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De gracia y de misterio: David Ledesma Vázquez, primera lectura
Jorge
Dávila Vázquez
A la memoria de Alvaro San Félix,
amigo inolvidable, a quien debo
mi pasión por la poesía de David Ledesma.
• LA PERDIDA LAMPARA DEL SUEÑO
“De pronto, / como cortado o incompleto, / como un silencio nada
más, / desciendo, / como una sequedad en la garganta,/ como una
pausa en que vacila el aire./ Amor mío… Amor mío…/ ¿Qué cosa
puedo darte?/ Tú me has dado tan solo tu presencia, / tu sonrisa
y a veces tu aliento, / una proximidad y nada más./ Yo te regalo
un muerto. Cuídalo bien./ Es tuyo. / Solamente recuérdalo, /
cierta fecha de octubre/ porque donde tú naces yo termino./ / Y
mientras tú me pienses, viviré./”
¿Quién era el autor de este desgarrado poema de adiós,
encontrado en su camisa de suicida, un día nefasto de marzo,
hace casi treinta años? ¿Quién tenía esa capacidad inmensa para
hablar de la muerte y de la vida, del ocaso de una existencia y
de la aurora de otra, con una lengua poética de una
estremecedora intensidad, y un fluir tan terso, como si
estuviera conversando con su pequeña hija, justo cuando tenía ya
un pie en eso que familiarmente llamamos “la otra orilla”?
Era David Ledesma Vázquez, a quien estarán dedicadas las páginas
siguientes, que son apenas la primera lectura de su poesía, que
espero tenga en el futuro muchas, variadas y profundas
aproximaciones; pues si hay una obra lírica que merece ser
descubierta por el mayor número de lectores, y que por sus
calidades, su hondura humana y sus aportes a la poesía actual
del Ecuador, es digna de la admiración de todos sus compatriotas
y más largamente de todos los hispanohablantes, es precisamente
esta.
Dice Ileana Espinel, en la introducción al número dedicado al
escritor en la Colección La Rosa de Papel, que David Ledesma
Vázquez:
“Nació en Guayaquil el 17 de diciembre de 1934 y falleció por su
propia mano el 30 de marzo de 1961. Fue poeta, narrador, actor
de teatro y radioteatro. Viajó por Argentina, Bolivia y Perú,
casi adolescente, en giras de difusión artístico-teatral. Dos
meses antes de su deceso voluntario, visitó Cuba invitado por el
Gobierno Revolucionario del Comandante Fidel Castro . En 1954
fundó el “Club 7 de Poesía”, integrado además por los poetas de
la Generación del 50: Carlos Benavides Vega (Alvaro San Félix),
Ileana Espinel Cedeño, Gastón Hidalgo Ortega y Segio Román
Armendáriz, con quienes publicó CLUB 7, selección personal del
Grupo, a inicios de ese año.”.
Vemos claramente, que la personalidad de nuestro autor se
caracteriza por su precocidad, riqueza, y por los múltiples
caminos que tomó su talento creativo.
Podemos también afirmar de entrada, que la poesía de Ledesma
estuvo marcada por su experiencia del teatro: es ágil, dialogal,
se presta para la lectura o la recitación.
En 1953 aparece su “folleto primigenio” CRISTAL, que recoge una
docena de poemas, escritos, parece, alrededor de los quince años
de edad. De él ha dicho Espinel: “leve, matinal, visiblemente
influenciado por el Fakir de “Espacio me has vencido”.
Parece natural que una sensibilidad poética como la de Ledesma,
privilegiada y perceptiva, acogiera de modo intenso la mayor y
más luminosa de las obras de la lírica ecuatoriana, publicadas
apenas unos años antes de su surgimiento en el terreno de la
producción poética (Espacio aparece en el 46, la impronta es no
solo profunda, sino consciente, y se nota que Ledesma andaba en
pos de una línea poética que lo había marcado: la Nueva
canción del caminante trae un epígrafe del célebre Poema
numero 1 de Dávila, que es de 1947).
Dice Rodríguez Castelo: “-de entonces fue el precoz Cristal, que
más tarde desdeñara el poeta-. Pero pronto la muerte y la
soledad de la vida se le revelaron. Desde entonces (1954) el
tema dominante de su canto sería la condición humana desolada,
agónica.”
Rodríguez no cita la fuente de ese desdén del autor por su obra
primogénita, pero suponemos se refiere a la frase citada por los
editores de Gris: “Cristal, libro que según su autor contiene
‘poemas que no son poemas’ ”;
aspecto en el que también hay una proximidad con Dávila Andrade,
que sabemos abjuró de su primera y extraordinaria obra lírica.
En los poemas de la adolescencia, apenas empieza a percibirse
ese dolor tan intenso en lo personal y en lo humano, que va a
marcar la obra de Ledesma:
“Oh, los duros caminos/ y las noches errantes / y mi canto
perdido” (La eterna canción).
Ese canto que busca en el mar, en el recuerdo, en los besos, se
pregunta si no estará:
“¿En el hondo dolor de la vida,/ de esta vida que cansa y
asfixia?”. Es una expresión que remite a la desgarrada posición
vital de los modernistas, con absoluta seguridad, parte de sus
lecturas poéticas primeras.
Pero, asimismo, en casi todos estos textos hay todavía una
percepción luminosa de la existencia:, un cierto sentido
agridulce de la realidad, una frescura juvenil.
Así, en Aquamarina, su visión de la divinidad es plácida,
muy diferente de la que encontraremos en poemas posteriores:
“Y Dios, amable, sosegado y tierno/ dormitando una siesta bajo
el agua”.
Es un ambiente de luminosa utopía:
“Y paz… y paz… y solo este silencio,/ claro como un cristal fino
y sencillo;/ puro como una lámpara de aceite….”
Cristal es, sin duda, el testimonio de una época anterior a la
caída, en tiempo idílico, en el cual el poeta parece haber sido
feliz al “Sentir el alma (…) delgada, breve, limpia.” (Tranquila
soledad ).
Lo agridulce de que hablamos aparece concretamente en
Aritmética, ese poemita en que se dibuja la silueta
espiritual del David idealista, ajeno a los cálculos y a las
exigencias de lo pragmático, que nunca aprendió que “Hay que
saber que dos y dos son cuatro/ para poder vivir”, y que termina
confesando su despojamiento, pero también un entusiasmo vital
que parece ser más genuino que sus vagas tristezas modernistas,
más literarias que reales:
“Y no aprendí las tablas de aritmética. / Ni he logrado el
futuro, ni el coche, ni el amigo;/ pero he tomado todos los
dones de la Vida,/ gozándolos intensa y plenamente.”
Mas, como la sierpe en el paraíso, algo acechaba al jovencísimo
David en sus años tan cortos, y su mordisco clausuró para
siempre su Isla de infancia, a la que termina evocando
con una tenue, pero honda melancolía al final del folleto:
“Allí mora la luz/ que ya no miro,/ y la perdida lámpara / del
sueño.”
• EL FRUTO AMARGO Y LA CAÍDA FRENTE
En 1954, apenas cumplidos los 20 años, publica Club 7, en unión
de los antes mencionados cuatro compañeros de generación. De
ellos, Carlos Benavides Vega, con el seudónimo de Alvaro San
Félix (1931), alcanzará un prestigio bastante aceptable para el
medio -y que duró hasta su muerte ocurrida en 1999-, como actor,
autor teatral y locutor, pero no volverá a publicar poesía;
Ileana Espinel Cedeño (1933), permanecerá ligada al trabajo
lírico hasta la fecha, como la figura femenina más importante de
la poesía ecuatoriana de su generación; Gastón Hidalgo Ortega
(1929), el mayor del grupo, sobrevivirá once años a Ledesma,
pero sin escribir, o al menos publicar gran cosa, y Sergio Román
Armendariz (1934), oscilando entre el teatro y la poesía -para
la que estaba especialmente dotado, como se aprecia claramente
en su Arte de amar-, se afincará en Costa Rica, con eventuales
visitas a su patria.
Esta aproximación inicial a la obra poética de Ledesma -que
pecará, sin duda de superficial y tentativa, pero que, repito,
aspiro a que abra las puertas al conocimiento, difusión y
análisis del trabajo de un gran poeta, cuyo proyecto lírico
quedó, desgraciadamente, trunco- tratará de desentrañar algunos
de los motivos fundamentales que la nutren: el dolor, en sus
diversas manifestaciones, en las varias etapas que registra la
producción del autor, pese a la brevedad de su vida; el amor
oscuro, en imagen tomada de Federico García Lorca, esa pasión
que, desterrándolo del paraíso utópico de la niñez y la
adolescencia, lo consumió a lo largo de sus pocos años, hasta
aniquilarlo; la incomunicación, expresada constantemente en la
clara percepción que tuvo, en todo momento, Ledesma, de que no
podía entrar en contacto con los demás, pese a los esfuerzos que
hacía, incansable, en ese sentido; y la conciencia de la
diversidad, que aparece muy tímidamente al principio y que luego
se va consolidando, hasta llegar a esa especie de declaración de
principios en este sentido, que es el extraordinario poema
Distinto.
Quedarán, por supuesto, muchas cuestiones como simples
planteamientos, muchos caminos esbozados para llegar al fondo de
una poesía tan hermosa y dura, como leve y trágica, y es mejor
que sea así, pues esto generará un diálogo extenso e intenso en
nuestras letras, del cual este abordaje no habrá sido más que
una modesta motivación.
En Club 7 el segmento dedicado a Ledesma lo integran ocho
poemas:
Arte poética
(de 1952), Lugar de Angustia, Conocimiento de la
muerte, El deshabitado (de 1953), Visita,
Melancoly Rhapsody, Film y El espejo (de1954).
