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Humberto Vinueza
Jorge Dávila Vàzquez
A
sus casi sesenta años, Humberto Vinueza, nacido en Guayaquil en
1944, y con una obra más bien parca (Tres títulos en un lapso de
treinta años: Un gallinazo cantor bajo un sol de a perro
(1970), Poeta, tu palabra (1988) y Tiempos mayores
(2002)), se nos aparece como uno de los grandes nombres de la
lírica ecuatoriana, y, sin dudas, como el mayor de todos los
poetas del tzántzismo.
Ya Hernán Rodríguez Castelo decía que el libro más importante
del grupo Tzántzico fue el inicial de Vinueza. Pero es más que
eso, es un logro absoluto en el intento de desacralización de
los falsos valores patrios y cívicos, y de entronización del
humor como elemento estructurante del discurso lírico. Un
gallinazo cantor bajo un sol de a perro cambió para siempre
el punto de vista sobre ciertos aspectos temáticos y formales de
la poesía ecuatoriana. Nunca más a alguien se le ocurriría
escribir un poema de tono histórico o "cívico", a la antigua
usanza, sin caer en el ridículo. El gallinazo, de Vinueza, me
parece, fue elevado de su condición de oscuro rapaz, a la de
Quijote de las aves de presa, y también a la categoría de gran
ave de cetrería poética. Vinueza desmitificó para siempre en su
obra primogénita los falsos conceptos de la historia, aquellos
con los que nos habían alienado por décadas, léase educado, y
que contenían infinidad de falacias y mitos.
En su segundo libro, Humberto volvió a la carga, pero ya la
madurez se hacía presente, y la indudable anarquía que era parte
de la fuerza de los poemas primeros, y el hilo conductor de la
energía de Un gallinazo cantor bajo un sol de a perro,
cedieron paso a un oficio cada vez más adensado, decantado y
dueño de la palabra poética. El temperamento antilírico y
anticonvencional del autor no permitió, por supuesto, que esa
adquisición de oficio se transformara en una retórica vana o
preciosista. Algunos de los más hermosos textos sobre motivos
históricos como aquellos sobre 1959 y la Revolución de Cuba,
Bolívar y Manuela, Faustino Rayo o el monólogo de Luis Vargas
Torres en la mañana de su muerte, constituyen lo más
sobresaliente de ese volumen, con el poema dedicado a Jorge
Enrique Adoum, no solo homenaje al poeta, sino también al
militante, al ser humano y al amigo. Creo que pocos lo han
reparado, pero Poeta, tu palabra, es uno de los títulos
claves de la lírica ecuatoriana de la década de los ochenta.
Y así llegamos al tercer título del escritor, que es la causa de
reunirnos en torno a él en esta noche. Su estupendo libro
Tiempos mayores resume en sí toda esa fuerza lírica tan
sui generis de Vinueza, la que se vuelca en las tres partes
de este volumen: Ciudad en vela, en vilo, en que la
meditación en torno a la palabra poética y la certidumbre
arquitectónica de la ciudad como soporte del hombre en el mundo,
se funden en un conjunto de cantos de exigente escritura;
Sencillanas, sección en que la riqueza imaginativa e
imaginista del gran poeta que es Vinueza se revela de manera
asombrosa en breves textos sobre la cotidianidad, construidos en
el mejor estilo de los grandes coloquialistas de la poesía
universal, y Los más únicos, en que un desfile de caras y
personajes conocidos nos abruman con su piadosa e irónica
disección.
Signo de la madurez, creo yo, es en todo gran poeta la reflexión
sobre la tarea poética, aquella que en opinión de Dávila Andrade
era “el dolor más antiguo de la tierra.”
Muchos aspectos se pueden aproximar en este libro, uno de los
más trascendentes de la poesía del país en lo que va del nuevo
milenio, pero en lo que sigue, ante la imposibilidad de
agotarlos, me referiré únicamente a algunos rasgos del sentido
profundo de lo lírico de Vinueza, a partir de sus textos.
Reiteradamente, encontramos en Tiempos mayores ese
meditar sobre la poética, entendida como dominio de la palabra y
conocimiento del mundo.
Así en Ciudad en vela, en vilo, desde el título mismo de
la sección hay un juego profundo con la paronomasia y los
sentidos posibles de la vecindad de los vocablos, que no es
gratuita en ningún caso. Pero, más directamente vinculados con
el verbo y sus procesos estéticos están muchos versos.
Así, la impotencia de la ciudad -la civis del hombre, su
estructura social, pero también el ente arquitectónico- frente a
las exigencias de la historia, se ve como una limitación
discursiva pero también vital, en el canto VII:
Carencia endémica para acometer
cualquier plan sostenible en un verso
cuya métrica fuera toda su existencia
o vuelo
(de ave,
no de pluma)
en el furor de la borrasca.
La idea de lo arquitectónico como obra del hombre, en que la
palabra interviene de modo decisivo aparece luego en el mismo
canto:
La ciudad construye intemperies
en (co) soliloquio con escombros
de profanías y signos fragmentarios
o en (mono) diálogos con la utopía
que a diestra y siniestra huerfanea.
