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Enrique Lihn, guerrero de la palabra
Manuel Silva
Acevedo
Cuando
en 1963 aparece La pieza oscura de Enrique Lihn,
nuestra emergente promoción de jóvenes poetas de los años
sesenta se siente sacudida por la irrupción de una forma de
hacer poesía que, por una parte, desecha abiertamente la
retórica nerudiana, pero por otra, elude con inteligencia los
facilismos de la antipoesía. Desde el fondo de esa pieza
oscura emerge un discurso que se caracteriza por su fuerte
acento existencial y testimonial. El poeta, lejos de quemar
incienso a un ego amplificado, toma conciencia del tiempo que le
toca vivir, de su debilidad ante las convulsiones de la historia
y de la fragilidad de la palabra poética, convirtiéndose en un
“poeta situado” como él, a veces, solía definirse.
La pieza oscura
marca un punto de inflexión entre nuestra generación emergente y
la de los poetas mayores vivos: Neruda, De Rokha, Parra y
Rojas. “Su lectura debía cobrar para nosotros, poetas todavía
adolescentes, ‘niños en crecimiento tenaz’, como diría Gonzalo
Rojas, los contornos de un hecho en muchos sentidos fundador”.
De vuelta de Cuba
Fue solo en 1969 que vine a conocer personalmente al poeta de la
pieza oscura. Fue en una comida con Lihn en mi
departamento de la calle Lira. Enrique regresaba recién de la
Cuba revolucionaria, luego de una estada de tres años que daría
lugar a sus libros Poesía de paso y Escrito en Cuba.
Si bien no había tomado posiciones contra el régimen de la
isla, su decepción y escepticismo eran indisimulables. La
persecución a poetas y escritores por parte de comisarios
stalinistas no podía sino provocar náuseas en una personalidad
libertaria e independiente como la de Lihn.
Más que en cien cátedras
A partir de esa cena, y por obra y gracia de una afinidad de
sensibilidades y gustos literarios, cultivamos una cálida
amistad de la que yo sería, qué duda cabe, el mayor
beneficiario. Es que junto a Lihn uno aprendía más que en cien
cátedras, no porque él se atribuyera el rol de maestro, sino
porque la fuerza de su pensamiento crítico y de su testimonio de
vida -dominada a veces por el pesimismo y la crispación-
operaban como poderosos rayos capaces de iluminar y hacer
evidente lo esencial, o de calcinar todo aquello carente de
autenticidad.
El año del alunizaje
Tuvo lugar por esos días un hecho de conmoción planetaria, que
vino a echar por tierra ( debiera decir por luna ) el
mito que durante milenios urdieron los poetas en torno de
nuestro inerte satélite. El hombre pisaría la Luna por primera
vez. Con Lihn, Jorge Edwards y nuestras respectivas parejas
acordamos juntarnos para tomar unos tragos y ver el evento por
televisión. Pero el espectáculo lunar terminó por aburrirnos y
eufóricos nos entregamos al rito primitivo del baile a los
ardiente compases de Aretha Franklin, la reina del soul.
La musiquilla de las pobres esferas
Aparece por entonces ese notable poemario, con prólogo de
Waldo Rojas; no se debe pasar por alto el hecho de que Lihn
solicitara a un joven poeta que lo prologara. La
musiquilla...fue editado por Universitaria, casa
editorial donde Lihn codirigía con Germán Marín la excelente
revista Cormorán, de efímera existencia. Ese mismo
año hubo en Chile un Congreso de Escritores al más alto nivel,
patrocinado por la Cancillería. Vinieron, entre otros, Juan
Carlos Onetti, Juan Rulfo, Leopoldo Marechal, David Viñas, Ángel
Rama, Marta Traba y José María Arguedas. Todo un lujo. Entre los
anfitriones destacaban Jorge Edwards y Enrique Lihn.
