|
Cristóbal Zapata y la joven
poesía erótica del Ecuador
Jorge Dávila Vázquez
En
el contexto de la poética, de la noción del mundo de los
escritores, de su sistema de valores y sentidos, la estética es
como la guía de su hacer, el eje en torno al cual se construyen
sus obras; la visión, a veces idealizada, a veces realista,
utopista, conceptualista o aun grotesca, pero en todo caso
transformadora de la realidad, que pasa a formar parte de la
realidad representada en la producción del autor.
La estética de cada creador ecuatoriano se inclina hacia
diversos conceptos que conforman su ideología, su cosmovisión:
lo social, lo religioso, lo amatorio, lo bello...
En ciertos casos, sobre todo en lo contemporáneo, ese modo de
conceptuar y de actuar sobre el material con el que se construye
el objeto artístico, poema, prosa lírica o como se quiera, sufre
una sustitución, y los autores eligen una ruta tanto de
significados como de expresiones formales que remite a lo
erótico, que se transforma así en lo nuclear de su creación. Ya
no es el amor, como sentimiento, es el reino de la pasión el que
se impone, y el cuerpo pierde los contornos idealizados de
dominio estelar, etéreo, casi mágico, para volverse algo
próximo, tangible, cálido, dotado de impulsos, palpitaciones,
secreciones, objeto y sujeto del placer. Pero no nos engañemos,
no es que una poesía en que se pierden los contornos que
“beatificaban” al ser amado, convirtiéndolo en una entidad
platónica de diversas dimensiones y calidades, deja por ello de
ser hermosa, o pierde su calidad de obra estética, lo que pasa
es que se da una nueva concepción del universo poético, en la
cual empieza a imperar la realidad carnal como el dominio en que
la obra se concibe, se desarrolla y toma su forma material, y la
visión de lo estético como búsqueda de lo bello adquiere nuevas
e insospechadas dimensiones, no siempre aceptadas por los
lectores, pero que significan ese viraje del que hablamos antes.
Un día volveremos sobre el tema, ahora vamos a centrarnos en uno
de los ejemplos más interesantes de lo que podríamos considerar
la joven -no la novísima, ciertamente- poesía ecuatoriana:
Cristóbal Zapata
Cristóbal Zapata (1968) es uno de los nombres de mayor interés
de la nueva literatura ecuatoriana y uno de los más sólidos
aportes de Cuenca a esa literatura. Sus cuatro libros publicados
hasta la fecha, lo confirman.
Su obra se caracteriza por una franca transgresión de la norma
estética vigente; por una búsqueda que hunde sus raíces en las
profundidades de lo erótico universal y que no teme apoderarse
de textos ajenos y hacerlos propios, en una especie de
envolvente seducción de aquellas apropiaciones que caracterizan
a lo posmoderno. Sí, yo me atrevería a adscribir la obra de este
autor a la posmodernidad, en la que caben perfectamente las
iconoclastias, las rupturas, y al mismo tiempo los eclecticismos
y los encuentros más insólitos; una visión anárquica del mundo y
de la realidad, que encuentra, por supuesto, su expresión cabal
en el terreno de lo artístico, y una estética que oscila entre
lo realista de nuevo cuño, lo decadentista y una tendencia
minimalista, que usa de los recursos poéticos con economía suma.
Veamos unos ejemplos de cada uno de estos rasgos, tomados todos
del libro que presentamos esta noche No hay naves para lesbos,
pero que igual podrían ejemplificarse a partir de textos de la
obra anterior:
1. Posición iconoclasta: Refiriéndose a una ambigua escena de un
filme de Luc Besson dice en León: “Amo esta secuencia,
como amo estas parejas excéntricas: el adulto y la niña, el
poeta y la puta, el hermano y la hermana”.
Nadie puede negar la carga de alejamiento de posiciones
convencionales, por tanto, de iconoclastia, que contienen estas
expresiones y la posición vital y humana que conllevan.
2. Rupturas y encuentros: En Estación recoleta el escriba
se desprende, “en una funda”, de todas las pertenencias de la
mujer amada, en franca ruptura con ella, con su recuerdo, y sin
embargo: “era dichoso cada vez que abría/ los cajones y las
sorprendía/ dormidas, encantadas.”
Al final, cuando va a refugiarse en la taberna, “a beber en el
nombre de tu nombre” (nótese la ritualidad de la frase, que le
confiere un carácter casi religioso, eucarístico, en medio de la
desolación del amor), su posición no puede ser más antitética,
para terminar en la síntesis última y ecléctica: “Crucé
la calle, entré en la cantina de enfrente/ y fui pasado.