Los textos son frutos tempranos, escritos, como se puede
observar, entre los dieciocho y los veinte años, pero valiosos,
mucho más personales que los de Cristal, más sólidos desde el
punto de vista de la construcción de la obra lírica, y revelan
claramente dos cuestiones fundamentales:
Que el novísimo poeta está imbuido desde siempre de un profundo
-y ya desde este título-, desgarrado sentido de lo lírico; y
Que posee una noción clara de que la poesía no es una
casualidad, el fruto de una improvisación, sino el resultado de
un trabajo sobre la palabra y en torno a las ideas y a la vida.
A medida que se iba haciendo un gran artista, en una madurez que
suponemos empezó ya hacia los veintitrés años y que no duraría
más de cuatro, Ledesma supo extraer los mayores valores
expresivos de su propia, atormentada y corta existencia.
Las del libro que nos ocupa son breves piezas, que están como
sacudidas internamente por esa especie de ramalazo de dolor que
toca a cuanto Ledesma escribirá en adelante:
“Todo se quiebra aquí. Todo se trunca”, se queja en Lugar de
Angustia, afirmando que “Es tiempo de llorar la soledad, /
el fruto amargo y la caída frente”, y en una especie de
relámpago profético: “Es tiempo de quebrarme yo también.”
Y otra vez hallamos ese aire como de vaticinio en El
deshabitado: “Porque nada me habita ni me vive: / soy
extranjero ya sobre la tierra…” Uno se pregunta, sin remedio, si
esta suerte de desprendimiento del existir era ya vivencial, o
si se trataba todavía de una especie de pose juvenil y
literaria, como la que asalta al poeta adolescente, personaje
principal de la única gran novela de Milan Kundera, La vida está
en otra parte. Porque si el autor estaba, casi desde el inicio
mismo de su producción poética, asaeteado como un nuevo San
Sebastián, por un dolor vital tan intenso, se podría pensar en
él como en el último de los decapitados, por su afinidad
sensitiva y por su prematura percepción de la muerte.
Esta le pone también, sin duda, en contacto con el Dávila
Andrade profundo, que aparece y reaparece en sus textos, como un
fantasma querido, pero, ciertamente peligroso, para una
sensibilidad tan aguda como la suya, pues si bien el poeta
cuencano le sobrevive unos años, la huella de su oscura
inclinación suicida debió encontrar ecos y enraizarse
profundamente en el corazón juvenil de Ledesma.
El conocimiento de la obra escueta e intensa que nos ha quedado
del poeta, nos pondrá sobre la pista verdadera en torno al
primer planteamiento de esta aproximación.
A veces, preciso es reconocerlo, estamos frente a poemas
bastante menores como Visita, pero incluso en este
hallamos esa imagen de honda melancolía post-post-modernista.
Ante el recuerdo, el poeta dice: “Y nos vamos sembrando de
nostalgia. /Y no decimos nada.”
La incomunicación -ese cerrarse sobre sí mismo, ese silencio
agobiante- hace aquí una de sus primeras apariciones.
Melancoly Rhapsody
es una composición excepcionalmente delicada. Ledesma evoca en
ella, siempre a la manera de los modernistas, un amor que yo
llamaría casi infantil, el de Lily, pero lo hace en un tono de
hombre mayor de lo que él fuera nunca. Escribe: “Hablo de los
antiguos barrios. De las casas donde viví hace tiempo.”
Y eso hace que nos planteemos, una vez más, si en este conjunto
poético, que bien puede considerarse precoz, no estaremos
enfrentados a unos textos en los que impera lo literario más que
lo experiencial y hondo de David, el hombre. Incluso hay una
frase “y llueve en la ventana. Y en los ojos”, que tiene un
corte típico de Medardo Angel Silva.
Pero otras expresiones del pequeño canto a la memoria de esa
niña: “mitad ángel; la otra mitad, caricia”, como esa imagen
animizada de la nostalgia: “perro callado”, esa casi inmediatez
de la descripción física de algo abstracto: “con su pelambre
espesa de recuerdos. / Y el rabo entre las patas… Desolado”, nos
ponen ante una nueva manera del decir poético, ante un discurso
que si bien se emparienta con el pasado de la lírica
ecuatoriana, sin embargo, comienza a caminar por otros rumbos
expresivos, en los que incide cada vez más lo vivencial.
Dávila Andrade cruza también por el gris panorama de la calle
ante la que se ha apostado este hombre de veinte años para ver
cómo transcurre una existencia, que en ocasiones le parece ya
extraña:
“Pasarán/ los sarnosos mendigos./ Las carretas./Los empleados
sedientos de quincena. (…) Los niños/ amarrados a su muerte/ con
un cordón de anemia y de tristeza.”
Es una de esas enumeraciones, entre lo doloroso y lo absurdo,
que parecen tomadas de alguno de los poemas davilianos,
pero que se nutre de unos elementos mucho más contemporáneos, y
hasta ribeteados de un cierto matiz intencionadamente
antilírico.
Tres piezas, entre las ocho de esta selección, considero
fundamentales, su Arte Poética, Conocimiento de la
muerte y El espejo.
Me imagino que los lectores compartirán mi asombro frente a un
talento tan temprano, que elabora en su Arte poética una
concepción estética del yo y del mundo, de una manera completa,
intensa y de notable fuerza:
“Soy un grito/ que flota entre la niebla…/ Vengo desde lo oscuro
de la carne…”, empieza afirmando. El tono del segundo Dávila
Andrade, el del período experimental,
es patente en esta sección.
Y sigue la progresión, en la que el ser humano se va como
elevando, aparentemente, hacia la entidad poética:
“De lo más limpio/ de la sangre subo/ como una escala tenue/ al
infinito.” Nótese la expresión dolorida del inicio, la base
carnal desde donde emerge el hombre, que, sin embargo, se
transforma. Pero hay una vuelta hacia lo amargo del inicio:
“Soy un grito, no más…/Un grito ronco y solitario/ como el
aullido de una loba herida/ o el fatal aletear de mil palomas/
degolladas al filo de la luna.”
La riqueza expresiva es bastante intensa. Reparemos en la
metáfora que transforma al poeta en grito, en el símil doble:
loba, aletear, y la fuerza de una imagen de agonía y estertor,
construida con un cierto matiz entre la hipérbole y el absurdo
intencional, que será siempre una de sus opciones, quizá como
reflejo de su percepción profunda del mundo desarticulado y
cruel en el que tocó vivir.
La poesía del autor será siempre canto, no me cansaré de
insistir en su calidad musical, en su agilidad, en su ritmo
propio de los textos teatrales, corales, recitables, pero su
desgarramiento interior hará de ella ese grito, que Ledesma
sentía como su encarnación, y sobre el que vuelve en la cuarta
estrofa: “¡Soy un grito, no más!…/ Y bien pudiera/ ser el grito
común/ de cualquier hombre.” La noción de identidad avanza, el
poeta es todos los seres, lo que nos pone ante una curiosa
constatación de universalidad, en alguien que apenas salía de la
adolescencia. El verbo poder en subjuntivo, marca, sin embargo,
la distancia entre el ser marcado por el signo incandescente de
la poesía y el humano corriente. El poeta “pudiera” ser el grito
de cualquiera, pero aunque no lo dice, tiene plena conciencia de
no ser parte del común de los mortales, se sabe distinto,
diferente al resto.
El remate es de una notoria energía: “Porque en la inmensa
soledad del Mundo/ (en este mar sin límites ni rumbos)/ ¡soy una
gota más que se deslíe!…”
La voz poética del artista se funde con la voz de todos sus
hermanos. Los otros no se solidarizaban con él, como lo
constataremos a su tiempo, pero él buscaba intensamente la
comunión con los demás, una relación fraterna, simple, y al
mismo tiempo entrañable y profunda. Era una gota más que se
desleía, pero, parafraseando a Pascal, bien podemos decir que
solo era una mínima partícula de materia acuosa, sí, pero una
gota pensante.
Conocimiento de la muerte
es texto de extrema brevedad. En solo cinco versos, el novel
escritor nos pone ante la visión aterradora de la fugacidad de
la vida, de una manera que resulta conmovedora: “Lentamente nos
vamos acabando./ Con los cuellos lascados. Con las medias./ Con
los viejos zapatos. La camisa/ que arrancamos como una piel
gastada./ Lentamente nos vamos acabando.” Nótese el tono
estrictamente contemporáneo de los elementos que configuran la
imagen global del pequeño poema (destacando de paso la
efectividad de la imagen comparativa de camisa, que hiere la
sensibilidad del lector como un despellejamiento). Todo es tan
cotidiano, tan simple, tan personal y al mismo tiempo tan
global, que no se puede evitar un estremecimiento. Ese
escalofrío que causa la constatación de la cercanía, la
vecindad, la vivencialidad de la muerte, como un proceso común,
del cual él, precisamente, no era el más apropiado para
hablarnos en ese tono tan terrible, tan premonitorio, tan sabio
y contenido, pues acababa de amanecer a la existencia, con toda
la promesa de su talento enorme y su juventud hermosa como toda
juventud.
Yo diría que el primer planteamiento de estas páginas, en torno
a la autenticidad del dolor de Ledesma, halla su respuesta en
El espejo, poema de una conmovedora angustia, que no se
queda para nada en los extramuros de la verdadera lírica, en el
artificio retórico, en eso que despectivamente Verlaine llamaba
la “literatura”, sino que nos introduce de lleno en el
atormentado ser del poeta, con un sentido de la autenticidad,
que no puede dejar indiferente a ningún lector.
