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Una
década de transición: la del 50
Jorge
Dávila Vázquez
Período
de transición es aquel en que se gestan cambios importantes en
cualquier campo, pero en el que ya se puede apreciar, en las
modificaciones de la realidad, la vida, la historia o las obras
de arte, lo que será el tiempo venidero.
Así, en los cincuenta, tenemos ya una clara percepción de lo que
significará en el devenir histórico de América la presencia de
Cuba socialista, empeño al que llega el país caribeño en 1959,
luego de un proceso revolucionario que se gestó poco a poco, en
diversas acciones, seguidas de cerca y con entusiasmo, sobre
todo por los jóvenes, en Latinoamérica, a lo largo de toda la
década; o lo que ocurrirá en otros campos de la cultura humana,
como la ciencia -por ejemplo en el caso de la carrera espacial,
una de cuyas etapas fulgurantes fue la llegada del hombre a la
Luna en 1969, culminación de innumerables experiencias
anteriores-, o la tranformación del arte, sobre todo en la
década del sesenta, por la presencia de una subversión de las
formas que se insinúa insistentemente en los cincuentas.
En el Ecuador es un período en el que surge un nuevo populismo:
la Concentración de Fuerzas Populares (CFP); se acentúa la
influencia de los Estados Unidos por la firma de acuerdos
militares y económicos; se escinde la derecha, con la fundación
del Social Cristianismo; gobiernan Galo Plaza, Velasco Ibarra y
Camilo Ponce, en medio de intensos conflictos sociales y crisis
económica, sobre todo los dos últimos.
En el ámbito del pensamiento universal, la todavía fresca y
nefasta herencia de la Segunda Guerra Mundial, en especial el
rechazo y el miedo generados por las explosiones atómicas, que
asolaron Hiroshima y Nagasaki, hacen que en el mundo del
espíritu pervivan reacciones filosóficas desencantadas y
exstencialistas, que ponen en duda los valores humanos
tradicionales; y provocan que los intelectuales se aferren a
ideales revolucionarios y de cambio.
En el Ecuador, concretamente, a esta ola de desilusión y al
mismo tiempo de fe revolucionaria, que incide en las
concepciones filosóficas, se suman los problemas socioeconómicos
inmediatos, más el recuerdo del Protocolo de Río de Janeiro,
cuya firma queda apenas una década atrás, y como en esperanzado
contrapeso, el empeño por continuar descubriendo y exaltando
valores de la tierra y del hombre, que sembró la generación
posmodernista; y críticando ásperamente la presencia de fuerzas
dominantes extrañas, rebeldía que tiene sus raíces más claras en
la Generación del treinta.
Así, los temas de la represión y la revolución empiezan a
madurar, anunciando el estallido tzántzico de los sesentas.
Adoum en muchos textos, habla de estos motivos; y se expresa así
en su Carta para Alejandra:
Te dirán:
“Entonces hubo que sufrir, hubo
que morir para vivir en paz” (...)
Si te digo o te dicen: “Nos mataron,
nos persiguieron porque no queríamos
ni matar ni morir”, créeme, créeles...
Y, por supuesto, surgen las ideas sobre el terrigenismo, la
búsqueda del sentido ancestral, que se corresponden con estas
tendencias en la gran poesía de Hispanoamérica. No olvidemos,
por ejemplo, al Neruda de Canto General, y especialmente de
Alturas de Machu Picchu, al Paz de Piedra de sol, o al Liscano
de Las Tribus anochecen. En todos ellos y en algunos más,
hallasmos no solo esa búsqueda del sentido profundo de la tierra,
sino también la incorporación de referencias a las culturas
precolombinas, e incluso de textos traducidos de poesía
indígena, aspecto que encontraremos en nuestra poesía,
fundamentalemnte, en Dávila Andrade y en Adoum.
En Catedral Salvaje, del primero, la voz poética se exalta
evocando la patria con sus paisajes agrestes y magníficos:
¡Y vi toda la tierra de Tomebamba florecida!
¡Sibambe con sus hoces de azufre, cortando antorchas en la
altura!
¡Las rocas del Carihuayrazo, recamadas de sílice e imanes! (...)
¡Hasta la mar dormida en la profundidad!...
Boletín y Elegía de las mitas, del mismo Dávila, se abre con una
larga lista de nombres indios, que forman como una especie de
coro trágico, vuelto un solo y dolorido yo, que sufre la
explotación y los trabajos inhumanos impuestos por los
conquistadores:
Yo soy Juan Atampam, Blas llaguarcos, Bernabé Ladña,
Andrés Chabla, Isidro Guamancela, Pablo Pumacuri
Y, pese a un cierto rechazo por lo que se considera burgués,
ocurre en la década una especie de vuelta bastante intensa, pero
novedosa, cósmica, universal, a lo más íindividual y hasta
íntimo del ser humano, sus sueños, deseos, realidad personal, su
erotismo.
