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Beverley Pérez Rego: los saberes antiguos de la orfebre

Mª Ángeles Pérez López

Con un epígrafe del poeta cubano José Lezama Lima abría Beverley Pérez Rego su primer libro de poemas, titulado Artes del vidrio: “¿Cómo el cristal que interrumpe el aire sin mancillarlo, se oscureció en su fondo deteniendo la imagen?”.

A ese primer verso inicial parece responder el conjunto, ya dilatado y de gran densidad, de su obra poética. De una parte, la presencia de la imagen (la imago lezamiana) como tema central de la búsqueda del conocimiento por la poesía. De otra, la oscuridad que adensa la palabra poética y señala la dimensión órfica del canto por su anclaje en las tradiciones herméticas, con lo que a la vez, su obra responde de forma deliberada a un fuerte carácter arcaizante, que rememora y reactualiza los saberes antiguos, las artes del vidrio, de la cetrería o de la hechicería.

Títulos como Artes del vidrio, Libro de cetrería, Providencia, Escurana o Grimorio dan cuenta de los diversos niveles de espesor de una obra que penetra en lo oscuro y fija imágenes de belleza sobrecogedora, es decir, las detiene a la vez que se oscurecen en el fondo del espejo sin mancilla. Esa cualidad oscura, recargada y en cierto sentido neobarroca, sirve de puerta de entrada (o mejor, de descenso) hacia una obra de gran belleza plástica, conmovedora en su radical intensidad.

Así, la atmósfera creada por Artes del vidrio (Caracas, Pequeña Venecia, 1992), trabada y densa, remite al carácter en ocasiones fantasmagórico de los cuentos infantiles, donde brujas y hadas, novias y niñas opacas recuerdan las pinturas del surrealista belga Paul Delvaux, autor de desnudos femeninos en ambientes oníricos de aguda eroticidad. Los escenarios de torres y cuevas, de ciudades hermosas en la que las mujeres vierten su oro y apuran sus vuelos, permitieron a Yolanda Pantin afirmar que son poemas “teatrales y altisonantes, imaginativos y artificiosos”, “escritos para ser declamados en un idioma distinto”:

En casa somos cinco hembras de cabellos finos y mirada terca, diestras en las artes del vidrio, casi orfebres. Los secretos compartidos se lanzan a cualquiera, y ninguna se enfurece, al menos en la mesa. Somos dos en la trastienda, pendientes de fugas imposibles; dos se miran en el mismo espejo, y surten la fuente de todo temor. Y cuando la última muera, saldrá con pasos triunfantes, dejará la puerta abierta al salir, y quedaremos solas ante el viento, rudo, como la mano de un hombre.

Al tiempo, se trata de un libro que en ocasiones prescinde de la marca genérica, en el que el yo lírico se nombra “el vengado” y nombra a su vez lo que “surge en la noche del idioma” bajo la luz de lámparas que guían a tientas en la vasta soledad. Para recorrerla, los poemas en prosa del libro, carentes de título, dan cabida también a algunos textos en inglés, recordándonos que Pérez Rego nació en Halifax (Canadá) en 1957, de padre diplomático venezolano y madre inglesa, y que creció entre Canadá, Brasil, Estados Unidos y Puerto Rico, obteniendo su licenciatura en Sociología en San Juan (University of the Sacred Heart) y en Letras en la Universidad Central de Venezuela.

También unos versos de Lezama Lima abren Libro de cetrería (Ediciones de la Casa de la Cultura de Maracay, 1994; reeditado por la editorial Cincuenta de Cincuenta en 2001), con el que obtuvo el Premio Bienal Casa de la Cultura de Maracay, siendo jurado Alberto Hernández, Gustavo Pereira y María Isabel Novillo. Como indica el título, es un libro que se articula intertextualmente sobre el Libro de la caza de las aves del cronista español Pero López de Ayala. Junto a la cita inicial del cronista, que diferenciaba entre las tareas del maestro de caza y del cetrero, la de Lezama (“Hay un rincón/ que se abre como un libro de cetrería”) hace gravitar el libro de Pérez Rego hacia páginas que “son la escarcha/ que penetra en un paquete sellado”, y cuyos “silenciosos tumultos/ son llamas en el agua,/ que ven de cerca, día por día,/ el reloj coralino/ que ensaliva la eternidad” (“Números trenzados”, de Fragmentos a su imán).

