde emerge la fisura de la
tierra, la fragmentación de la mujer, prácticamente violadas en
su más preciada intimidad por el asentamiento español. La
tierra, con sus connotaciones de madre universal, cobijadora por
excelencia, equilibrada entre el blanco y el negro a través de
la reiteración de ‘parda’ y mujer sapiente es susceptible de
pasar de la mesura universal al ROJO producido por la batalla y
el desequilibrio que provoca la ambición desmedida de los
pálidos conquistadores, quienes “…perseguíais dos destinos:
morir colgados a la horca o coronados de laureles”. Este
verso -que constituye el final de la segunda estrofa- anuncia la
absurda empresa de los sustentadores del poder: terminar
castigados bajo las manos de la “justicia” de la Inquisición o
bien, reconocidos y legitimadas sus hazañas por la corona
española.
Ahora bien, los versos iniciales de la tercera y última estrofa:
“Y, os llamaseis Pedro de Valdivia, Hernán Cortés o
Francisco Pizarro, Napoleón, erais lo mismo: valientes,
borrachos, canallas, dementes o locos geniales, contradictorios,
atrabiliarios,…”, conlleva a reflexionar sobre, por una parte,
el valor que le confiere el hablante lírico a la historia no
oficial, fuente de conocimiento de los pormenores que marcan los
hechos históricos que representan grandes giros en la dinámicas
políticas, sociales y económicas; como también la
insustancialidad y conmutatividad de los “prócer” conquistadores
latinoamericanos con el estereotipo europeo por excelencia. Las
características de este grupo de hombres conducen a un cierto
sentimiento lastimero por la bajeza de su condición, aunque se
advierte también, en ‘geniales’ a un poeta vidente que es capaz
de descubrir y expresar la imagen en movimiento de la propia
vida, con sus caídas, desvelos y contradicciones.
Los versos que siguen: “…es decir, instrumentos IRRESPONSABLES
del DINAMISMO cósmico y las nocturnas fuerzas de LA VIDA…”,
constituye una de las ideas fuerza del poema. Hay una clara
posición de defensa -por parte del hablante lírico- de la vida,
la naturaleza y el orden natural del cosmos que los
conquistadores atropellaron sin respeto. Operaría, entonces, un
intento por fijar la naturaleza y la historia de América y Chile
en la escritura.
Cuando el poema sigue con el saludo a los conquistadores
-vilipendiados durante todo el poema-: “…CONQUISTADORES, os
saludo porque teníais mucho de
quijotes-poetas-caudillos…”, nos vemos ante la problemática de
un hablante lírico que articula y desarticula su discurso en un
sistema contradictorio e integral arrojando como resultado la
estructuración de un universo que no parece construido en su
totalidad, más bien, se transforma en un mosaico donde se pueden
ver las temáticas desde sus movimientos especulares: el
conquistador es un ignorante, loco, IRRESPONSABLE y hasta
ejecutor de castigos a través de su espada sobre los aborígenes
de las Indias y sobre la tierra-mujer, pero también es objeto de
brindis y loas por el espíritu renovador y casi ingenuo -a la
manera del Quijote- con que lleva a cabo sus empresas. Eso sí
que se debe destacar el salud! por la categoría de poetas que se
les da a estos individuos. Nuevamente la relación entre el
lenguaje aquí -oral o escrito- y los conquistadores se pone de
manifiesto. Tanto en la conquista de las Indias como en la
noción misma de poeta subyace la lucha por el ejercicio de un
cierto poder que arrastre la legitimidad tan ansiada. El
conquistador se apropia de esta característica a través de la
palabra escrita que testimonie la victoria sobre los indios ya
dominados y que sus procesiones puedan pasar directamente a
manos de la corona española; mientras el poeta a través de su
Canto conquista la historia haciendo que la memoria sobreviva.