Sentimos esto de modo muy claro en estos ejemplos:
En La sangre gozosa de César Dávila Torres, la mujer ya no es
más el objeto ideal y romántico de mucha lírica anterior, sino
un ser capaz de despertar y compartir una gran pasión:
Tus labios son vino fuerte.
Tus pechos arden como dos fogatas (...)
Y en tu vientre hay serpientes terrestres. (...)
y -entonces-, mía, hacemos el lecho con premura,
y nos amamos desatando pumas
en la sangre.
Francisco Granizo en Mis manos te hacen renuncia a todo por el
amor , que tiene un sabor hondamente carnal:
Vivir... Morir... ¿qué importa?
Amémonos... y en paz.
A veces, el ideal romántico-sexual se confunde con ideas, con
anhelos colectivos. En un poema del Cuaderno de Canciones de
Sergio Román Armendariz, leemos:
Te amo como amo la paz
como amo el aire necesario
como amo el amor
te amo:
y todo queda dicho
pues no hay idioma suficiente
del amor del aire y de la paz.
Sensación de parecida universalidad nos deja Poema, de David
Ledesma:
(...)
Las cosas más sencillas se revisten
de una absoluta paz si tú las nombras.
Por ejemplo, si tu dices: -”El día”,
el día está de pie entre tus labios.
Si -“Ternura”, comprendo la Ternura
en su completa dimensión de espiga.
Y si dices -“Cansancio”, hasta mis huesos
cae el cansancio tuyo y ya no escribo.
Y contrastanto, o quizás completando todo este panorama
temático, hallamos poesía de contenido religioso. Pero, ¿cómo es
el sentir de los poetas en este campo? Conflictivo, no sometido
a los cánones de las religiones tradicionales. Y aunque a veces
es rechazado, sobre todo por los escritores más francamente
comprometidos con la necesidad de cambio social, y que muchas
veces gritan porque se impongan la violencia, el estallido, el
fuego purificador, sin embargo nadie podría negar la hondura de
composiciones en las que percibimos un hálito religioso que va
de la plegaria a la blasfemia, en la obra de Granizo Ribadeneira,
Francisco Tobar, Francisco Araujo y Rubén Astudillo,
principalmente.
La poesía expresa, pues, toda esta variedad de temas,
independizándose de lo que aún pudiera quedar de moldes formales
tradicionales y modos de decir anteriores, vistos como
profundamente discursivos (Cuando estos perviven, como en el
caso de Granizo, están tan intensamente renovados desde dentro,
que sentimos que el trabajo sobre la lengua es parte de la
renovación poética del momento). No faltan casos de agudo
experimentalismo, pero no es el decenio en que se dé esta
modalidad con mayor frecuencia; luego, en poetas como Adoum,
será fundamental, pero en los cincuenta no parece que sea
medular. Lo que realmente importa es que la lengua poética del
Ecuador cambia radicalmente en ese tiempo, se vigoriza, se
enriquece, medita sobre sí misma, se vuelve a las fuentes vivas,
se transforma hasta unos extremos que casi no admitiría
comparación con las lenguas poéticas de períodos anteriores.
Estas modificaciones en profundidad son tan perceptibles, que si
revisamos la mayoría de textos citados hasta ahora, completos,
veremos que solo en algunas secciones de los grandes poemas
épico-líricos de Dávila Andrade, hallamos un tono solemne -no en
el cuerpo entero de los mismos, porque uno de los méritos de
Boletín..., en concreto, es la incorporación de las formas del
habla india-; en el resto de los ejemplos, como en mucha poesía
de este lapso, se imponen formas expresivas libres, sin sumisión
a medidas ni coincidencias obligadas, usuales en la poesía
tradicional, y más bien cercanas a lo conversacional, a lo
coloquial.
Pero, la nueva retórica, entendida como conjunto de saberes que
dan forma a lo poético, se percibe no solo en los modos
expresivos de todos los poetas importantes del período, sino que
aparece en las reflexiones, especie de artes poéticas,
que todos ellos escriben, ya como piezas independientes, ya
dentro de otros textos:
Dávila Andrade, que afirmaba en uno de sus poemas finales: “dura
como la vida es la tarea poética”, meditó frecuentemente sobre
el tema de la poesía en la década que nos ocupa; por ejemplo, en
Catedral Salvaje la poesía aparece como revelación. Una voz
superior ordena al escritor: “Hijo di, di, mis palabras
verdaderas.” Y su responsabilidad humana y social se subraya en
frases que suenan a imprecación de libro sagrado: “Ay del poeta
que hiere con su cítara la mejilla del pobre // y canta los
lunares de las rameras pálidas”. En solo dos versos queda clara
la obligación ética del poeta para con los más débiles.
Y, por fin, en uno de los poemas de Arco de Instantes dice que
escucha a su alma “como a una caracola// decir todos los mares
con una voz indecible.” Es suma, se concibe a sí mismo como
dueño de una forma de expresión netamente suya, que contiene al
mundo entero.