Precisamente la mediación de Enrique me permitió conocer a todos
estos astros inalcanzables. En la casa de Waldo Rojas, en la
calle Argomedo, se reunió una noche el “boom” latinoamericano.
Mientras disfrutábamos del cóctel, la empalizada de la azotea se
bamboleaba peligrosamente. El “boom” parecía a punto de venirse
abajo para horror de la industria editorial, acotaba el
entonces incipiente cineasta Raúl Ruiz.
La explosión social
Pero otro “boom” se aproximaba como un tornado. Las
contradicciones sociales y económicas harían explosión en Chile
en la década de los setenta. Al respecto, me atrevo a asegurar
que Lihn votó por Salvador Allende en septiembre de 1970, como
lo hicimos en la práctica todos o casi todos los escritores y
artistas de este país.
Celoso de su independencia crítica, Lihn no ocupó cargo alguno
en el aparato de la cultura oficial del gobierno allendista; por
el contrario, diríase más bien que se autorrelegó a un oscuro
puesto en la CORFO, a cargo de unas exposiciones que jamás
llegaron a materializarse. Así, mantenía incólume su
independencia de juicio. A Lihn nunca le resultó cómoda la
militancia en ningún partido.
Durante los mil días de Allende más de una vez nos encontramos
en algún acto o alguna marcha, a los que Lihn asistía como mero
observador de un proceso que irremisiblemente se encaminaba al
colapso final. En el Taller de Escritores de la Universidad
Católica tanto Enrique como Efraín Barquero habían conocido y
alentado mis poemas Manu militari, premonición del
push que se urdía en las sombras. Y en 1972, en Valdivia, un
jurado presidido por Lihn había distinguido al poemario Lobos
y ovejas, que posteriormente he dedicado a su memoria y en
el que muchos han visto una alegoría de la sangrienta
intervención militar. Si señalo ambos hechos no es por mera
vanagloria, sino para subrayar la actitud atenta y comprometida
con que este gran poeta ponía de manifiesto su aprecio por los
jóvenes bardos de entonces. Lejos de “ningunear” a los poetas
emergentes o de considerarlos rivales o potenciales amenazas a
su sitial, siempre los leyó con vivo interés, comentó sus libros
en Chile y en publicaciones extranjeras, y los impulsó en su
tarea creadora. No conozco ningún poeta mayor que en este país
haya tenido esta actitud con los jóvenes poetas, salvo casos
excepcionales, pero nunca con el nivel de seriedad y compromiso
de un Lihn.
Bajo dictadura
Ocurrido el golpe, Enrique permaneció en Chile desechando
numerosas invitaciones y proposiciones que se le hicieron desde
distintos lugares del mundo. ¿Fue esta una opción que él tomó o
bien otras circunstancias de orden personal influyeron en su
determinación?
No lo sé a ciencia cierta. Lo que sí me consta es que Lihn fue
el referente en torno del cual se aglutinó la que podríamos
llamar resistencia intelectual. Si bien durante la noche larga
de la dictadura el poeta viajó esporádicamente a Europa y los
Estados Unidos, ejerciendo siempre esa condición de flâneur,
de observador crítico e implacable que lo caracterizó
-léanse sus libros Paris, situación irregular y A
partir de Manhattan- en verdad como él mismo sostuvo “nunca
salió del horroroso Chile”.
Cada gesto suyo, cada libro, cada palabra, cada bufonada de su
alter ego, Gerard de Pompier, eran una denuncia en clave del
horror que nos tocaba vivir. En 1979, con motivo de su
cincuentenario, el propio Lihn organiza un acto en el Goethe
Institute bajo el lema “En el año de la mutualidad del yo” y con
el matasellos de la DINA, la policía secreta de Pinochet, un
puño enfundado en acero. Todos los intelectuales, todos los
poetas que no salieron del país estuvieron allí, salvo
deshonrosas excepciones. Dos años después, un libraco anillado
manufacturado por el propio poeta a base de fotocopias, bajo el
título Derechos de autor, recopila y reúne todo lo que se
dijo y no se dijo en dicho acto. En una ceremonia celebrada en
la librería Altamira de la Galería de la Merced, Lihn entrega
personalmente un ejemplar a cada uno de los asistentes
debidamente autografiado. La entrega queda registrada en fotos
Polaroid.