Para empezar la aproximación a esta pieza, señalemos, una vez
más el parentesco espiritual de Ledesma con el Dávila Andrade,
obcecado por la presencia del espejo, en el que quería penetrar
a toda costa, con esos afanes que le venían como herencia de sus
admirados surrealistas.
A Ledesma hay ciertos elementos que le fascinan, como las
escaleras, los espejos, los zapatos. Pero él no aspira a entrar
en ese frío mundo del vidrio y el voluble mercurio, sino que, al
menos en el caso que nos ocupa, percibe al cristal azogado como
el testigo pavoroso de una existencia que va volviéndose
atormentada hasta lo insoportable.
El espejo es y no es la realidad. Lo es, en cuanto en su lámina
aparece el drama cotidiano del poeta, que se siente tan extraño
al mundo, tan diferente, que halla como la repetición hasta el
infinito de sus humillaciones, de sus vejaciones en el reflejo.
“Estuve aquí”, dice en el primer verso. Esa frase es del poeta,
como protagonista del pequeño drama que se va a representar. La
segunda nos revela lo que ocurrió en ese ámbito en el que había
ese testigo frío y mudo del que hemos hablado, la violencia de
que fue objeto, el adiós que lo destrozó, la mudez en que
voluntariamente quedó incomunicado. “Y yo que estaba ciego me
tragué/ el grito a chorros verdes de silencio.”
En el sexto verso, irrumpe el diálogo silente del espejo
“Conozco ya tu voz.”, dice, mientras el poeta vuelve a reconocer
el sitio de la humillación y el abandono: “Yo estuve aquí.”
Viene luego la confesión: “Desde hace años que muero y
resucito./ Nadie me ve morir./ No me conocen/ quienes creen que
soy yo el que pregunto: / -¿Por dónde pasa el bus?… / -¿Me
presta un fósforo?”
Y sentimos que hay un salto desde el espejo como objeto
material, al espejo humano insensible, que no se interesa para
nada en el poeta; a un orbe para el cual él, un ser ciertamente
distinto del resto, no pasa de ser uno más de los habitantes de
un mundo frío y lejano. Problemas como la incomunicación, y la
conciencia de lo diferente, de los que hemos hablado entre los
planteamientos de hipótesis de trabajo, aparecen con extrema
nitidez.
Pero lo formal tiene una gran importancia en el desarrollo
poético de Ledesma, y no debemos pasarlo por alto. Sentimos que
se va dando paulatinamente un entrañamiento con el lenguaje
coloquial, que las frases de todos los días empiezan a formar
parte de la expresión poética, sin estilizaciones ni
sublimaciones de ninguna clase, lo que, por un lado, da una
frescura grata a la poesía de este autor, y por otro, inscribe
su hacer poético, como señalamos antes, en unos rumbos que iban
mucho más allá de los que había señalado su mentor espiritual,
Dávila Andrade, que también fue, en su generación, precursor de
este uso poético de la lengua cotidiana.
Volviendo al poema, la confesión toma matices cada vez más
íntimos, que se vinculan con aquella lóbrega y lacerante pasión
que ensombrecía la vida del poeta, que fue descubierta por él,
apenas acababa de salir de su utópica Isla de infancia, y
que la hemos planteado también como uno de los motivos que
queremos registrar: “Ceñido al sexo, / a su materia oscura./
Comprando la cadera atormentada./ El labio. El alarido. Y el
mordisco. / Gimiendo por la sal de la entrepierna. / Yo estoy
allí. / Yo soy David. Estoy gritando…”
La idea especular de la imagen “real” y el reflejo, juega en el
fondo de todo el texto. Hay un aquí y un allí, que son como dos
niveles de realidad, el que representa lo más cercano a lo
sensorial efectivo y el que se remonta nada más que al recuerdo,
respectivamente.
En esa especie de fotografía instantánea que es el mirarse al
espejo, David se ve a sí mismo, de modo más bien objetivo, y se
encuentra prisionero del deseo, enredado en el mercadeo del
amor, negociando la caricia imposible, la ternura inalcanzable,
en una esfera que tiene rotas las cadenas del diálogo, y en la
que todo es apariencia pura -como puede ser la imagen fugaz que
aparece y desaparece en una superficie reflectante-, todo, menos
el deseo que atenaza su joven cuerpo, en el que combate un alma
atormentada por la no aceptación de su ser diferente: “¡Oh,
amarradme, amarradme -oh, sí-, amarradme! (…) porque me estoy
rodando hacia el vacío!”
El poema entero se basa en el juego de ambigüedad entre lo que
es y lo que no es (pero fue), entre lo que el protagonista ve y
siente y los demás ni siquiera miran o perciben: “Yo soy./ Yo
estoy gritando. / Parado aquí. / Están sordos. / No me asisten”;
entre el tormento que lo agobia y lo martiriza, dentro del que
muere y resucita, completamente incomunicado: “Y muero cuerpo
adentro sin decirlo./ aullando, sí. / Mordiendo./ Combatiendo.”
Así, la teoría del dolor, la pasión aniquiladora, la imposible
comunicación y la clara conciencia de lo diverso, se unen de
modo indisoluble en esta última pieza magnífica y tremenda del
volumen.
• ESTE POBRE DAVID QUE NADA PIDE
En mayo de 1958, Lírica Hispana de Venezuela, publica GRIS, el
poemario de Ledesma que había ganado una segunda mención en un
concurso promovido por esa entidad.
El diminuto libro contiene veintitrés poemas, de los cuales,
algunos ya estuvieron en la selección de Club 7, y no los
mencionaremos:
Nuevo conocimiento de la muerte,
más breve que el anteriormente comentado, más intenso y
sintético. La noción de acabamiento y vida casi se identifican
en la frase “lenta muerte diaria”, y la idea de la
incomunicación es abrumadora: “Morimos en silencio. Nos morimos/
sin que nadie lo note. sin que nadie/ pregunte por la lenta
muerte diaria.” Apenas tres versos, pero una carga lírica de un
dramatismo insoslayable.
Balada del transeúnte,
poema de un doloroso despojamiento. Cinco años antes del
suicidio hay en este texto una especie de desprendimiento del
cuerpo y el espíritu. Así, dice en la segunda estrofa en un tono
hiperbólico y de metáfora cosificante: “Nada me pertenece. Ni
siquiera / esta cosa con pelos y sonrisa…”.
Parábola,
composición de una nitidez, una economía expresiva y una
luminosidad admirables. Todo lo que el poeta sugiere de
translúcido: la sonrisa de un muchacho -a veces el oscuro
amor resplandece como sinónimo de la obsesión luminíca, la
más esplendorosa de Ledesma, lástima que ocurre en pocas
ocasiones- el crepúsculo, el hogar, el árbol, la mano amiga y la
palabra poética, desembocan en la imagen del amigo muerto “de
alegría, de perfección y de pureza”. Una muerte dulce, por
causas hondamente poéticas, espirituales, no comunicables;
imposible de ser entendida por los humanos, y cuyo sentido
último solo pueden captarlo “los minúsculos seres de la yerba/ y
los hombres que tienen ojos puros”. Sea quien sea el personaje
aludido en el poema, lo cierto es que hay una extraña comunión
entre el evocado y quien lo evoca, y el motivo de los seres
diferentes, como algo esencial, campea en el texto.
Extraño,
es una variante de tonos surrealistas sobre el tema del ser
humano distinto e incomunicado, y su desprendimiento, su
separación de la realidad, y por lo tanto de la vida: “Un hombre
a quien jamás he conocido/ visita una ciudad que ya no existe.”
El poeta nos habla de algo como un espectro que recorre sitios
fantasmales, y es quizás el propio Ledesma, pues afirma al
final: “Sobre mi corazón suenan sus pasos”.
Habitación con un espejo
es una nueva aparición -igualmente tocada por una aura
surrealista- de los motivos anteriores. Pero ahora sí estamos
seguros que el extraño que se mira en el espejo del cuarto de un
hotel, ese desolado ser tan diferente del resto de humanos, y al
mismo tiempo su semejante -su prójimo, diríamos en terminología
cristiana-, es él mismo, pues “se parece a todos/ y otro poco a
mi padre y a mi madre”.
A propósito, como encontramos en un mismo texto dos elementos
simbólicos que habíamos mencionado antes, escalera:
“La escalera retuerce, aburrida/ su interminable cuerpo de
madera”.
Y espejo:
“Desde el espejo del ropero atisba/ un fulano…”;
digamos unas pocas palabras sobre su valor semántico. Según
Federico Revilla, el primero tiene entre otras significaciones,
la de “una ascensión paulatina, con pausas o desfallecimientos:
en cualquier caso no directa. Ascensión, pues, a la medida del
hombre y de sus limitaciones”.
En el caso que nos ocupa, preguntaríamos ¿a qué asciende Ledesma
por esas desvencijadas escaleras que crujen y que en algún poema
se asen de su zapato? La respuesta tentativa sería que tal vez a
su íntimo yo de hombre, a su naturaleza de artista, de poeta,
pero también de ser distinto, que a veces desconocía,
desconcertado, y que cuando la abrazó con amor y sin
remordimientos, le permitió crear algunos de sus más bellos
cantos, entre los que están, precisamente, los mejores poemas de
este libro.
En relación con el segundo elemento, escribe Revilla: “La imagen
repetida, el reflejo exacto que un espejo ofrece, han indicado
siempre objetividad y veracidad. Traspuesta dicha experiencia al
orden espiritual, supone sinceridad, autenticidad: el alma se
muestra tal como es.”