El hombre acosado por los dueños del sistema se encuentra con
los pobres y los pequeños, que lo aman y lo acojen, en Relato
del extranjero de Jorge Enrique Adoum:
Le dijeron “ No mueras más,
has muerto tanto.”
“A veces, dijo.
Pero voy a vivir. Os amo.”
Y empezó a decir cosas de otro
modo, como si fuera su primera
voz más llena de multitud
y fuerza y transparencia.”
Así, luego del encuentro humano en el terreno de lo solidario,
el poeta asume su condición de cantor, y puede expresar las
cosas de un modo completamente nuevo y diferente.
Finalmente, en su “Teoría de la llama”, poema escrito quizás a
mediados de los cincuentas, David Ledesma expresa así su destino
de poeta: “Me transfiguro/ en una entera llama de poesía...”
Y más adelante: “Estoy enteramente poseído/ de una fuerza que es
magia y armonía...”
La poesía para él, como para muchos autores del período no es
solo una vocación, sino algo como un alto designio, que los
transfigura en canto, como diría Efraín Jara; ese canto que es
capaz de llenar a los escritores “de júbilo y evidencia” y
hacerlos amar “lo vano: las nubes o el aroma”, pero también “lo
permanente: la soledad del hombre.” (Jara: Canción para
ofrecerte mis dones)
La tarea poética de los autores en la década del cincuenta
1. Cesar Davila Andrade
Todos somos fruto de nuestro tiempo. Incluso los hombres más
geniales, aquellos que rompen con la forma de pensar de su
época, con los modos expresivos artísticos y con la sumisión
social anterior.
César Dávila Andrade (Cuenca en 1918-Caracas1967),
cronológicamente el primero de los poetas de este breve estudio,
es uno de los nombres más importantes de nuestra literatura.
Cambió para siempre la forma de hacer poesía en el Ecuador, pero
fue, en todo momento, incluso en los de búsqueda más
intelectuales y metafísicos, producto de su conflictivo tiempo y
de su ancestro.
La sangre, el pensamiento, la experiencia, la escritura y la
vida forman una sólida unidad en Dávila, y evolucionan a medida
que él avanza en el camino de la existencia.
Desde muy joven caracterizará su contradictoria personalidad una
doble inclinación:
Lo místico. Rosacrucismo, masonería y doctrinas orientales son
vías por las cuales encauza su inquietud espiritual.
Lo social. El socialismo le parece una forma de rescate de ese
ser humano explotado y maltratado por el que sufre y se interesa
reiteradamente en su obra.
Estas preocupaciones convivirán en su interior, llegando a veces
a un conflicto, cuya única salida era su inmensa capacidad
creativa. Y con esas inquietudes se mezclaban muchas otras, como
la condición humana y sus flaquezas: el mal, en
forma de enfermedad, miseria o muerte,
presentes a lo largo de toda su obra, y nacidas de su realidad y
su percepción del entorno físico y social.
Su poesía más popular data de la década del cuarenta; es obra
temprana, próxima al primer Neruda y al Carrera Andrade joven,
fundamentada en la imagen en sus diversos grados, y a la que se
conoce como etapa sensorial.
Su segundo período productivo, el experimental-telúrico,
coincide con la década del cincuenta. De este, en lo telúrico,
lo vinculado con la tierra americana y sus habitantes, destacan
claramente el vasto poema Catedral Salvaje, y Boletín y Elegía
de las mitas, canto épico-lírico al indio ecuatoriano.
En lo que respecta al experimentalismo, aunque las obras
señaladas son muy experimentales, señalemos el libro Arco de
Instantes, intento de superación de la primera lírica daviliana,
desterrando el esplendor verbal, las metáforas suntuosas y la
idealización de la realidad de sus primeros poemas. Para ello
opta por una expresión despojada, desnuda, pero cae en la
ambigüedad expresiva, un tanto oscura de lo neo surrealista.
Arco de Instantes es íntegramente poesía de un surrealismo
tardío, pero intenso; sus poemas contienen desconcertantes
imágenes en las que impera lo sorprendente, la asociación
impensada, insólita, usual en manifestaciones artísticas de esta
tendencia.
Por ejemplo: “El organista busca en sus gabanes, las manos de
unos novios, los límites del péndulo y de los clavicordios". ¿Cuáles
son, nos preguntamos, las ligazones entre los elementos de esta
imagen? Posiblemente sean tan subterráneas que no lleguemos a
descubrirlas; pero, se produce ese shock, frecuente en la
poesía surrealista; ese desconcierto al tratar de establecer los
vínculos que unen a un organista con las manos espectrales de
unos novios, imposibles de ser encontradas en los bolsillos de
un gabán fantasma, y peor aún en los límites del péndulo y su
perpetua oscilación, o de los clavicordios, evocadores del
pasado.
