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Las décimas de José Lezama Lima
José Prats
Sariol
Why
do we need to mean? / what is meaning? -se preguntaba Neeli
Cherkovski en el poema Is.
El amigo de Bukowski y de las Fronteras rotas condenaba las
manías escolares de buscar siempre significados, de preguntarnos
por el significado, por el siempre inefable Es. Cometería un
imperdonable desliz antidélfico si tratara de alejar las
espinelas lezamianas de su proposición contracultural, es decir,
de su impertérrita obsesión por no dejar de ser José Andrés
Lezama Lima.
En este mundo cada vez menos individual, la herejía de una voz
singular no necesita que le busquemos lo que significa dentro
del canon y el agón. Las ochenta y tantas décimas que escribiera
no son un significado aparte dentro de su fuerte obra, nada en
ella es ajeno, distinto a Lezama. Nunca un autor cubano -y pocos
en cualquier lengua- ha conseguido un timbre tan identificable,
hasta en textos ocasionales o bajo formas que se remontan a los
finales del siglo XVI.
Pero advierto -al tratarse, hasta donde sé, del primer
acercamiento crítico a sus décimas-que como cualquier otra zona
de sus versos tampoco está indemne a las exégesis parcializadas,
a las lecturas o interpretaciones con derecho a elegir. Por
ambas razones mi desvío por la estrofa prefiere seguirla por el
vericueto cronológico, para desde esa vuelta del cilindro
presocrático lanzar algunas flechas contraculturales, contra
lémures y contextualizaciones represivas, ahora asentados en el
ciberespacio, mucho más peligroso -despersonalizador- que la
Galaxia Gutenberg.
Aquí aparece otra paradoja, menos grave que la de cultura y
contracultura. No creo que exista ninguna persona que admire más
a Lezama que yo, aunque sé que algunas lo han conocido mejor,
como Fina García Marruz y Cintio Vitier. Pero de ahí a
fanatizarme con sus escritos, bajo la tutela de su genialidad,
va un trecho enorme. Unas cuantas de las décimas no me gustan, y
ahora cuando avance por ellas tendré oportunidad de
argumentarlas por elusión, por omisión que se sabe subjetiva.
Conté 87 décimas, entre las tres de “La mañana que no es mía”,
fechadas en julio y 1931, los dos bocetos sin datas de una
“Décima que es felicitación a Juan Ramón” (Jiménez), y la última
que escribiera: “lo que no te nombra” -una de las mejores-,
escrita en diciembre y 1972, recogida en el póstumo Fragmentos a
su imán, cuya primera edición fuera de Cuba apareció en México,
con hermoso prólogo de Octavio Paz (“Refutación a los espejos”),
en 1977. Excluyo, desde luego, poemas contiguos como sonetillos,
redondillas sueltas y otras combinaciones de arte menor: copla
real, quintillas, sextinas, redondillas. Los filólogos
seguidores del acucioso e hispanófilo TNT (Tomás Navarro Tomás)
podrán advertir que las combinaciones rítmicas, tras el oído
pasmoso de Rubén Darío, también son libres; así como las rimas,
aunque mantiene en muchas la consonancia y casi siempre la
medida.
Y una última paradoja antes de empezar a caminar de diez en
diez: A pesar de las exigencias culteranas fijadas por don
Vicente Espinel, la décima es la combinación más popular en
Cuba, su punto enaltece a la guitarra de nuestros campos, es el
alma oral de nuestras tradiciones guajiras. Lírica y épica,
sátira y controversia dramática, tienen en décimas criollas
-cantadas o recitadas- una saga que se desdibuja antes de
nuestro movimiento romántico y que aun llega a este terrorífico
siglo XXI. En Cuba sería imposible establecer un deslinde entre
décima culta y popular, sería un disparate al que le tirarían
“piñas hondureñas”, las más pútridas -afirmaba Lezama- al
provenir de lo más hondo de la tierra.