Los poetas son buscadores de la verdad de sí mismos y del mundo,
pero a veces -lo percibimos claramente en nuestro autor-, se
aterran de tal modo con lo que encuentran, que prefieren
disfrazarlo o soslayarlo. A Ledesma, y lo vimos en otro ejemplo
anterior -de mucha mayor calidad lírica-, en que utiliza el
mismo elemento, le desconcierta tanto lo que ve, que el ser del
reflejo, aunque sabe que es él mismo, le parece otro.
Autorretrato con una pena
breve pieza, entre las notables del volumen, donde la vida
emerge en cada línea. El poeta se siente como un ser distinto de
los otros, mínimo, que no quisiera más que un minúsculo lugar en
el mundo, pero sabe a ciencia cierta que no lo alcanzará, de ahí
el profundo dolor que expresan estas líneas referentes al “pobre
David que nada pide”.
La soledad
. Se siente en este poema -dedicado a la amiga, la confidente,
la compañera de creación poética, la más cercana a su corazón
entre todos los seres humanos en esta época, a Ileana Espinel-
la desolación interior de Ledesma, que a veces se apodera de su
alma hasta el extremo de que la idea expuesta antes, sobre un
desprenderse del mundo, provoca que el sentimiento solitario del
poeta funcione como un ente aparte de su yo global. Esa
desarticulación, esa falta de comunicación con la realidad van
como rasgando por dentro la persona humana, desintegrándola de
modo cada vez más irremediable.
Desde el punto de vista de la retórica ledesmiana, es
interesante la forma cómo personifica a la idea abstracta
soledad en el texto, confiriéndole un curioso estatuto humano.
Visita
presenta un proceso inverso al de la personificación, el de la
cosificación, llamada también reificación, presente en nuestra
poesía desde el modernismo.
El corazón del poeta se transforma en “una calle enorme”, y el
recuerdo, en cambio es antropomorfizado, pues la “cruza
desgarbado y flaco,/ con sus zapatos rotos.”
Demasiada añoranza de un pasado que era tan reciente, pero que
crecía hiperbólicamente en el corazón del escritor, inundándolo
con su atmósfera nostálgica.
Retrato de Clemente Jaramillo
es uno de esos pequeños poemas, fruto de la síntesis más
acabada; todo lo que el poeta tiene que decir en tono elegíaco
sobre la persona evocada lo dice en cinco breves líneas cargadas
de una intensidad lírica sorprendente.
Los motivos de la luz y la paz, frecuentes en la poesía de
Ledesma, hallan una cabal realización: “Su pupila vertía
inagotable/ una suerte de luz sencilla y grave (…) / La paz era
su ambiente y rodeaba/ toda cosa de paz con su mirada.”
El hábil juego de palabras con que cierra la composición
demuestra la madurez poética, el dominio del material expresivo,
la fluidez a los que ha llegado Ledesma tan pronto.
Algo sobre los viajes y la muerte
es un texto basado en el paralelismo viaje/muerte, subrayado por
el epígrafe de Romain Rolland que nos habla de la ausencia como
uno de los disfraces de la muerte.
Lo interesante, además de la forma como Ledesma maneja los
paralelos, es -paradójicamente- la intensidad vital con que nos
habla de la muerte, cuando solo nos está hablando de las
despedidas, en las que sentimos que se desangra nuestra
existencia.
Palabra final.
Llama la atención que Rodríguez Castelo diga en su Lírica que
Gris es una “selección exigente de poemas de la década del 50”,
pues resulta insólito que presente dos versiones de la misma
composición, esta, menos lograda, menos sintética, y Parábola,
que ya comentamos antes.
Localidad muerta
es uno de esos textos en que el motivo del dolor aflora con una
intensidad que abruma: “y no queda ya nada, ni la Muerte, / sino
seguir atados a la vida”. Ledesma no es un poeta
característicamente religioso. En esto, como en otros aspectos
-la tendencia coloquialista, que desmitifica la poesía como algo
“elevado”, exclusivo, elitista; la mezcla de sentir personal y
social; la rabia, la impotencia ante el sufrimiento de los
otros- se inserta en la forma de pensar el mundo y las creencias
de su generación, que estaba -habitualmente- más ligada a las
preocupaciones sociales que a las del espíritu. Sin embargo, en
este nuevo ejercicio de paralelismos, se lo siente
identificándose con Cristo, mientras todos aquellos fríos seres
que lo rodean sin entenderlo ni amarlo ni dialogar con él,
serían Judas “que se solaza a nuestro lado/ y compra nueva
túnica y se embriaga”.
Canciones para decirlas en voz baja.
Son cinco, pequeñas, buriladas piezas líricas, de una fuerza
digna de ser subrayada; muestras todas de un oficio poético cada
vez más acendrado, sólido, de una propiedad en cuanto al
discurso, de una economía y una precisión remarcables.
Revelan un estado de ánimo signado por un amor que, pese a
colmar el espíritu del poeta, aparentemente, era un ramal de
aquella turbia pasión que emerge como un motivo oscuro, en
numerosos momentos de la obra de Ledesma.
En la primera, el beso no lo libra de ir “rodando -boca abajo- /
hacia la muerte”.
En la segunda, el poeta ama la pureza del objeto amado, pero
esta es peligrosa, tanto como puede ser “un lirio de fuego”.
Destaca la preciosa metáfora de corazón “cítara inaudita”, en un
contexto en que, pese a los riesgos de la pasión, se enciende
una “hoguera de alegría”.
En la tercera, el ansia de paz, una de las obsesiones de
Ledesma, rastreable en numerosos textos, aparece como súplica:
“Enséñame la Paz”, que se dirige a la persona querida, cuya
visión es de una luminosidad asombrosa: “La Paz que te circunda/
y que acontece/ en los más simples/ actos tuyos, esa/ que te
llena de luz/ a todas horas.”
En la cuarta, la segunda estrofa nos pone, una vez más, ante ese
“pobre David que nada pide”, tan diferente del resto de sus
iguales, con una conmovedora simplicidad expresiva: “Me basta/
una palabra/ de ternura,/ para sentirme/ dueño /de la tierra.”
Es esta lengua poética tan llana, en apariencia, y tan
delicadamente elaborada en cada una de sus expresiones, la que
nos acerca tanto a la sensibilidad y al poder lírico de Ledesma.
Y la quinta, verdadera declaración amorosa del conjunto,
construida con esa gran sutileza que caracteriza a las cinco
composiciones, se cierra con una bella hipérbole: “Y cuando tú
sonríes/ amanece el Mundo”. Aparentemente, el poeta alcanza en
este texto una paz, una plenitud, una comunicación, que todo lo
oscuro queda de lado. Por desgracia, sentimos como una
corazonada que este delicado equilibrio durará muy poco.
“Su realidad es la realidad”, dice de la concepción del mundo en
Gris, Hugo Emilio Pedemonte.
Y es verdad, pero ¡de que modo la transfigura una voz poética
como la que nos ocupa!
Poema.
Si en Club 7 hallamos la primera arte poética de Ledesma, aquí
estamos ante la segunda.
El amor obra el milagro de la poesía en el alma del escritor,
pues “Las cosas más sencillas se revisten de una absoluta luz,
si tú las nombras.”
Esa ansia lumínica que mueve el mundo de Ledesma halla su
sentido en la relación sentimental, se materializa, se vuelve
elemento transformador de lo cotidiano, la razón de ser de su
poesía.
La poética del autor, en este momento, pasa por la boca del ser
amado y por su capacidad para nombrar el mundo y la realidad:
“si tú dices: - ‘El Día’, / el día está de pie entre tus
labios.// Si -‘Ternura’, comprendo la Ternura/ en su completa
dimensión de espiga. // Y si dices -‘Cansancio’, hasta mis
huesos/ cae el cansancio tuyo y ya no escribo.”
Nótese la sutileza de la imagen metafórica ternura-espiga, el
modo, en apariencia tan sencillo, en que lo abstracto y lo
concreto forman esa unidad poética indisoluble.
Elegía.
si Poema es la declaración de los nuevos principios
poéticos del autor, esta composición es reflejo de su
cosmovisión: el universo es mientras subsiste la persona
querida: “un mundo en donde -acaso- ya no existen/ sino tus
finas cejas perseguidas.”
Elegía,
además es obra de una sensualidad absoluta. El contacto con el
cuerpo está marcado por la perfecta imagen que parte de lo
sensorial: “Dulce tibieza de vellón tan suave.”
Y una vez más, la cosificación del ser humano, en imágenes como
“el país extraño de tu rostro”, contrastando con la
personificación del “viento de aroma” que persigue los rasgos
admirados.
Poema VII
parece ser una más de las Canciones para decirlas en voz baja,
incluso la última hipérbole, construida aquí como símil, es casi
la que cierra la quinta canción. Pero, aunque el texto tiene una
cierta belleza, carece de la concisión y calidad sintética de
las otras.
Canción de quién sabe dónde
es un enigma poético, en que motivos como los de la luz, el
dolor y la presencia de la muerte aletean fugazmente:
“¡Quién sabe dónde dejaras tu vida! / (…)/¡Quién sabe dónde
dejaras tu muerte!”
Tres estatuas.
La primera, Arquitectura de la sombra, es un texto que
tendrá que establecerse, en esa imprescindible edición crítica
de la poesía de David Ledesma, reto para las nuevas
generaciones.
La segunda, Estudio para Narciso, cuya forma endecasílaba
se inscribe dentro de la rígida perfección que apasionaba al
autor de El cementerio marino, a quien está dedicada.
El juego barroco de la imagen y el reflejo llega en este texto,
uno de los más elaborados de toda la poesía de Ledesma, a su
punto más alto.
Además, hay la plena identificación con el mito del Narciso
ahogado, es decir, una vez más, la presencia del suicidio: “Y
muero en ti. Y mueren mis gaviotas. / Y el mar -desde tus labios
imposibles-/ me nombra en ti, me asedia con sus rosas, / con
cítaras y abismos y misterios.”