Por cierto, se dan excepciones como la vívida Infancia muerta,
el desgarrado Origen, o poemas plenos de vivencias
directas: El ebrio y Hospital, o esa única
presencia de la geografía en este volumen La Corteza
Embrujada.
En estos y en algunos más, la realidad, los referentes emergen
de la complicada trama surrealista, y lo hacen con todo su peso;
pero, ya Dávila ha empezado su incursión en el hermetismo,
tendencia con la que se identifica su última producción, que
cubre más de la mitad de la década siguiente.
Este no es espacio para enfocar las otras vertientes de la
producción daviliana, pero hay que señalar su aporte al ensayo,
y sobre todo al cuento del Ecuador, que será estudiado en otro
fascículo.
2. Jorge Enrique Adoum (1923)
El segundo de los autores, del grupo seleccionado como
representativo de la lírica ecuatoriana en los cincuentas, es un
hombre comprometido en permanencia con el ser humano, sus luchas
sociales, sus anhelos de cambio, y dueño de fuerte personalidad,
honda sabiduría y sincero deseo de compartir experiencias y
vida, lo que le ha permitido ejercer una largo y fructífero
magisterio espiritual. Pero también es un poeta preocupado por
depurar su oficio, a lo largo de los años y un duro crítico de
su obra, que nos deja un claro testimonio de sus inquietudes
filosóficas, sociales, vitales y formales.
Ciertas características comunes a la poesía de los años
cincuenta se pueden encontrar en la producción de Adoum, por
ejemplo:
a) Una descarnada manera de mostrarse ante el mundo: “El triste
yo que soy, ahora era, o fui...” (Borrachera, Los
cuadernos de la tierra)
b) Una sutil mezcla de lo individual y lo colectivo : “en cada
sábana me hiere todavía/ tu cadera, y me duelen/ él, ellos, los
compañeros/ buscados, los espesos escondidos, / los cadáveres
compañeros. Cómo/no iban a dolerme...” (El desvelo y las
noticias, Los cuadernos de la tierra).
c) Una vuelta intensa hacia lo terrígeno: “Patria, golpeada
patria (...)/ Cuando pregunto por tu origen, los cántaros,/ los
escudos, las murallas sostenidas, el eco/ de lo que fue tu
indígena silencio antes/ de la cruz y los caballos....” (Baraja
de la patria, Ecuador Amargo).
d) Una apasionada atracción por la historia: “Mi camino. Marcado
por los muertos. Señales a la intemperie en un país/ de frío.
Esqueletos pelados/ por la fiebre. Y cuatro mil./ Cadáveres.
Coléricos. Estas / son mis cartas de marear y andar./ El mapa
sanguinario a que me atengo/ y trazo.” Así comienza el afiebrado
monólogo de Orellana, el descubridor del Amazonas, en el poema
Eldorado (Los cuadernos de la tierra).
e) Una posición claramente progresista frente a los problemas
sociales:
Para ti, para ustedes,
guardamos la estatura de la patria
y del pueblo (...)
Para eso estamos juntos, para eso
nos negamos a morir, y porque en todos
los caminos nos cobran un impuesto
estoy pagando por tu ancha sonrisa
... por tu larga
vida sin muertes circundándote.
(Carta para Alejandra)
f) Como se señaló antes, un deseo de incorporar como algo vivo
la vieja poesía de los ancestros:
“Oyeme
Tú que permaneces
en el océano del cielo
Y que también vives
en los mares de la tierra,
Gobierno del mundo,
Creador del hombre,
Tú que me mandaste
el cetro real,
óyeme,
antes de que caiga
y muera”.
(Dios trajo la sombra en Los cuadernos de la tierra)
Al final de este tercer Cuaderno, el poeta señala en unas notas,
el origen del texto transcrito: invocaciones a Viracocha,
fragmentos del Himno de Manko Qhapaj.
La obra de Adoum mantiene a lo largo de medio siglo de
desarrollo un mismo espíritu combativo, una permanente
solidaridad con el ser humano, una necesidad intensa de diálogo,
de búsquedas comunicativas, que parecen frustrarse una y otra
vez, unos hermosos intentos por construir unos textos de los que
el autor nunca parece estar contento, pero que son parte de
nuestra mejor y más grande poesía actual.
A manera de intento de clasificación de su producción, sin
criterios excluyentes -pues hay períodos creativos en que
conviven divesas tendencias-, el lector encontrará a
continuación algunas etapas de la producción de Adoum, con su
ubicación cronológica, una caracterización mínima, el título del
libro o libros que la representan, y las fechas aproximadas:
a) Primera poesía: la tierra y el hombre. Ecuador amargo.