San Juan escribió que había volado tan alto que le dio a la caza alcance, y Lezama convoca en su poema no ya el pájaro sino la trayectoria del pájaro, su inalcanzable naturaleza de volatería que sin embargo será perseguida, como en los libros de cetreros, hasta la herida o la muerte. El hermetismo del libro, que busca la belleza del golpe certero, teje una red alógica que nombra el imperio gongorino (el gran oscuro, “príncipe de las tinieblas”) para atrapar el vuelo del animal, su apoyatura levísima en el aire con la que, en gran medida, se prolonga el desarrollo del primer poemario, su crecimiento vertical desde algunos de los nudos que tejieron las redes para el vidrio (a su vez, como el sueño del ave, un cuerpo casi ingrávido y proteico que sin embargo respira espesamente).

Por otra parte, la presencia del pintor francés Balthus, autor de destacadas figuras de adolescentes en actitudes enigmáticas y a veces eróticas, quien participó con Delvaux en 1934 en la exposición Minotauro de Bruselas -junto a otros pintores surrealistas como Dalí o Miró- enriquece el libro con lienzos y grabados en los que eroticidad, belleza y muerte tienden a aliarse, y en los que se hace muy evidente la matriz culturalista de la poesía de Pérez Rego:

Balthus me ordena bajar la mirada. Quedo quieta en el sillón; mi gemela corre las cortinas. El aire es nudo rugoso cercando la nuca. El pigmento nos impide respirar.

Dice que debo estarme quieta, ya impaciente; que debo esperar. Mis rodillas tiemblan levemente, mi espalda está rígida. La tarde oscurece cuando, de pronto, ocurre lo peor: la escena ha concluido, un trapo oscuro cubre la tela. Quedamos adentro, ahogadas. El tiempo comienza a discurrir, gota a gota, sobre la frente.

La presencia de Lezama, por otro lado, de quien no se da el nombre completo sino sólo sus iniciales, funciona también a modo de acróstico y cifra, de vocablo perfectamente cristalizado en sus tres letras, con las que abrir el siguiente libro: Providencia (Coro, Fondo Editorial del Estado Falcón, Ediciones Libros Blancos, 1998), que ganó la Bienal de Literatura “Elías David Curiel”, mención Poesía en 1997, y cuyo jurado estuvo formado por Juan Calzadilla, Elena Vera y Lázaro Álvarez. Si en su veredicto se había señalado “la intensidad y originalidad expresiva de un discurso poético de tono religioso, metafóricamente rico y complejo, fundado sobre una temática de elementos míticos y, a la vez, de vivencias de un sujeto inmerso en la contemporaneidad”, por su parte puede anotarse su condición de libro escrito sobre otros libros, los que dan cuenta del verbo como carne entre nosotros (el Génesis, la Biblia, la literatura mística -el Camino de perfección teresiano- o la obra de John Donne, quien encabeza Providencia con una cita de “The Canonization”) y reflexionan sobre la noción de género de modo sustancial: el primer poema establece una poética del texto en el que la Madre teje y desteje a los hijos mientras el Padre permanece arriba, absorto, enfurecido y solo.

De ese modo, Pérez Rego escribe su tercer libro haciendo perfectamente visible que su tabula es non rasa, que pueden reconocerse las marcas que la cultura rotura sobre el propio cuerpo o sobre el vuelo del pájaro para a la vez inscribir sobre ellas una voz propia, la que en palabras de Lázaro Álvarez, ofrece una “singular y transgresora relación entre lo femenino y lo sagrado”:

Cómo me doblas, me abres,

me alzas, cómo me posas

sobre el arco del día inclemente,

cómo abrasas, sin avisar,

muda en tu exterminio.

 

Al fin, después de tanto,

irrumpes como la hoz:

mi vida es tuya, Providencia,

con la altiva renuencia

de quien no te merece.

La experiencia trascendente del mundo, encarnada en la palabra como esplendor y como abismo, reclama en Providencia la misma atmósfera antigua y proverbial, la del pasado ritualizado que traza itinerarios para el conocimiento y cuyo trabajo metatextual es muy notable. “Antes de llegar a esta página, fui inocente. Ya no”. De ese modo, parece evidenciarse aquello que Juan Calzadilla nombró como vivencia simultánea de conflicto y celebración en Providencia, donde la “poesía es entendida como fatalidad, como una corrosión trágica y generalizada del destino inexorable que acecha y se cumple en cada uno de nosotros bajo el dictado de un fatum implacable”.