Es asimismo remarcable la ambigüedad en la pintura del
adolescente mitológico, con cuyo cuerpo el poeta siente que se
acopla, en un ayuntamiento de muerte: “Y caigo yo vencido. Y tú
vencido”. Pese a toda la luz que lo recorre, el amor oscuro
repta entre estas líneas magníficas.
El texto lleva la fecha de 1953, pero seguramente remite a una
primera escritura, pues la estructura superficial es de una
calidad, un ritmo sostenido, una poderosa musicalidad y una
elaboración formal, que obviamente no tenían los textos más
juveniles.
Gris se cierra con uno de los poemas más hermosos de toda la
obra de nuestro autor: Por Vatzlav Nijinsky, clasificado
por Ledesma como la tercera estatua.
El ritmo de esta magnífica elegía es de danza, impetuoso,
envolvente. Es tan plástico todo, que el discurso oscila entre
lo visual, lo auditivo y las imágenes audaces de tercer nivel,
en las que se funden las visiones sensoriales y lo abstracto:
“de tal manera estaba/ cerca de Dios su vuelo”; “En torno a él
abría la pavana/ su sima de espectrales melodías”; “Su limpio
corazón de alado ciervo/ ardía en llamas. Y su danza/ era un
terrible viento apasionado.” Por supuesto, la personificación es
el recurso que produce el cambio de naturaleza típico de la
imagen, el salto cualitativo del paso de un estrato de la
realidad a otro muy diferente, transfigurado por obra de la
poesía. Como ocurre con el Narciso, este bello Nijinsky es fruto
de un conocimiento cultural, se nutre de las noticias sobre el
gran bailarín y de su leyenda, y nos pone ante un joven autor
inquieto, amante del arte, ilustrado, universalista.
El ancestro modernista de Ledesma halla también aquí su eco,
pues el poema remite de modo tangencial a Danza de Anitra,
una de las obras maestras de Medardo Angel Silva.
Dolor, oscura pasión amorosa, indiferencia del mundo en el que
vive y singularidad están presentes a lo largo de toda esta
poesía, que inicia la breve madurez de David Ledesma.
• Y ME PONGO A VIVIR POR VER QUÉ PASA
Esa madurez da una serie de frutos dispersos, antes del terrible
último libro que publicó en vida, Los días sucios
y de su testamento lírico, que apareció póstumamente, el
Cuaderno de Orfeo.
Aquí hablaremos de unos pocos de esos textos sueltos, en los que
se aprecia cómo Ledesma se apodera del lenguaje, cómo lo hace
suyo, amorosa y desgarradamente, cómo manteniéndose su fluidez
en el discurso lírico, este se vuelve más denso, más doloroso,
más lleno de sentidos profundos, más revelador del drama de un
espíritu cercado por la incomunicación con su medio,
terriblemente consciente de su carácter diferente de elegido y
de maldito.
Hora Sexual
es un poema extraño, dotado de una imaginería ambigua, cercana a
lo surrealista: “Un lento niño verde come carne/ de su mismo
color. Y la escalera/ parece sexualmente abandonada/ con seis
piernas ansiosas de zapato.” ¿Qué es, podemos preguntarnos, todo
este conjunto de seres entre lascivos y rotos, este escenario
incongruente, esa vuelta de las obsesiones (escalera, zapatos),
esa velada insinuación de promiscuidad? Aparentemente solo uno
de esos exabruptos líricos que tuvo la generación de Ledesma, en
los que estallaba su ira o alguna otra momentánea pasión. Pero
quizá también un intento de exorcizar imágenes apenas
entrevistas, y lanzarlas al limbo de lo poético. Pero la segunda
estrofa nos pone ante otra realidad lírica:
“Las húmedas veredas -como ostiones-/ se atraen y acarician a sí
mismas, / mientras los jadeantes perros muerden/ el olor de la
perra, y arde el Mundo.”
Esa hora sexual del título cobra un nuevo sentido: el cosmos se
transforma en un deseo, en el que intervienen hasta los más
absurdos elementos: las veredas, cuya humedad las vuelve casi
órganos sexuales, en un juego de atracciones y onanismo.
El cierre es de una brutalidad que golpea. Ledesma elabora una
imagen de un tortuoso realismo, y sin embargo, su poder de
constructor poético aparece en esa mezcla insólita: morder el
olor, y en la frase final, que es como la consumación del todo,
en ese incendio de la realidad determinado por un Eros universal
e irrefrenable.
Narciso Agripado
es una muestra de esa poesía sardónica de la que hablan Ileana
Espinel,
Rodríguez Castelo (cf. cita anterior sobre Gris) y Adalberto
Ortiz en el prólogo del Cuaderno de Orfeo: “Casi toda la obra
literaria de este gran poeta joven rezuma una desgarrada e
inquietante tortura, que a veces busca escaparse por la puerta
sardónica; ese amargo humorismo que en ocasiones se convierte en
una antesala de la locura y la muerte…”
En realidad es un poema menor, con ciertas audacias antilíricas,
que rompen con la noción del lenguaje sublimador de la poesía y
nos ponen ante el hombre cotidiano, común, corriente, débil:
“Todos los días sábados, de tarde, / el peluquero me asesina el
pelo / (…) /Me baño con temor de resfriarme el esqueleto. / Cada
vez que estornudo me enternezco…” Pero el tono acre no se pierde
ni siquiera en un terreno que habría que considerar de humor
negro, y la queja emerge en medio de ese discurso de ruptura:
“Miro caer la vida de mi cuerpo/ como una costra sin razón /
(…)// He roto ya en mi casa los espejos / para no ver mi oscura
muerte sorda.” Así como en algún momento, cerca ya del fin, la
militancia política no tuvo la virtud de salvarlo del naufragio,
podemos decir que tampoco la ironía, el humor acibarado obraron
el milagro.
La corbata amarilla
está dentro de la misma tónica, pero yo lo encuentro más
reflexivo, más profundo, y con un curioso juego de imágenes que
parten de la prenda de ropa, metaforizada en “larga lengua”, y
personificada -en una suerte de trasvase momentáneo del espíritu
del poeta-, que va opinando sobre el mundo, con una sorna
infinita.
Critica ácidamente a las damas de la burguesía -a la que
pertenecía por su origen-, a quienes no lograría conmover como
lo hacen las radionovelas, “o la muerte/ de algún pariente a
quien trataron mal.”
A sus vecinos, que lo miran mal, pese a que “sus oxidadas vidas
se deslizan/ en sopas, adulterios y velorios.”
Finalmente, vuelve los ojos hacia sí mismo, para reconocer su
inhabilidad social, deportiva, pragmática o esnobista. (En la
década del cincuenta era una moda leer ciertos libros, y entre
ellos, quizá estuvieran los de Churchill, con cuya mención se
cierra el texto).
Instantánea
pertenece de algún modo a la clase de poesía que hemos
aproximado en los dos últimos títulos. El tono es de una
amargura tremenda, pero hay ciertos rasgos que hacen derivar la
composición hacia un plano más o menos de humor ácido: “Yo,
caminando/ con mi ridícula persona encima. / Saludando contrito,
resbalando, / pidiendo excusas. Siempre caminando. / Con mi
nariz avergonzada…” El tono es ciertamente de autocaricatura; no
sé por qué recuerda alguno de los cuentos pequeños de Chejov, en
el que hallamos un personaje que parece anduviera pidiendo
perdón por el hecho de vivir.
Pero lo sardónico se vuelve drama a renglón seguido: “con mi
frente -enormemente solitaria-: /impar, y como en círculo
cerrado,/ posiblemente en agonía, / avanzo.”
Hay un severo contraste entre el tono de la primera parte y lo
que acabamos de citar, en donde todos es desolación, falta de
contacto con el mundo, anuncio de muerte, una vez más.
Autorretrato
conserva todavía en la caracterización del cambiante ser humano,
en sus dialécticas contradicciones que van desde la estructura
física hasta las variaciones ideológicas, algún rasgo irónico:
“Digo y me contradigo. / Me retuerzo. / Delgado - a veces-/
otras engordando- / Hoy azul, y mañana/ colorado.”
Pero el drama existencial -poéticamente construido con
impresionantes imágenes de desgaste, de decadencia temprana-,
nos pone no ya ante un ser humano, sino solo ante sus
fragmentos, sus jirones, sus vestigios, y se resuelve, con una
pizca de esperanza enmascarada, en abandono y soledad:
“Remiendo. /Parcho/ ese pedazo de alma. / Este hueso que aún
puede servirme. /Y me pongo a vivir/ por ver qué pasa.”
Teoría de la llama
está entre los textos de Ledesma que consideramos sus
declaraciones poéticas, y es quizá la más importante de ellas.
Cierto que la poesía no logró salvarle de la aniquilación hacia
la que parece haber caminado por casi diez años, con pasos
titubeantes, pero irreversibles; pero al menos le dio una
seguridad, una convicción espiritual, que debieron haber hecho
menos amarga su espera. En este texto aparece muy claramente
expresada su condición de poeta total.
Luego de la renuncia a todo: “Ya nos soy más/ el hijo de mis
padres, sobrino de mis tías/ nieto de mi abuela; / el ciudadano
(…)/ que -en pie- cantaba el himno nacional/ y que firmó David
Ledesma./ (…) / He muerto en mí para resucitarme. / Un nuevo ser
me viste./ (…) Me transfiguro/ en una entera llama de poesía…”
Resulta tremendamente emotivo el contemplar cómo se da la
metamorfosis del ser humano corriente en el poeta, cómo Ledesma
va hacia la llama, a vestirse de ella, en una suerte de rito de
iniciación, y acaba transformado en el sacro fuego del arte.