(1949)
b) Segunda etapa:
1) individuo y sociedad. Carta para Alejandra, Notas del
hijo pródigo, Relato del extranjero (Década del cincuenta)
2) la historia, América, el ser humano. Los cuadernos de
la tierra. (Década del cincuenta).
d) Tercera etapa: el yo individual y ecuatoriano frente al
mundo. El exilio. Yo me fui con tu nombre por la tierra.
Curruculum mortis (Década del sesenta). Teatro: El sol bajo las
patas de los caballos.
e) Cuarta etapa: experimentalismo y madurez: Prepoemas en
Postespañol, El amor desenterrado (Décadas del setenta al
noventa). en este último período, además, Adoum aporta al
panorama de la literatura ecuatoriana sus trabajos narrativos,
en especial el notable texto con personajes Entre Marx y una
mujer desnuda (1976).
3. Efraín Jara Idrovo (1926)
Jara es con Adoum el mayor de los poetas vivos del Ecuador. A
los veinte años, en compañía de Hugo Salazar Tamariz, un inmenso
poeta que dejó la lírica, “por respeto”, según sus expresiones,
porque prefería ser un lector antes que un mal escritor; Jacinto
Cordero, un autor poco difundido, pero gran nombre de la lírica
cuencana; Arturo Cuesta, dueño de un curioso neo-vanguardismo y
de una poderosa imaginación creadora; Eugenio Moreno, autor de
algunos de los más populares poemas de su tiempo, y con Teodoro
Vanegas, formó el grupo Elan, en el que se sintió fuertemente el
influjo de hermano mayor de Cáesar Dávila Andrade.
A fines de la década del cuarenta ublicó dos libros, y los
incineró, porque se sentía inconforme con lo que contenían,
aunque luego de varios años rescató algunos de los poemas que
contenían, y con su usual afán de perfeccionismo, los
re-escribión.
Luego trabajó silenciosamente por casi dos décadas, para
reaparecer en el panorama de las letras patrias con el libro Dos
poemas, que contenía alguna de la poesía más bella y provocadora
del Ecuador, la Balada de la hija y las profundas evidencias,
transcrita íntegramente en este fascículo, y el atrevido canto
erótico Añoranza y acto de amor.
Jara será siempre un hombre de su tiempo. Gran conocedor de la
literatura y las otras artes, apasionado por la música
contemporánea, neo-vanguardista, enamorado de la patria, con un
amor viril y apasionado, amador de mujeres, extraordinario
conversador, maestro, reconocido como tal por la mayoría de los
escritores cuencanos de la generación inmediatamente posterior a
la suya, notable prosista, dueño de una formidable capacidad
para la crítica y el ensayo, ha construido uno de los universos
poéticos más trascendentes de su tiempo.
María Augusta Vintimilla, que es quien mejor lo ha estudiado,
divide su producción poética en tres ciclos, el primero que va
de 1945 a 1970, en el que se sienten, dice la crítica las
presencias de los grandes poetas que conformaron su cosmovisión
artística.
Un segundo ciclo, de total ruptura con el anterior, se inicia en
1971, cuando Jara se lanza hacia una búsqueda netamente suya “y
se aventura en una exploración muy libre de otras lecturas del
mundo, otros registros del lenguaje, nuevas formas de asumir el
trabajo poético (...) desde una distancia irónica frente a la
tradición poética ecuatoriana, a su propia escritura, y
particularmente frente al lenguaje.” (Vintimilla, 1999, p. 15)
Y un tercer ciclo en que construye sus grandes piezas líricas,
seguramente las más poderosas de cuantas se hayan escrito en
Cuenca luego del paso de Dávila Andrade.
4. Francisco Granizo Ribadeneira (1928)
Este inmenso poeta ecuatoriano es un caso aparte en la historia
de nuestra lírica; por sus temas, intensamente personales, por
la fuerza con que ha volcado sus desgarramientos religiosos y
vivenciales en su obra, y por una personalidad casi enigmática.
Solo ha publicado tres libros, separados por casi venite años
cada uno, jamás ha aparecido en los círculos literarios, y ha
creado su poesía, mucha de ella intensa y dotada de una
apasionante perfección formal, en un apartado silencio, una
especie de recogimiento estético y místico, ajeno por completo
al mundanal ruido.
Toda su lírica, dotada de un misterio, un hálito a ratos
sagrado, a ratos casi blasfemo, doloroso, exaltado, apasionado
siempre, nos pone ante un trabajo literario sumamente atractivo.
Su formación se dio en ambiente académico jesuita, fue parte del
grupo literario Presencia, con Francisco Tobar García y Filoteo
Samaniego, importantes poetas del período, y ha dedicado una
parte importante de su vida a la carrera diplomática.
Temas fundamentales en su poesía son lo erótico y lo religioso.
a) El eros.- Es su forma de sentir el mundo, de estar en él, de
poseerlo aunque sea momentáneamente, para perderlo casi en
seguida.
A veces, los poemas amorosos adoptan un tono jubiloso:
“Miel... panal extremado que mi lírica abeja
labra en honda dulzura cautivada y ya loca.