/ Crucé la calle como quien se va para siempre/ como quien se
recoge a tu lado.”
3. Visión anárquica del mundo: En el poema No hay naves para
Lesbos, que da nombre al volumen que comentamos,
existe una definición filosófica que marca las diferencias entre
las poéticas tradicionales y la de Zapata: “el deseo –aquello
que nos obstinamos en llamar destino”. Es un punto de ruptura
que clausura las viejas concepciones del fatum, el hado,
la suerte, y las sustituyen por una fuerza nacida del cuerpo y
sus impulsos primarios, eróticos. Esa misma fuerza que mueve el
avatar de la muchacha que protagoniza la historia trágica de un
ser que teniendo sus cinco minutos de gloria, aspira a
desbaratar con su actitud existencial, la moral imperante, y
termina siendo víctima de su propio impulso, vuelto
autodestructivo de tan apasionado.
4. Estética realista: En consonancia con aquel realismo sucio
del que se habla hoy en la plástica, hay ciertos pasajes que no
pueden dejar de sacudir al lector, como aquel de las mujeres del
protagonista del poema Conjuras, en sus labores
abortivas, que las hace “dejar en sucias tinajas de aluminio/
membranas, tejidos deshechos...” Momentos como este, o las
imágenes del texto Bacon, resultan de lo más turbadores
del volumen, sin perder por ello su oscura carga de belleza.
5. Decadentismo: Una estética decadente recorre mucha de la obra
de Zapata. Pienso que un ejemplo clave en este libro es el que
tiene que ver con La muerte de la Virgen de Michelangelo Merisi
di Caravagio, expresado en la prosa que antecede al poema
Porto Ercole, verano de 1610. El cuadro ha sido
universalmente reconocido como la plasmación realista -con sus
tremendas notas de enfermedad, de hinchazón, de carne humana
mordida por el dolor y las postrimerías-, de un hecho que se
consideró siempre con un aura sobrenatural, el tránsito de
María. Sin embargo, una visión de curioso esteticismo, que rompe
moldes, ve la composición cargada de matices, que resultan
inconcebiblemente sensuales. Y no solo eso, es el punto de
partida de su noción más personal del arte plástico: “El placer
estético, y a un nivel profundo, erótico, que me deparó esta
célebre pintura... fundarían mi correspondencia con los dominios
de la imagen.”
No es la única toma de posición en este campo, pero sí quizá la
más expresiva.
6. Minimalismo: la estética minimalista está reiteradamente
presente en alguna de la mejor lírica de Zapata. ¡Qué
impresionante capacidad del poeta para configurar un mundo en
poquísimas palabras! La síntesis, la economía, ensalzadas como
las virtudes mayores de lo lírico, por gente sabia de la talla
de Hugo Friedrich, se cristalizan en textos como Inviernos,
Stendhaliana, Bacon, poblado de visiones
desazonantes, León, Choros, Vista aérea de San
Luis, y el bellísimo Arte rupestre, que contiene
estas deslumbrantes imágenes sobre los amantes prehistóricos:
“Iluminados por el deseo/ hacen la luz, la claridad”; “en la
penumbra del mundo/ un hombre y una mujer/ reinventan el fuego”;
“Porque no es la Tierra/ lo que el deseo alumbra/ sino la
bóveda del cielo.”
Ya en 1992, cuando publicó con Patricio Palomeque el libro de
arte Corona de Cuerpos, Zapata se mostró en toda su dimensión de
poeta que no acepta reglas ni convenciones, y nos presentó el
romance caballeresco desde el punto de vista del deseo y el
encuentro sexual.
Te perderá la carne
(1998) y Baja noche (2000) continuaron esa línea, que a
veces llega a audacias extremas y permite hablar del autor como
un genuino representante de la joven literatura erótica del
Ecuador. Pero en Baja noche irrumpía una nueva vertiente
productiva, la autobiográfica. Verdad que casi todo lo lírico
lleva esa marca. Y más ampliamente, podríamos decir que cuanto
un artista crea contiene una parte de su yo, que se enlaza con
los diversos mundos en los que se desarrollan sus vivencias, y
decantado, emerge como obra, ya libre de los peligros subjetivos
contra los que prevenía César Dávila Andrade.
Por supuesto, en la lírica se dan matices, y, sobre todo a
partir del romanticismo, irrumpen en la poesía los sentimientos
extremos e íntimos. Baja noche contiene uno de los textos
confesionales más desgarrados de cuantos haya escrito un poeta
entre nosotros, y, hasta la aparición de ese libro, el más hondo
y auténtico de los de Zapata. Ese volcarse del dolor, de la
ruptura, y la experiencia humana, estremecía.