“Estoy enteramente poseído de una fuerza / que es magia y
armonía”, anuncia, con una seguridad que parece imbatible, para
acabar proclamando su convicción de elegido: “Tocado estoy de
gracia y de misterio.” Sí de esa gracia, que como decía Dávila
Andrade permite a los poetas “hablar con amor toda palabra”, y
de ese misterio que es la verdadera naturaleza de los artistas,
más allá de lo que estamos acostumbrados a ver en la apariencia
externa y sus debilidades, en pleno centro de ese “fuego letal,
sagrado”, del que extraen “las más hermosas y hondas melodías”,
no importa si a costa de arrancarse el alma a pedazos,
desesperadamente.
Distinto
es su credo en la diversidad. Ledesma no se sabe solo el poeta
por antonomasia, sino el hombre diferente al resto, y por eso
afín a todo aquello que configura ese mundo absurdo que él
amaba, y que volcaba a veces en sus composiciones, como esta:
“El pájaro que tiene solo un ala, / la naranja cuadrada, / el
árbol tenso/ que tiene las raíces hacia arriba, / y el caballo
que galopa para atrás / solo ellos me entienden.” Está
convencido de no ser como los demás, y busca en el universo del
sueño, de la incongruencia y la imaginería surrealista, sus
afinidades.
“Mis hermanos, / mis diferentes semejantes que amo.” En la
adversidad de no poder incorporarse a lo mediocre de su medio y
su hora, lo deforme, lo extraño le resultan fraternos, dignos de
ser amados. La idea antitética “diferentes semejantes”,
expresada como oximoron,
es de una fuerza que perturba; tanto como el final del texto,
revelador de esa profunda tristeza que a veces atacaba al
escritor, devastándolo: “Y un día, / distinto, / sin pareja, /
con ellos cavaré un hoyo muy negro/ donde meterme con mi sombra
a cuestas.”
El drama es que los “diferentes semejantes” no constituían
tampoco compañía. No es la primera vez que habla de la ausencia
de pareja ( véase, por ejemplo este verso de Instantánea:
“impar, y como en círculo cerrado”, revelador de la misma y
desolada angustia vital), que de acuerdo con las convenciones
burguesas, es el complemento ideal del ser humano; ni tampoco la
única en que anuncia su evasión del mundo de los vivos, que
parece la planificaba de muy distintos modos.
Colofón
será el último de los textos sueltos que estudiemos, pues este
ensayo, lo dijimos desde su inicio, tiene una serie de vacíos
que los colmarán la paciencia y el empeño de otros lectores de
Ledesma, como el de las elegías, los cuentos y, por supuesto, la
restante -y no poca- poesía dispersa.
Colofón
trae, nuevamente, una meditación trágica sobre lo diferente, y
la búsqueda del poeta a sus semejantes: el loro enjaulado, la
gota de aceita que cae sobre el mar. Su naturaleza humana tiene
mucho de la del entorno social en que habita, pero no logra
volar ni fundirse con los otros seres, y eso desencadena su
tremenda soledad, proclamada una y otra vez a lo largo de su
escritura. Una incomunicación de tal naturaleza va en pos de lo
insólito, que tal vez estaría en capacidad de entenderlo: /el
alacrán que se picó la cola/ con su propia ponzoña/ y los dos
ojos/ que jamás pueden verse el uno al otro.”
Esta imagen última es de una asombrosa cotidianidad, y al mismo
tiempo de un nivel absurdo insospechado: próximos como están los
órganos de la visión, se hallan de tal modo separados, que nunca
hay la posibilidad de que se miren. En efecto, solo una
sensibilidad como la de Ledesma podía encontrar así de cerca una
realidad poetizable tan extraña y al mismo tiempo tan
conmovedora, y tan capaz de revelar lo más profundo de su
desconcierto y desolación.
• PUEDO DECIR QUE EN EL SILENCIO HABITO
En 1960, aparece Triángulo, un libro conjunto en el que se unen
nuevamente David Ledesma, (Los días sucios), Ileana Espinel
(Diríase que canto) y Sergio Román (Arte de amar).
Dice Rodríguez Castelo sobre esta obra de nuestro autor:
“La intuición de la desolada condición del hombre en el mundo se
fue haciendo cada vez más lacerante y amarga, y la transparencia
se cargó de rasgos perturbadores, la lucidez se tradujo en
sardónico humor negro; el desconcierto buscó significantes en
paradojas y dislocaciones; la sordidez se sintió en léxico
turbio (…) y sonido bronco.”
Los días sucios contiene diez poemas, de los cuales, menos
Espejo, que es una variante de Habitación con un espejo,
incluido en Gris, el resto son nuevos:
La cabeza,
es una especie de renuncia a la vida consciente, aquella que
atormentaba a Rubén Darío. Ledesma proclama “Ya no quiero
cabellos./ Pensamientos./ Nada que sea dolor./ Que sufra
muerte./ Hoy quiero ser sencillamente impuro /(…) / Quiero la
paz./ La paz intermitente/ de un día sin cabeza entre las
manos”.
De pronto, siente un deseo de liberarse de todo, pero hacerlo
significa, desgraciadamente, decapitarse, no solo renunciar a la
racionalidad, a los prejuicios, a la angustiosa vida social en
la que no se puede dialogar ni mostrase diferente, sin cortar
amarras del todo. Sin embargo, el pobre David que nada pedía, en
Autorretrato con una pena, “sino un poco de paz para
vivir, / una piedra pequeña en que apoyar/ la cabeza cansada de
palabras” , aspira una vez más a lograr, como sea, una calma
inalcanzable, en la reaparición de ese concepto, que es uno de
los motivos más reiterados de su obra, la paz.
La ventana
acentúa la visión del hombre desolado. Tirado sobre el piso
repite con una desesperación que el tono reiterativo del texto
nos transmite claramente: “¿En dónde está la dicha? / ¿En
dónde?/ ¿En dónde?”
Y una vez más la presencia del final, como ese vaticinio tan
repetido en su producción: “Miro mi propia muerte”.
La fuga
nos presenta una atmósfera pesadillesca. No solamente que ya no
es posible el diálogo con el entorno, sino que este lo acecha,
lo persigue, quiere terminar con el poeta, se transforma en la
“hosca muerte”, que lo acosa en un viejo y persistente camión. Y
él, acorralado, se entrega con resignación, inerme: “Si corro
cae el cielo a mis espaldas. / Si me detengo salta mi cabeza.”
Estos deben estar entre los versos más llenos de dolor e
impotencia de cuantos escribió el poeta.
El retrato
es quizás el más acabado de los poemas de este grupo, en el que
como lo observara con precisión Rodríguez Castelo, todo se
vuelve sórdido, turbio, bronco.
“Puedo decir que en el silencio habito./ Elemental. / Agudo./
Impenetrable.”
Carcomido por la muerte social y física y sus terribles
asechanzas, sigue manteniendo su condición de iluminado, de ser
singular, lejano, hermético, de la que dio muestras de estar
claramente consciente en los poemas que consideramos sus Artes
poéticas.
De ese morir en el que está, otra vez como Cristo, “Clavado a
cuatro muros. / Desolado”, lo saca momentáneamente el deseo: con
“su ancho labio” y con esa mirada que “cae entre las piernas”.
Entonces: “El corazón a veces se levanta. / Y lucha. / Y se
resiste. / Y cae de nuevo.” Paradoja terrible en la vida y en la
obra de Ledesma, ese mismo oscuro amor que lo aniquilaba podía
redimirlo, pero él no lo pudo aceptar de modo definitivo.
Es un círculo vicioso, en el que habrá de terminar vencedora la
parca, a la que él confiere al final de este canto de desolación
y derrota, un estatuto especial: “Porque hoy recuento 27
muertes”, pues nos está hablando de un último cumpleaños al que
no llegará jamás.
La escalera
presenta una nueva etapa de renuncia. Si alguna vez tuvo este
elemento el sentido simbólico de ascenso, ahora ya no. No es
sino la senda que Ledesma no se esforzará más por recorrer: “No
subiré./ Porque el caer me es dulce. / Y abandonar el corazón al
pozo. / Y chapotear feliz como los cerdos. / Dichoso. /
Revolcándome en la espesa / mugre del alma. / Mugre elemental.”
Habiendo dimitido de lo consciente, habiéndose entregado a una
suerte de lapidación moderna, maniatado a la muerte, reniega de
esa pureza que perseguía como un lirio de fuego, de esa luz que
buscaba en todos los seres y en todos los sentimientos, y se
abandona al gozo momentáneo de los días sucios, con su oscuridad
(el pozo), su cieno (chapotear) y su mugre elemental.
El deseo lo aniquila y oscurece el mundo: “Y nada más existe. /
Nada más/ que el roce de las piernas”. Es el imperio de la
sordidez de la que hablaba Rodríguez Castelo, en su expresión
más abyecta, para quien hasta hacía apenas unos meses, tenía
como norte, en medio del amor oscuro que le acosaba, una pasión
por nombrar el mundo a través de la boca amada, y rescatarlo
así, rescatándose del terrible silencio. Recuérdese, nada más,
cómo, en Poema, las cosas se revestían de luz si las
nombraba el ser querido.
El pozo
acentúa las ideas del hombre extremamente atormentado que
reniega de todo.
Habíamos dicho que las ideas religiosas no eran fuertes en
Ledesma, pero basta echar una ojeada a sus poemas anteriores y
veremos que la imagen de Dios, aunque leve, está marcada por
signos positivos. Nunca antes se da en su poesía un tono
blasfemo, terrible y desgarrado como el que hallamos en este
poema: “Un Dios gastado. / Injusto. / Negligente./ Que raja el
cráneo del idiota. / Y mueve/ las ventanas torcidas de los
tuertos.”