Mi palabra en el junco de tu sexo ¡despierta!
del entero concepto te florece en la boca.
Ya tu, simple, en la nieve de mi verso ¡oh descalza!
tu completa en el agua de la voz intuida,
y desnuda en el aire de la tierra lejana.”
(A ti, alta y delgada sombra, La piedra)
El ser amado y la palabra poética se funden en la construcción
de ese mundo pleno de gozo, de euforia, que es, al mismo tiempo,
el poema y el cuerpo desnudo. Todo el imaginario del texto se
funde entre la carne amada y la poesía, de un modo intenso,
feliz, sutil.
Pero el sentimiento de felicidad en Granizo es extraño, lo más
frecuente es que el amor le cause penas, le desgarre el corazón,
le atormente:
Acabado dolor cerca del llanto
y ya del llanto lágrima insumisa,
cueva vencida del ligero espanto,
mano del agua y labio de la brisa,
qué ausencia en levedad te diviniza,
qué carne pertinaz te pesa tanto,
saliva en desamor, lengua en quebranto,
piel de la piedra, luna de la risa....
(Asilada congoja, La piedra).
El lector asiste al desmoronamiento interno del ser por la
pasión: del llanto se pasa a la lágrima en sí misma, al espasmo
del dolor, y a esa identificación de la naturaleza atormentada y
el ser humano sufriente, que proviene en la poesía del Ecuador
del Neruda de los Veinte poemas de amor y una canción
desesperada.
Pero Granizo, aunque mantiene la relación de las imágenes
eróticas con las naturales, va más allá, hacia el dolor que
transforma al hombre en una especie de dios sufriente, al que
parecería estorbarle su propio cuerpo, y al que la pena vuelve
una amarga realidad, en la que participa todo su ser: la saliva,
la lengua, la piel, la risa perdida.
Percibimos ese sufrimiento como algo que supera las barreras de
lo poético, y llega a la carne, al cuerpo, al espíritu, a todo.
Hay ocasiones en que el poeta parece llegar a una resignación, a
un abandono en que el amante se vuelve una especie de santo, en
el total desprendimiento del amor y la esperanza:
Para tu mano soy como el pedrusco
hace tiempo caído (...)
Yo tuve un corazón -loco guijarro-
y lo tiré al camino (...)
En esta piedra, sin amor, tirada,
tropieza un leve niño...
(Vuélveme recogido, La piedra).
Sobre la tarde estoy enternecido y lejos
de ti y de mi, en el claro y profundo misterio,
como una nube pasajera, como una hoja, o quizás como el viento.
(...)
En esta limpia ausencia de tu nombre pequeño,
todo está bien y en paz y en transparencia...
(De transformado silencio, La piedra)
Pero hay también momento en que se da un duro batallar del
cuerpo de los amantes, de sus sentimientos encontrados y su
pasión casi salvaje:
Voy a llamarte a golpes y a conjuros,
a tristes manotadas y arañazos,
con salivas y trapos, y los brazos
y los dientes frenéticos...
(Sonetos del amor total, Muerte y caza de la madre)
Rastreada la belleza, olido el gozo,
llegas, atacas, me hurto, saltas, ruedo
por el breñal de tu sudor, no puedo huir
de tu mordisco y tu alborozo.
(Sonetos del amor total, Muerte y caza de la madre)
b) La religión.- Y en contraste con el credo erótico de la mayor
parte de la poesía de Granizo, se alza su lírica de hondos
acentos religiosos, que recuerda a la de Francis Thompson, el
autor de El lebrel del cielo, poema místico, de conmovedores
acentos, en el cual el autor se ve como una presa perseguida por
Dios, que es metaforizado, audazmente, en un incansable perro de
caza; obra que tradujera del inglés el padre Aurelio Espinosa
Pólit, uno de los maestros jesuitas del poeta.
Pero la religión de Granizo no corresponde, de ninguna manera, a
lo convencional. Es una mezcla de luz y tortura del espíritu,
una búsqueda de Dios, aun en medio de los abismos más oscuros de
la carne y la pasión. La sección Nada más el verbo, del libro
del mismo nombre es la que contiene los textos claves de esta
tendencia, pero no la única. Veamos unos pocos breves ejemplos:
He aquí como ve el poeta a los seres humanos en relación con el
Ser divino:
Oh pávida o tristísima aventura
vamos volvemos detenemos
acaso la muerte
perseguimos la vida perecemos
de la bullente forma exilados
de Dios caídos
y en los breves nombres
sobre la nada
por el más tenue verbo sostenidos...
En suma, el hombre como una insignificancia frente a lo inmenso
de la vida, la muerte, Dios, solo aferrado a su palabra.
La idea de la persecución del alma por Dios, que hallamos en
Thompson, la encontramos tambien en algunos momentos de la
poesía de tinte religioso de nuestro poeta:
¿Qué trigales inclinaste a tu paso?