Pérez Rego explora una voz consciente de sí misma, inscrita en el espacio de la cultura -en el caso de Providencia, de nuevo la pintura, ahora de Chagall o Edelinck, pero también la literatura religiosa-, es decir, el espacio de las construcciones mentales heredadas. Pantin ha leído a Pérez Rego precisamente “desde el problema de la herencia”, y no resulta secundario que abra Artes del vidrio dedicándolo a las hermanas y pidiendo al padre que la desherede, que libere “los nudos en las páginas seductoras, susurrantes”, con su pasado de fábula. “No me asombres más, padre, agota tus milagros; duérmete y hazte vasto”.

También por ello dedica al padre Libro de cetrería, y a la madre, Providencia. La genealogía y sus ramificaciones simbólicas y finalmente arquetípicas domina la construcción poética de Pérez Rego, quien tiende, a través del poema de larga extensión en sus primeros libros, a proponer un ritmo respiratorio amplio que se vincula al ritmo prosódico del versículo y al poema en prosa, tan notable en la tradición poética venezolana a partir de la obra de José Antonio Ramos Sucre. De esa forma, evita la tiranía de lo isométrico y muestra un modo diverso para la voz, que irá acentuando el diálogo con el metro corto, ya presente en Libro de cetrería y en todos los títulos posteriores.

Sus dos últimos libros son Escurana, a su vez mención única en la Bienal Francisco Lazo Martí de 2003 (Caracas, Grupo Editorial Eclepsidra-Casa de las Letras Pérez Bonalde, 2004) y Grimorio, que recibió Mención Única en la Bienal Pocaterra de 2002.

Escurana acentúa la raíz bíblica de su lenguaje salmódico para abordar las tensiones de la vivencia amorosa, los escenarios de batalla del cuerpo contra el cuerpo, cuando los amantes son también enemigos que se necesitan y se reclaman, y cuando, a la vez, se revisan los roles de género: la mujer aparece como Dadora de la vida, como potencia genésica sin embargo no exenta de la crueldad o del poder, porque la fusión entre trascendencia y femineidad se explora de nuevo, pero ahora desde los espacios que abre el lenguaje sálmico. Si el tema otorga gran unidad al proyecto poético de Pérez Rego, su exigencia verbal y sus resonancias deliberadamente arcaizantes (como el mismo título comporta, pues escurana es una voz que el Diccionario del español de América de Marcos A. Morínigo nombra como oscuridad o cerrazón y que el de la Real Academia Española en su versión en red considera en desuso), explican su singularidad en el conjunto de una ya dilatada trayectoria:

El Viernes Santo,

todas las mujeres que son tuyas

limpian las reliquias de tu cuerpo,

y aprovechan que estás lejos,

que no deben bajar la mirada.

 

Unas peinan tu pelo ralo

sobre la bandeja de plata,

mientras otras te cubren los ojos

con sus senos duros.

 

Tu pecho, tronco dorado,

se pone en el patio

para que el sol lo pula, lo curta.

 

Tus manos de callos duros

se remojan en sal y agua,

y luego van a la despensa

entre cobijas de lana.

 

Pero tu corazón,

aún latiente,

se unta de miel y menta,

se adoba con saliva.

 

Y aunque sirvamos la mesa

y el hambre sea mucha,

te salva el día viernes,

su prohibición,

el rojo sacramento

de tu carne.

Por su parte, Grimorio, uno de los proyectos más ambiciosos y dilatados en el tiempo de la autora, se abre con una cita de los himnos homéricos y de nuevo, una cita de Lezama Lima para convocar, de un modo ciertamente recurrente, al padre y la madre, a las hermanas, el legado recibido y la construcción personal que se aborda como una arquitectura marcada por la pasión en rojo, por la intensa reflexión metapoética (la poesía es “la más negra de las artes”) y por la apelación a las fuerzas del pasado y a los discursos que las sostenían. Así, la cita de Lezama Lima nombra como “arte mayor” “el de estas brujas sentadas, fundando, rodeado por las piernas, el sexo y el horizontal espejo de la tierra.”: para ello, emplearán su grimorio, el libro de fórmulas mágicas que usaban los antiguos hechiceros, es decir, el conjunto de rituales de carácter verbal que hoy no comprendemos pero que siguen fascinando en su inaprehensible y desoladora belleza sígnica. En un momento dado se nombra el libro: “Éste es mi grimorio, el libro de mis sombras”.