El ápice de la renuncia es este verso: “Ya no quiero luz”. el
poeta ha entrado en el reino de la desesperación y las tinieblas.
La ciudad
nos pone ante otra constatación: la urbe moderna asfixia al
hombre, pero más todavía al poeta, ese pobre ser incomunicado,
solo, distinto, sufriente. La naturaleza, el entorno son ajenos,
terribles, y “El grito aquí: pequeño. / Agonizando. /Imposible
de oírse por el ruido.” Recuérdese que en su primera poética, él
mismo era el grito. Percibimos que aquí es parte integral,
inútil vehículo de una imposible comunicación, de ese David que
va hacia su aniquilamiento ante un cielo “Duro. / Despoblado. /
(…) Incendiándose impasible.”
Si alguna vez en la poesía de Ledesma hubo aunque fuese una
pequeña dosis de retórica, de aquella que como decíamos antes,
era la despreciada literatura de Verlaine, en este y en los
otros poemas de esta serie, solo hay vida, una vida que corre
peligrosamente a su prematuro final, de modo incontenible.
Los zapatos
marca un descenso del nivel de lo humano. El poeta ha roto
vínculos con su pasado, del que solo le quedan algunas vagas
imágenes deleznables, pero quizás esos indumentos que
aparecieron en más de un poema, y que le acompañaron en su
recorrido vital, sean los únicos capaces de alguna amable
remembranza: “Si los zapatos pueden recordar./ Yo no recuerdo./
Sufro el pasado.” La personificación de zapatos es frecuente en
Ledesma, tal vez porque estos conectan al hombre con esa tierra
de la que él no parecía querer desprenderse; pero en este poema
tiene, como el resto de elementos del lenguaje poético, una
connotación amarga.
El aire
es todavía una pieza de una cierta calidad literaria, en que el
despojamiento del poeta llega al extremo que todo, incluso las
palabras ya le son ajenas, pues ha llegado a esa sima en que la
incomunicación es, como el resto de elementos vitales, absoluta;
no así la final, El Fonógrafo, que está marcada por ese
cierto gusto que Ledesma exhibe por lo absurdo, pero que en este
caso no logra configurar cabalmente ese micro universo que es el
poema, que se desarticula, sin el profundo sentido de las otras
obras, y es como la oscura profecía de que el verbo agonizaba en
el poeta al tiempo que se apagaba su existencia.
• VIVO EN CIEGA POESÍA DESTERRADO
En 1959, de acuerdo con el testimonio de sus amigos,
como en una especie de recuperación del casi perdido don de la
palabra poética, dentro de ese proceso de autoaniquilamiento que
vimos en el capítulo anterior, Ledesma había redactado su
Cuaderno de Orfeo, que vería la luz, como se ha dicho ya,
póstumamente.
Este, según Rodríguez Castelo “significó la búsqueda de una
salida por la poesía. Pero la poesía radicalizó la angustia: la
dislocación del ser y el no ser; la soledad y vacío esenciales.”
Trece poemas integran este cuadernillo final, en el que Ledesma
parece escribir ya desde más allá de la muerte, al encarnarse en
el mítico Orfeo, transeúnte del viejo mundo subterráneo de los
griegos.
El encuentro.
Dije antes, hablando de la poesía de Ledesma que era teatral,
coral; el propio poeta introduce en los textos que conforman el
Cuaderno acotaciones, como “Voces a dúo”, para este primer
recitativo, bello como pocos, en que se construye el
encuentro con una imagen de tercer nivel, dos símiles que son a
la vez imágenes -táctil y visual. y una hipérbole remarcables:
“Apenas nuestras vidas se han tocado/ como dos manos en salud,
como % dos labios en sonrisa. Y esto ha sido/ un milagro de
aquellos que conmueven / los más hondos abismos de la Tierra!”.
Ledesma nunca deja de sorprendernos por la fluidez de su
discurso lírico; en él sentimos la plenitud del habla del poeta,
y eso constituye un vínculo de gran viveza con los lectores.
Pero casi nunca es prosaico, pues para la época en que escribe
el Cuaderno, tiene ya un dominio tal de la materia poética que
extrae de ella lo mejor, de un modo simple y diáfano.
La imagen se elabora sin violencias, de manera digamos
“natural”: las vidas, elementos abstractos, simplemente se
tocan, ocurre entre ellas un roce, una cuestión sensoria. Los
símiles son sencillamente hermosos, las manos y los labios que
se aprietan, en construcción paralelística, aparecen ante el
lector de modo visual y plástico. La hipérbole final es un
verdadero milagro: el poeta exalta al amor, y este alcanza una
expresión de plenitud absoluta.
Identidad
es una de sus poéticas, la tercera en lo que va de ese análisis.
Marcado por la acotación como monólogo de Orfeo, contiene los
elementos claros de su cosmovisión poética del momento: “Vivo en
ciega Poesía desterrado”. Aquellas constantes de la diversidad,
que llega a lo excepcional, y del aislamiento del mundo se
perciben con finura extrema.
La imagen “ciega poesía” crea un ámbito, un espacio, dentro del
cual se da el ostracismo del poeta.
“Ausente de mí mismo, / a una distancia / que puede ser de amor
/-llaga insondable-/ o absorta muerte diaria/ repetida.”
Ese destierro es más que simbólico, ya como un sonámbulo,
Ledesma deambula en un mundo que está separado del real desde
tiempo atrás; un mundo que es como una muerte en vida,
reiterativa, vacía, en cuyo centro se abre la herida de amor;
vaga como una sombra, lejos de su yo más atormentado, enamorado
de alguno de esos imposibles objetos de pasión -encarnado aquí
en la mítica Eurídice, perdida en el reino de los muertos.
La poesía no es una salvación, es solo una supervivencia
momentánea, constantemente acechada por la muerte, a la cual va
a desafiar con un canto el poeta mítico y el poeta real, hechos
uno solo.
La entrega
. Primer monólogo de Eurídice. La amada símbolo es uno de esos
misterios que cobran carne y voz, para presentarnos el motivo
del amor oscuro de una manera fascinante. Ella se entrega al
Orfeo-David, pero como un riesgo permanente, dándole su vida y
su muerte. Recuérdese como en una de las Canciones hablaba de la
pureza de uno de los seres amados como de un “lirio de fuego”,
aquí la metáfora se amplifica y refiere a la existencia de
Eurídice: “mi vida es / un gran lirio de hierro/ que perfuma y
destroza.” Bien podemos decir que a un ser tan sensible como era
Ledesma, todos esos lirios que halló a lo largo del camino, lo
quemaron o lo destrozaron, y que su perfume apenas le dio unos
instantes de solaz.
La voz amada canta como las sirenas, con un encanto que
envuelve: “Te doy mi muerte, amigo/ tómala tú, tranquilo, /
entre tus dulces manos / que fingen una lira, / pues mi muerte
no tiene/ más luz que tu palabra.”
La imagen visual de las manos del poeta, es de una belleza que
impacta. Y en las dos líneas finales preciso es señalar que el
poeta pone en boca de la amada imposible una confirmación de sus
dones de ser de excepción: solo su canto rescata la figura de
Eurídice, su recuerdo, de la nada, aunque no logre liberarla del
mundo subterráneo. Prodigio de la palabra, obra de la poesía.
Perfil contra las llamas. Siempre en la voz de Eurídice, Ledesma
rinde pleitesía a la belleza de Orfeo. En medio de la oscuridad
de la muerte, es como si el poeta se ofreciera un pequeño
homenaje al que se suman incluso los más feroces seres del
inframundo: “Y al verlo así, contra la luz erguido, / entre las
altas llamas confundiéndose, / el negro Cancerbero se ha
tendido/ para lamerle con tres lenguas ásperas/ su planta
iluminada.”
Es un orbe siniestro el dominio de Hades, ribeteado en este caso
de elementos del infierno cristiano-dantesco: las llamas, sin
embargo, nuestro poeta es capaz de construir unas imágenes de
una belleza extraña, alucinante, en las cuales se vuelca su
ansia natural de ser otro, sin dejar de ser él mismo. Orfeo
cantaba “con sus labios puros/ la más pura canción” (la obsesión
por este aspecto de la personalidad que lo sentía inalcanzable,
es una constante); tenía la cabellera como esculpida en “miel
del bronce” (imagen de corte visionario, que se inscribe en ese
absurdo lírico que a veces tentaba al poeta); la fijeza y
hondura de la mirada se vuelve “un color absorte” de sus ojos, y
la idea reiterada de la luminosidad alcanza un muy elevado nivel
expresivo: “Vino lleno de luz. Era su alma/ apacible como un río
de versos.” La primera imagen hiperbólica es de una claridad
deslumbrante; la segunda, por su componente literario, es hija
del posmodernismo nerudiano, pero mezcla los elementos
abstractos, concretos y estéticos con un arte incomparable.
El tormento de Eurídice.
Ledesma habla de ella, por boca de la triste muerta, pero lo
hace también de sí mismo de sí mismo. El orbe de la muerte es un
desierto, pero solo es imagen de aquel, despoblado de todo
diálogo, en que el poeta sobrevive todavía. Su queja personal,
indeleble, nos golpea en medio del monólogo pseudo-mítológico:
“No hay sobre la tierra un ser que me ame.”
Primer lamento de Eurídice
no es más que el retrato idealizado de la belleza masculina
inalcanzable, construida con patrones que vienen de la escultura
y la literatura. A través de la voz de la mujer, el poeta se
solaza en esa imagen hermosa e indiferente.