Ahora en No hay naves para Lesbos, el escritor bucea de
modo más intenso en sí mismo y extrae de su experiencia algunos
de los momentos más vibrantes y hermosos del volumen.
Uno de ellos, y quizá el de mayor relevancia, sea Tristes
páramos. Prosa lírica en la que Zapata encara, con una
conmovedora sinceridad, la tragedia de la muerte temprana de su
hijo Ariel; composición de un aliento lírico indiscutible y una
economía y precisión admirables.
El lector se siente en el centro mismo del drama humano que
sacude al hombre que, desconcertado ante la enfermedad y la
muerte del pequeño ser amado, vaga por una urbe extraña, como
sonámbulo:
“Tan distante de casa, tan lejos de tu infancia, vas por la
ciudad prestada de la nada a la nada, de cualquier lado a
ninguna parte”.
Pero no es el único momento de confesión, de vuelco de
sentimientos, manejados, eso sí, con un equilibrio magistral.
Con distintas dosis de intensidad, el yo emerge en varias
piezas; en la inicial El gusanito: “Como una polilla
inmune a mis venenos y mis trampas/ el amor me corroe
pacientemente.” Ese mismo amor que le hace sentirse desolado en
Inviernos: “Tanto tiempo después/ la ciudad es la misma/
idénticas la tempestad y la tristeza. Apenas ha cambiado el
poema/ y el nombre de la mujer que no llega”.
En Geodesia, en donde se pasa de la experiencia
individual a la histórica, transformando a la mujer en el orbe,
y a los perfiles de su cuerpo en paralelos y meridianos; por
ello, el poeta puede decir, en tan hermosa expresión: “Me queda
también/ la línea azul que has dibujado en tu cintura/ como
aquella otra que imaginaron los geodésicos...//Pongo mi mano
sobre tu línea/ y la Tierra es mía.”
En Estación recoleta, en el que el yo lírico oscila entre
la despedida y la reminiscencia, insistentemente, como ya
señalamos antes: “Una vez más/ oficiaba la liturgia del
adiós.// Me demoré en marcharme/ y antes de irme/ un sábado del
verano/ me dejé llevar –o fingí dejarme-/ hasta el parque donde
nos citamos/ una tarde de diciembre...” El texto, bastante
reiterativo, revela claramente las bajamares y pleamares del fin
de una conflictiva relación.
Diecinueve esplendidos poemas y prosas líricas conforman este
gran libro. La última es de Onetti. Zapata la incluye no como
suya, pero está tan perfectamente ensamblada con el conjunto de
sus trabajos de amor perdidos, como diría Shakespeare,
que se amolda a la perfección a la temática y al desarrollo del
poemario. Y saber elegir el texto apropiado para hacerlo parte
de los suyos, es también mérito creativo de un escritor, aunque
más de un lector pueda sentirse chocado.
Dice María Augusta Vintimilla que “Es admirable la precisa
composición de cada poema...” y asimismo, que el libro está
“enraizado en sus poemarios anteriores, algunas de cuyas líneas
maestras continúa –como ese diálogo con un extenso registro de
textos culturales-, pero también con aperturas que dejan
vislumbrar nuevos comienzos...”
Sí, Zapata llega en No hay naves para Lesbos a un punto
de alta calidad en los textos que conforman el poemario; trabaja
sobre motivos que estaban en sus otros títulos, en especial, por
supuesto, la cultura, una de sus más altas y hondas pasiones, y
lo hace cada vez con mayor dominio del oficio y el instrumento
lingüístico, y más bien con pocas falencias, lo que nos permite
afirmar que este libro es el anuncio contundente de la madurez
que ha alcanzado el autor, manteniendo una línea estética, una
concepción del mundo, una forma de enfrentar la vida y el arte,
contradictorias, dialécticas, transgresoras, pero profundamente
personales.
No hay naves para Lesbos
es la concreción de un hacer lírico, exigente, basado en un
trabajo incansable sobre los textos; es la negación absoluta del
impromtu, de la improvisación, y es la celebración de los temas
en las formas más acabadas de la poesía contemporánea no solo de
Cuenca, sino del país.
Nos sentimos verdaderamente orgullosos de entregar este libro a
unos lectores cultos, ávidos, críticos, y conscientes de que la
poesía es una materia en constante evolución; obra que confirma
una vocación literaria labrada a fuego, en el centro mismo del
cuerpo, el corazón y el talento de un gran autor. |