También en 1979, la revista La bicicleta organiza un
concurso de poesía joven cuyo jurado integramos con Enrique Lihn,
de ahí resultan distinguidos poetas como Rodrigo Lira y Eduardo
Llanos, a quienes Lihn promovió y ayudó a publicar sus trabajos
con tesón y entusiasmo.
El Paseo Ahumada
Por esos años y para sobrevivir económicamente, el poeta
encuentra su bastión en el Departamento de Estudios Humanísticos
de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la U. De
Chile, en cuya revista Manuscritos daría a conocer
trabajos de Diego Maquieira y Raúl Zurita. Pero en la vida
cotidiana, como testigo del horror y la sordidez imperantes,
Lihn suele sentarse en los bancos del Paseo Ahumada (obra magna
del urbanismo pinochetista) a contemplar la degradación de la
sociedad chilena, su descomposición en cámara lenta. De allí
nace su libro/pasquín El Paseo Ahumada. Recuerdo muy bien
el día de su presentación in situ. Unos cincuenta
incondicionales seguíamos al poeta dispuestos a correr su suerte
fuera esta la que fuere. Lihn se trepó a un escaño y comenzó a
leer fragmentos del poema dedicado al Pingüino, un mendigo de
dicho boulevard que encarnaba todas las miserias del régimen. La
gente comenzó a arremolinarse en torno. Ya éramos más de cien
los que batíamos palmas y vitoreábamos cada verso. La policía no
tardó en aparecer impidiendo que el acto continuara. Lihn fue
llevado detenido a la 1ª Comisaría. Pero todos los acólitos
partimos a la siga. De hecho, permanecimos en las inmediaciones
del recinto policial dispuestos a no movernos hasta su
liberación. Finalmente, el poeta fue dejado en libertad, pero
sus captores incautaron el texto. ¿Lo habrán leído?
En paralelo y mediante acciones relámpago, Lihn realiza algunos
videos desopilantes como “El funeral de Tarzán”, cuyo catafalco
de cartón piedra hubo de ser arrojado al Mapocho ante la
inminente intervención de la policía.
En esos años, en 1982 para ser más preciso, le pido a Enrique
que prologue mi libro Terrores diurnos. Lo hace con tal
dedicación y lucidez que siento que su prólogo sobrepasa con
creces la estatura de mi poemario. Temerariamente le solicito
entonces una versión más breve y moderada. No solo acepta mi
petición, sino que el nuevo texto me lo va a dejar personalmente
a la casa. Esa singular modestia y espíritu fraterno lo
retrataban de cuerpo entero. Y a mí me marcaron a fuego.
Las horas críticas
Lihn jamás logró poner orden en su borrascosa vida sentimental,
aunque lo intentó más de una vez. Pero aun en medio de los más
penosos quebrantos, su preocupación central era su hija Andrea.
Más que de poesía, recuerdo que solíamos conversar de nuestras
hijas y era evidente su dolor por no poder proporcionar a Andrea
la estabilidad que ella ( que él mismo) necesitaba. Pero Enrique
era, por sobre todo, un artista y como tal se hallaba expuesto a
los vaivenes de una sensibilidad extrema y no pocas veces
atormentada. Me atrevo a suponer que su enfermedad tuvo que ver
con todo eso, con todo aquello que no pudo asimilar y eliminar,
y que tomó la forma de un tumor maligno. Me tocó acompañarlo
algunas veces en su penoso tránsito hacia la muerte. Recuerdo
que una noche recostado en su cama me pidió que le proporcionara
literatura sobre la muerte. Descarté de plano los textos
cristianos, de los que Enrique abominaba desde su paso por un
colegio de curas alemanes. Le entregué el Libro tibetano de
los muertos y espero que le haya aportado algún alivio. Otra
noche puso en duda la validez de su obra en la perspectiva de
los jóvenes. Lo refuté categóricamente: “Los jóvenes poetas te
consideran un guerrero...un guerrero de la palabra”, recuerdo
que le dije. Entonces esbozó una sonrisa y nos abrazamos. Creo
que fue la única y la última vez que nos dimos un abrazo.