El canto regenera la vida humana porque imita el ciclo renovador
de la naturaleza. Es la armonía entre el canto del cosmos y el
de la naturaleza (Nómez, 1994, p.15).
Los versos siguientes: “…las SETECIENTAS fatigas del horizonte
con vuestros absurdos, pintarrajeados, metafóricos
trajes…” reitera un elemento que ya se había comentado: el
número siete, en este caso multiplicado por cien, nos devuelve
la sentencia apocalíptica de las almas del conquistador ardiendo
a setenta y un grados a la sombra. La diferencia radica en que
esta vez se trata del cansancio divino y casi infinito respecto
a una empresa que no es más que simulacro. A la luz de estos
versos los conquistadores asemejan payasos del sin sentido que
deben lidiar en un espacio en que se les ha sido permitido
juguetear a su antojo sin saber que la naturaleza, en su
infinita paciencia, conoce el carácter absurdo de sus planes
junto con sus irrisorios destinos. Sin embargo, pareciera que la
naturaleza se condoliera de la condición de estos individuos:
“…y la sonora actitud novelesca, colmados de ilusiones,
ambiciones, emociones heroicas, descomunales, llenos de paisajes
los ojos…”. Hay cierta ingenuidad en los colonizadores que
podría implicar el perdón a su vorágine de poder. Son al fin y
al cabo hombres quijotizados y casi ciegos de la verdadera
realidad y problemáticas en las que participan, el hambre de
tierras hace de ellos dignos personajes de la más jocosa y hasta
heroica novela: “...dormidos a la sombra de un gran sueño
distante y ANCHO cual los CIELOS, y con diez céntimos, y con
diez céntimos en los bolsillos!.. !.. !..”, unos pobre diablos,
ingenuos y movidos por las ansias de riqueza, ensimismados en un
sueño irreal y gigantesco. Héroes de origen paupérrimo,
soñadores de fortunas, etc. El hablante lírico finaliza con
estos versos su poema “pálidos conquistadores” dejándonos con la
sensación de conmiseración por unos soñadores, hijos legítimos
de la letra y corona española, ignorantes, pero héroes al fin y
al cabo.
Resulta impresionante el giro que da del poema respecto a la
visión de los protagonistas de la conquista: pasa de las
profusas descalificaciones hacia ellos, hasta las
consideraciones más sutiles que llevan al sentimiento de
lástima.
En definitiva, en este poema la relación entre el conquistador y
la escritura se devela como un maridaje colmado de fisuras tanto
de la tierra americana como de los nativos que han sido
sometidos por la fuerza de la espada. La escritura legitima el
poderío que alcanzan los españoles tras la fundación de ciudades
y el castigo sobre aquellos que pudiesen establecer cierta
resistencia sobre la empresa colonizadora. Lo interesante es que
la escritura -capaz de revestir de heroicidad al conquistador-,
unida al canto del poeta opera una función de denuncia de las
arbitrariedades y falta de idoneidad de estos individuos que no
son más que unos ingenuos cazadores de recompensas. En el
contexto de la colonización de las Indias, el hablante lírico,
muestra a un conquistador legitimado por los caracteres de la
escritura heroica, pero al mismo tiempo, humillado por las bajas
condiciones morales, físicas y socio-económicas, las que lo
convierten en una suerte de colono travestido, sin poder engañar
ni a la divinidad ni a la tierra.
Cabe preguntarse si la tierra contemporánea será capaz de
soportar setecientas magulladuras más o habrá de explotar de una
vez, no pudiendo tolerar las barbaridades que los conquistadores
actuales - inclúyase todo el imperio estadounidense- acometen
desbaratando cualquier posibilidad medianamente ecológica y
favoreciendo cada vez con más fuerza el poderío económico de la
reina de todas las reinas: la producción.