Es como si el drama humano que implica toda convivencia en
grupo, adquiriese una estructura literaria de tragedia, en la
que fuerzas de distinta naturaleza dominan a los grupos más
vulnerables, aquellos condenados, precisamente, a las
“intemperies”, los “escombros” y otras crueldades.
De hecho no se da un monólogo granítico nunca, siempre está como
penetrado por el grito de protesta, por la queja,que en el poema
se vuelven “profanías”, “signos fragmentarios”. Pero tampoco
ocurre un diálogo, pues la voz del poder es imperativa,
dominante, y manipuladora incluso del sueño de los hombres,
aquella utopía, tan largamente manoseada en estos tiempos.
De paso, fijémonos en el poder creativo o rescatador del poeta,
que engendra vocablos según sus necesidades expresivas o los
extrae del olvidado caudal de la lengua, como el expresivo
sustantivo aracaico profanías o el verbo huerfanear, que son una
muestra clara que Vinueza no pierde jamás su capacidad de gran
experimentador de nuestra poesía, y que en esta primera parte
del libro, sobre todo, se revela de modo intenso, en la
constante y rica procreación de términos: cuentapropia, zoo-ángel,
desástrofe, sinquietud, encielarse, más-allarse, exsalud,
cerebromorfos...
Hacia el final de este gran poema que constituye la primera
sección del libro, la ciudad se literatiza aún más,
convirtiéndose en Helena, y las vicisitudes de la urbe asaltada
por los pobres de este mundo -que no tienen entre sus dedos más
que “la bastedad de las íntimas ilíadas”-, pese a haberse
atrincherado en su muralla de rascacielos y de indiferencia,
repiten la vieja estratagema del caballo de madera “peligro
organizado sobre ruedas”, liderada por un mesiánico Ulises.
Sencillanas
se abre con un poema que es toda un arte poética: Ton y son.
Vinueza ha mostrado en muchas ocasiones su inclinación y
virtuosismo para jugar con lo coloquial, elevado a la categoría
de elemento lírico o antilírico, según las exigencias del poema.
Aquí, la vieja expresión que usa ton y son para manifestar que
su carencia es sinónimo de absurdo, de falta de sentido y ritmo
interior, subyace en el título. Desde este, el poeta nos está
dando las características esenciales del canto.
El poema se construye, nos dice el autor, lúdicamente; con un
componente evocativo y algo del amado insconsciente surrealista:
“Suele aparecer jugando/ con su sueño olvidado en la vigilia.” Y
su revelación se da paulatinamente, al desbaratar “la palabra
más segura de sí misma”, y al dejar que afloren las percepciones
de los sentidos, en medio de las aparentes transparencias de la
lengua, porque el cuerpo jamás olvida y su “memoria.. rezuma
hacia el curso del idioma.”
El poema se sustenta en todo aquello que late en el ser humano,
“lo desconocido y lo presentido”, pero también “los recodos
ignotos de lo conocido”, y su función es renovar el discurso
sabido y sobado, porque está hecho para fecundar, en palabras
del autor, para “humedecer al evangelio más yermo, al dogma más
reñido con la vida”
Solo un inmenso poeta podía concebir así la creación por la
palabra, y cerrar el canto con esta imagen de marcado gusto
onírico: “escorrentía textual/ sobre el relieve del sueño”. El
verso como un agua desbordada, incontenible, inunda el paisaje
de los sueños.
Y la generación de lo poético está en Custodia, en donde
“La piel vigila desde el verso”, en una suerte de concepción
organicista del mundo desde el yo. En Tas con tas, bella
declaración de amor y guerra, en la que el poeta es y será “el
tiempo saturado en el cuerpo y la palabra.” En Memoria del
agua, en que gota, eternidad y palabra se identifican. En
A la sonrisa le sobra piel, que identifica eros y poética,
en el verso “el amor -la escritura de los cuerpos”. En
Tríptico de la palmaria cobardía, en cuya tercera parte, el
poema y el canto del gorrión se vuelven un mismo milagro. En
Viñeta imprescindible, que separa definitivamente las
reflexiones teórico-filosóficas de la poesía como vida:
“¿Escribió, alguien, acaso, alguna vez, un poema inspirado en la
plusvalía?” Y en muchos otros bellísimos textos, pero no cierro
esta segunda parta, aun a riesgo de fatigarles sin detenerme en
el singular y exultante Poesía, que es como una síntesis
de todo el oficio poético de Vinueza y de su vocación de creador
infatigable: el ritmo del mundo está pautado en este breve canto
por la conjunción maravillosa del yo y el otro para siempre,.
como la suprema expresión de lo poético.
Finalmente, en la última sección del libro, Los más únicos,
se puede percibir claramente que, para Vinueza, la historia se
escribe por la constante renovación no solo del afán de lucha de
la juventud que adviene constante, imparable y entierra a su
paso todo lo que considera viejo, obsoleto y que en un momento
fuera lo nuevo, lo revolucionario, sino que lo mismo ocurre con
la palabra poética, como veremos en estos poquísimos ejemplos.
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