|
Luis
A. Martínez: novela madre, novela liberal
Jorge Dávila Vázquez
Decir
que A la costa, la obra de Luis A. Martínez, es la novela
madre de la novelística ecuatoriana, y además, la novela por
excelencia del liberalismo entre nosotros, no es hiperbólico.
Por un lado, ni Cumandá, la académica narración de Juan
León Mera, ni La emancipada, la tentativa relatística de
Miguel Riofrío -tan liberal y realista-naturalista como
Martínez-, consideradas sucesivamente como primeras novelas del
Ecuador, tienen la vida que el género exige de sus
manifestaciones ni la fuerza autónoma de los personajes, y
además, no significaron mucho en el desarrollo futuro de la
épica nacional. Por otro, las ficciones que produjeron los
autores liberales, panfletarias todas como el libro de Martínez
(pongamos por caso el desventurado -literariamente hablando-
Pacho Villamar, de Roberto Andrade, indiscutido porta
palabra de la revolución, que no pasa de libelo contra los
jesuitas), no alcanzan altura verdaderamente literaria, les
falta pasión creativa, sentido estético -en el caso que nos
ocupa, un sentido nuevo, revolucionario-, quedan reducidas al
manifiesto, al pedestre cartelismo.
En cambio A la costa, que contiene, a no dudarlo, el
usual manifiesto de una obra literaria producida dentro de un
periodo de cambio social, por alguien que fue parte activa y
convencida, militante de ese cambio; A la costa, decimos,
con todos sus defectos, que los tiene muchos, y algunos al más
perceptible nivel de la escritura (repeticiones de palabras, no
a renglón seguido, sino en la misma línea o frase, curiosas
elisiones, aparentes olvidos); es una novela de indiscutible
valor estético, literario, más allá del carácter de documento
sociológico que le atribuía Angel F. Rojas
Y, como buena novela madre, va a tener una larga descendencia;
en concreto, mucha de la narrativa treintista, belicosa y
denunciante, la más fecunda que haya tenido el Ecuador hasta el
surgimiento vigoroso del relato actual, es por el lado del
naturalismo su hija indiscutible, pese a la opinión en contra
del maestro Joaquín Gallegos Lara, que proclamaba que los cauces
por los que iba el realismo social eran diferentes de los que
venían de Zola en adelante.
Cien años después de la Revolución alfarista, bien vale, pues,
echar una mirada a este libro tan duro y tan bello, tan
atractivo y tan repelente a la vez, y esbozar unas cuantas ideas
en torno a su constante militancia liberal, así como a su
carácter generador.
Martínez, precursor de los realistas-naturalistas ecuatorianos,
se mueve como ellos dentro de un aplastante maniqueísmo, que
divide la realidad, el mundo externo -y por tanto el de la
ficción realista, su espejo- en dos, como una naranja.
De una parte están los espíritus luminosos, la clase nueva,
vigorosa, los hombres cabales; de otra, los espíritus
oscurantistas, la vieja clase en decadencia, los guiñapos
humanos. Al primer ámbito pertenecen los liberales, al segundo
los conservadores. En la prole novelística de Martínez, es decir
en el realismo social, habrá que cambiar los términos por
explotado/explotador, revolucionario/ reaccionario, más o menos,
pero manteniendo siempre esa visión en blanco y negro, plana,
casi sin matices.
Ejemplos sobran: la descripción de la decrepitud de la antigua
clase patricia, en plena decadencia, centrada en la caída de la
casa Ramírez, con su pobre padre enfermo de los nervios; su
madre fea, envejecida, insensible a los problemas de su casa,
incapaz de dar amor a quienes tanto lo necesitan, pero
fanatizada hasta el sacrificio por la religión y su corrupta
gente; su hijo débil y su hija que tiende a perderse desde el
primer momento en los abismos de una lujuria, a la que son tan
proclives, aunque la vilipendien, tanto conservadores como
liberales; es una pintura de tintes completamente oscuros, que
no puede ser más antitética de la luminosa y radiante de vida y
prosperidad, de la clase media en auge, que según profecía del
autor dominará el mundo
; centrada en la vigorosa y sana familia Pérez, con su padre,
insensible a las bellezas de la naturaleza, pero aprovechador de
su beneficios; su madre joven, hermosa, emotiva, delicada pero
fuerte, tierna con los suyos y a ellos consagrada; su vástago
lleno de todas las perfecciones
y su pequeña hija, precioso tesoro de infancia.
La visión que tiene Martínez de la sociedad tradicional contra
la que emerge la Revolución Liberal es, en verdad, deprimente.
El ambiente en que viven las gentes es de una oscura miseria (p.
16, 36-39 y otras), que tratan de disimular en vano los pujos de
nobleza, las apariencias: los Ramírez, literalmente se mueren de
hambre, hay días, nos dice el texto, que no se enciende el fuego
en la cocina (p. 66).
La educación que el sistema proporciona a sus jóvenes es teórica
e inútil: Salvador es incapaz de enfrentar la vida con los
conocimientos que ha adquirido en ocho largos años de colegio y
universidad (pp. 16, 48-50).
Las prácticas religiosas son aberrantes: la secuencia de los
ejercicios espirituales de El Tejar (pp. 52-58), con su ambiente
medieval, sus sermones furibundos y sus asistentes
hipersensibles, no puede ser más contundente, se considera, por
ejemplo, normal que en la homilía sobre el infierno ( pp. 55-56)
haya varias desmayadas (p. 56: "Se han visto hasta casos de
locura"..., dice el narrador.; en tal contexto, el ataque de
Mariana (p. 56) en vez de ser tomado como una cuestión
patológica, lo sería como una muestra del carisma del
predicador.