Es sabido que el más relevante autor cubano del pasado siglo
desautorizó los poemas que escribiera antes de Muerte de
Narciso, publicado en la primera revista que fundara y
dirigiera: Verbum, en 1937. Incluía en la elisión hasta los
entregados a Juan Ramón Jiménez para su célebre y tan generosa
-demasiado generosa- antología de la poesía cubana realizada
durante su estancia habanera, en 1936. También prefirió alejarse
del cuaderno que dejaría inédito: Inicio y escape (1927-32) y de
otros poemas juveniles, bajo la sabia premisa -que nunca
respetan los editores ni respetamos los estudiosos- de que aún
su voz no era la suya.
Lezama, desde luego, tenía razón. Una razón ucrónica: El primero
de sus versos que reconociera: “Dánae teje el tiempo dorado por
el Nilo”, con el que inicia Muerte de Narciso, puede revolverse
durante casi cuatro décadas hasta los dos últimos que dejara en
el cofre de tabaco: “Me duermo, en el tokonoma / evaporo el otro
que sigue caminando”, del premonitorio y sobrecogedor “El
pabellón del vacío”. Sólo un miembro del exclusivo Club Lezama
podría distinguir fechas, y nunca señalar fases, evoluciones
estilísticas en su Fijeza, salvo para arriesgarse a recibir las
piñas hondureñas, pestilentes, que mejor reservamos para sus
censores, sobre todo para los que durante el último lustro de su
vida le prohibieron publicar en Cuba.
Aunque preferiría ignorar las décimas escritas antes de 1937, lo
cierto es que algunas de ellas no son de las peores. Excluyo las
tres de “La mañana que no es mía” y los bocetos de la décima a
Juan Ramón. Pero vale reproducir la VII -de las XVIII publicadas
en la revista Grafos en mayo y 1936. Dice:
Papel en el agua va
destrenzando su sigilo,
se extiende, se acabará
voluptuoso hilo a hilo,
negándose se afirmará
en salino ímpetu helado,
recobrará su olvidado
plumón, su túmulo vago,
hasta llevar nuevo halago,
no al ojo, al ojo que ha escuchado.
Obsérvese cómo la poética posvanguardista se destrenza a lo
Stepháne Mallarmé en la sinestesia final. Y no sólo se enmarca
en una transgresión a la norma octosilábica en el último verso,
sino en un reconocimiento a la pausa castellana en octava, lo
que enlaza oralidad y escritura, pausa y espacio en blanco. Aquí
se halla el boceto más nítido de lo que se modulará en decenas
de poemas y ensayos, donde la vaguedad de sesgo modernista
recibirá las surrealidades -creacionistas o ultraístas- para que
su horno transmutativo las cocine, las vuelva lezamianas.
La primera décima reconocible -por él aceptada- tendrá que
esperar a recogerse en 1960, tras Muerte de Narciso, Enemigo
rumor, Aventuras sigilosas y La fijeza, es decir, hasta Dador en
1960. Lezama siempre privilegió el verso libre y blanco,
excediendo la frontera en octava a pesar de su curva de
entonación asmática, apoyándose en signos de puntuación o en la
pausa de final de verso. Es en el poema “Ahora penetra” donde
cierra con ella, pues antes sólo aparecen formas cercanas, como
las cuartetas de “El retrato ovalado” o los sonetillos de “Los
ojos del río tinto” y de “A la frialdad”. La proporción favorece
de manera abrumadora al soneto, dentro de las composiciones
clásicas. El endecasílabo y el alejandrino, en ese orden,
predominan sobre el octosílabo, aunque un análisis rítmico
podría mostrar cómo el trocaico no cede ante el dactílico, ante
la tónica cada tercera.
La décima dice:
Del saco donde sumerge
Sócrates la cabezota
y el humo, si no se embota
la razón, que nos protege.
¡Líbranos de todo mal!
Suficientemente carnal
La abeja de la razón,
ya no vuelve y no protege.
Oh buitre, logistikón,
en tu seguir al que sigue.