La atmósfera de los poemas se recarga por la presencia de reliquias, velas o muérdago que nos trasladan tanto al pasado más próximo, culturalmente hablando, como al que pueden convocar Sumeria, Minos o Amberes, las divinidades hindúes o la fusión surrealista entre Eros y Tanatos. De ahí la riqueza suntuosa del proyecto, que de nuevo se centra en los escenarios de la pasión y en la vinculación metafórica entre tinta y semen que anuda la vocación metaliteraria de la poeta:

Un hombre puede ser escrito en una noche: una noche basta para que abandone la piel de cabrito y se revele: el rayo fulmina la hembra asmática, que muere en presencia divina, su carne blanda y humana.

Un hombre puede ser tachado en una sola noche, y dormir, solo, al pie de mi cama; dormir en embriaguez o temor, o volver, en penitencia, al vientre de su madre, que siempre lo espera despierta hasta altas horas, porque él es solo, frío, ahora y siempre.

Entonces, este hombre se escribe en cenizas. Cual si mis conjuros se encresparan, y lo venciera la lepra, su rostro se deshace en mis manos.

Luego, él toma sus facciones sangrientas, que son vocablos, y crea un alfabeto secreto que es dado a otra mujer.

Este hombre ya no es mi tarea.

Otra mujer deberá escribirlo.

Si puede.

Por último, conviene señalar de Grimorio que, como ocurrió con Artes del vidrio o Providencia, introduce algunos textos en inglés. No puede olvidarse la condición bilingüe de Pérez Rego, que ha facilitado su importante tarea como traductora: realizó la versión en inglés de la edición bilingüe del poemario Tristia, de Alejandro Oliveros (1996) y ha publicado traducciones de prosa y poesía de Louise Glück, Elizabeth Bishop, Margaret Atwood y Mark Strand, entre otros.

Escurana y Grimorio acentúan algunos de los rasgos ya comentados y conforman una propuesta profundamente unitaria a pesar de su exploración en diversos ámbitos y registros: de un lado, el desarrollo de la noción de artificio o teatralidad, aquello que se ha nombrado como declamación en un idioma distinto o extranjero. De otro lado, la apelación a lenguajes ya caducos, o al menos aparentemente (los salmos, las preces, los requerimientos, declaraciones de cargos, veredictos y autos de fe de los inquisidores, las recitaciones y conjuros de brujería), que exploran el metro breve y largo, así como la relación no fronteriza que se establece entre el poema en verso y prosa, y que por tanto conciben el poema como una vía de conocimiento órfico que construye imágenes oníricas, turbadoras e inquietantes. Sobre la riqueza esplendorosa del poema se sostiene una intensa reflexión acerca del motivo del espejo, que no implica sólo una forma de autorreconocimiento, sino que remite al azogue de mercurio y a los metales que lo irisan en su carácter de espectro, bruma o hilacha de la imagen, al tiempo que desarrolla una sagaz reflexión metaliteraria, porque el espejo es también la página escrita con caligrafías remotas o pintada con los pigmentos del pintor. Refiriéndose a la obra de Leonardo Padrón, ha recordado Pérez Rego una advertencia que sin duda permite acercarse a su propia obra: “Quizás la escritura sea un espejo demasiado feroz de nosotros mismos”. En él se mira una de las autoras más sólidas y originales de los noventa venezolanos, como ha apuntado también Miguel Marcotrigiano en Las voces de la hidra (Mérida/ Caracas, CONAC/ Ediciones Mucuglifo/ Universidad Católica Andrés Bello, 2002). Si la eclosión femenina en los 80 fue destacadísima y coincidió en parte con el desarrollo de las últimas propuestas grupales relevantes, la obra de Pérez Rego comparte con otras autoras -tanto venezolanas como de otros ámbitos de la lengua e incluso de otras tradiciones culturales- la exploración de los arquetipos culturales y las relaciones transtextuales que permiten el asedio de lo femenino desde la construcción central de alegorías. De ese modo lo arquetípico y secreto, el arcano que en cada libro la autora pretende mostrar y ocultar, al mismo tiempo, adensan su discurso y se oscurecen en el fondo del cristal deteniendo su imagen, como en la cita de Lezama que preside estas notas y la admiración que hacen suya.

 

 

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