Segundo lamento de Eurídice
continúa la evocación anterior, pero de modo más íntimo y
cercano. Ledesma retorna a sus motivos preferidos cada vez que
puede, así, lo lumínico alcanza, una vez más, lograda forma:
“Solo la luz que tienes cuando ríes. / Para fundirme en ella/ he
encontrado el Silencio que me nutre.”
Y al anhelo irrealizable del sereno y puro frescor del ser
querido, que ansiaba lo redimiese de sí mismo y del mundo: “Solo
el aroma de tu cabellera. / Tu limpia juventud que me redime.
/Solo tu mismo./ Solo tu persona.”
La canción de Orfeo
vuelve sobre el tema del cuerpo amado, y aunque no es un gran
poema, y se lo siente un poco vacío del espíritu ledesmiano,
algo hay. como siempre en sus textos de imborrable como “esa luz
tan purísima que, a veces, / te alumbra desde el fondo las
pupilas”, una variante sobre motivos que eran para él tan caros.
Primer lamento de Orfeo
es, en cambio, un texto remarcable. Está dotado de un esplendor
de imágenes, de una riqueza expresiva, que resulta muy bello en
el conjunto.
Reparemos en la magistral hipérbole que lo abre: “Todo el amor
no alcanzaría para / cubrir de besos tus delgadas cejas. / Todo
el dolor no bastaría para/ llorar de hinojos tu ternura
intacta.” La estructura cuasi paralelística junta en una sola
esfera de realidad lírica el amor y el dolor, la ternura y el
gemido, esas esferas opuestas que en Ledesma se agitan
constantemente.
En la muerte, Orfeo ve a la amada, como circuida de un extraño,
mágico fulgor armónico, por aquellas llamas que nuestro poeta
introdujo en el Hades: “Arde /un fuego extraño que te viste
entera, / que te vela de músicas secretas.” La imagen de tercer
nivel juega a deslumbrar al lector -y lo consigue plenamente-,
con elementos concretos y abstractos, en un mundo que es
abstracción pura.
Segundo Lamento de Orfeo
es una pieza magistral sobre el tormento de la ausencia del ser
amado. Es imposible no admirar el arte del poeta en una imagen
como esta: “Tu cuerpo ya no está. / Y es en mi cuerpo/ como un
vacío de inasible tacto.” Pocas veces la poesía alcanza en tan
pocas palabras a describir el desgarramiento de la ausencia con
tanta sutileza, esa duplicidad del estar-no- estar, que sacude
al lector, estremeciéndolo. Al cerrar el poema, Ledesma volverá
sobre esta antítesis tan dolorosa, con una variante que muestra,
una vez más, su estupendo dominio del material lírico: “Y esto
que para todos es tu ausencia / para mí es nada más que mi
silencio; / nada más que aroma de la Muerte/ en los gajos
ternísimos del sexo.” El otro, aquel con el que nuestro poeta no
logra comunicarse solo ve en la partida de Eurídice un vago
concepto, una abstracción, pero para Orfeo-Ledesma, ese hueco
del corazón es el peor de los infiernos: la ausencia de palabra,
y desde el punto de vista del amante, la pavorosa realidad de la
muerte en el punto de unión más hondo con la amada, la flor de
su sexo.
El retrato de la joven, construido en forma enumerativa,
contiene imágenes tan preciosas como esa de la piel “perfecto
bosque de la lluvia”, y culmina con una suerte de amoroso
reproche: “Dura amiga,/ como el metal, como la nieve, como/ esta
oscura sustancia del olvido.” Dura sí, porque la muerte es una
forma de dureza de quien se va y deja en orfandad al amante
desolado.
La reiteración letánica, tres veces el comparativo como, unido a
elementos que van de lo más concreto a lo abstracto puro: la
materia del olvido, es una lección respecto al arte de
construcción de la imagen visionaria.
El diálogo, que curiosamente es un monólogo de Orfeo, es una de
esas meditaciones basadas totalmente en la negación del todo,
que caracterizan a algunas composiciones de Ledesma: “No eres
tú. No soy yo…” Y, sin embargo, en medio del reino del no ser,
al que nos conduce la negación total, una vez más la presencia
de la luz “-oh, esa luz-/ mágica, absorta, / pura como el
amanecer, / como la muerte,/ que brillaba en el fondo de tus
ojos/ hace mil años de imposible ausencia!”
Una luz sobrenatural, que se vincula intensamente con aquel
concepto que Ledesma ha manejado a lo largo de toda su
producción, la pureza, y que aquí acaba casi identificándose con
la muerte, en una reaparición del parentesco espiritual de
nuestro poeta con los modernistas, sus hermanos mayores.
Así, el amor, incluso en el tiempo de sus pasados fuegos, estaba
ya vinculado con la muerte, al brillar en los ojos de Eurídice.
Funeral con un saxo para Eurídice
rompe con los niveles míticos, y transforma el tema de la amada
muerta en un duelo por el que canta la música que al poeta le
parecía la más propicia y la más desgarrada para expresar “la
dulce muerte que conmueve todas / las nacencias sin límite del
ritmo.” El sentido musical del poeta, tan patente en sus
canciones, en la elegía por Nijinsky, transforma aquí a Eurídice
en la música, y su muerte en la de la armonía, convirtiendo así
el dolor individual en algo que abarca toda la cultura humana, y
la disolución futura del cuerpo en un volver a la tierra en
donde yacen los metales que están en la raíz de los instrumentos
todos.
Ultima balada de Orfeo
es un micropoema, denso y no muy elaborado, como requiere esta
clase de texto sintético. Pero el tercer verso que lo cierra, no
es solo hermoso, sino que acaba revelando a este hombre que
estaba tocado de gracia y de misterio: “La verdad es que siempre
uno está solo”. Nunca pudo acompañarse sino momentáneamente, del
amor, de la amistad, de la admiración y el afecto, y eso lo
incomunicó, arrancándolo del mundo tempranamente.
Queda en su poesía su dolor, latiendo a lo largo de casi
cuarenta años luego de su temprana fuga; quedan las huellas de
su personalidad diferente; queda su canto perenne a ese amor,
casi siempre oscuro, que no logró colmarlo; su búsqueda inútil
de la luz y la pureza, que sin embargo cuajó en versos
magníficos; su joven deambular desorientado y trágico, que dejó
su rastro indeleble en la poesía de su generación y de su patria.
Por todo ello, creo que es uno de nuestros inmortales, y que
como Orfeo, sobrevive a la muerte de la muerte, y vive por
siempre joven en el paraíso y el infierno de nuestras letras.
BIBLIOGRAFIA
Dávila Vázquez, Jorge: César Dávila Andrade, Combate poético y
suicidio, Cuenca, Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la
Educación, 1998.
Benavides Vega, Carlos / Espinel Cedeño, Ileana / Hidalgo
Ortega, Gastón / Ledesma Vázquez, David / Román Armendáriz,
Sergio: Club 7, Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas,
1954.
Ledesma, David / Espinel, Ileana / Román, Sergio: Triángulo,
Guayaquil, Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Guayas,
septiembre de 1960. Contiene Los días sucios, Diríase que canto
y Arte de amar.
Ledesma Vázquez, David, Cristal, Quito, Imprenta del Colegio
Salesiano “Don Bosco”, 1953.
-----: Cuaderno de Orfeo, Guayaquil, Casa de la Cultura
Ecuatoriana, 1962. Contiene un liminar de Adalberto Ortiz y una
solapa de S.R.A. (Sergio Román Armendáriz).
-----: Colección de Poesía Ecuatoriana La Rosa de Papel,
Guayaquil, CCE, Núcleo del Guayas (1), s.a. Contiene una
introducción de Ileana Espinel Cedeño.
Revilla, Federico: Diccionario de Iconografía y Simbología,
Madrid, Ediciones Cátedra, 1995.
Rodríguez Castelo, Hernán: Lírica Ecuatoriana Contemporánea,
Bogotá, Círculo de Lectores, 1979. T. II. pp. 444-454.
NOTAS
Ileana Espinel: David Ledesma Vázquez, introducción a la
selección poética del autor en la Colección de Poesía
Ecuatoriana La Rosa de Papel, Guayaquil, CCE, Núcleo del
Guayas (1), s.a., p. 2.
Hernán Rodríguez Castelo, Lírica Ecuatoriana
Contemporánea, Bogotá, Círculo de Lectores, 1979. T. II.
pp. 444-454.
En David Ledesma Vázquez: Gris, Caracas, Lírica Hispana
No. 183, mayo de 1958, p. 40.
Cf. Jorge Dávila Vázquez: César Dávila Andrade.
Combate poético y suicidio, Cuenca, Facultad de
Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación, 1998, p.
23.
Aunque referida a la parte formal, anotemos una
expresión de Rodríguez Castelo, que nos parece guarda
relación con estas ideas: “Había en ella” -dice el
crítico, hablando de la poética de Ledesma- “asimiladas
-y depuradas- sabidurías parnasianas y modernistas.”
(Op. cit. p.445).
Ya anotamos lo que Ileana Espinel, que conocía tanto al
ser humano y al poeta, anotó respecto a CRISTAL, esto
vale también para este segundo título. Idem nota 1.
Concretamente me recuerda dos momentos: las
enumeraciones caóticas y terribles de Ciudad a
oscuras y la del contraste campo ciudad en Carta a
una colegiala: “La calle pasa con su algarabía../ Un
fraile. Unas mujeres de la vida. /Un niño con un cesto
de hortalizas./ Un carro lento dividido en siglos.”
Incluso tienen elementos en común..
En Origen 1, leemos: “Vengo desde mi propio
centro…. Desde mi última noche entre |