“Ahora penetra” está compuesto por dos sonetos iniciales, de
medidas disímiles, y esta décima final. El substrato
carnavalesco arma el poema, la ausencia de límites es una de las
obsesiones rastreables en casi toda su obra -recordemos el
“Carnaval del rubio Glucinio”, artículo clave publicado en 1938.
El baile termina en el río, la alusión erótica del sabbat, del
aquelarre. La pareja rompe la razón para que los sentidos se
encabriten y despidan al buitre hasta que después, si acaso,
reaparezca, cuando se vuelva a razonar, a reprimir. El Eros
lezamiano, nunca expreso, nunca groseramente obvio, insinúa la
resurrección de la carne, se vuelve herético de la religiosidad
del autor, enciende el farol que “la tejedora morena”, en el
soneto que precede a la décima, se pinta sola para -entre
“sombras y tragos”- consumir.
Inmediatamente después de esta décima deliciosa en “Ahora
penetra”, se hallan las tres de “Aparece Quevedo”, autor que
Lezama conocía y admiraba, aunque nunca escribiese ningún ensayo
sobre su obra, a diferencia de Garcilaso y Góngora, lo que
podría hacer pensar-¿estrabismo o pereza?- que rechazaba su
genio. El pareado que enlaza la cuarteta con la redondilla, en
la primera de las tres, es suficientemente concluyente acerca de
la admiración que siempre Quevedo despertó en el autor de
Paradiso -novela que también tiene zonas picarescas y sueños
dignos del enorme poeta castellano. Dicen los octosílabos: “su
clavija ya rechina / si la sentencia adivina”. En la segunda
décima -tras una zona en versos libres que entreteje un Padre
Nuestro- Lezama invoca al amor, reconoce en los sonetos de
Quevedo su inigualable lirismo, para en la tercera, antes de los
cuartetos con los que finaliza todo el poema, convertir el
énfasis del ritornello en homenaje: “y vuelve al llamarse amor”.
Es curioso advertir cómo un signo muy de los grandes poetas que
suceden a las llamadas vanguardias, el juego libre con las
formas tradicionales enlazadas al versolibrismo, pero todavía
-salvo algunas excepciones- sin los alejamientos coloquialistas
predominantes en los poetas de habla hispana que comenzarán a
conocerse después de 1950, como Heberto Padilla o Juan Gelman,
Jaime Gil de Biedma o José Hierro…
En “Visita de Baltasar Gracián” -cuya lectura formaría parte
después de las obligatorias del Curso Délfico- se enlazarán
cinco décimas con una coda en versos libres. Al jesuita
zaragozano de El criticón Lezama le reconocería, como a la prosa
de Quevedo, su primacía conceptista dentro del idioma, hasta que
a finales del siglo XIX apareciera la de José Martí y después la
de otros autores modernistas y de la generación del 98. El
elogio del poema deja ver cuánto lo conocía, lo reconocía. Dice
al principio: “Es el que quiere salir / y el siempre muy
vigilado; / la anguila quiere venir / silbada por el candado”.
La tercera décima es perfecta, tan caracterizadora como
emblemática:
Tocando en la medianoche,
San Juan llegó al convento:
Abran me he escapado.
La fiesta de su granado.
Gracián escurre su coche,
la gracia no, el acento.
La gravedad y su sombra,
la sombra y el imprentero,
van sacando del tintero
la ceniza como alfombra.
Es en aquel libro de 1960, todavía editado con autonomía plena
de las editoriales estatales, donde Lezama comienza a publicar
los poemas de ocasión que venía escribiendo a algunos amigos.