¿en qué cuevas cayeron tus fatigas?
¿qué indoblegado junco despistara
del hondo rastro al hambre y al amor que te seguían?
¿yacía yo? ¿Yacías?
¿me cercaron tus canes o rabiosos mis canes te mordieron?
¡furiosa mano, desvalida garra, oh cazadora presa!
Hay como un juego entre el alma perseguida por un Dios, que no
quere dejar a su amada presa, y esta que huye, que muerde y se
defiende del amor divino. Sin duda, para una época tan
conflictiva en lo social, esta gran poesía era algo ajeno.
En lo formal, es imposible negar la influencia de la poesía
mísitca y barroca española y de Gonzalo Escudero, a quien en
algunos poemas se podría decir que parafrasea, rindiéndole así
un filial homenaje. El rico léxico de su lírica, completamente
diferente de la lengua que manejan sus contemporáneos, proviene
de esas dos fuentes. Es tal el cuidado que pone en la
composición que asombra la delicadeza extrema de sus piezas,
especialmente de los sonetos, sin duda los mejores que se hayan
escrito en el Ecuador. Sin embargo, es preciso también reconocer
las distancias entre los tres libros. En La piedra encontramos
un poeta apasionado y juvenil, en Nada más el verbo asisitimos a
su gloriosa madurez, y en Muerte y caza de la madre, aunque el
libro contiene piezas de primer orden, reconocemos una dolorosa
decadencia del creador.
5. David Ledesma Vázquez (1934-1961)
David Ledesma Vázquez es uno de los grandes sueños truncos de
nuestra literatura. Cuando lo leemos con amor y detenimiento,
como deberíamos acercarnos a toda gran poesía, nos damos cuenta
de que fue una voz lírica inmensa, y cuán alto pudo llegar.
Fue siempre precoz. Casi era un niño cuando apareció Cristal,
cuadernillo de versos adolescentes, cercanos a la música de
Dávila Andrade, al que admiraba mucho. Muy jovencito fundó el
Club 7, en el que estaban algunos de sus más brillantes
compañeros de generación: Ileana Espinel, la voz femenina de la
lírica de su tiempo, y que fue su amiga cálida y perenne, y
Sergio Román Armendáriz, un poeta de notables cualidades.
El grupo publicó una selección de poesía, en la que se incluían
precisamente los tres poetas citados, así como Carlos Benavides
Vega (Alvaro San Félix), que se dedicó al teatro y Gastón
Hidalgo.
En las composiciones de este libro se nota ya el gran paso que
da Ledesma, desde la canción literaria y transparente de su
adolescencia hasta el canto humano y doloroso y un tanto oscuro
del hombre joven.
En mayo de 1958, Lírica Hispana de Venezuela, publica GRIS,
poemario ganador de una segunda mención en un concurso promovido
por esa entidad. Contiene veintitrés poemas, algunos de los
cuales están entre lo mejor de la poesía de Ledesma.
Dolor, oscura pasión amorosa, indiferencia del mundo y
singularidad están presentes a lo largo de todo este libro, que
inicia la breve madurez del autor.
Esa madurez da una serie de frutos dispersos, antes del terrible
último libro que publicó en vida, Los días sucios
y de su testamento lírico, que apareció póstumamente, el
Cuaderno de Orfeo. Teoría de la llama es uno de esos
frutos, es una de sus artes poéticas, lo dijimos antes,
quizá la más importante de ellas.
Puedo decir que en el silencio habito
En 1960, aparece Triángulo, un libro conjunto en el que
se unen nuevamente David Ledesma, (Los días sucios), Ileana
Espinel (Diríase que canto) y Sergio Román (Arte de amar).
Dice Rodríguez Castelo sobre esta obra de nuestro autor:
“La intuición de la desolada condición del hombre en el mundo se
fue haciendo cada vez más lacerante y amarga, y la transparencia
se cargó de rasgos perturbadores, la lucidez se tradujo en
sardónico humor negro; el desconcierto buscó significantes en
paradojas y dislocaciones; la sordidez se sintió en léxico
turbio (...) y sonido bronco.”
Si alguna vez en la poesía de Ledesma hubo aunque fuese una
pequeña dosis de retórica, en los poemas de esta serie, solo hay
vida, una vida que corre peligrosamente a su prematuro final, de
modo incontenible.
Es tanto el dolor que se filtra en estos textos, que tenemos la
sensación que el libro es como la oscura profecía de que
el verbo agonizaba en el poeta al tiempo que se apagaba su
existencia.
Vivo en ciega Poesía desterrado
En 1959, como en una especie de recuperación del casi perdido
don de la palabra poética, dentro de ese proceso de
autoaniquilamiento que vivía el poeta, atormentado por una
imposibilidad de asimilarse al mundo en que le tocó
desenvolverse, Ledesma había redactado su Cuaderno de Orfeo, que
vería la luz, como se ha dicho ya, póstumamente.