Pocos días antes de su fallecimiento lo visité en su
departamento de la calle Passy. La enfermedad había hecho
estragos en sus pulmones y respiraba con dificultosos espasmos;
no obstante, la presencia de algunas visitas alrededor de su
lecho lo animó e incluso lo puso locuaz, a pesar de su penoso
aliento. Mas no tardó en agotarse. Las visitas se marcharon, y
como por inercia permanecí a su lado un momento más. Parecía
sumido en un sopor letárgico. De pronto abrió los ojos y
balbuceó pidiendo agua. Sobre el velador había un patito, de
esos con los que se les da de beber a los niños. Sujeté su
cabeza y pudo tomar algunos sorbos; entonces, estremecido,
recordé unos versos de Gabriela Mistral, de la que él fue un
devoto lector:
Recuerdo gestos de criaturas
y son gestos de darme el
agua
Me consolé pensando que junto con el agua, la gracia se habría
derramado por su cuerpo ya casi consumido en el que la muerte
estaba a punto de esculpir su gran talla de hombre y de poeta.
El Lihn más entrañable
Ahora que Lihn ya no está entre nosotros desde hacen ya casi 18
años, a veces me parece divisarlo en el barrio Bellavista
entrando al restaurant Galindo, o escuchar todavía su sardónica
risotada bufonesca con que le arrancaba de un tirón la máscara a
quienquiera pretendiese "añadir un codo" a su real dimensión y
estatura. Esa fue solo una de las tantas armas de su poderoso
intelecto. La mayor de todas, su lúcida integridad y una
capacidad insobornable de autoobservación, de sufrir
conscientemente las limitaciones de la propia condición humana,
llevadas hasta el extremo en su Diario de muerte.
Con su gran cabeza de pelos como resortes y sus ojos saltones,
aun casi a los sesenta años parecía un arcángel díscolo y
burlón. Otras veces el mohín de desaliento de su boca y la
mirada que ardía en la desolación de un inconformismo
irrenunciable -como bien lo retrataran Luis Poirot y Paz
Errázuriz-, lo mostraban en toda su intemperie de poeta y
artista rebelde, que fue el sello de su existencia.
Imposible olvidar su talento multifacético. Como brotadas de un
caleidoscopio, surgían de su bullente creatividad el poema, el
dibujo, la pintura, el cómic, el video, la performance
callejera, la pieza teatral, con la osadía y el desacato que muy
pocos intentaban en los días más tenebrosos de la dictadura.
Por eso, qué pobre y deslucido nos parece ahora el ambiente
intelectual santiaguino sin la figura insolente y provocadora
del poeta Lihn, que con sus lentes encabalgados de modo
impertinente sobre el caballete de la nariz, picaba como un
tábano a los mediocres y pusilánimes hasta hacerlos sangrar.
Sin embargo, hubo también un Lihn íntimo e incluso tierno,
amigable y cercano, que despojado de su coraza de guerrero supo
mostrar más valor todavía a la hora del último combate, con el
1ápiz amarrado a la muñeca para poder retomarlo cada vez que se
le soltaba de los dedos y seguir escribiendo su Diario de
muerte hasta la postrera buchada de aire.
Lo cierto es que esos dos Lihn fueron uno solo, y su Premio
Nacional -que no llegó a recibir oficialmente- es el lugar de
honor que hoy ocupa en la memoria y el respeto de los poetas
jóvenes, de donde difícilmente se borrará.
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