Notas
“Los pálidos conquistadores”de Pablo de Rokha:
Caracteres épicos, caracteres épicos, ejecutivos o rotundos,
rotundos, rotundos, y almas de bronce, acero, piedra, huesos
aporreados, carnes endurecidas, hombres del hablar conciso,
enérgico, sencillo, auténtico, autoritario, exacto, y la acción
ROJA, ROJA ardiendo a priori, anacoretas-espadachines,
espadachines-anacoretas, aventureros a quienes el hambre
y la sed de ORO, la gloria, las hazañas,-... la gloria!, la
gloria! -, trasmutaron de farsantes en héroes, de farsantes en
héroes, a fuerza de tener el alma hirviendo, a fuerza de tener
el alma hirviendo, a fuerza de tener el alma hirviendo a SETENTA
Y UN grados a la sombra.
Oscuros, analfabetos, ignorantes soldados ignorantes, trazasteis
el polígono de las inmensas urbes contemporáneas y fuisteis LOS
PRIMEROS pobladores sobre la parda, parda tierra parda, parda,
humilde, agrícola, RUBORIZÁNDOSE, como mujer a la cual
sorprendiéramos desnuda; voluntades con el YATAGAN
desenvainado, perseguíais dos destinos: morir colgados a la
horca o coronados de laureles.
Y, os llamaseis Pedro de Valdivia, Hernán Cortés o
Francisco Pizarro, Napoleón, erais lo mismo: valientes,
borrachos, canallas, dementes o locos geniales, contradictorios,
atrabiliarios, es decir, instrumentos IRRESPONSABLES del
DINAMISMO cósmico y las nocturnas fuerzas de LA VIDA;
CONQUISTADORES, os saludo porque teníais mucho de
quijotes-poetas-caudillos cruzando las SETECIENTAS fatigas del
horizonte con vuestros absurdos, pintarrajeados, metafóricos
trajes y la sonora actitud novelesca, colmados de ilusiones,
ambiciones, emociones heroicas, descomunales, llenos de paisajes
los ojos, dormidos a la sombra de un gran sueño distante
y ANCHO cual los CIELOS, y con diez céntimos, y con diez
céntimos en los bolsillos!.. !.. !..
Tomo estos conceptos de mis lecturas de Roberto González
Echevarría, especialmente 2000. Mito y Archivo. México.
Fondo de Cultura Económica.
En las Capitulaciones de Santa Fe, los Reyes Católicos
suscribieron un contrato con Colón, antes de que éste partiera,
en el que se señalaban con considerable detalle sus derechos y
los de la Corona sobre cualquiera de los territorios
descubiertos. (González Echevarría, 2000, p. 78)
En cuanto se fundaba una ciudad se trazaba su plano de acuerdo
con el modelo estipulado por la Corona, plano en que los
símbolos de los poderes del Estado ocupaban un sitio prominente,
justo en el centro, la plaza mayor, con su iglesia, su
ayuntamiento y el símbolo más característico de todos, la picota
o rollo. . (González Echevarría, 2000, p. 83)
Bibliografía
Pablo de Rokha. Los Gemidos. Santiago de Chile: LOM Ediciones,
1994.
Roberto González Echevarría. Mito y archivo. México:
Fondo de Cultura Económica: 2000.
Naím Nómez. “Pablo de Rokha, precursor del vanguardismo
latinoamericano: Los Gemidos”. Santiago de Chile, Universidad de
Chile, 2005.
Carolina A. Navarrete González (Chile). Doctora(c) por la
Pontificia Universidad Católica de Chile. Actualmente colabora
en la redacción de la revista Anales de Literatura Chilena
de la PUC y se desempeña como profesora de literatura en la PUC.
Además, en el marco de su tesis doctoral, se encuentra
investigando sobre manuscritos y epístolas escritos por mujeres
de la Colonia en Chile y en el resto de Latinoamérica. Dentro de
sus publicaciones se encuentran una serie de artículos en
revistas nacionales e internacionales donde ha enfocado su
interés en diversas áreas de la literatura hispanoamericana. |