Trece poemas integran este cuadernillo final, en el que Ledesma
parece escribir ya desde más allá de la muerte, al encarnarse en
el mítico Orfeo, transeúnte del viejo mundo subterráneo de los
griegos.
Identidad
es una de sus poéticas. Marcado por la acotación como monólogo
de Orfeo, contiene los elementos claros de su cosmovisión
poética del momento: “Vivo en ciega Poesía desterrado”. Aquellas
constantes de la diversidad, que llega a lo excepcional, y del
aislamiento del mundo se perciben con finura extrema.
La imagen “ciega poesía” crea un ámbito, un espacio, dentro del
cual se da el ostracismo del poeta.
“Ausente de mí mismo, / a una distancia / que puede ser de amor
/-llaga insondable-/ o absorta muerte diaria/ repetida.”
Ese destierro es más que simbólico, ya como un sonámbulo,
Ledesma deambula en un mundo que está separado del real desde
tiempo atrás; un mundo que es como una muerte en vida,
reiterativa, vacía, en cuyo centro se abre la herida de amor;
vaga como una sombra, lejos de su yo más atormentado, enamorado
de alguno de esos imposibles objetos de pasión -encarnado aquí
en la mítica Eurídice, perdida en el reino de los muertos.
La poesía no es una salvación, es solo una supervivencia
momentánea, constantemente acechada por la muerte, a la cual va
a desafiar con un canto el poeta mítico y el poeta real, hechos
uno solo.
Ultima balada de Orfeo
es un micropoema, denso y no muy elaborado, como requiere esta
clase de texto sintético. Pero el tercer verso que lo cierra, no
es solo hermoso, sino que acaba revelando a este hombre que
estaba tocado de gracia y de misterio: “La verdad es que siempre
uno está solo”. Nunca pudo acompañarse sino momentáneamente, del
amor, de la amistad, de la admiración y el afecto, y eso lo
incomunicó, arrancándolo del mundo tempranamente.
Queda en su poesía su dolor, latiendo a lo largo de casi
cuarenta años luego de su temprana fuga; quedan las huellas de
su personalidad diferente; queda su canto perenne a ese amor,
casi siempre oscuro, que no logró colmarlo; su búsqueda inútil
de la luz y la pureza, que sin embargo cuajó en versos
magníficos; su joven deambular desorientado y trágico, que dejó
su rastro indeleble en la poesía de su generación y de su patria.
Por todo ello, creo que es uno de nuestros inmortales, y que
como Orfeo, sobrevive a la muerte de la muerte, y vive por
siempre joven en el paraíso y el infierno de nuestras letras.
BIBLIOGRAFIA
Carrión, Alejandro:
Dávila Vázquez, Jorge: César Dávila Andrade, Combate poético y
suicidio, Cuenca, Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la
Educación, 1998.
Ledesma Vázquez, David, Cristal, Quito, Imprenta del Colegio
Salesiano “Don Bosco”, 1953.
Benavides Vega, Carlos, Espinel Cedeño Ileana, Hidalgo Ortega
Gastón, Ledesma Vázquez David, Román Armendáriz Sergio: Club 7,
Guayaquil, Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, 1954.
Ledesma, David, Espinel, Ileana, Román, Sergio: Triángulo,
Guayaquil, Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Guayas,
septiembre de 1960. Contiene Los días sucios, Diríase que canto
y Arte de amar.
Ledesma Vázquez, David: Cuaderno de Orfeo, Guayaquil, Casa de la
Cultura Ecuatoriana, 1962. Contiene un liminar de Adalberto
Ortiz y una solapa de S.R.A. (Sergio Román Armendáriz).
Ledesma Vázquez, David: Colección de Poesía Ecuatoriana La Rosa
de Papel, Guayaquil, CCE, Núcleo del Guayas (1), s.a. Contiene
una introducción de Ileana Espinel Cedeño.
Rodríguez Castelo, Hernán: Lírica Ecuatoriana Contemporánea,
Bogotá, Círculo de Lectores, 1979. T. II. pp. 444-454.
NOTAS
No es posible olvidar las cosas que escribió respecto a
esta colección poética Alejandro Carrión, en un tono
hiperbólico,, ciertamente, pero con una profunda y
sincera admiración por su autor: “Están en este libro
algunos de los mejores poemas ecuatorianos de todos los
tiempos, poemas insuperables en técnica y en auténtica
emoción, los poemas más espantosos y envenenados que
haya podido crear un poeta excelso, hundido en la más
mortal e indigna desesperación...”
David Ledesma, Ileana Espinel, Sergio Román:
Triángulo, Guayaquil, Casa de la Cultura Ecuatoriana
Núcleo del Guayas, septiembre de 1960.
David
Ledesma Vázquez: Cuaderno de Orfeo, Guayaquil,
Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1962.
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