Todavía en esta primera entrega no todos son décimas, apenas las
dos dedicadas al pintor Mariano Rodríguez, las tres para otro
artista allegado: Alfredo Lozano, y las dos a su querida y
cautivante poeta Fina García Marruz. Si unimos estas siete con
las que después aparecerán en Fragmentos a su imán y las
anteriores no recogidas hasta 1970, todas bajo el motivo de la
confraternidad o de la querencia, nos encontramos con un signo
clave de la eticidad de Lezama, no siempre correspondido: su
valoración de la amistad, y de la lealtad, desde luego, como su
parte esencial, inalterable. No todos los que merecieron
aquellas décimas se mantuvieron fieles a su legado, pero ese
pase de cuenta disgustaría a Lezama, que como buen cristiano
pronto olvidaba afrentas y traiciones, sabía perdonar…
Entre las mejores, por cierto, no hay ninguna de las dedicadas a
embusteros u oportunistas. Privilegio entre ellas, por su enorme
calidad estética y afectiva, las dos “de la querencia” a su fiel
amiga Fina García Marruz, la dedicada a otro fiel y honrado y
talentoso dramaturgo: José Triana, la chispeante a Reinaldo
Arenas… Y entre las “de la amistad” recogidas antes, me parece
excelente la de Mariano -amigo sin titubeos, sobre cuya obra
escribió ensayos decisivos, y cuyos versos iniciales frescos y
precisos -con la aparente espontaneidad de los buenos
improvisadores campesinos- cuentan de “Un gallo color ladrillo,
/ en su centro y su compás, / pitagórico tomillo / dijo: yo no
espero más”.
Además de esta zona ocasional, dictada por el cariño, quedan las
veinticuatro décimas vigorosas de “Agua oscura”, fechadas en
abril y 1972, donde el símbolo recurrente, de estirpe
dialéctica, se deja acariciar por la vista -su sentido decisivo,
junto al paladar- para que el paisaje espiritual interiorice “un
cielo de podredumbre”, la sobrevivencia del autor en su casa,
donde la alegría es raspada cada noche por los escasos amigos
que se atreven a burlarse de la represión desencadenada tras la
entrada del país al “realismo socialista”. Allí “la noche entera
deforme / y el rezo de los Dioscuros”. Allí “más que todo
desdecir / el choque de verbo y aire, / como la pluma al
desgaire / hace imposible mentir”. Allí -¿Quién podrá ocultar
las evidencias?- “Alrededor de una paila, / un tridente
sacamuelas” -podría haber sido la versión tropical de la hoz y
el martillo- “enreda las entretelas / donde un gnomo vuelve y
baila / tijereteando las telas”. Allí “el terror ya desigual”,
la “ráfaga del sin sentido”… Allí Lezama soportando gobernaturas
y clamando cambios, concluyendo a la vez: “Al penetrar con su
lanza, / como una esperanza parva / al ciego de bienandanza”.
Quedan también las siete décimas de “Amanecer en Viñales”,
productos excepcionales de uno de los raros momentos de alegría
que tuvo en sus últimos años de vida, tras una invitación de su
amigo el historiador Manuel Moreno Fraginals, en 1974, al
hermoso valle pinareño que muchos años antes recreara en el
poema “El arco invisible de Viñales”. Décimas jocosas y
esperanzadas, traviesas y neblinosas, con tanto amor a su Isla
como siempre, a pesar de saberse en un breve intervalo de la
pesadilla.
Y queda la titulada “Lo que no te nombra”, con la que deseo
cerrar este paseo por las espinelas lezamianas. Tal vez por su
paradoja final es su décima más simbólica, más tropológica en
tanto desvío de la “cultura”, de lo informe y plural, para
volverse “contracultura”, sello individualizado de una
sinécdoque donde la parte Lezama se hace totalidad y “se
escombra” cuando no le nombra a él, a su otro. ¿Cuál es su
significado? Si Neeli Cherkovski le respondiera, diría que “un
montón de breve sombra”, lo que apenas sugiere - sin significar
algo- que se trata “de una fiesta que no llega”, siempre
pospuesta. Y sin “juzgar la criatura”. ¡Ah, los jueces! Me
parece estar viendo y oyendo la risa de Lezama, su rondón
eterno:
Buscando la tesitura
de una fiesta que no llega,
se presiente por la altura
una diosa que nos pega
al juzgar la criatura.
Borra el pájaro el borrón
y se acerca de rondón
a un montón de breve sombra.
Si es lo que no te nombra
es la estrella que se escombra. |