El desconocimiento del mundo que sufren los miembros de esta
sociedad tradicional es asombroso: el doctor Ramírez, luego de
la catástrofe natural de Imbabura, no logra defenderse de la
adversidad nunca, incluso el matrimonio con Camila no es sino un
recurso desesperado; las aventuras de Salvador en la milicia y
en su odisea costeña, nos lo muestran siempre en perfecta
orfandad social.
En fin, la consistencia moral de los espíritus que se forman en
un ambiente de ambigüedad, donde se mezclan con frecuencia
misticismo y sensualidad -y más brutalmente aún, sexualidad,
como vemos en la oscura historia de alcahuetería de Rosaura y
estupro de Mariana por el padre Justiniano-, es tan frágil, que
se derrumba, como ocurre con la infeliz muchacha Ramírez, al
primer soplo de la carne (Luciano, pp. 41-43), a la primera
desolación del espíritu (el padre Justiniano, pp. 64, 66-70).
Se desarrollan -aunque el término no es el apropiado, pues todo
nos habla de atrofia- en este caldo de cultivo mediocre,
endeble, viciado, pobres seres desventurados, con los que el
destino juega frenético, incontrolable, como el desgraciado
doctor Ramírez, uno de cuyos mayores defectos en un mundo
corrupto, además de su apocamiento e hipocondría, parece ser la
honradez; los dos hermanos, que han crecido privados de ternura
y sólido, verdadero afecto paternal, y que careciendo de sentido
práctico, de armas para contrarrestar una melancolía enfermiza,
se ven envueltos en el torbellino histórico y se dejan arrastrar
por él en medio de las lágrimas.
Como Camila, la madre, una mujer intransigente, incapaz de
sentir un verdadero amor por nadie, ni siquiera por sus hijos,
temperamento enfermizo, apasionado, ciego, afiebrado por lo
falsamente religioso, un auténtico caso patológico, creado por
Martínez, con un sentido didáctico que caracteriza a casi todo
lo realista-naturalista, como para decir a sus lectores "madres
de este estilo, salidas de la vieja burguesía conservadora son
las que han causado la ruina del país." En el caso de los hijos
y el padre, aún puede el lector sentir que se despiertan en él
la compasión, la ternura, pero frente a una mujer que halla como
un justo castigo a los pecados de Mariana sus ataques, lo único
que sentirá es un natural rechazo.
Y conviven con ellos verdaderas sabandijas como Rosaura,
ejemplar de la peor especie de beata corrupta y alcahueta
disimulada, y el padre Justiniano, un monstruo de baja estofa,
que se aprovecha de su situación, para seducir, para corromper.
¿De dónde provienen semejantes especímenes? ¿Directamente de la
sociedad ecuatoriana del siglo XIX? ¿De la imaginación de
Martínez, que no parece ser precisamente muy rica? ¿De los
libros libertinos o escépticos del XVIII? ¿Del naturalismo de
Zola, ligeramente anterior al nuestro, y padre suyo? Un poco de
todo lado, sería quizá la mejor respuesta.
Sin duda, en el periodo pre-liberal -como en cualquier otro, por
supuesto- se daban circunstancias familiares y sociales como las
que pinta el libro, y Martínez, con su aguda mirada de
provinciano y liberal fanático, que no pierde en ningún momento,
las agrandó en su imaginación, y las incubó para dejarnos
inolvidables imágenes literarias. Pero su apasionada visión de
conjunto se tamizó a través de las lecturas naturalistas del
autor.
El liberalismo ecuatoriano fue positivista, convencido de que el
mundo debía ordenarse en categorías susceptibles de una lectura
puramente cientista, y lejano heredero de los racionalistas del
Siglo de las Luces.
Mas, la frialdad racionalista alcanzó al terreno de la
literatura de modo más directo por obra de Zola, y como ya
señalamos, antes de Martínez, hubo otros que se inspiraron en
tales doctrinas estéticas. Miguel Riofrío, aunque influido por
los románticos, se anticipó a la visión negativa de la sociedad,
la familia tradicional y la religión, así como a las intenciones
didácticas de A la costa, en su esquema de novela -que de
tal no pasa- La Emancipada; pero el inmediato precursor,
que dio un fruto, no maduro, acre, desmedrado, fue otro liberal,
nuestro Manuel J. Calle, en su olvidada novelita Carlota,
publicada cinco años antes que A la costa. El texto de
Calle posee un esquema muy parecido al de la obra de Martínez,
pero el autor ambateño supo mejorarlo, engrosarlo, darle
consistencia literaria, transformar todo ese material que
caracterizó al apasionado discurso político de la época, que
pintaba a los conservadores como a verdaderos anticristos y a
los sacerdotes como a facinerosos y engendros del mal, en una
novela. En una obra literaria de ficción, bastante bien
estructurada y a ratos hasta bien escrita
, que si bien adolece de los defectos del panfleto y resulta un
poco cargada de lecciones sobre lo familiar, lo social, los
peligros del fanatismo -siendo ella misma un monumento a lo
fanático de matiz liberal-, y a ratos repelentemente
maniqueísta, tiene vida propia, posee unos personajes que
sobreviven al maltrato de los años -especialmente Mariana-, y se
deja leer a cien años de su aparición.
|